¡No me importa un comino! y sus consecuencias

La desaparición de la democracia liberal ha dado lugar a regímenes políticos que algunas personas equiparan con el fascismo. El fenómeno no es fascismo clásico sino un fiasco: autoritarismo intermitente atenuado por incompetencia.

 

Las democracias liberales acaban con un estallido o con un lamento. El siglo XX está repleto de ejemplos de dicha desaparición—mayormente recurriendo a un golpe de estado. En este siglo, somos testigos de una erosión más gradual—hasta que lo que resta es una cáscara y una farsa. Libros recientes de académicos han explicado el deterioro en términos bastante claros, sorprendentemente sin lenguaje que ofusque. La gran pregunta que se nos presenta es: ¿qué es lo que sigue?

El ascenso del populismo de derecha llevó a muchos a equiparar el actual cambio con una vuelta al fascismo original—un movimiento y un sistema político que aparentemente fue sepultado con el final de la Segunda Guerra Mundial. Sí y no. El ascenso de “democracias iliberales” tanto valida como invalida esa afirmación.

Por un lado,  los gestos, la xenofobia, la búsqueda de chivos expiatorios, la confusión de gobernabilidad con campañas, demagogia, revocación de partidos tradicionales, los llamados a referéndum y la aserción de un orgullo nacional nostálgico son puntos en común con las promesas de Mussolini y Hitler para volver a hacer grandes a sus respectivas naciones. Lo es también  la celebración del poderío militar en preparación para la guerra.

Por otro lado, la globalización es más fácil de repudiar hoy con palabras que desmantelarla en los hechos, como cuando Mr. Trump y otros demagogos proclaman el regreso a la autarquía y a la competencia despiadada—una lucha hobbesiana de todos contra todos. Es más, la cultura e instituciones de democracias avanzadas tienen defensas automáticas contra un gobierno autoritario o autocrático—aunque con tiempo y suficientes crisis los dictadores en potencia pueden llegar a superarlas. Aquí es donde radica la diferencia entre el viejo fascismo y la nueva criatura. Desafortunadamente, la comparación favorece a la vieja forma. Hasta ahora, pese a sus peores instintos, el equipo de Trump ha tenido dificultades en ser buenos fascistas.

Para hacer otra vez grande a Italia los fascistas tuvieron que hurgar dentro de las ruinas de Roma antigua y del poder de su estado para encontrar los símbolos apropiados. Totalitarismo (un término acuñado por Mussolini) consistió en la coordinación (en alemán Gleichschaltung) del estado administrativo; no en su chapucera deconstrucción. Las intrigas e infamias en la cúspide de estos regímenes no socavaron la eficiencia muscular de los estados que estaban debajo  de las cúpulas (sean testigos de la eficiencia de Wehrmacht bajo un errático Fuehrer). En contraste, en los Estados Unidos la extrema derecha exhibe un odio por el estado, especialmente por el gobierno central, y no sólo del estado liberal. Quiere un estado anémico, no un estado fuerte. “Mate de hambre a la bestia” es el slogan de la derecha, que dista mucho del culto al estado que caracteriza al fascismo histórico. Es una cobertura para pasar la negligencia como si fuera fortaleza.

Es cierto que, al principio del movimiento fascista en la Italia del 1920, “me ne frego” que significa “no me importa un comino” (o sus variantes más pícaras) era un eslogan nihilista de los fanáticos de Benito Mussolini. Era una fase revolucionaria del fascismo, que pronto dio paso al culto del orden y la economía planificada. Más tarde, periódicos ataques de paranoia llevaron a los líderes del fascismo y de otros poderes totalitarios a atacar a sus propios “estados profundos”—con resultados desastrosos para sus políticas. Por ejemplo: las peleas de Hitler con el Alto Mando Alemán, la aniquilación de su propio cuerpo de oficiales que realizó Stalin al inicio de la gran guerra patriótica y posteriormente con el establishment médico soviético. Por la izquierda, La Revolución Cultural de Mao fue un desastre cruel para la República Popular. Los dictadores y potenciales dictadores son paranoicos: suelen conducir el vehículo del estado con sus ojos fijos en el espejo retrovisor—un hábito que lleva al accidente. Sus seguidores ardientes, en su odio e ignorancia, llaman a la destrucción de las instituciones autónomas y temen a la fría imparcialidad del estado. Pero sus diatribas no sirven y no duran. Al final también los seguidores, no sólo aquellos a quienes persiguen, sufren las consecuencias. La mejor analogía la encontramos en la medicina. El organismo ataca y destruye sus propios tejidos.

Algunas actitudes del pueblo votante de occidente de hoy parecen repetir el momento nihilista del fascismo original. Hay un paralelismo entre el menefreghismo italiano y el trumpismo de hoy. En términos de indiferencia por el otro y el deseo de “agitar las cosas” y “decirlo como es” sin decoro, muchos estadounidenses se están aproximando rápidamente a los niveles italianos y de Europa del Este de rechazo por las exquisiteces democráticas. La vulgaridad militante es el sabor del día. Pero la historia no se repite.

Si hay una frase por la que Marx será siempre recordado, no es por “trabajadores del mundo ¡únanse!” sino “la historia se repite, primero como tragedia y luego como una farsa”. En los países donde la derecha nacionalista ha llegado al poder, la gobernabilidad ha sufrido por el desorden y la incoherencia. El estilo transaccional de estos recién-llegados al arte de gobernar es volátil e inconsistente, favoreciendo el ad hoc, el ad hominem y el corto por sobre el largo plazo. El abandono de los tratados, de los acuerdos multilaterales y de un verdadero sistema internacional llevará a múltiples e innecesarios conflictos y a un nuevo desorden mundial. En este contexto, el lamento de un geo-estratega experimentado resulta apropiado. En un artículo reciente publicado en el The Atlantic, Henry Kissinger termina su reflexión sobre las nuevas tecnologías de la inteligencia artificial y el declive de la visión estratégica con un llamamiento apasionado por la sobrevivencia del esclarecimiento: “el gobierno de Estados Unidos debería considerar una comisión presidencial de pensadores eminentes para ayudar a desarrollar una visión nacional. Con seguridad, si nosotros no comenzamos pronto con este esfuerzo, en poco tiempo descubriremos que hemos empezado demasiado tarde[1]”. Pero este ruego asume que EEUU tiene un gobierno y no un desordenado desgobierno. El populismo nacional no es una visión; es un reflejo irreflexivo. Más aún, el planeta requiere no sólo una visión nacional, sino también una visión internacional y una arquitectura global.

Cuando miramos al mundo no más desde el campo desordenado, contencioso y polarizado de la política de todos los días, sino desde la perspectiva de la geopolítica, podemos apreciar el dilema en el que se encuentra el planeta. Como soy un navegante, me gustaría citar a otro navegante en su discusión sobre una carrera de navegación de largo alcance:

La estrategia definirá la navegación como respuesta al viento, al clima y a la corriente. La estrategia implica decisiones para que el barco atraviese el campo de la regata o vaya a su próxima recalada rápido sin preocuparse por los otros barcos. (…) Las tácticas, por el contrario, son definidas más estrechamente como los movimientos y contra-movimientos que se realizan para avanzar al primer puesto delante de los otros barcos en la regata. Para decirlo de otra forma: la estrategia tiene que ver principalmente con las leyes de la naturaleza, y la táctica con las leyes de los humanos, que algunos dirían son las leyes de la selva[2].

La geopolítica se refiere a la estrategia. La táctica viene segunda. Estrategia es lo que Kissinger llama visión nacional. Uno no debe confundirla con logros de corto plazo y el “arte de la negociación”. Para usar otra de las analogías favoritas de Kissinger: no es como jugar al póker; es ser un experto en el juego de go.

Mientras que los gobiernos de extrema derecha en occidente se presentan como los mejores para defender a sus países contra los supuestos enemigos externos—sean ellos otras potencias o los inmigrantes—su mayor enemigo ha resultado su inhabilidad para conducir correctamente sus propios países. En sus erradas tácticas intimidatorias ellos han olvidado a la estrategia. En el camino, desacreditan el propio modelo de gobernabilidad competente y los valores que alguna vez les dieron a sus países una ventaja geopolítica. En palabras de Martín Wolff: “La visión del gobierno de EEUU—que el ejercicio unilateral del poder de EEUU es todo lo que se necesita—fallará. No se podrá manejar al bien común de esa manera, no es que el gobierno de Trump se preocupe mucho por esto, para nada (no me ne frega un cazzo!). Tampoco logrará estabilidad: si duda de ello, debería observar el hervidero en que se ha convertido Medio Oriente luego de las interminables intervenciones[3]”.

La invasión estadounidense y la subsecuente ocupación de Irak es un ejemplo de manual de la “deconstrucción de un estado administrativo”. Los Trumpianos sueñan con repetir tal proeza en Irán y ocuparse del cambio de régimen también en su país. El proyecto empieza con F pero no es fascismo; es fiasco.

 

[1] . Henry Kissinger, “How the Enlightenment Ends,” The Atlantic, 20.05/18, p.10.

[2] . Dennis Conner and Michael Levitt, Sail Like a Champion (1992, New York: St. Martin’s Press), 233.

[3] . Martin Wolff, “How the west should judge a rising China,” Financial Times, 16 May 2018.

 

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