Muy ricos viven en la abundancia, muy pobres en la indigencia

Los muy ricos viven una vida de opulencia al tiempo que muchísimos muy pobres mueren de hambre, frío, desnutrición, enfermedades curables. Entre esos extremos las clases medias se estrechan y se deslizan hacia múltiples carencias ¿Por qué sucede esto ante los ojos del mundo?

Indigna comprobar que 50 personas poseen la misma riqueza que 7.000 millones de seres humanos. 50 individuos, apenas 50 y, del otro lado, pongamos el número entero con todos los ceros de la indignación: 7.000.000.000. ¿Puede esto ocurrir? Ocurre y está probado.

Quiere decir que en promedio cada una de esas 50 personas detenta una fortuna igual a la de 140.000 desprotegidos de este mundo. Y decimos que “en promedio” porque las 10 más ricas concentran mucha más riqueza que las 40 que le siguen; es algo inaudito. No es tolerable que esto suceda y sin embargo sucede.

No faltan canallas que han querido naturalizar este huracanado desquicio; como si no hubieran opciones; con sus mentiras vendidas como verdades, sus propósitos encubiertos.  

El impacto es terrible y tremendas las razones que lo explican.

Derechos por ser humanos  

Es conocido el impacto que genera tan terrible concentración de la riqueza. Miles de millones de seres desamparados, desprovistos de todo lo que creíamos que eran derechos consagrados para toda la población del planeta: apropiada alimentación, salud, educación, vivienda, trabajo y todos los demás denominados derechos humanos. Esto es, derechos por ser humanos; no por ser ricos o muy ricos; sólo por ser humanos.

Ese impacto destructivo sobre seres humanos va asociado al impacto destructivo sobre el medio ambiente que pone en riesgo la propia vida de quienes compartimos este planeta. Hay negadores, como los que niegan el impacto de las guerras, de las epidemias, del tabaco, de las drogas duras. Sin embargo, el cambio climático está con nosotros, también la polución de las aguas, del suelo y del propio aire que respiramos. Cuando son quebradas, esas dinámicas del latir planetario son difíciles sino imposibles de restaurar. No es alarmismo sino un tremendo riesgo existencial que la codicia e irresponsabilidad de algunos han impuesto a la humanidad toda.

Por qué sucede esta locura

La concentración de la riqueza es un hecho de vieja data. Siempre existió sólo que en estos tiempos ha alcanzado una magnitud y una velocidad que lleva a un abismo social y ambiental. Nadie puede creer que alguna de esas 50 personas y otras miles que les siguen han logrado acumular tamaña riqueza con el sudor de su frente. No hay posibilidad alguna que eso suceda si no es apropiándose de los resultados del trabajo de miles de millones de personas.

Algunos de esos mecanismos (motores de la concentración) son ilegales y otros  legales porque los poderosos han impuesto leyes que así los consagran. Normas y desregulaciones que asfixian a los desprotegidos no derivan de un poder divino sino de la imposición de poderosos que buscan legalizar el latrocinio, el abuso, su libertinaje. Con otras leyes y regulaciones no podrían concentrar desaforadamente la riqueza y el consecuente poder decisional. Esto es, el poder de controlar los Estados, de establecer políticas públicas que aseguren sus intereses, de someter a víctimas indefensas para que no resistan la dominación colonizando sus mentes y formateando subjetividades a su conveniencia. Para ello cuentan con inescrupulosas complicidades, faltas morales sin límite en su accionar, de sectores de la política, de los medios, de la Justicia, del sistema educativo, de usinas de pensamiento estratégico que ellos financian y de traidores enquistados en organizaciones gremiales y territoriales. Supuestos defensores de aquellos que representan, responden subrepticiamente a  los compradores de sus consciencias.

Alfredo Zitarrosa en su Adagio en mi país  explicaba que un traidor puede con mil valientes y eso es lo que penosamente ocurre. Donde haya políticos vendidos o chantajeados por delitos cometidos, medios que desinforman u ocultan lo que sucede, jueces o fiscales venales, centros educativos que alienan a sus alumnos, usinas de pensamiento estratégico que dan cobertura ideológica a los dominadores, líderes sociales, gremiales o religiosos que dan la espalda a sus comunidades, muchos valientes tendrán que avanzar sorteando emboscadas, desinformación de muchos, miedo de algunos, cobardía de otros.

Hoy, como siempre, un mayor desafío es reconocer y apoyar a los valientes; erguirnos y crecer en esclarecimiento, aportar lo que se sepa y pueda. Por ahí anida la estirpe de un pueblo justo, responsable, pacífico, determinado. Con una epopeya por labrar.    

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