Lucraban sabiendo con qué riesgo invertían

Los más codiciosos y agresivos acreedores invirtieron en deuda privada y soberana de países que les pagaron abultadas tasas de interés, en muchos casos tasas de usura. Sabían el riesgo que eso implicaba y ahora que el riesgo se materializa pretenden seguir lucrando. Cuando se obtienen ganancias extraordinarias de deudores riesgosos es porque se está apostando a que el riesgo no se concrete pero, si ocurre, toca asumirlo. Debieran darse por bien servidos con el enorme lucro obtenido y no abusar de deudores exhaustos sin capacidad de pago. Actúan con la prepotencia de su poder y la impunidad de no hacerse cargo de los efectos destructivos que generan.

Codiciosos acreedores adquirieron deudas consideradas de alto riesgo imponiendo intereses inexistentes en sus países de origen; hoy enfrentan situaciones donde exhaustos deudores no pueden seguir pagándoles esa deuda. Vale señalar que las altas tasas, muchas veces de usura, fueron pagadas con el sufrimiento de enteras sociedades. En algunos casos eran sociedades empobrecidas que para atender imperiosas necesidades de sus pueblos no supieron o pudieron encontrar otras opciones que el endeudamiento. En otros casos, eran sociedades gestionadas por gobiernos neoliberales en complicidad con acreedores que auspiciaron endeudamientos que sólo sirvieron para facilitar fugas de capitales. Ahora, que la crisis sanitaria se suma a la económica el mundo encara una tremenda contracción. En ese dramático contexto impiadosos acreedores extorsionan para cobrar lo máximo posible a países con deudas insostenibles. Una conducta indignante e inaceptable.

Ocurre que esos acreedores no son inversores ingenuos, poco sofisticados, que desconocen los riesgos de cada una de las operaciones que realizan. Todo lo contrario, son grupos altamente capitalizados con capacidad para evaluar dónde, cómo y cuándo invertir. Cuentan con asesoría y gran experiencia para identificar fuentes de ganancias extraordinarias siempre asociadas con alto riesgo. Así invirtieron en bonos que ofrecían elevadas tasas de ganancia acordes al riesgo inherente a esas inversiones. ¿Qué pretenden ahora, haber obtenido ganancias extraordinarias y no asumir las consecuencias del riesgo que sabían existía? Es un fragante abuso de poder que ejercen con diversas complicidades: políticos locales que sabotean a sus países, medios que les son afines, legislaciones impuestas por ellos mismos para proteger sus intereses. Una horrible mezcla de codicias y prepotencias institucionalizadas.  

¿Por qué lo hacen? En otro texto aportamos nuestra perspectiva. En esencia una poderosa minoría que controla enormes recursos financieros logró eliminar en casi todo el mundo las restricciones que impedían la aplicación especulativa de esos recursos. Así, la libre movilidad de capitales se transformó en libertinaje para obtener ganancias extraordinarias sin contribuir a desarrollo alguno. La rapacidad se instaló en los mercados financieros imponiendo esas altas tasas de retorno como la “normalidad” de la época. Accionistas, fondos de inversión, bancos y grandes corporaciones internacionales se apropiaron del mundo. El resultado está a la vista: se comprometieron procesos fundamentales que sostienen el devenir del planeta y el bienestar de grandes mayorías. Esos grupos con codicia sin límite no aceptan responsabilidad por el daño que provocan. Lo que les guía y motiva es maximizar el lucro. Les tiene sin cuidado los efectos “colaterales” que provocan, supuestamente no deseados pero previsibles. Tienen luz verde para aprovecharse como sea de cualquier oportunidad para engrosar patrimonios propios y de sus accionistas. Creen que lograron sus fortunas en base al propio mérito, el esfuerzo de la sociedad no les incumbe y al Estado le exigen que no interfiera con su afán de acumulación, excepto cuando estalla una crisis para “salvarse” en base a recursos públicos.

Estos grupos concentrados, inmisericordes acreedores, no suelen tener limpias trayectorias. Muchos de ellos extorsionan con sus préstamos y evaden o, cuando menos eluden, pagar el pleno de sus impuestos. Cuentan con la asesoría necesaria para hacerlo a diferencia del resto que efectiviza el pago de sus impuestos. Para ello utilizan todos los resquicios de la legislación vigente (que ellos mismos condicionaron a su favor); expanden “lo legal” hacia lo ilegítimo pero, además, tal es su codicia que cruzan con frecuencia las fronteras de legalidad que ayudaron a establecer. Son innumerables los delitos y operaciones engañosas que cometieron.

Siendo tan destructivo su accionar ¿cómo no son castigados o, cuando menos, impedidos de operar? Pues el poder que detentan es enorme y con ese se manejan. Como ejemplo, baste señalar que la tercera economía del mundo detrás de Estados Unidos y China no es un país sino Blackrock, el mayor fondo de inversión con sus asociados. Por cierto existen otros grandes fondos de inversión como Prudential Financial, Fidelity, Ashmore, Alliance, entre otros.

Queda claro entonces que el orden normativo vigente, la (des)regulación del movimiento de capitales y hasta los valores y el sentido común impuestos por los poderosos, facilitan que puedan extorsionar a deudores acorralados con total impunidad respecto a las consecuencias de sus actos.

Señalamos que los codiciosos acreedores actúan con complicidades locales, canallas que venden a su patria por dinero y otras prebendas. Esos tránsfugas evaden y fugan cada año millones de dólares de sus propios países creando situaciones de escasez de capitales; en esos contextos gobiernos complacientes se lanzan a sobre endeudarse. En cambio, si se eliminase la evasión y fuga de recursos, los países dispondrían de financiamiento local, genuino y sustentable, para financiar su desarrollo sin incurrir en el gravoso sobre endeudamiento, el más eficaz instrumento de dominación de nuestros países.

Este sometimiento puede ser cortado en la medida que se logre desmontar los motores que reproducen la desaforada concentración de la riqueza y el poder decisional, un proceso liderado por grupos concentrados erigidos en timoneles del rumbo que se le ha impuesto a la humanidad.

La resistencia a ese ordenamiento financiero enfrenta innumerables obstáculos y una justicia establecida para hacerlo respetar. Las respuestas más efectivas pasan por una acción colectiva que sólo la política, sustentada en firmes coaliciones sociales, puede asegurar. Para ello habrá que superar el divisionismo permanentemente promovido por los dominadores que castigan los esfuerzos de esclarecimiento aprovechando mezquindades e intereses subalternos que existen en el campo popular. Un crudo desafío que es imprescindible encarar.

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