Los virus mutan, las sociedades también

Hegemonía y decadencia de principios ordenadores

La ciencia enseña que los virus, las bacterias, lo que vive, muta, cambia su estructura y su dinámica de funcionamiento. Las sociedades también lo hacen, permanentemente.

Los cambios sociales responden a una diversidad de factores, entre ellos las correlaciones de fuerza que predominan en cada momento histórico más todo un conjunto de circunstancias ambientales, demográficas, tecnológicas, culturales que impactan al planeta y condicionan la marcha de la humanidad. En esos complejos entornos operan diferentes grupos que buscan imponer sus intereses, disputar la preeminencia. Hay quienes procuran el bienestar general y el cuidado ambiental (con múltiples variantes y diferenciadas perspectivas) y otros operan en procura de acumular privilegios sometiendo a los demás (también con múltiples variantes y perspectivas). Son situaciones que existen desde los orígenes de la humanidad, los poderosos sometiendo por la fuerza y colonizando mentes para dividir, arrinconar y doblegar resistencias. Preservan su poder imponiendo principios ordenadores del funcionar social y económico que perjudican a las mayorías. Esto se traduce en instituciones y marco normativo que legitima la concentración de la riqueza y el consecuente poder decisional.

En la actualidad, los dominadores han logrado imponer el lucro como principio ordenador del funcionamiento económico; todo se mercantiliza incluyendo la salud, la educación, el techo, los servicios básicos de electricidad, agua, comunicaciones, la información, las emociones. La regla es maximizar ganancias, los mecanismos para lograrlo múltiples y diversos. No importan las desastrosas consecuencias sobre la humanidad y el planeta. Esos impactos son resultados inevitables y esperados del rumbo impuesto aunque los dominadores pretendan esconder su responsabilidad llamándolos “efectos colaterales” o, más benignamente, “externalidades no deseadas”. Se mueven codiciosamente sometiendo a enteras naciones. Es imposible tolerar la opulencia de pocos con las desgarradoras situaciones de indigencia, pobreza y desigualdades que cruzan el mundo entero. La soberbia de los abusadores da paso a que la desazón de los abusados se transforme en furia. Ojala que el imprescindible cambio de rumbo pueda lograrse pacíficamente, que no se busque derrotar la violencia institucionalizada con violencia popular. La historia enseña que en tiempos huracanados se infiltran oportunistas y traidores en el seno de movimientos transformadores desviando a su favor la frustración de millones de personas de buena voluntad. 

En la presente doble pandemia sanitaria y económica habrá que adoptar nuevos principios ordenadores del funcionamiento social orientando tanto las economías como las políticas públicas hacia el bienestar general y el cuidado ambiental. En ese nuevo orden nacional será necesario eliminar el constante drenaje de recursos generados no por unos pocos sino por la entera sociedad. Esto incluye cerrar la fuga de capitales mal habidos, los ocultados por grandes evasores y los que son obtenidos abusivamente en mercados oligopólicos; también acabar con el tremendo endeudamiento soberano, corporativo y familiar que castiga inmisericordemente y esteriliza energías y talentos. Por cierto vale la advertencia de cuidar lo valioso ya existente.

Las modalidades de sometimiento y las medidas para resolverlas son bien conocidas, aunque importantes segmentos poblacionales las desconozcan debido a la manipulación a la que son sometidos. Para quienes procuran soluciones pacíficas, el desafío está centrado en la política y la organización social, en el esclarecimiento popular para resolver divisionismos inducidos e ir por coaliciones fortalecidas en diversidad y pluralismo. Es un esfuerzo estratégico en procura de establecer acuerdos de gobernabilidad y de gestión adaptables a los permanentes cambios de circunstancias. Aunque a veces pueda añorarse lo estático, en el devenir prima siempre la dinámica social e individual.

Queda señalado que los principios hoy hegemónicos que ordenan el funcionamiento de los sistemas económicos son incapaces de cuidar el planeta y asegurar el bienestar de toda la humanidad. Es inadmisible y destructivo dejar en manos de codiciosas minorías las decisiones sobre en qué invertir y producir, cómo distribuir los resultados del esfuerzo productivo. No son aceptables principios ordenadores que permiten que una minoría se apropie del destino de la humanidad. Crece la reacción de inmensas mayorías y, si acaso las compuertas no se abriesen, el planeta con sus duras reacciones forzará los cambios.

La decadencia de un orden abre opciones de nuevas construcciones. Ojala sepamos escoger las mejores sendas y transiciones.

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One comment

  1. Susana Inés Benítez

    Excelente artículo.

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