Lo primero, soberanía decisional

Imperioso ejercer soberanía decisional. ¿Qué la condiciona y para qué ejercerla?

Soberanía decisional significa ejercer la capacidad que tiene un país de decidir aquello que mejor sirva al bienestar general y el cuidado ambiental, sin ignorar restricciones y potencialidades del contexto nacional y global. De ignorarse el contexto podría caerse en un riesgoso voluntarismo y, si creyésemos que lo que nos agobia no podrá superarse, nos atraparía un fatalismo desmovilizador. Toca a cada sociedad apreciar los márgenes disponibles para ejercer soberanía decisional, evaluando sobre la marcha la capacidad de ensanchar el campo de lo posible.

¿Qué condiciona el ejercicio de soberanía decisional? La correlación de fuerzas sociales que gobierna el país, el tipo de sustento con el que cuenta, y cómo juegan los países centrales y las corporaciones internacionales. Algunas coaliciones sociales y políticas hacen de la soberanía decisional una cuestión esencial aprovechando al máximo posible los grados de libertad que disponen. Otras coaliciones subordinan casi de oficio sus decisiones a los dictados de los países centrales o grandes corporaciones. Actúan como cómplices locales facilitando la dominación a cambio de lucrar a expensas del país. Estas situaciones de dominación con complicidades sustentan el proceso de concentración económica que prima en el mundo. Si se desease cambiar ese rumbo y transformar la forma de funcionar que lo sostiene, habrá que desmontar una a una las coaliciones políticas que favorecen la concentración y comprometen al medio ambiente.

Para mantenerse, el poder concentrado procura anticipar y doblegar cualquier eventual resistencias de los afectados, inmensas mayorías poblacionales. De una forma u otra, combina la represión abierta a quienes lo desafían con la colonización de mentes; así las víctimas se vuelcan a favor de sus victimarios. Enceguecen la comprensión de lo que sucede, imponen perspectivas y agendas presentadas como las únicas posibles. Es algo que se practica desde los orígenes de la humanidad sólo que ahora los instrumentos capaces de reprimir y formatear las subjetividades son inmensamente más poderosos. En otros textos hemos sumado nuestra perspectiva a diversos autores que han analizado los mecanismos y motores que reproducen el proceso de concentración y cómo se ha venido sometiendo voluntades a través de la colonización de mentes.

Ese análisis demuestra que el poder concentrado impone un marco de instituciones, normas y regulaciones que no son neutrales; favorecen su permanente reproducción. Además, si la preeminencia del poder concentrado es amenazada, el marco institucional actúa como trincheras mediáticas, judiciales y educativas para impedir que esos intentos progresen.    

En ese cuadro de situación ¿cómo impulsar la soberanía decisional? Las opciones son múltiples y diversas; y es bueno que así sea porque habrá que escoger las que mejor se adapten a las circunstancias de cada país. Sin embargo, hay dos factores estratégicos que emergen en casi todas las realidades: contar con fuertes organizaciones sociales y avanzar permanentemente en todo lo que hace al esclarecimiento popular. Si no se avanzase en esa dirección se mantendrá frágil el sustento político requerido para ejercer soberanía decisional.

Un crítico aspecto es saber alinear en un proyecto común a la enorme diversidad de grupos sociales que coexisten en toda sociedad. Está claro que la unión hace la fuerza; en este caso la unidad de las fuerzas populares preservando su inherente diversidad. Esto también lo saben los dominadores que hacen lo imposible por dividir el campo popular y, lamentablemente, con frecuencia lo logran. Utilizan insidiosos mecanismos para promover divisionismos, falsos antagonismos, odios, sospechas, celos y envidias entre los sectores populares. Cuentan con diversos instrumentos que combinan según cambien las circunstancias, entre otros, medios hegemónicos que manipulan la opinión pública, usinas de pensamiento estratégico que proveen cobertura ideológica, fiscales que sólo investigan opositores, jueces que sesgan sus sentencias, segmentos del sistema educativo que enaltecen el orden predominante sin capacitar a construir futuro.

Soberanía decisional, ¿para qué?

Está claro que no es necesario ejercer soberanía decisional para someterse a poderosos de afuera y de adentro que imponen su perspectiva de lo que corresponde hacer. Para eso basta acompañar subordinadamente sus determinaciones. El desafío decisional es algo bien distinto: escoger estrategias, políticas y medidas que atiendan los intereses y necesidades sociales y cuiden celosamente el medio ambiente. Para encarar poderosas minorías el Estado debe actuar como gran ordenador del funcionamiento nacional, un Estado dirigido por fuerzas políticas representativas de la entera población, mediando entre múltiples intereses e igualando el bienestar general. Esto necesariamente implica desmontar privilegios de unos pocos y extender los mismos derechos y obligaciones a todos. De ahí la importancia de la política y de las coaliciones sociales que conforman el gobierno; son timoneles del destino colectivo.

No sirve dejar que la inercia de lo que existe (proceso concentrador) siga su curso. Para fijar nuevos rumbos y formas de funcionar no existe neutralidad ni simplemente “dejar hacer”, porque eso sería dejar hacer a los poderosos que irán, como siempre lo hicieron, a reproducir sus propios beneficios. Por el contrario, toca aplicar políticas y mecanismos para redistribuir con justicia los resultados del esfuerzo del conjunto social. Hoy esa distribución es injusta y expande más y más las desigualdades, uno de los principales factores que fragmentan las sociedades, hace prevalecer el egoísmo y la codicia por sobre la solidaridad y el cuidado del otro y del planeta.

 No se trata de endiosar inalcanzables estabilidades ya que el propio existir social, con sus dimensiones económica, política, cultural, ambiental, de seguridad, se desarrolla en una cambiante dinámica que oscila entre diversos grados de inestabilidad. Sin embargo, un anhelo deseable y posible es reducir la magnitud de los flujos de inestabilidad de modo de consagrar trayectorias virtuosas alineando voluntades hacia la construcción y permanente renovación de formas justas y sustentables de funcionamiento.

No sirve escamotear los desafíos ni esconder aquello que necesita cambiar, entre tantos otros aspectos, relaciones internacionales que sean independientes, la estructura de la matriz productiva conformada según el impulso de intereses individuales y no del país (lo cual genera recurrentes estrangulamientos del sector externo); el funcionamiento concentrador al interior de las cadenas de valor, el descuido o ninguneo del desarrollo científico y tecnológico cuando el desarrollo global está basado en la orientación e intensidad del conocimiento. Además, lograr que los regresivos sistemas impositivos que priman en nuestros países se transformen en progresivos; que la salud sea universal; educación que promueva la creatividad, el respeto por el otro y el cuidado del planeta; una Justicia justa; democratizar la información y la diversidad de interpretaciones sobre lo que sucede; un desarrollo cultural amplio y extendido; la seguridad ciudadana que sepa prevenir violencias y, si estallasen, sean resueltas sin escalar mayores violencias; no perseguir sólo a los corruptos de poca monta sino también, y muy especialmente, a los grandes corruptos de cuello blanco que extraen fortunas del país y las fugan a las delictivas guaridas fiscales. En verdad, todos los campos de actuación requieren ser periódicamente revisados para resolver inequidades, ampliar derechos y mejorar la efectividad de la gestión. 

Ejercer soberanía decisional nada tiene que ver con esterilizar la iniciativa individual, la diversidad creativa, la libertad organizativa. Debiera ejercerse para establecer reglas de funcionamiento que permitan a todos los actores (y no sólo a minorías privilegiadas) realizarse en plenitud. La soberanía decisional que estos tiempos exigen es aquella orientada a democratizar libertades, derechos y obligaciones; una soberanía que declare inadmisible sociedades fragmentadas en las que coexisten minorías privilegiadas que disponen de fastuosos niveles de vida, sectores medios que oscilan permanentemente entre buenas y malas épocas, y quienes viven sin esperanza arrinconados en la pobreza y la indigencia.   

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