Las “fiestas” las disfrutan los acaudalados, no los sectores populares

No son pocos los países que aplican políticas de ajuste aduciendo que el Estado generó una “fiesta” gastando ingresos que no disponía y que esto provocó graves desequilibrios. Este planteo esconde perversas situaciones: la “fiesta”, si la hubo, la disfrutaron grandes corporaciones y familias acaudaladas. Los sectores populares obtuvieron derechos que con el ajuste los van perdiendo; si algo recibieron, fueron migajas comparadas con los enormes incrementos de riquezas que usufructuaron quienes generaron tales “fiestas”. Hablemos con propiedad: si hubieron fiestas fue para algunos; el resto ha sido sometido a un desaforado proceso de concentración de la riqueza y, con ello, del poder decisional.  

 

El déficit fiscal fue erigido como el factor maldito contemporáneo. Pareciera que de ahí emergiesen todas las plagas que agobian a la humanidad; por eso la cruzada neoliberal apunta sus lanzas a abatir ese déficit. Lo que se escamotea al conocimiento popular es cuál es la naturaleza del déficit para lo cual es crítico comprender por qué existe, cómo se produce y de qué forma se lo encara. No sirve sólo destacar la magnitud del déficit fiscal sino analizar también la composición de los ingresos y de los gastos públicos y, de la mayor importancia, quienes son exprimidos para financiarlo.

Al analizar los gastos públicos se comprueba que una parte favorece a grupos y personas acaudaladas que no necesitan ser subsidiados por el Estado porque pueden financiar esas obras o servicios con sus propios recursos. Simplemente atrapan esos gastos públicos imponiendo su lucro sobre las necesidades de sectores populares y lo hacen valiéndose del poder político que detentan.

Otra importante parte del gasto público se destina a cancelar intereses y amortizaciones de deudas de dudosa legitimidad. Deudas soberanas contraídas para posibilitar a sectores acaudalados sostener la concentración maximizando su lucro.

Si revisamos la magnitud de los ingresos que debieran haberse recaudado pero no fueron aportados, queda explicitada la enorme evasión tributaria y la fuga de capitales a otras jurisdicciones, en especial a guaridas fiscales. No se trata que falten recursos sino que los acaudalados eluden su responsabilidad tributaria. Para colmo, no son pocos ni menores los casos de grandes deudas contraídas por poderosos grupos económicos con el Estado que fueron graciosamente condonadas en lugar de cobradas.

Con gastos captados por el poder económico que hubiesen podido reorientarse para cubrir necesidades populares y dinamizar la base del aparato productivo, con deudas de esos mismos grupos condonadas, con ingresos que no se materializan por evasión y fuga de capitales, con gravosas amortizaciones de deuda soberana cuando menos ilegítima, no debiera sorprender que se produzcan serios déficits fiscales. Junto con esas principales razones, también existen otras complementarias de ineficiencia o negligencia por parte de quienes administran los recursos públicos que deben corregirse con firmeza.

La mayor ignominia y fragante inequidad es que en lugar de encarar lo que genera los déficits, las fuerzas económicas y políticas que controlan los países imponen políticas en contra de sectores medios y populares, la inmensa mayoría de nuestras sociedades. Por un lado mantienen y profundizan la regresividad del sistema tributario que implica descargar el peso de los tributos sobre los que menos tienen en lugar que paguen más las corporaciones y las familias acaudaladas. Aumentan además a un nivel extorsivo las tarifas de los servicios públicos esenciales (electricidad, gas, agua, transporte), al tiempo que se disparan alquileres y precios de bienes de consumo. La dinámica que se genera castiga brutalmente a sectores medios y populares lo que resulta en una impiadosa e incesante transferencia de ingresos a los sectores concentrados erigidos en timoneles del ordenamiento económico y del rumbo de sociedades que ayudan a fracturar.

Surgen así tremendas espirales de destrucción económica, social, judicial, ambiental. Enfrentados con esa debacle, gobiernos afines a los grupos dominantes acuden más y más al endeudamiento soberano, procurando extender sin cambios significativos el gravoso orden establecido. Ciclo tras ciclo se va sobrepasando la capacidad de repago. La mafia acreedora primero impone tasas de usura y luego cierran definitivamente el grifo de nuevos préstamos. Los países entregan su soberanía decisional, rematan valiosos activos y profundizan políticas de ajuste mientras sigue el drenaje y la transferencia de recursos de los que menos tienen a los que más tienen y, del país hacia los centros financieros internacionales.

Para mantener privilegios de unos pocos, nos han impuesto una marcha suicida cuya salida no se vislumbra. Habrá que ver si lograrán siempre represar la reacción social colonizando mentes, formateando subjetividades para que actúen alienadamente en contra de sus intereses, o si sólo les quedará reprimir, primero selectivamente y luego a las grandes mayorías.

Infames complicidades

No podría el poder económico imponer el atraco que sustenta sus privilegios sin contar con la complicidad de sectores de la justicia y la política, los medios hegemónicos, buena parte del sistema educativo y ciertas usinas de pensamiento estratégico. Lograron con esas coaliciones bloquear la búsqueda de esclarecimiento, inculcar odios y valores contra la solidaridad, el bienestar general y el cuidado ambiental. Prima otra vez más el viejo adagio del esclavo que justifica al amo. Qué se ignore lo que está sucediendo; que los canallas y apropiadores queden a resguardo; qué los costos de la concentración los pague el pueblo, los pobres y los indigentes.

El neoliberalismo genera un sentido de resignación ante esa niebla imprecisa que mezcla honestos y explotadores. Invoca continuamente el sacrificio social en aras de un futuro mejor que nunca termina de llegar. Lo que no cede es la concentración de la riqueza y del poder decisional. Poco importa la humanidad necesitada y el planeta agredido.

Una brújula y criterios orientadores

Quienes mantienen su determinación de parar esta locura y la firme esperanza de poder rectificar el rumbo, requerirán criterios que orienten donde aplicar los esfuerzos. Una de tantas otras posibles estrategias es identificar los motores que sostienen la concentración y encararlos en conjunto aunque, si no fuera eso posible, siguiendo la azarosa trayectoria de resolver cada uno a su tiempo.  En un artículo anterior, desmontar los motores de la concentración, analizamos algunos de los mecanismos que será necesario desmontar:

  • Mecanismos de acumulación de poder económico
  • Trincheras mediáticas y judiciales resistentes a las transformaciones
  • Mecanismos de sometimiento cultural
  • Mecanismos electorales que permiten manipular la voluntad popular
  • Mecanismos post electorales de sometimiento

El desafío pasa por establecer otro rumbo global y local y otras formas no alienadas de funcionar que protejan al planeta y favorezcan al conjunto de la humanidad. Necesitamos bien diferentes timoneles que cuenten con un esclarecido apoyo popular y sometan al escrutinio público sus actos y decisiones.

Es un anhelo de larga data mejorar el mundo en que vivimos. Creemos firmemente que sabremos liberar nuestras capturadas democracias erguidos por sobre la desesperanza y los temores. Otras realidades pueden ser construidas, bien lejos de empobrecer, atontar o embrutecer a la humanidad.

 

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