Las causas de la Tercera Guerra Mundial revisadas

La profecía suele estar equivocada y, cuando es nefasta, estamos agradecidos por el error. Pero a veces la profecía vuelve a ser pertinente, cuando la desplazamos de su contexto original hacia uno nuevo. Hace casi sesenta años, el conocido sociólogo Wright Mills escribió acerca de las causas de la Tercera Guerra Mundial en un contexto que eventualmente probó que él estaba errado. Desafortunadamente, sus señales de alarma parecen más apropiadas hoy.

  

Hace casi sesenta años el sociólogo radical C. Wright Mills publicó un libro titulado The Causes of World War Three (Las Causas de la Tercera Guerra Mundial, 1958[1]). El libro sacudió a la complacencia liberal tanto del establishment político como de la tendencia dominante en la sociología académica. Las tesis de Mills fueron ferozmente resistidas y ampliamente criticadas, desde la existencia de una elite de poder que le dio substancia sociológica a la advertencia de Dwight Eisenhower acerca del “complejo industrial militar[2]”, hasta la aseveración que las dos superpotencias de aquél entonces, Estados Unidos y la Unión Soviética, estaban convergiendo en su gestión burocrática de la sociedad de masas, y que ambas elites eran belicistas e irresponsables, es decir que eran esencialmente “gatillo fácil”.

Mills estaba equivocado en su diagnóstico en ese momento. Su libro cayó en el olvido. La Guerra Fría probó que había un método en esa locura de carrera armamentista nuclear y que la disuasión funcionó como un sistema paradójico para prevenir el fin atómico de la civilización. En ese momento, “Bomba Nuclear” equivalía a “No Usar”. La disuasión fue una locura pero sólo en el sentido de MAD (Mutually Assured Destruction, Destrucción Mutua Asegurada[3]).  Ambas superpotencias tenían un interés racional en evitar la guerra total porque ninguna sobreviviría. Ningún  primer ataque nuclear podría prevenir  una masiva retaliación por el enemigo y entonces ambos estaban atrapados en una perpetua danza macabra. Por supuesto, que las cosas podrían salir mal, pero sólo como resultado de un actor canalla descontrolado, como en la famosa película de aquellos días Dr. Strangelove, or How I learned to Love the Bomb (Kubrick, 1964) Doctor Strangelove (Doctor Extraño Amor) o Cómo aprendí a amar a la Bomba. En esta comedia negra un general loco desencadena la trayectoria hacia un holocausto nuclear en una sala de guerra llena de políticos y generales que frenéticamente tratan de parar. Reemplace Kim Jon-Un o Donald Trump por el general de la película y deberíamos estar seriamente preocupados.

Al final, la extraña racionalidad de MAD prevaleció, incluso en episodios tan angustiantes como la crisis de los misiles de 1962 en Cuba. Las dinámicas de tal paz fueron objeto de modelaje académico, del estilo del que le valió el Premio Nobel al profesor Thomas Schelling[4].

Por ese entonces, las dos superpotencias representaron diferentes modelos de economía y sociedad—uno dinámico y predatorio (el capitalismo estadounidense), otro estático y quebradizo (URSS). Su rivalidad dirigió el espectáculo, lideraron dos campos y la mayoría del resto les siguió. La primera superpotencia prosperaba gracias al complejo industrial militar, la segunda fue agobiada por él siendo un sistema industrial dirigido por un estado pasado de moda que pudiese haber sido sustentable si la demanda por sus vastos recursos naturales (especialmente gas y petróleo) hubiese crecido junto con los precios de exportación. Éste no fue el caso, y por ésta y otras razones de índole interna, el modelo socialista  de estado implosionó. Esto trajo el fin de la Guerra Fría—y su paradójico modelo de paz.

La ecuación geopolítica cambió dramáticamente. La URSS mutó en la Federación Rusa. La elite comunista se transformó en el centro del capitalismo compinche. Estados Unidos terminó como única superpotencia. Mientras tanto, China siguió una diferente transición hacia el capitalismo sin renunciar al control comunista al tiempo que se convertía en el taller industrial del mundo y una naciente potencia internacional. Los anteriores bloques se fracturaron, y quedó más espacio de maniobra para las operaciones de las potencias menores—incluyendo algunas que, desde la perspectiva del previo balance de poder, se convirtieron en los tan mentados estados “canallas”. Las ambiciones nucleares proliferaron, y la bomba no fue más el Sanctus sanctorum del club de los elegidos.

Los custodios de las armas nucleares eran ahora más o menos confiables. Quis custodiet ipsos custodes?  (¿Quién vigilará a los vigilantes?). Por un tiempo, fue Estados Unidos, pero no por mucho tiempo. Un sistema multipolar dentro de una sola economía global se desarrolló, y esto alteró profundamente la naturaleza del conflicto internacional. De muchas maneras, la arena internacional se asemejaba cada vez menos al equilibrio de la Segunda Postguerra (1939-45) y más al escenario previo a la Primer Gran Guerra (1914-18). También había una novedad: la intervención militar estadounidense no se hallaba más limitada por una superpotencia rival masiva. Intervino, a veces abrumadoramente, en áreas del  mundo como el Medio Oriente, pero sólo para empantanarse en interminables guerras asimétricas. Éste fue un nuevo impasse estratégico en el que Estados Unidos (y el mundo) aún están inmersos.

Bajo estas condiciones, las tesis de Wright Mills pueden ser relevantes, más cercanas a desarrollos actuales en el planeta que aquellos de 1958. “La guerra, no Rusia, es el enemigo”, escribió el afamado sociólogo en aquel tiempo. Viendo a Irak, Afganistán, Siria y la península de Corea, para sólo citar algunos ejemplos, la frase suena verdadera[5]. Con las ambiciones de Irán sólo temporalmente paradas, y con el desarrollo del misil balístico intercontinental o ICBM (Inter-Continental Ballistic Missile, por sus siglas en inglés) y la bomba de hidrógeno por Corea del Norte, la afirmación de Mills que la cuestión central en política internacional: quién es responsable por la amenaza de aniquilación nuclear y qué debería hacerse para prevenirla, retiene toda su relevancia. Su argumento puede resumirse como sigue:

(1) Una definición alocada de la realidad, como fue descripta por Mills, está vivita y coleando en algunos países de Occidente y en otros países de otras regiones también. La política de riesgo calculado está reemplazando a la diplomacia. Más que nunca, los intelectuales, los organizadores comunitarios y todas las personas de buena voluntad deberían oponer a una tan lunática visión del mundo una más racional, empezando por entender que la “guerra en cualquier formato y condición es ahora el enemigo”.

(2) La guerra no está fatalmente predeterminada. Ciertos oficiales de alto rango en cuyas manos se ponen los medios de destrucción deberían entrar en razones gracias a una movilización de la opinión pública y evitar que tomen decisiones que acercaran a la guerra. Deberían ser traídos a seguir una línea distinta que promoviera las relaciones internacionales pacíficas y favorablemente afectara las actitudes de los belicistas que están a su alrededor.

(3) La única forma de que las grandes potencias efectúen este cambio en la política exterior es si la comunidad de ciudadanos movilizados “interconectados” deja de atarse a la silla ante la estrategia loca de los “políticos enérgicos” y lleva adelante propuestas alternativas para la acción, las debaten y adoptan.

He dicho que Mills estaba afortunadamente equivocado en su evaluación del riesgo inmediato que había en 1958, pero podría estar correcto en su urgencia y preocupación hoy día.

La globalización en su forma actual ha generado enormes inequidades. Hasta ahora, la reacción social contra estas injusticias fue más bien reaccionaria, dado que muchos buscaron refugio en las ilusiones de una identidad tribal o nacional y rechazaron o ignoraron formas alternativas de internacionalismo. Quienes detentan el poder sacan ventaja del resentimiento de aquellos que han sido desplazados y lo redireccionan hacia objetivos sustitutos. Ellos azuzan el fuego de los conflictos étnicos y nacionales, siguen la vieja estrategia de divide et impera (divide y reinarás) y buscan consenso internacional con bravuconadas. Ellos prosperan promoviendo el Nosotros contra Ellos dentro y fuera de sus sociedades.

Cuando el nacionalismo y las políticas del odio prevalecen, el poder geopolítico se desequilibra. Lo multi-polar se traduce en multi-conflicto y entonces la fragmentada comunidad internacional puede caminar sonámbula hacia un nuevo tipo de guerra mundial. En sus causas esta nueva guerra mundial recordará a la primer Gran Guerra. En su capacidad destructiva sobrepasará a la Segunda Guerra Mundial y en sus consecuencias recordará en una escala aún mayor las masacres que arrasaron a Europa antes de la paz de Westfalia[6].

Aún hay tiempo para prevenir esa ocurrencia. Sólo las fuerzas unidas del debate racional y la movilización masiva pueden parar el viraje hacia la catástrofe.

 

[1] . Reimpreso por E.M. Sharpe, Boston 1985.

[2] . https://youtu.be/8y06NSBBRtY

[3] . N.T. Juego de palabras en inglés entre “locura” y las siglas “MAD” que textualmente significan lo mismo.

[4] . Robert Ayson, Thomas Schelling and the Nuclear Age. London and New York: Frank Cass 2004.

[5] . Sobre Siria consultar http://www.huffingtonpost.com/michael-s-lofgren/syria-and-the-triumph-of-_b_2966541.html 

[6] . http://www.britannica.com/event/Peace-of-Westphalia/

 

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