La Tentación Autoritaria

La pandemia ha reforzado a todos y a cada uno de los estados del planeta.  Pero no todos los estados son iguales: hay algunos que gozan de gran autoridad; otros reemplazan la autoridad por el autoritarismo.  Es importante hace hincapié en esta distinción.

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Cito algunas estrofas del viejo tango de Gardel en referencia a la Primera Guerra Mundial.  Lo hago para señalar algunas similitudes y algunas diferencias con nuestra situación actual, no en plena guerra mundial sino en plena pandemia global.  He aquí las estrofas:

Silencio en la noche

Ya todo está en calma

El musculo duerme

La ambición descansa

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Silencio en la noche

Ya todo está en calma

El músculo duerme

La ambición trabaja

Un clarín se oye

Peligra la patria

Y al grito de guerra

Los hombres se matan

Cubriendo de sangre

Los campos de Francia

Hoy todo ha pasado

Renacen las plantas

Un himno a la vida

Los arados cantan

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Silencio en la noche

Ya todo está en calma

El músculo duerme

La ambición descansa

Un coro lejano

De madres que cantan

Mecen en sus cunas

Nuevas esperanzas

Silencio en la noche

Silencio en las almas

El tango lo canta Gardel en dos registros: la normalidad (representada por la palabra “silencio”) y la disrupción (representada por el grito y la muerte repentina).  La normalidad puede ser silenciosa (el músculo duerme de noche) o rumorosa (la normalidad diurna y cotidiana del trabajo, de la escuela, de las compras y los viajes).  En la vida social, lo que Moti Benyakar[1] llama “lo disruptivo” se manifiesta en tres fenómenos repetidos en la historia: La guerra, la peste, y el hambre –jinetes del apocalipsis que acompañan al brioso corcel de la muerte.  Hoy, en nuestro 2020, un rápido vistazo por el planeta revela la presencia contundente de los tres: en el Himalaya, en Somalia, en Siria, en los campos de refugiados en Jordán o de “reeducación” en China, y, con la pandemia, en mayor o en menor medida en la inmensa mayoría de países en lo que a la peste se refiere.

Frente a la pandemia, los gobiernos de todos los países recurren a prontas medidas “de necesidad y urgencia,” y de esa forma justifican un autoritarismo que sería difícil justificar en circunstancias distintas, es decir “normales.” Frente a un desafío global que ha encontrado un planeta sin gobierno planetario, ni tampoco con una buena coordinación de respuestas, cabe a los distintos estados nacionales, tomar las correspondientes medidas de control.  No es difícil comprender que esta crisis refuerza al Estado y promueve la tentación de institucionalizar un modo de actuar que debería ser solo temporario.  En resumen: la pandemia, vista desde el poder y en ojos de quienes lo detentan, es una oportunidad estupenda y antes no soñada de asumir plenos poderes.  Hablando mal y pronto, es “el sueño del pibe” si el pibe es pichón de dictador, o el paraíso terrenal deseado y prometido a un partido único, cualquiera sea su color ideológico.  El desafío médico y de sanidad, en principio neutral en materia política, tiene sin embargo un aprovechamiento político inmediato y en muchos casos, oportunista.  Al golpe de la infección se responde con un golpe de timón.  Peligro, amenaza, miedo son el caldo de cultivo perfecto de los abusos de poder.

Propongo ir por (algunos) sectores geopolíticos en la situación actual.  En Europa existe un brote importante del nacionalismo de derecha –en algunos casos con antiguos visos fascistas—en particular en Europa Central y Oriental.   En Hungría, el partido de gobierno que encabeza el primer ministro Viktor Orban ha minado la democracia en forma sistemática y adrede.  Cambió las reglas de participación electoral, embutió a las cortes con jueces aliados, y atacó a los medios de comunicación independientes mediante la censura o a través del expediente “más simpático” de comprarlos a través de amigos o testaferros.  El resultado ha sido una gran concentración de poder en manos del ejecutivo y el fin efectivo de la división de poderes.  En Polonia, el partido de gobierno que encabeza Jaroslaw Kaczynski ha adoptado una estrategia similar, pero más focalizada en destruir el sistema judicial independiente.

Entretanto, y enfrentada a problemas más urgentes tales como la pandemia y las crisis económicas, la Unión Europea en su conjunto, y en especial los países líderes –Francia y Alemania—han preferido hacer la vista gorda ante el surgimiento autoritario en Europa Central y Oriental.  En otra época, cuando la UE decidió incorporar a esos países en su seno, pensaba ingenuamente que las condiciones de su participación los iban a orientar hacia el modelo de democracia occidental.  En realidad, se produjo todo lo contrario.  Los nuevos miembros importaron a la Unión Europea el virus de un fuerte autoritarismo adquirido en su historia primero fascista y luego comunista.  Hoy en día, y obligados por la pandemia y otras crisis a adoptar una actitud “más realista”, las democracias europeas deberán “tragar un sapo,” y aceptar lo que Viktor Orban llama cínicamente “una democracia iliberal.”

En otra zona geopolítica, a saber el de las relaciones China-Estados Unidos, hubo una evolución similar.  Las elites estadounidenses, originalmente liberales, y actualmente nacionalistas, acariciaron la ingenua esperanza que, al incorporar China a diversos tratados, lograrían encauzarla hacia un modelo más abierto de participación y alternancia política.  Sucedió lo contrario: China se enriqueció, adquirió mayor confianza en su poder mundial, y reforzó las tendencias autoritarias dentro de su partido único.  Podríamos decir, con una pequeña dosis de exageración, que la República Popular China no se siente hoy muy popular, desconfía de su pueblo, lo mima y lo vigila al mismo tiempo, y lo somete a un sistema de autoridad que no tolera disidencias.  Los 92 millones de miembros del Partido Comunista Chino son en realidad algo parecido al mandarinato de muchos siglos atrás, en cuya cúspide se sienta un emperador, hoy llamado pudorosamente “presidente vitalicio.” 

En Rusia, el despotismo es una tradición que atraviesa toda la historia, del zarismo al sistema soviético, a la dictadura de Vladimir Putin en la actualidad.  El sistema de control férreo de los equipos de seguridad hoy domina a los sectores monopólicos económicos, que se vuelven vasallos del poder central, a cambio de acumular riqueza pero sin independencia civil o política, cuyo solo atisbo produce una reacción brutal desde el poder.

En América Latina, la ola derechista del presente es el extremo pendular de un anterior populismo progresista.  Pero el autoritarismo en el continente es un virus del que pocos son inmunes y que funciona como el Covid-19, sin predilección partidaria, y que ha estado latente o manifiesto a lo largo de la historia política.  Un caso ejemplar fue el de la Argentina durante la guerra de las Malvinas.  Un régimen militar siniestro logró un breve pero masivo apoyo popular al invadir las islas.  Luego de fracasar en el intento, esa movilización se le volvió en contra y lo obligó a abandonar el poder.  Pero el autoritarismo por períodos no desapareció, por aquello del dicho popular –esta vez invertido—que debería rezar “muerto el perro NO se acabó la rabia.”

He dado un repaso muy escueto de algunas regiones del planeta, con el objetivo de ilustrar el efecto de la pandemia sobre los sistemas de control y representación.  En todas partes se refuerzan los estados, pero cada Estado depende, a su vez, de su propia historia, que lo define casi como una fatalidad.

Quiero terminar este artículo con una distinción conceptual entre autoritarismo y autoridad.  El autoritarismo es la tendencia a imponer decisiones arbitrarias de arriba hacia abajo, con o sin movilización popular, que cuando ocurre es casi siempre demagógica.  La autoridad de un Estado se basa por el contrario, en la confianza entre gobierno y pueblo, lo que permite decisiones racionales y consensuadas.  La pandemia ha reforzado a todos los estados en el planeta, tanto justos como pecadores, tanto despóticos como participativos, racionales como irracionales, sabios o torpes.  Pero hay que saber distinguir.  Propongo como ejemplo, una entrevista reciente con un distinguido epidemiólogo sueco: 

https://laverdadnoticias.com/mundo/Epidemiologo-sueco-advierte-que-coronavirus-contagiara -a-todos-20200511-0223.html

Suecia representa un sistema con autoridad capaz de tomar decisiones racionales y consensuadas, no demagógicas e improvisadas. Con la pandemia han instituido un “confinamiento suave y voluntario.” Los Estados Unidos presentan un modelo muy distinto: por un lado una “libertad” sin responsabilidad y por otro un autoritarismo sin autoridad y sólo moderado por la propia incompetencia o chapucería.  Como se decía en Alemania otrora respecto del imperio Austro-húngaro: Autoritarismus gemildert durch Schlamperei (un autoritarismo moderado por la torpeza).

Entretanto, buena cuarentena!


[1] Moti Benyakar, Lo disruptivo: Amenazas individuales y colectivas: el psiquismo ante guerras, terrorismo y catástrofes sociales, Buenos Aires” Biblos, 2006.

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