La recuperación de países arrasados

Poderosos grupos internacionales con cómplices locales han arrasado con enteros países. La reconstrucción de esos países es ahora un enorme desafío ya que no se trata de restaurar los mismos procesos que llevaron a la debacle sino establecer otros rumbos y formas de funcionar.

Un sinnúmero de países han sido arrasados por la acción de poderosos grupos internacionales operando con cómplices locales. Han lucrado con una codicia sin fin y dura indiferencia por las consecuencias con las que castigaron a enormes mayorías.

Recuperar esos países arrasados no significa restaurar procesos de antaño que, de una forma u otra, desembocaron en la calamitosa condición en la que quedaron. Habrá que evitar retornar a dinámicas anteriores e impulsar otros rumbos y formas de funcionar. Así como toca desmontar los mecanismos que reproducen la desaforada concentración de la riqueza y del poder decisional, es crucial identificar experiencias que lideraron quienes resistieron el avance concentrador. Esas personas y, por cierto, las nuevas generaciones son las convocadas a protagonizar la recuperación de sus sociedades.

Aunque emerge de los inmisericordes castigos e injusticias recibidos, la venganza es pésima consejera para la reconstrucción que toca encarar. Existen otros enfoques para cerrar las heridas: juzgar a los responsables de la destrucción social otorgándoles las garantías de debido proceso, garantías que los pueblos no tuvieron.

El propósito es cortar nefastas espirales de retaliaciones que nunca acaban y permitir que las sociedades liberadas puedan concentrarse en construir mejores destinos. Corresponde que la Justicia (reformada su composición y marco normativo) haga su trabajo con la colaboración de organismos que sostengan la memoria y ayuden en las investigaciones.          

Los actores que arrasaron con los países se valieron de su posición dominante para apropiarse de riquezas generadas por el conjunto de la sociedad. Tal fue la codicia y el ninguneo del resto de la población que, además, esos grupos evadieron impuestos, no pagaron justas regalías y fugaron al exterior el botín obtenido. Con ello asfixiaron todo intento de desarrollo sustentable y soberano. Para salir del pantano será imprescindible establecer estrategias transformadoras portadoras de lo que los pueblos anhelan y luego implementarlas con determinación y creatividad.

En ese contexto es de plena justicia recuperar los recursos mal habidos y ayudar con ellos a financiar la recuperación de los países arrasados. Algo difícil de lograr pero imposible de ignorar.

Las circunstancias de cada país y momento condicionarán cómo recuperar las riquezas robadas y fugadas, que no son cifras pequeñas sino de miles de millones. Así como son condenados delincuentes que roban bancos o estafan a personas, habrá que juzgar a los arrasadores y asegurar la devolución de lo sustraído a sus pueblos. El daño ha sido tan grave que no cabe el borrón y cuenta nueva.               

Prioridades de reconstrucción

En el artículo Otra economía, otro país publicado el mes pasado se señalaron algunos de los principales desafíos a enfrentar para reconstruir países arrasados. Entre otros se destaca la necesidad de desactivar la especulación financiera y el accionar de los capitales golondrinas concentrando recursos y esfuerzos organizativos en respaldo de la economía real y el empleo, transformar paulatinamente la estructura productiva para hacerla inclusiva y sustentable con políticas que impidan abusos de poder de mercado y alienten la emergencia de nuevos actores económicos, reformar a fondo la justicia para que deje de ser una trinchera de defensa de los poderosos, democratizar los medios y el financiamiento de la política de modo de descolonizar mentes y la forma perversa como hoy se formatean subjetividades, recuperar sin medias tintas la soberanía decisional de cada país, apoyar el permanente esclarecimiento popular y reforzar las organizaciones sociales que sustenten y sean custodios de democracias plenas.

El basamento político de la reconstrucción

Recuperar países arrasados exige que las nuevas estrategias contribuyan a desmontar el oscuro submundo de los delitos políticos que comprometen el estado de derecho y el funcionamiento democrático. Reconstruir países arrasados será siempre un esfuerzo cuesta arriba sino se lograse transformar la correlación de fuerzas predominante, crítica dimensión política que sería gravísimo no considerar. Esto no es sencillo por las trampas y trincheras institucionales establecidas para proteger los  privilegios. Los arrasadores se han apoderado de los más diversos resortes de poder, generando concentración mediática, infiltración de partidos políticos, cooptación de formadores de opinión, sesgados sistemas judiciales, usinas de pensamiento estratégico que les dan cobertura ideológica. Tremendos casos que van quedando al descubierto.

Uno de esos casos es el de asociaciones ilícitas que se conforman para neutralizar líderes que se oponen al sometimiento arrasador. Llama poderosamente la atención que ese tipo de ataques contra liderazgos transformadores se haya desarrollado con similares metodologías en muy diversos países del mundo. Aparecen como nuevas consignas de dominación adaptadas a los tiempos tecnológicos y al despertar popular.

Si bien con peculiaridades locales, se está descubriendo que, en esencia, ese accionar va enhebrando diversas instancias. Los jefes de la asociación ilícita vinculada con el poder concentrado escogen actores que es necesario neutralizar. Servicios de inteligencia que les responden se movilizan buscando aspectos comprometedores de la trayectoria de esos actores. Si los encuentran reúnen esos antecedentes delictivos o cuasi delictivos conformando lo que vulgarmente se llaman “carpetazos”; medios para presionar a actores. Con esas amenazas en su poder, los arrasadores cooptan actores que vuelcan a su favor; sobran ejemplos de políticos o jueces que súbitamente cambian posiciones y, antes enfrentados con el privilegio, luego resultan funcionales a los dominadores.

Cuando los servicios de inteligencia no logran recabar pruebas fehacientes contra los actores que intentan desacreditar, inventan o fraguan causas delictivas. Para ello utilizan guionadas declaraciones de supuestos “arrepentidos”. Esto es, personas coaccionadas a declarar contra antiguos aliados a cambio de no ser condenadas o, de serlo, reciban penas sensiblemente menores. Como la coacción no puede quedar transparentada, las falsas denuncias son filtradas a legisladores o periodistas adictos que pueden aducir no revelar sus fuentes para protegerlas. Luego medios afines publican infinidad de veces la falsedad agregando o deformando detalles para otorgar un aura de verosimilitud a la engañosa campaña lanzada por la asociación ilícita. De esta forma se manipula la opinión pública hasta que intervienen fiscales y jueces, también miembros de la asociación ilícita. Como cómplices necesarios, traicionan su mandato e inician procesos imputando a los denunciados y, con frecuencia, encarcelándolos aún antes de ser condenados.

Las falsas denuncias o las que pudieran terminar siendo verdaderas se refieren a actos de corrupción de quienes enfrentan a los arrasadores. No se denuncia el multimillonario robo de los propios arrasadores a través de políticas públicas que posibilitan y apañan los delitos que cometen. Con el poder que detentan se aseguran un cerco de impunidad que no es sencillo atravesar. Es indignante y doloroso ver que los grandes corruptos se pavonean con fortunas obtenidas a costa del bienestar de países y sociedades.

En fin, que vale destacar la naturaleza esencialmente política y valorativa de la tarea de reconstruir países arrasados. Si bien es un esfuerzo multidimensional que incluye lo económico, cultural, ambiental, educativo, la salud pública, el derecho habitacional, el fortalecimiento de la organización social, la transformación institucional y tanto más, el  entrecruzamiento de todas estas dimensiones debiera apuntar a cambiar la correlación prevaleciente de fuerzas, factor crítico para asegurar sustentabilidad al nuevo rumbo y forma de funcionar. De no hacerlo, seguirán operando las fuerzas que desestabilizan a los gobiernos de base popular provocando los recurrentes retrocesos que muestra la historia de la humanidad.

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