La rana europea

El primer corolario político de la crisis financiera es el surgimiento de mayorías negativas, es decir, el avance de los extremos por sobre el centro. Entretanto, los dirigentes en el centro del sistema insisten en políticas de consecuencias catastróficas.Esta nota es un apéndice político al artículo de Roberto Mizrahi sobre la situación europea. En un todo de acuerdo con la argumentación económica, me permito agregar la pregunta siguiente. Si bien sabemos que la dirigencia actual conduce al abismo, del que se salvará solo una minoría minúscula de la población, ¿cual es el sujeto histórico de una política más sana e inclusiva? La respuesta es clara: una masiva y organizada movilización popular. Sólo una fuerte presión en las calles y en las urnas hará que los políticos (mejor dicho los nuevos políticos jóvenes no comprometidos con el régimen actual) cambien el rumbo. Sin embargo, la velocidad de la crisis es superior (por el momento) a la velocidad de la protesta. No ha sonado todavía “la hora de los pueblos.” Pero se aproxima. Primero en los países mediterráneos (Grecia, España), luego en los otros periféricos (Irlanda, Portugal), y finalmente en los países del meollo central Europeo (empezando por Francia), la “rebelión de las masas” se está gestando. Por el momento se trata de un clamor simple: “El pueblo quiere saber de que se trata.” Pero quienes recuerdan el 25 de mayo de 1810 saben que esa demanda puede cambiar la historia. Es cierto en todas las revoluciones del siglo 19 y en algunas del siglo 20.

Pero las crisis históricas anteriores en ambos siglos nos alertan también sobre el peligro agazapado en toda transición. Por ejemplo, las revoluciones europeas de 1848 tuvieron un resultado ambiguo y dispar, en algunos casos con mejoras progresistas, y en otros con reacciones fuertemente autoritarias. En el siglo 20 el peligro fue aun mayor.

¿En que consiste el peligro? En lo siguiente: la crisis del capitalismo tardío (es decir financiero y concentrado) ha producido, en lo político, el vaciamiento del centro. En los Estados Unidos, los dos partidos se han separado tanto (conducidos, en el caso del partido republicado por su ala más extrema) que todo compromiso legislativo es imposible, y la acción del ejecutivo está trabada en un impasse que no tiene antecedente. Por un lado, la derecha populista, ejemplificada por el Tea Party (que se parece mucho al viejo poujadismo francés) ejerce fuerte presión electoral en todos los distritos. Por otro lado, las izquierdas se movilizan en acciones callejeras bajo la bandera de “Ocupar Wall Street.” El tono moderado del presidente Obama y la parálisis legislativa en el Congreso hacen que el entusiasmo por la nueva administración que caracterizó su campaña en el 2008 se haya disipado. En Francia, el triunfo de un socialista moderado disimula el avance enorme de la derecha xenófoba por un lado, y la resurrección del antiguo comunismo francés por otro lado. En Grecia, que se está convirtiendo en el detonante político europeo, la situación es la siguiente. El jefe del Consejo de Estado Panagiotis Pikrammenos (que en griego quiere decir “amargado”) fue nombrado por el presidente para encabezar un gobierno sin mandato, hasta tanto se realicen nuevas elecciones el 17 de junio. Frente al avance electoral de la izquierda, por un lado, y de la extrema derecha por otro, la Canciller alemana Angela Merkel “advirtió” al pueblo griego que debe actuar en “forma responsable” y elegir por ende a un partido que cumpla con las exigencias alemanas que condicionan un paquete de ayuda financiera (similar a los antiguos paquetes del FMI en la Argentina). En esta exigencia tozuda y fatal, olvida la Canciller una antigua lección alemana. Debería recordar la señora Merkel las elecciones que tuvieron lugar en Alemania el 31 de julio de 1932. En aquel entonces se celebraron elecciones federales después de la disolución prematura del Congreso (Reichstag). Las elecciones confirmaron un avance notable del partido Nacional Socialista, que por primera vez se volvió el más numeroso, pero sin llegar a ser mayoría parlamentaria. Por su parte, el Partido Comunista se mantuvo fuerte en el Congreso. Los partidos (Nazi y Comunista) eran partidos anti-parlamentarios (es decir anti-sistema). Juntos representaban una neta mayoría pero, por estar en extremos opuestos, los alemanes calificaron la situación como “mayoría negativa.” Los dos partidos jamás lograrían gobernar juntos, pero impedirían todo gobierno desde el centro al mismo tiempo. Así murió la Republica de Weimar. La tragedia que siguió la conocemos todos.

En 2012 en Europa y también en los Estados Unidos, estamos por llegar, en lo político, a la mayoría negativa. ¿Desembocará en una respuesta sana o en una reacción necia y fatal? Por el momento, la reacción del país europeo mas fuerte –Alemania—es decididamente necia. Es de esperar que la presión popular la haga cambiar. Pero hemos de recordar también que por el momento, la presión está a cargo de mayorías negativas.

En un pasado lejano, en mi lozana adolescencia, corrían por el Colegio Nacional bromas de buen y de mal gusto, entre ellas un llamado “chiste alemán.” Contaba que un científico de esa nacionalidad, serio y sistemático, pero también obcecado, hizo un experimento con una rana. Primero le enseñó a saltar como respuesta a una orden del científico. Este anotó cuidadosamente la distancia recorrida por el salto inicial. Luego le cortó una pata y le ordenó saltar. El salto fue más corto, pero meticulosamente medido. Y así siguió cortando pata por pata hasta que la pobre rana no pudo más saltar. Conclusión del científico alemán: “cuando a una rana se le cortan todas las patas, se vuelve sorda.” El 17 de junio el pueblo griego deberá elegir si quiere ser rana o no.

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