La Otra Pandemia, o La Inmunidad Democrática en Peligro

La elección de un nuevo presidente “normal” en los EEUU es bienvenida, pero no elimina los peligros a que está sujeta la democracia.  Este artículo los enumera.

Con la elección de Joe Biden a la presidencia de los Estados Unidos, tanto dentro como fuera de ese país mucha gente de buena voluntad encontró un respiro de alivio. El contraste entre un hombre honrado y un cruel fullero no puede ser mayor.  Sin embargo, en aras de la objetividad corresponde hacer varias salvedades. 

La primera es que el veterano político y nuevo presidente, antiguo senador y ex vicepresidente, oriundo de una vieja cepa irlandesa de Pennsylvania y actual residente en Delaware, no es un redentor. Es simplemente un político hábil y un hombre bueno, capaz de compromisos con sus rivales y enemigos, en pos de una visión de su país como potencia no sólo poderosa sino con frecuencia también inspiradora en otros países que conocieron o siguieron al iluminismo, el mismo iluminismo de los fundadores de la república norteamericana.  La visión inicial que aquellos hombres ofrecieron al mundo se fue transformando (y desvirtuando) a medida que los Estados Unidos no superaron su pasado esclavista, crecieron en potencia, y terminaron adquiriendo un imperio. 

Nada de esto va a cambiar con Biden, con la excepción que le toca presidir una potencia en relativo declino y con menor libertad de acción en el mundo.  El presidente electo es, como los mejores políticos que produjeron los Estados Unidos, una mezcla de idealismo y realismo.  Recordemos una frase de Kant, el filósofo iluminista por excelencia: “Con un leño torcido como aquel del que ha sido hecho el ser humano nada puede forjarse que sea del todo recto”. Lo cual se completaría, en opinión de gente como Biden con otra frase: “pero hay que intentarlo continuamente”. [1]

Desde el poder ejecutivo, y con un congreso dividido, Biden intentará arrancar la cizaña que sembró su predecesor en cuatro años, en especial el desdén y el desprecio por las instituciones republicanas. Esta primera salvedad se refiere, por lo tanto, a dos cosas: el carácter no carismático del personaje, y el acotamiento de sus poderes por instituciones donde la influencia de políticos reaccionarios y demagógicos es fuerte.

La segunda salvedad se refiere a la difundida pero errada apreciación del acto electoral por el que supuestamente se expresa la “voluntad general,” según la vieja y controvertida expresión de Rousseau.  En la votación directa o popular, Biden ganó en forma contundente y masiva. Pero en el filtro del Colegio Electoral donde los estados minoritarios y reaccionarios tienen una representación desproporcionada, la pelea fue más ceñida, aunque allí también prevaleció el candidato demócrata, a pesar de las acusaciones sin fundamento de Trump y sus secuaces.  Pero estos últimos ganaron puestos en la Cámara de Representantes y mantuvieron su poder en el Senado.  Con todo, Trump se ha negado a conceder, lo que sugiere una estrategia de más largo alcance.

Por otra parte, aunque Trump no fue reelegido, recibió un caudal de votos muy significativo (nada menos que 74 millones de sufragios), que le permitirá ser un actor político de gran peso, con fuerte apoyo popular, aunque sea “desde el llano.”[2]  Y es aquí donde surge el gran interrogante: la elección presidencial del año 2020: ¿fue una expresión de la fortaleza de la democracia norteamericana (participación electoral sin precedentes y fin de la consabida “apatía” del electorado norteamericano) o, en cambio, algo mucho más ambiguo, incluso peligroso, que esconde una fractura política fundamental? 

Mucho me temo que los seguidores republicanos de Trump no votaron esta vez contra los demócratas, sino contra la democracia tal como ha sido entendida hasta ahora en los Estados Unidos: un sistema bipartidista con alternancia en el ejercicio del poder, en el que los partidos son parte de un todo mayor y, de esa manera, aceptan la legitimidad de sus rivales.  Hay arte en el ganar, pero también arte en el perder.[3]  Es el fair play anglosajón, negado por Trump y sus tramposos.

Mi inquietud va más allá de preguntarme si Donald Trump intentará o no volver a ser candidato a presidente en las elecciones de 2024, como le permitiría la Constitución.  En caso de ganar, sería una alternancia legítima, pero solamente al comienzo. Bien decía Winston Churchill que la diferencia entre la guerra y la política es que en la guerra uno muere una sola vez. [4] Y ahora me detengo en esta cita que es no sólo ocurrente sino también profunda.

Para simplificar diremos que en una guerra hay dos bandos en lucha mortal y gana aquel que mata un número convincentemente mayor del enemigo en relación a las bajas que sufre de su lado.  Matar o morir es la terrible lógica del conflicto. La guerra, en este esbozo esquemático, termina cuando quedan en el campo de batalla dos mayorías: la mayoría de los triunfantes que están vivos, y una mayoría de enemigos muertos.  Según la teoría clásica de la guerra (von Clausewitz), triunfa quien asesta el golpe decisivo al hacer converger una mayoría apabullante de soldados y recursos sobre el enemigo. 

Mi esquema no es una exageración grosera: véase como ejemplo paradigmático la batalla de Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial, que fue definitoria para toda la contienda.  La misma lógica opera en una guerra civil, donde las “grietas” de una sociedad se convierten en fosas de cadáveres con la misma expresión numérica.  Para muestra basta recordar la guerra civil española de 1936-39 y más atrás, la guerra civil norteamericana de 1861-65.

¿En qué se diferencia una batalla electoral de una batalla bélica?  En forma escueta y contundente, la diferencia está en que la política reemplaza una decisión por las armas con una decisión por el voto.  La democracia significa muchas cosas, pero ésta es fundamental: la renuncia a usar la violencia como instrumento de decisión.  De ahí la solemnidad del voto.  Asegurar elecciones limpias y transparentes es un acto casi sagrado en toda democracia representativa.  La esencia de esa solemnidad está en la inmunidad de la votación –inmunidad contra toda injerencia externa.  Todo intento de hacer caer una democracia se basa en un ataque, abierto o solapado, al voto limpio, a través de una serie de trampas o artilugios: el fraude, la desinformación, la proscripción o intimidación de la oposición, y la violencia. 

Hay un artilugio especialmente perverso. Consiste en acusar falsamente de “fraude” a quienes ganaron y a quienes aseguraron imparcialmente la inmunidad del voto. De esa manera se llega a negar la voluntad general. Ese artilugio comienza mucho antes de la elección, con una “acusación preventiva” de que va a haber un fraude masivo –si gana la oposición. Una vez fomentado el descreimiento en el acto electoral, se pretende hacer caer todo el edificio del sistema político representativo y de la alternancia. En suma: se ataca, igual que un virus, la inmunidad de una votación.

Una vez logrado el objetivo principal de atacar la inmunidad del voto, se abre el peligroso camino de un retorno a la violencia como modo de decisión de los conflictos.  Enumero los hitos de ese camino:

  1. Descreimiento del voto
  2. Confusión anárquica y deslegitimación de todo el sistema
  3. Violencia civil
  4. Caída del régimen representativo democrático
  5. Estado de excepción
  6. Dictadura

No se trata de un esquema hipotético[5].  Es un camino recorrido en el pasado por varios sistemas democráticos: la República de Weimar, la República española, la Italia de la primera posguerra, para citar unos pocos del pasado.  En el presente presenciamos una proliferación del esquema, hoy ejemplificados por países como Hungría y Turquía, entre muchos otros, y en todos los continentes.

¿Podrán los regímenes democráticos de occidente mantener su inmunidad frente a esta otra pandemia, y en particular los Estados Unidos?  Por ahora este último se ha defendido, pero no sabemos hasta cuándo.  


[1] Immanuel Kant, Idee zu einer allgemeinen Geschichte in weltbürgerlicher Absicht, 6. Satz (1784) in Sämtliche Werke in sechs Bänden, vol. 1, p. 230 (Großherzog Wilhelm Ernst ed. 1921)(S.H.) (Idea para una historia universal en clave cosmopolita.)

[2] Ver los resultados https://www.theguardian.com/us-news/ng-interactive/2020/dec/03/us-election-results-2020-joe-biden-defeats-donald-trump-to-win-presidency

[3] Ver https://www.spiegel.de/kultur/donald-trump-nach-der-verlorenen-wahl-kulturhistoriker-ueber-die-kunst-der-niederlage-a-67d55e75-5ded-4cda-8b06-d5ecf6221173

[4] Winston Churchill, «Politics is almost as exciting as war, and quite as dangerous. In war you can only be killed once, but in politics many times.» https://www.nationalchurchillmuseum.org/winston-churchill-the-politician.html


[5] El esquema fue presentado por primera vez en 1927 por el teórico entusiasta del nacional-socialismo Carl Schmitt: https://arditiesp.files.wordpress.com/2012/10/schmitt-carl-el-concepto-de-lo-policc81tico-completo.pdf

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