La honorable excepción

Sin una revolución anterior exitosa, especialmente una revolución auténticamente “burguesa”, la democracia es una farsa y una palabra vacía[1]. En América Central, sólo Costa Rica tiene una exitosa. Pero es una excepción. En muchos otros países de la región, las revoluciones democráticas fueron frustradas por Estados Unidos. Durante la Guerra Fría, EEUU estaba motivado por el miedo a sus valores cuando otros los hacían propios. Ahora que Estados Unidos está cerrando sus puertas a los inmigrantes, quienes están en busca de vida, libertad y felicidad que les son negadas en casa, puede convertirse en una enemigo de sus principios fundacionales.

Al sur de la frontera de Estados Unidos, muchos refugiados buscan asilo, o simplemente “saltan el cerco”. Aquellos—legales o ilegales—que son detenidos son sometidos a un tratamiento degradante. El gobierno de EEUU, como otros gobiernos occidentales capturados por partidos nacionalistas y populistas, ha tratado de transformar la crítica situación de los refugiados en otra llamada emergencia de seguridad para movilizar a su base política. La emergencia es en gran parte manufacturada: la migración neta en el límite sur del país está en mínimos históricos[2]. En el caso, estadounidense, la mayoría de los refugiados son madres con hijos de Centroamérica, escapando de condiciones de muerte en sus países de origen, en particular de Honduras, El Salvador y Guatemala. El anterior flujo de varones indocumentados desde México ha disminuido significativamente, debido al mejoramiento de las condiciones en México y al deterioro de las condiciones en Estados Unidos.

Haré una simple pregunta: en la “ola” de nuevos inmigrantes, ¿cuántos costarricenses han sido detenidos o “procesados”? Hasta donde yo sé, ninguno. La siguiente pregunta es ¿por qué? La respuesta también es simple: en contraste con sus vecinos, Costa Rica no es un estado fallido del cual la gente intenta escapar. En términos comparativos, es más próspero, más igualitario, no está sujeto a la guerra de guerrillas ni a la represión militar. De hecho, Costa Rica es un paraíso para jubilados estadounidenses y es el sitio preferido para el ecoturismo, que cuenta con el apoyo de muchos viajeros que valoran sustentabilidad y conservación. Costa Rica también tiene una democracia que funciona y, pese a estar sometida a muchos problemas sociales y económicos, como otros países más desarrollados, ha encontrado un nicho en el club de los países más pacíficos y felices. De hecho, este país centroamericano muchas veces se comporta como uno nórdico.

De muchas maneras, Costa Rica ha estado a la vanguardia de las iniciativas políticas que califican a este pequeño país con el estatus de “avanzado”. Es una de las 22 democracias más antiguas. Fue el primer país del mundo en abolir las fuerzas armadas en 1949, canalizando hacia educación el dinero que normalmente se gastaba en defensa. Estableció educación y salud públicas gratuitas y realizó inversiones en parques nacionales para proteger el medioambiente y preservar la biodiversidad. En 2017, obtuvo el record mundial de mayor cantidad de días seguidos de operar toda la red nacional de electricidad sólo con energía renovable: 300 días. Ha estado delante de Dinamarca y Suecia en este tema. Hoy, Costa Rica se ha embarcado oficialmente en el ambicioso programa de eliminación de emisiones de dióxido de carbono en consonancia con el acuerdo de París sobre cambio climático y la agenda de Naciones Unidas sobre desarrollo sustentable. Como Noruega, Costa Rica reemplazó las centrales eléctricas alimentadas a carbón por centrales hidroeléctricas y geotermales. Nuestro clima no será dañado por emisiones de Costa Rica. Desgraciadamente, como con los países nórdicos, su impacto es más por el ejemplo que por sus efectos reales sobre la atmósfera global, por el pequeño tamaño de esta nación.

Esto me lleva a una pregunta: ¿Cuál es el origen social de tal enfoque racional y pensamiento a largo plazo? Las condiciones para tales políticas públicas racionales y sustentables son éstas: una serie de profundas reformas sociales, una democracia consolidada, prolongada estabilidad política, significativa igualdad y paz civil. Éstas, a su vez, no pueden lograrse sin un largo proceso de desarrollo social (como en los países escandinavos) o una revolución democrática exitosa, como en el caso de naciones más jóvenes.

Paradójicamente, Costa Rica debe su trayectoria excepcional a los Estados Unidos—no al apoyo estadounidense, sino a su confundido abandono. El pequeño país fue suficientemente afortunado como para escapar las solicitudes “anticomunistas” de la superpotencia, quien—sorprendentemente—permitió que triunfara la revolución democrática en Costa Rica en 1948 y no intervino para destruirla. Las razones son variadas y algunas accidentales. Entre ellas, los revolucionarios costarricenses lograron desviar el anticomunismo estadounidense hacia el sistema corrupto que ellos ambicionaban derrocar y lejos de ellos mismos[3].

Ese no fue el destino de la desafortunada Guatemala, donde un proceso similar fue perentoriamente revertido con un golpe militar auspiciado por la CIA[4]. En comparación, los resultados fueron sorprendentes[5].

En Costa Rica, luego de la revolución de 1947-48 (conocida como “la guerra civil”) que costó 2.000 vidas, el país se embarcó en una ininterrumpida historia de avance democrático y socioeconómico, hasta la nación “eco-amigable” y pacífica que es hoy. En Guatemala, el derrocamiento de la democracia, las consecuentes reacción, insurgencia y represión produjeron un  prolongado conflicto que llevó a 200.000 muertes. En otras naciones centroamericanas vecinas como Honduras y El Salvador, sin revoluciones democráticas pero con una fuerte intervención de Estados Unidos, la anarquía y el fracaso de los estados dejó a la población civil sin otra opción que escapar de las bandas asesinas (incluyendo a las fuerzas policiales) que hoy ocupan el escenario central. Éstas son las caravanas que pasaban a través de México y amenazaban inundar la frontera entre ese país y Estados Unidos. Y esa es la razón de porque no hay costarricenses entre los refugiados.

Mientras tanto, la reacción de la actual administración estadounidense ha sido tanto truculenta como torpe, yendo del encarcelamiento, separación de los hijos de sus padres, al alojamiento de los refugiados en los que puede describirse como campos de concentración. Como la afluencia no parece detenerse, el presidente de los Estados Unidos ha amenazado con cerrar definitivamente las fronteras, una acción que de llevarse a cabo tendrá consecuencias perjudiciales tanto económicas como humanitarias. Como destino de 80% de las exportaciones de México y siendo el lugar de trabajo de cientos de miles de mexicanos, los Estados Unidos tienen abundante apalancamiento como para aplicar presión a través de la frontera, aunque EEUU también sufriría. La idea parece ser externalizar con fuerza hacia México la tarea de bloquear la inmigración y, en cambio, absorber a los refugiados.

El rechazo de los inmigrantes como indeseables, pese a ser repulsivo, es más entendible en el contexto europeo, donde hoy crece de manera galopante—en Hungría, Italia, Reino Unido, Francia y en varios otros países, incluso en Alemania, donde el populismo derechista está en aumento. Estos países, que históricamente han producido emigrantes y no han experimentado la inmigración y que tienen una larga tradición de etnonacionalismo y fascismo, buscan cerrar sus fronteras y echar la culpa de todos los males sobre los extranjeros. La búsqueda de la pureza étnica, íntimamente asociada con la persecución fue el mismo proceso que expulsó a millones de europeos “impuros” de sus patrias en busca de una mejor vida en las Américas. Históricamente, EEUU, Argentina, Brasil, México, Uruguay, entre otros, han recibido migrantes económicos y refugiados políticos.

En Estados Unidos, como en otros países de las Américas, la experiencia fue exactamente la opuesta a la de Europa. El país fue establecido y desarrollado por inmigrantes, tanto que el presidente Franklin Delano Roosevelt cuando tuvo que dirigirse a una seudo-aristocrática y nativista organización—las Hijas de la Revolución Americana—les dijo: “Somos una nación de muchas nacionalidades, muchas razas, muchas religiones entrelazadas por una única unidad, la unidad de libertad e igualdad. Quien busque poner una nacionalidad contra otra, busca degradar todas las nacionalidades”. Aunque no lo hizo, él bien pudo haberse dirigido a ellos con una frase burlona “mis compañeros inmigrantes”, como algunos supusieron. Roosevelt estaba simplemente reafirmando el mismo principio de la promesa estadounidense desde los primeros días de su fundación. El abandono de este principio básico bajo el populismo nacionalista puede si se quiere construirse como una tragedia. Nadie afirmó la grandiosidad de la promesa y los peligros de su traición mejor que el gran poeta estadounidense. A este respecto, amerita citarse ampliamente a Walt Whitman:

 “Estados Unidos debe acoger a todos—chinos, irlandeses, alemanes, pobres o no, criminales o no—todos, todos sin excepciones, transformarse en asilo para todos los que eligen venir. Podremos habernos desviado temporalmente de este principio pero el tiempo nos traerá devuelta. La marea puede crecer y crecer otra vez y todavía otra vez más después de esa pero al final hay una bajamar—la marea baja llega al final. Piensa en esto—piensa en esto: cuán poco de la tierra de Estados Unidos está cultivada—cuánto de ella está aún sin cultivar. Cuando vas al oeste a veces viajas días enteros a la velocidad del rayo a través de vastos espacios donde no hay un acre arado, ni un árbol tocado, ni una señal de una casa puede ser detectada por ningún lado. Estados Unidos no es para tipos especiales, para la casta, por el contrario es para las grandes masas de gente—lo vasto, lo emergente, lo esperanzador, ejército de obreros. No nos atrevamos a negarles un hogar—cerrar las puertas en sus caras—tomar posesión de todo y encerrar todo con alambrados y luego sentarnos satisfechos con nuestro sistema—convencidos que hemos solucionado el problema. Yo por mi parte me niego a conectar a Estados Unidos con tal fracaso—tal tragedia, porque podría llegar a ser una tragedia.[6]

Como alguien que vive en Estados Unidos y cree en esta promesa, soy testigo desesperado del despliegue de esa tragedia en nuestros días.


[1] . Ésta es la tesis del clásico estudio comparado de Barrington Moore, Jr., Social Origins of Dictatorship and Democracy, Boston: Beacon Press, 1966.

[2] . Para un análisis, consultar Max Fisher and Amanda Taub, “The Self-Fulfilling Crisis of the Policy at the Mexican Border,” The New York Times, April 3, 2019, p. A9.

[3] . Para un reporte de estas paradojas, ver: https://elespiritudel48.org/costa-rica-and-the-1948-revolution/

[4] . En 1984, tuve el honor de conocer en Nueva York al “padre de la democracia” de Guatemala Juan José Arévalo (1904-1990) quien me dio una copia de su último libro sobre sus días de estudiante en Argentina. Fue un presidente democrático que logró terminar su periodo de gobierno pese a 32 intentos de golpe de estado. Su sucesor, Jacobo Arbenz, fue derrocado por otro golpe más definitivo. En 1956 Arévalo publicó un famoso recuento de esta tragedia en un libro titulado El tiburón y las sardinas.  Ver https://www.voltairenet.org/article124974.html

[5] . Sobre los errores estratégicos de la intervención estadounidense, ver https://www.nytimes.com/2011/10/21/world/americas/an-apology-for-a-guatemalan-coup-57-years-later.html

[6] . De Walt Whitman Speaks:  His Final Thoughts on Life, Writing, Spirituality, and the Promise of America, edited by Brenda Wineapple: The Library of America, 2019.

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