La crisis europea en perspectiva

En vez de solucionar su crisis, la Unión Europea la posterga y la prolonga. Ese compás de espera sugiere un mal mas grave y mas profundo: la pérdida, tal vez definitiva, de vitalidad histórica.Mientras escribo esta nota, por enésima vez se han calmado los mercados. La Unión Europea otorgó otro préstamo a Grecia a cambio de nuevas promesas de austeridad. Y por enésima vez, habrá otra alarma, otra crisis, y otro “rescate” en un futuro cercano. Los líderes de la Unión Europea insisten en “remedios” que sólo prolongan las agonía de los países periféricos de la zona y no resuelven en absoluto los problemas de diseño y de estructura que afectan a toda la región.

Cabe preguntarse entonces porqué insisten en la misma receta que el razonamiento y los hechos demuestran claramente equivocada. En el caso griego, una explicación plausible es que, al postergar un default inevitable (o al ponerlo en cámara lenta), ayudan a los bancos acreedores, socializan aun mas las pérdidas, y pasan la cuenta de los platos rotos (una festiva costumbre griega) a la población de menores recursos. En los términos asépticos de las ciencias económicas, esto se llama “una devaluación interna.”

Por cierto, las elites globalizadas (por ejemplo los armadores griegos) hace mucho que tienen su plata afuera (en Grecia solamente, la bonita suma de 200.000 millones de euros). Los europeos del Norte a Grecia la tratan (y pronto también a Portugal, Irlanda, y tal vez a España e Italia) como otrora el Fondo Monetario Internacional trataba a los países ayer subdesarrollados y que hoy resultan “emergentes.”

¿Porqué estas “soluciones” europeas no solucionan nada? Hay cinco razones, y son todas contundentes.

Primero, las medidas severas de austeridad no crean crecimiento. Sólo exacerban la deuda, aun cuando se le aplique un descuento. En varios países, y después de repetidas medidas, la deuda aumentó un 40 % desde el comienzo de la crisis: de 120% a 160% del producto bruto interno.

Segundo, después de Grecia, otros países europeos (Italia, Portugal, y España entre ellos) son todavía piezas débiles en un juego de dominós. Allí la desocupación es alarmante, aumenta la bancarrota personal y empresarial, y el descontento social es explosivo. Aumenta además la tensión entre países. De la unión se pasa a la desunión.

Tercero, los propios bancos europeos no creen en las supuestas “soluciones” de los gobernantes: se aferran a sus fondos (muchos de ellos otorgados como préstamos fáciles por el erario público y la Banca Central Europea) y no prestan a quienes quieran producir.

Cuarto, la economía europea en su conjunto sigue en contracción y en caída libre. Mas aun, los plazos para el pago de la deuda no son sólo griegos, sino que vencen también en Francia e Italia (sólo estos dos países tendrán que refinanciar 795 billones de dólares en deuda). Cualquier traspiés puede hacer caer a todo el tinglado europeo.

Quinto, el aumento del precio del combustible agrava la situación. Si el lector se pregunta cómo es posible que una contracción de la demanda (por caída de la actividad económica) se acompañe por un aumento de precio, la respuesta está en el hecho de que el consumo de energía de las potencias emergentes es el verdadero motor de los precios. La simple aritmética indica que la economía global ha dejado de danzar al compás del mundo occidental.

En suma, nada ha sido resuelto en Europa. En cuanto a los Estados Unidos, si su economía se ve un poco mejor, es sólo porque la europea, en comparación, se ve tan mal.

No nos engañemos. A veinte años del fin de la Guerra Fría y del colapso de las economías de planificación central, el mundo no pasó de bipolar a unipolar. El mundo se volvió multipolar (varias potencias) y unidimensional (un solo mercado). La puja ya no es mas entre el capitalismo y el socialismo, sino entre quienes han de definir qué tipo de capitalismo (entre los varios posibles) prevalecerá, y en donde. En ese campo de concurrencia, las perspectivas europeas no son halagüeñas. La moneda única, sin un gobierno central, es un chaleco de fuerza. El liderazgo colegiado es de una mediocridad apabullante. Los eurócratas se dicen tecnócratas, pero en realidad son contadores sin visión y sin pasión. Desconfían de la democracia, quieren vivir al día (y ese día lo viven siempre al día siguiente) y comprometen el futuro de sus sociedades. Si la juventud de Europa representa ese futuro, examine el lector las siguientes cifras de desocupación juvenil por países, y saque su propia conclusión.

Desocupación juvenil en Europa (muestra parcial de países)

Promedio europeo: 22.4%

España: 49.9%

Grecia: 48.1%

Portugal: 35.1%

Italia: 31.1%

Irlanda: 29.6%

Bulgaria: 28.9%

Polonia: 27.5%

Hungría: 27.3%

Chipre: 27.0%

Estonia: 25.1%

Francia: 23.3%

Suecia: 22.4%

Reino Unido: 22.2%

Bélgica: 21.2%

Finlandia: 20.1%

Sólo “se salvan”:

Holanda: 9.0%

Austria: 8.9%

Alemania: 7.8%

Fuente: Business Insider, 21/3/2012

Mi propia conclusión coincide con la opinión que hace muchos años profiriera el gran novelista ruso Vladimir Nabokov: “Después de todo, Europa ya pasó.”

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