La balcanización del mundo

Lejos de haber llegado al fin de la historia nos encontramos con una producción profusa de historia fuera de control –producimos más historia de la que podemos consumir.  Para frenar esa carrera hay que generar propuestas.

En vísperas de la Primera Guerra Mundial, Winston Churchill emitió una de sus brillantes ocurrencias en materia geopolítica.  Dijo entonces: “La región de los Balcanes[1] tiene la tendencia de producir más historia de la que puede consumir”.  Se refería a conflictos entre países menores que sin embargo eran capaces de arrastrar a las grandes potencias hacia un enfrentamiento mayor, con consecuencias desastrosas para la humanidad. Recordemos que la chispa de Sarajevo encendió la mecha de la Primera Guerra Mundial.

Hoy ese panorama se repite pero en una escala mayor y con el agravante de ser varias las regiones que tienen la tendencia de producir conflictos explosivos y fuera de control.  Peor aún, las mismas grandes potencias tienden a producir conflictos sin preocuparse por las consecuencias, ya que sus gobiernos han sido copados por líderes nacionalistas, populistas, e irresponsables.  Citaré algunos ejemplos que son asaz preocupantes. El nuevo aislacionismo mercantilista del presidente Trump es el primus inter pares de esta serie de países ensimismados, con el agravante de que se trata del país que es todavía el líder mundial.  En otras latitudes, Siria fue destruida y Yemen está en vías de serlo por sendas guerras civiles agravadas por la injerencia de potencias externas con agendas que nada tienen que ver con el bienestar de esos pueblos. Como señala José Antonio Zarzalejos,  “Estamos ya en la misma clave social e intelectual del gran relator de la Europa de los primeros treinta y cinco años del siglo pasado, Stefan Zweig, una de cuya obras, y no en balde, se tituló El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Exactamente es el mundo en que ahora estamos: viviendo un tiempo histórico de matriz balcánica.”[2]

El único ejemplo contrastante al ensimismamiento nacionalista occidental (que en algunos casos llega a ser nihilista y suicida) es el de China, cuyo avance al primer rango de potencia mundial tiene, como se dice allí, “características propias.[3]”  ¿Cuáles son?  Se trata del avance sistemático y paciente de sus intereses a lo largo y ancho del planeta, traficando ayuda e influencia, a cambio de una alineación, sumisión, o al menos prescindencia, respecto de las posiciones dictadas desde Beijing.  Beijing se desinteresa por las ideas y valores de los países que entran en su órbita.  Como imperio centrípeto[4], sólo le interesa el tributo (material y/o simbólico).  El “soft power” chino es una forma diplomática del menefreghismo (indiferencia).[5]

Volvamos al mundo occidental.  Hay dos constantes en los ejemplos que cito –y podría citar más–: el primero es el ensimismamiento de la política (la preocupación primordial por “lo de uno” sin tomar en cuenta el contexto global).  El segundo es la polarización dentro de ese “dar la espalda” al mundo, es decir la división de la sociedad en mitades o en fragmentos intransigentes y rabiosos –lo que señala el fin de la política tal como fue concebida en siglos anteriores, es decir la trasformación del rival en enemigo, anticipada por el teórico Carl Schmitt.  No hay democracia que aguante esta doble contingencia.   Con esta salvedad: las democracias de hoy no sucumben a golpes de estado sino a su propia dinámica.  El nuevo autoritarismo se instala en muchos casos por aclamación popular.

Como señaló el historiador israelí van Creveld,  en esta época de pos-globalización la guerra convencional entre iguales pasa a segundo plano, a favor de la guerra interna, aunque por supuesto con interferencia externa (guerra asimétrica).  Es importante hacer hincapié en esta peculiaridad fatal de la geopolítica del siglo 21.  Frente a desafíos planetarios cada vez más severos y urgentes, los países primero se distraen y luego se desangran en luchas internas, o en luchas entre estados por interpósitos actores (proxy wars) que se aprovechan de esas luchas internas.  El todo es inferior a la suma de las partes. 

Si hay algo peor que la globalización injusta que nos ha tocado hasta ahora es lo que estamos viendo que llega después: el fin de la globalización a favor de una mal entendida “soberanía.”.  La reacción contra los males de la globalización –ya venga por derechas o por izquierdas, para usar una dicotomía ya obsoleta—deja sin cuidar el interés general, que ya no puede ser nacional sino planetario. 

Un ejemplo de la actual conversación de sordos es el altercado entre los presidentes de Francia y Brasil.  A una interferencia arrogante y post-colonialista de Francia para “ayudar” a apagar los fuegos de Amazonas, el  ejecutivo brasileño respondió que su país tiene todo el derecho de abusar del medio ambiente como otrora lo hicieran los países que hoy son desarrollados –como si el medio ambiente debiera someterse a la necesidad de reparar una injusticia histórica.  Es un razonamiento pernicioso y pueril, una pelea en un jardín de infantes, hoy trasladada a un jardín tropical.  “Ay mamá, fue él el que empezó.”

Esto termina en un corolario sombrío, la tragedia de los comunes a nivel planetario – un Götterdämmerung (el ocaso de los dioses, inmortalizado en una célebre ópera de Richard Wagner) con varios escenarios posibles y alternativos de destrucción general.  Lejos de haber llegado al fin de la historia nos encontramos con una producción profusa de historia fuera de control –más historia de la que podemos consumir.  Otro ejemplo puede ilustrar la situación: nada más y nada menos que el asalto nacionalista a la democracia parlamentaria inglesa, a favor de una supuesta soberanía frente a la Unión Europea.  Lo único que ha logrado ese asalto –hoy en manos de un primer ministro irresponsable—es deshacer valiosas alianzas y al mismo tiempo, perder totalmente el control de la situación.  En el caso británico, el afán de poder destruye tanto el interés nacional como el interés europeo y por ende el mundial.  El camino es el siguiente: consolidar el poder a toda costa, y una vez apoderado el gobierno con argumentos capciosos, no saber qué hacer frente a las consecuencias.  Es un caso de puro “menefreghismo”[6] intentado en el siglo pasado con consecuencias catastróficas, que hoy se han olvidado.  Puedo citar otros ejemplos, a saber: el intento de asaltar el poder (siempre por vía electoral) de la Lega Nord italiana; la consolidación formalmente “democrática” del poder neo-fascista del primer ministro húngaro; la politique du pire de los nacionalistas franceses, para nombrar unos pocos, y en general el auge de una nueva democracia “antiliberal” y plebiscitaria, prevista hace cien años por Max Weber.  Las causas son varias (desigualdad rampante, corrupción de las elites, mercantilismo egoísta a nivel nacional y también individual, angustia identitaria, manipulación de nuevos medios de comunicación social, etc.) pero el remedio es el mismo, aunque difícil de lograr: organización y programas distintos y razonables de gobierno y “gobernanza.”  Al mundo actual le sobran protestas y le faltan propuestas. 

Una protesta sin propuestas se alimenta a sí misma y termina o bien en la fatiga o peor aún ahogada en la represión, como parece que sucederá en Hong Kong.[7]  El sociólogo de Hong Kong Peter Baehr argumenta, desde el centro de las protestas, que el movimiento de protesta en Hong Kong se asemeja a los movimientos pro-democracia y derechos humanos en Occidente.  Sin embargo, el mundo oriental es diferente.  Parte de la élite china busca más libertades, pero este sentimiento no es necesariamente compartido por el resto de esa sociedad, al menos en la República Popular.  El movimiento democrático de Hong Kong es más profundo que movimientos similares en China continental, en gran parte debido al legado institucional y cultural inglés (no todo colonialismo es enteramente nocivo).  Pero basta visitar Singapur, una ciudad-estado similar, para percatarse que ésa es una sociedad completamente diferente que no hace hincapié en los derechos individuales, sino en la jerarquía, el colectivismo, y la deferencia hacia la autoridad.  El entusiasmo de los jóvenes de Hong Kong es admirable.  Luchan por valores que en occidente antes generaban entusiasmo pero hoy se ven minados por un menefreghismo bastante difundido. Asia en general es un “planeta” con otros valores, que se harán más comunes a medida que ese continente vuelva a ser el centro geopolítico en el futuro con un occidente tributario y cansado. 


[1] Conjunto de países que ocupan la Península de los Balcanes. Son: Albania, Bosnia y Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Eslovenia, Grecia, Macedonia, Rumania, Turquía (en Europa) y Yugoslavia (Serbia y Montenegro).

[2] https://deverdaddigital.com/la-nueva-balcanizacion-de-europa/ Kissinger

[3] Mientras que el mercado  en China ejerce un papel central para el crecimiento económico, la regulación pragmática del estado busca asegurar que ello beneficie al conjunto de la población, pero sin participación democrática.

[4] Como bien sostiene Henry Kissinger, los imperios occidentales fueron y son centrífugos, es decir, abocados a promover valores e ideas a cambio de beneficios.

[5] Ver la opinión de Kissinger en https://www.nytimes.com/2011/05/10/books/on-china-by-henry-kissinger-review.html

[6] Filosofía de vida por la que a uno ya le resbala todo, y hace caso omiso de las consecuencias.

[7] Ver las observaciones del sociólogo Peter Baehr en  su “carta de Hong Kong”:  https://quillette.com/2019/09/03/a-letter-from-hong-kong/

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