Inclusión social: redistribuir ingresos y generar riqueza desconcentradamente

Muy diversas estrategias están disponibles para procurar abatir la desigualdad y la pobreza. Algunas de ellas se focalizan en medidas de redistribución de los ingresos (hoy producidos de manera concentrada) y, otras, en promover una mayor desconcentración en la generación de la riqueza. Quizás lo más efectivo fuese combinar ambos tipos de medidas. Lo cierto es que, si no se actuase con firmeza y efectividad en esos dos frentes (generación de riqueza y distribución de ingresos), la vigorosa dinámica del crecimiento concentrador tenderá a agravar las situaciones de desigualdad, pobreza y exclusión social. Sistema económico concentrador y redistribución de ingresos

Una opción para lograr inclusión socioeconómica es redistribuir una parte de los ingresos que genera el sistema económico concentrado a favor de sectores rezagados o excluidos; por ejemplo, adoptando un sistema tributario más progresivo y una mejor orientación del gasto público. De este modo, el sistema económico sigue generando riqueza de manera concentrada mientras que el Estado interviene con medidas compensatorias: capta ingresos a través de los tributos que impone (impuestos, tasas y contribuciones) y los canaliza para financiar infraestructura productiva y social que mejoren el nivel de vida de quienes no se favorecen directamente con la generación concentrada de los ingresos. Si esto se lograse plenamente y sin inconvenientes, entonces no urgiría transformar el proceso de generación concentrada de la riqueza ya que sus peores efectos podrían llegar a ser compensados a través de medidas de redistribución de ingresos.

Sin embargo, diversas circunstancias atentan contra el propósito de compensar y no transformar la concentración. Por de pronto, el poder económico ejerce gran influencia sobre la definición de las políticas públicas; si bien es cierto que no constituye un universo homogéneo y que en su interior hay segmentos con suficiente visión como para comprender los beneficios de alinear los diversos intereses en juego, también existen grupos que procuran imponer a rajatabla sus intereses por sobre los del conjunto social, afectando con ello los esfuerzos de promover inclusión socioeconómica.

Al mismo tiempo, en un contexto altamente competitivo quien se retrasase en crecimiento e innovación arriesga quedarse fuera del mercado ya que otros actores más dinámicos pueden desplazarlo. Esto es, si la carga impositiva que extrae ingresos de las empresas y emprendedores fuese de tal magnitud que debilitase su capacidad de competir, y si esto no fuese compensado por un Estado que mejorase las condiciones sistémicas que hacen a la viabilidad y al crecimiento de esas empresas y emprendedores, entonces el modelo basado en la generación concentrada de los ingresos y su ulterior redistribución se deterioraría y podría terminar colapsando.

Sin embargo, lo que suele ocurrir es que la carga tributaria no afecta a todos por igual porque hay actores que operan en condiciones de privilegio y logran eludir su cuota-parte de responsabilidad distributiva, sea porque obtienen mejores ingresos que los demás por su posición oligopólica, porque disponen de mecanismos para eludir la carga tributaria, o porque tienen la influencia política para orientar en su beneficio regulaciones y recursos públicos. Además existen actores internacionales que logran aun mejores resultados ya que pueden escoger en qué países operar y disponen de un sinnúmero de mecanismos para utilizar entre filiales de manera de minimizar el pago de impuestos como, por ejemplo, sub o sobre facturando los productos que intercambian al margen de los precios de mercado. De este modo logran sortear las regulaciones nacionales y competir con ventajas al descargar buena parte del peso de la redistribución de ingresos.

En otras palabras, la lógica de un proceso de generación concentrada de riqueza con ulterior redistribución de ingresos opera en un contexto de severos condicionantes y limitaciones. Si se los ignorase podrían afectar la misma base de sustentación del proceso que es la capacidad de generar los ingresos que son luego objeto de redistribución. He aquí una contradicción inherente a todo proceso de generación concentrada de la riqueza: por un lado, cuando se llega al punto de tener que compensar en alguna medida la desigualdad y la pobreza de modo de contener la inestabilidad social y expandir el mercado interno, la autoridad política necesita apelar a medidas de redistribución de ingresos; esas mismas medidas originan tensiones entre objetivos diversos como es financiar necesidades sociales insatisfechas y sostener la acumulación, la rentabilidad y, en ocasiones extremas, la propia viabilidad del sistema económico.

Generar riqueza desconcentradamente de modo de promover inclusión

Otra opción de diferente naturaleza es sumar cada vez más amplios sectores poblacionales al esfuerzo productivo nacional de modo que, al mismo tiempo de contribuir a generar riqueza (aumento del PBI), den paso a sociedades con mejor distribución del ingreso. Se trata de asistir a sectores de bajos ingresos, hoy rezagados o excluidos, para que puedan participar con mayor efectividad del proceso de generación de la riqueza. Así, generación y distribución de ingresos conformarían un solo acto socioeconómico con un importante efecto sistémico adicional: a medida que la generación desconcentrada de la riqueza fuese logrando abatir pobreza y desigualdad, el peso de las medidas de redistribución tendería a disminuir.

La marcha hacia una generación desconcentrada de riqueza e ingresos es de larga data y viene jalonada de valiosos esfuerzos que produjeron aciertos, errores y aprendizajes. Esas experiencias ayudaron a dar visibilidad a temas fundamentales que no hacían parte de las agendas oficiales, movilizaron muy diversas voluntades, ensayaron nuevos enfoques y soluciones, ensancharon la base del aparato productivo. Es aleccionador lo que aportaron y, sin embargo, los logros fueron, con frecuencia, parciales y las soluciones incompletas.

(i) Algunos antecedentes

Décadas atrás apareció el instrumento del microcrédito inmerso en un debate acerca de si los pobres podrían ser tomadores de préstamos, si los mayores costos operacionales de prestar sumas tan pequeñas harían inviable el instrumento, si las entidades financieras podrían asumir ese nuevo riesgo crediticio sin contar con las garantías habituales con las que operaban. Al mismo tiempo, desde otra perspectiva se cuestionaba si el nuevo instrumento no estaría tan sólo ensanchando el sistema económico de modo de integrar sectores mayoritarios sumidos en la pobreza al mercado sin transformar sus condiciones de escasez ni afectar el sesgo concentrador.
El microcrédito ofreció algunas respuestas a situaciones de extendida pobreza y desigualdad aunque, como veremos enseguida, otros críticos desafíos no pudieron ser encarados.

(a) Los programas de microcrédito probaron que los pobres suelen ser buenos pagadores; reforzaron además su autoestima y ayudaron a desplazar la usura a la que estaban sometidos. Para muchos cientos de millones de personas posibilitó acceder o fortalecer actividades de subsistencia y, en ciertos casos, iniciar procesos de capitalización.

(b) En un comienzo, particularmente en programas mal organizados y gestionados, se produjeron fracasos con altas tasas de incobrables pero, con el tiempo y la experiencia, muchas de esas situaciones fueron superadas.

(c) También fue posible abatir significativamente los costos de operar una cartera pulverizada de tan pequeños créditos. Es que las instituciones financieras tradicionales operaban y siguen operando con prestatarios grandes o medianos por lo que su forma de trabajar -y los costos inherentes a cada transacción- estaban ajustados a ese tipo de cliente y al mayor monto de cada crédito. Fue necesario innovar, transformar perspectivas y modalidades operativas de modo de adecuarse a las características de la nueva clientela.

(d) Las entidades microfinancieras adoptaron nuevas metodologías y formas de funcionar para atender la nueva clientela y absorber el mayor costo relativo de cada microcrédito. La brecha de costos se redujo pero no se eliminó, por lo que las tasas de interés aplicadas a los tomadores de microcréditos siguen siendo considerablemente mayores que las cobradas a los demás actores.

(f) Con las garantías sucedió algo similar. Ante la ausencia de garantías reales fue necesario adoptar modalidades no convencionales, como los grupos crediticios donde todos los miembros son solidariamente responsables, así como los más sofisticados fondos de garantía que, contra una pequeña prima, asumen total o parcialmente el riesgo de cada operación individual de microcrédito.

Sin embargo, el microcrédito fue incapaz de resolver otros aspectos que hacen a la viabilidad económica del micro y pequeño productor ya que el acceso al crédito es una condición necesaria pero no suficiente para transformar las adversas circunstancias en las que se desenvuelven: otros factores críticos requieren ser igualmente encarados como es el acceso al conocimiento, a la información, a los contactos, a una gestión efectiva y, fundamentalmente, a una mayor escala que posibilite aprovechar mejores oportunidades.

Luego comenzaron a aparecer programas de emprendedorismo y de desarrollo emprendedor. Ya cada pequeño o micro productor no era reducido a un mero tomador de crédito sino concebido como un emprendedor que tenía necesidad de adquirir conocimientos, acceder a información de mercados, a mejores sistemas de gestión y de comercialización. Se puso un fuerte énfasis en la capacitación y el entrenamiento.

Estos programas promovieron camadas de emprendedores que se sumaron al esfuerzo productivo local; desplegaron iniciativas y generaron valor en forma desconcentrada contribuyendo a reducir situaciones de pobreza. Sin embargo, en muy pocos casos lograron resolver las limitaciones inherentes a la pequeña escala.

La búsqueda de formas de producción asociativa se remonta bien atrás en la historia de la economía moderna. Fueron muchas y diversas las modalidades ensayadas, algunas muy exitosas y otras, si bien basadas en justos principios, no siempre lograron desplegarse con la efectividad requerida para competir en economías crecientemente globalizadas. Sin embargo, es por esos senderos que se abren promisorias posibilidades para acceder a umbrales superiores de oportunidades.

(ii) Un enorme desafío político

Promover la generación desconcentrada de la riqueza y de los ingresos implica un enorme desafío socioeconómico pero también un enorme desafío político, ya que requiere de importantes decisiones estratégicas y de acciones en varios frentes y niveles los cuales se complementan y potencian. De ahí que la responsabilidad de conducir e implementar esta transformación no recae sólo en el sector público sino también en el sector privado, la comunidad científica y tecnológica, las organizaciones sociales y de la sociedad civil.

No debiera sorprender esa amplia co-responsabilidad porque lograr generar riqueza de forma desconcentrada implica cambios importantes en nuestra forma de funcionar. Por de pronto, exige adoptar una estrategia comprehensiva que incluya ajustes en las políticas macroeconómicas, cambios de actitud a nivel mesoeconómico (el espacio de las redes productivas y las cadenas de valor) y nuevas formas de apoyo directo a los pequeños y micro productores. Varios libros [[Los hilos del desorden, 2006, Un país para todos, 2006, Negocios locales, oportunidades globales, 2007 y Ajustar el rumbo: salir de la crisis hacia un desarrollo sustentable, 2009]] y artículos de Opinión Sur han explicitado este enfoque.

(iii) Los nuevos ejes de búsqueda

En el hemisferio sur, las grandes mayorías poblacionales se desenvuelven en actividades productivas de baja productividad; las más de las veces son actividades meramente de subsistencia. Dadas las circunstancias de escasez de todo tipo de recursos, el pasaje de este tipo de inserción productiva a otra más promisoria no se logra fácilmente y mucho menos si se procura avanzar aisladamente. Subir la escala de las soluciones productivas es un elemento esencial.

Tampoco se trata que unos pocos logren emerger de la pobreza; la magnitud del problema es tal que la mira debe ponerse en soluciones que puedan tener todas las singularidades de cada caso pero cuyo alcance sea definitivamente masivo. Esto no descarta proyectos y ensayos demostrativos pero el test ácido pasa por la capacidad de proyectar el impacto de cada solución más allá del caso puntual hacia el universo de la pobreza y la desigualdad.

Para encarar con probabilidad de éxito esta transición se requiere contar con lo mejor de la gestión y del conocimiento disponibles, no lo residual o de descarte como suele dedicarse a las poblaciones rezagadas o excluidas. La brecha entre afluencia y pobreza hoy no es sólo económica sino cada vez más de conocimientos, de gestión, de acceso a la información y a los contactos.

De ahí que afirmemos que, para establecer soluciones efectivas capaces de abatir desigualdad y pobreza, los nuevos ejes de búsqueda pasan por levantar la escala económica de las iniciativas, asegurar que los esfuerzos tengan alcance masivo y exigir niveles de excelencia a todo lo largo de las políticas, programas e iniciativas que se practiquen. Artículos anteriores de Opinión Sur han seguido ese tipo de búsquedas y nos proponemos continuar haciéndolo en este 2011 que se inicia.

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