Hipocresía investigativa sobre el financiamiento de la política

Desde siempre la política se ha financiado como se pudo; las normas que la regulan han sido inefectivas. Pareciera que todos los partidos han acudido a aportaciones de dudosa legitimidad para financiar campañas y apoyar militantes. Hoy con hipocresía y de manera sincronizada se han planteado selectivas denuncias contra gobiernos transformadores. El propósito: proscribir líderes que conservan apoyo popular y se oponen a políticas neoliberales.

Distintos partidos y grupos han financiado la política como pudieron. Por un lado, el poder económico aporta fortunas, en blanco o negro, para asegurarse políticas públicas que protejan sus privilegios, incluyendo contratos de obra pública. Contaron además con respaldo de medios que le son afines y recursos presupuestarios en la medida que accedieron a controlar al Estado. Por otro lado existen movimientos de base popular que no disponen de esa cuantía de recursos para enfrentarlos; les toca movilizar militantes y campañas modestas financiadas con pequeños aportes, recursos de los presupuestos locales o nacionales que llegan a controlar y pareciera que también con una fracción  de lo obtenido por grupos concentrados en contratos de obra pública.

Por cierto que existen normas que regulan el financiamiento de la política (montos, fuentes y procedimientos están especificados) pero pocos las respetan. Prima lo de “hecha la ley, hecha la trampa” para sortear las regulaciones; no faltan habilidades ni generalizada hipocresía para circunvalar esa porosa legislación.

Las normas que regulan el financiamiento de la política procuran nivelar las condiciones en las que operan las diferentes fuerzas políticas pero es tan disímil el poderío económico que apoya a unos y otros que esa nivelación es inexistente. Los poderosos con ingentes recursos, el resto con pobreza de recursos. A eso se le agrega la concentración mediática asociada o adquirida por el poder económico y usinas de pensamiento estratégico financiadas para procurarse cobertura ideológica.

El drama es que, en ambas vertientes, coexisten personas de sinceras convicciones junto con codiciosos canallas ávidos de apropiarse de recursos que no les pertenecen. En ese remolino de intereses emergen muy diversas capas de líderes y también de militantes, algunos honestos, otros oportunistas acompañados por una caterva de amanuenses, fiscales, jueces y periodistas que operan en contra de los intereses de las mayorías.

Conforman un cambalache como canta el tango. Se entremezclan valores, discursos, consignas, propuestas de quienes engañan con desparpajo pensando en lucrar o conservar cargos, con mensajes de aquellos que luchan por el bien común y son silenciados, ninguneados. Las voces de unos y otros no llegan con la misma sonoridad y continuidad.

Donde prima el marketing y la impostura no es sencillo diferenciar probos de canallas, quienes van por el bienestar general y el cuidado del planeta de los que concentran con avidez riqueza atentando contra el medio ambiente y las personas. Se ocultan motivaciones, se contrabandean prebendas para pocos, castigos para muchos; los opresores se venden aupados en manuales de engañifas. ¿Cómo discernir en ese torbellino de sesgadas informaciones y caricaturas que llegan sin pausa de modo de impedir la reflexión, la comprensión de lo que sucede?

Cuando resulta imposible evaluar con fundamento una realidad que se nos presenta recortada, podríamos acudir a una opción no desdeñable: centrarse en un puñado de críticas dimensiones, como ser, analizar trayectorias ya transitadas, evaluar políticas públicas ejecutadas por cada vertiente política, comparar objetivos propuestos y resultados obtenidos, hasta identificar favorecidos y perjudicados.

Ocurre que más allá de la manipulación de estadísticas e interpretaciones que impone el poder hegemónico, la situación de las mayorías poblacionales ofrece evidencias de lo perdido y de lo conquistado. De ahí puede arrancar un esclarecimiento sobre lo que sucede y las razones que lo explican.

La historia y el presente

Desde tiempos remotos la humanidad ha visto dinámicas concentradoras de variada codicia e impiedad. Grupos y pueblos conquistando a otros grupos y pueblos; apropiándose de riquezas y exprimiendo a los derrotados y vulnerables. Tremendo sufrimiento para los castigados de la tierra. Esa concentración que es económica y decisional hoy ha crecido geométricamente; los motores que sostienen el proceso funcionan a pleno. Se ha sofisticado la apropiación de valor y se implantaron nuevas modalidades de sometimiento a través de colonizar mentes, moldear subjetividades. Ya no solo “con el mazo dando”, aunque la abierta represión se active cada vez que fuere necesario.

La concentración de la riqueza y el poder decisional compromete el medio ambiente, fragmenta enteras sociedades, quiebra solidaridades, desvaloriza la vida, la dignidad y el respeto por los otros.  Los grupos concentrados han generado una supernova especulativa centrada en circuitos financieros (primarios y secundarios) que operan alejados de las mayorías, aunque su dinámica también se proyecta sobre la economía real y la adquisición de reaseguros en tierras y otros recursos naturales.

Los devenidos timoneles de la suerte planetaria ven innecesaria a importantes mayorías de la población mundial; para ellos sobran, estorban, no sirven para maximizar ganancias aunque, luego, pudieran sumarse a sus mercados para expandir las burbujas de altísima volatilidad en las que operan. De ahí que el poder económico explore todo tipo de nuevos nichos que permitan reforzar su trayectoria de acumulación. Para ello se asocian con grupos locales que entregan a su gente: son grandes empresas y rentistas, sectores de la política, la justicia, los medios y usinas de pensamiento estratégico.

De todos modos, aun en ese contexto no desaparecen los anhelos de equidad, de paz y justicia. Cada primavera social germinan liderazgos que, cuestionando el sometimiento, son capaces de conducir más allá de los alambrados. El poder concentrado sabe identificar esa amenaza.

Arrinconar liderazgos transformadores

Los liderazgos transformadores han sido siempre combatidos, desacreditados, acusados de todo tipo de delitos y deshonestidades. El poder económico necesita destruir su aura, restarles el favor popular por las amenazas que representan, así como para aleccionar y disciplinar a muchos otros eventuales seguidores buscadores de nuevos rumbos.

A principios de siglo, hubieron experiencias transformadoras que lograron extender derechos y nivelar un tanto las tremendas desigualdades. Los pueblos se movilizaron, las vidas mejoraron, las democracias volvieron a hablar; los dominadores olieron el peligro. Llamaron a la carga contra esos liderazgos.

El poder económico y su expresión geopolítica asistidos por servicios de inteligencia conocían la corrupción que utilizaron por décadas. Sabían muy bien cómo se financiaba la política porque ellos mismos canalizaban recursos sin declarar a partidos afines (y algo a sus opositores como reaseguro). También conocían qué parte de esos aportes se desviaban para beneficio personal de algunos.

Con esa información, los dominadores concibieron una nueva estrategia para frenar intentos transformadores: denunciar selectivamente corrupciones, no las propias que ellos condujeron sino aquellas que bien formateadas pudieran encarcelar o dejar fuera de procesos electorales a líderes populares que conservaran buen arraigo popular. Aprovecharon delatores, arrepentidos, mezquindades de todo calibre y procedencia. Utilizaron complicidades judiciales para cubrir con un manto de falsa legalidad sus espurios objetivos. Ignotos jueces pasaron a ser campeones de las impostadas luchas contra la corrupción de unos pero no de todos.

Por cierto que no se trataba de desenmascarar los miles de millones que el poder económico y sus cómplices se apropiaron y fugaron a guaridas fiscales; tampoco interesó investigar la entrega de soberanía nacional con deudas de dudoso origen y necesidad. El propósito era mostrar la fracción del torrente ilegal que pudieron haber utilizado sectores de base popular, un liderazgo que copiaba el proceder de los dominadores sin contar con la impunidad que ellos detentaban. Quedó consagrado un grave sesgo investigativo desarrollado con infinidad de violaciones a las garantías procesales vigentes.

Se expusieron aportes no declarados por fuerzas transformadoras, ocultando que fueron cifras infinitamente menores que el mayúsculo robo sistémico que practica el poder económico. No importó denunciar la gran corrupción sino encarcelar o acorralar liderazgos mayoritarios. Para ello se sirvieron de campañas mediáticas, de jueces y fiscales adictos, utilizando traidores comprados o amenazados por su pasado delictivo. Impusieron la hipocresía que desinforma y manipula incautos para llevarlos a denigrar a los liderazgos de base popular.  Aquel Adagio a mi país ya señalaba la tristeza de la pobreza, el rencor; que no hay adivino ni rey que pueda marcar el camino y que un solo traidor puede con mil valientes

Preguntas y proposiciones

¿Llama acaso la atención que esa estrategia de jaquear a liderazgos populares se haya practicado simultáneamente en varios países? Campañas de desprestigio casi calcadas, iguales libretos y actores, con el mismo propósito de proscribir candidatos de fuerte arraigo popular para lograr manipular electoralmente a democracias capturadas por el poder económico y sus cómplices.

¿Podrá contrarrestarse la colonización de mentes y la capacidad de los dominadores de moldear subjetividades? ¿Podrán seguir camuflando operaciones mediáticas, las confusiones provocadas deliberadamente lanzando un imparable y constante desborde de temas e informaciones que procura tapar lo importante, lo decisivo, lo digno, nuestras agendas?

Funcionan sin pausa los mecanismos de alienación que desvían y esterilizan la determinación de mucha gente. Y, sin embargo, hay mucho de valía más allá del consumismo, de lo espectacular que atonta, del nihilismo. ¿Sabremos esclarecernos y esclarecer?

Con esfuerzo crece la comprensión de cómo funcionan las hipocresías, las mentiras, las verdades a medias, los armados falsos, las persecuciones, la difamación y tanto más. Hoy nos aplican el “si pasa, pasa”, intentos tras intentos de someter para recortar derechos; pero, si resbalan sin lograr su propósito, acuden a sucedáneos para mantener la misma impuesta trayectoria.

Vale recordar que los pueblos no suelen condonar atentados a sus derechos. La historia muestra que tarde o temprano, las maniobras y contubernios son desenmascarados y revertidos.

Hoy es de crítica importancia impedir que se siga fragmentando el campo popular; se lo puede fortalecer a pesar de las eternas mezquindades, de los cándidos purismos que terminan siendo funcionales al poder concentrado, de los traidores infiltrados que minan subrepticiamente las  convergencias. ¿Sabremos hacerlo preservando diversidades que enriquecen los movimientos sociales y la marcha hacia más plenas democracias? Si bien han horadado nuestra comprensión y voluntad, queda albedrío más que suficiente para reconocer el talento de nuevos liderazgos que faciliten la convergencia de mayorías y movilicen la enorme energía social que anida en toda comunidad.

Los procesos están abiertos a imprevisibles desenlaces; no existen caminos únicos ni sistemas eternos. Ernesto Sábato decía con ironía que “los Sistemas Eternos tienen una característica: duran muy poco. Todos ellos aspiran a la Verdad Absoluta, pero la historia de la filosofía es la historia de los Sistemas, o sea la historia del Derrumbe de los Sistemas”.

En este contexto de avances y retrocesos, de renovadas complejidades, de búsqueda de nuevos rumbos, de dolores y esperanzas, la determinación, el esclarecimiento y la organización social permanecerán como críticos pilares de un mejor futuro que habremos de lograr. No descreer ni olvidar.

 

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