Globo contra Tierra: Efectos perversos y necesidad de utopías

La globalización tiene dos efectos perversos. Primero, su crecimiento sin límites amenaza la propia viabilidad de la vida en el planeta. Segundo, desarticula las sociedades y desorienta a las personas. Hasta ahora, el resultado es un comportamiento sintomático y muchas veces patológico. Es urgente la necesidad para formular lo que a primera vista parece una propuesta contradictoria: una utopía para realistas.

Del Financial Times, 28 de enero de 2019

 

En la reunión anual de las elites mundiales en la nevada Davos, el vicepresidente chino Wang Qishan defendió la globalización contra la reciente ola de reacción violenta nacionalista—esa fantasía ilusoria de volver a lo local, encerrado entre paredes.

“Lo que necesitamos hacer es agrandar la torta mientras buscamos formas de compartirla de manera más equitativa.” Dijo Wang enfrente de las personalidades. “Desplazando la responsabilidad por los propios problemas hacia otros no resolverá esos problemas.”

Estas palabras suenan razonables. Descansan en la premisa compartida por varios economistas y muchos líderes mundiales, a saber que el crecimiento (según medidas estándar) será y deberá continuar en una trayectoria constante e infinita de “progreso”, por ende, la imagen de una torta cada vez más grande[1].

Sin embargo, la premisa es suicida. “Agrandar la torta”—tanto si está mejor compartida como si no—pronto requerirá muchos planetas, y nosotros tenemos sólo uno. Tan grande es lo no-dicho de ésta y otras cumbres, aunque estoy seguro que es un pensamiento preocupante para más de uno entre estos amos del universo.

De hecho, muchos billonarios están preparando bunkers y planes de escape hacia localizaciones seguras en sus países y en el extranjero en caso de que estas demandas por “una forma más equitativa” se salgan de control con el populacho. Pero, ¿sobrevivirán los privilegiados a la furia que puede ser desatada por la inequidad del presente modelo de globalización en un planeta degradado? En 2017, Evan Osnos del The New Yorker reportó que “en años recientes el survivalismo[2] se ha expandido hacia zonas más afluentes, enraizándose en el Silicon Valley y Nueva York, entre los ejecutivos tecnológicos, administradores de los fondos de inversión de alto riesgo (hedge funds) y otros en su cohorte económica[3].” Como antiguos faraones, esta elite de survivalistas—estas personas que se preparan para el colapso social—pueden llegar a sepultarse en silos lujosos mientras arde el mundo.  Porque, como dijo el poeta Dylan Thomas,

No entres dócilmente en esa buena noche,

Que al final del día debería la vejez arder y delirar;

Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

De acuerdo con Bruno Latour, en un inquietante libro que acabo de terminar de leer, si todos los firmantes del Acuerdo de París sobre el Clima de 2015 llevasen a cabo sus respectivos planes de modernización, “no habría planeta compatible con sus esperanzas de desarrollo[4]”.

Cuando el crecimiento (como fuera definido y promovido por el capitalismo tardío) sobrepase a su anfitrión, el anfitrión morirá. O bien el crecimiento se detiene o el anfitrión expira. ¿No es ésta una definición de cáncer—una condición o cosa maligna que se esparce destructivamente?

Pronto llegaremos a un punto en que no habrá más lugar para albergar al Globo de la globalización. El Globo que aceptamos como meta,  que es adorada por ideologías como el neoliberalismo, bien sería el enemigo de la Tierra donde vivimos.

La elección es clara: vida o crecimiento. La muerte (o algo peor, una vida abarrotada, regimentada y descorazonada[5]) vendrá no de la escasez como en el pasado sino de la perversa exuberancia y de la distribución desequilibrada. Ha llegado el momento de redirigir los esfuerzos humanos lejos de la presente globalización y hacia la pacificación de la lucha por la existencia, el real telos[6] de la historia y una meta que ha eludido a la mayoría de las generaciones anteriores[7].

Si no fuera por las exigencias del capitalismo tardío (que perpetúa artificialmente la lucha por la existencia), las cuestiones que hoy aparecen como los mayores problemas—por ejemplo, el impacto de la automatización—serían, en cambio, la puerta de acceso a una vida mejor, donde la prosperidad (en tanto realización) reemplazara a la riqueza y la creatividad reemplazara al trabajo y al crecimiento.

Las generaciones que viven hoy tienen los medios y la oportunidad para moverse hacia una meta diferente, ¿tienen la necesaria motivación? ¿Estamos preparados para enfrentar una situación en la que el trabajo—que define al homo faber (creador[8]) pero que el capitalismo hace mucho ha reducido a “laburo”—no es más la fuente de ingresos e identidad como las conocemos? ¿Puede la vida dañada[9]—incluida la propia—regenerarse a sí misma y engendrar una sociedad más decente? El obstinado compromiso con el statu quo corre profundo por todos los estratos de la sociedad, también entre los que se quejan que son abandonados por la globalización. Éstas son las preguntas que yo formulo para provocar al lector y a mí mismo. ¿Qué pasaría si la sociedad buena que todos necesitan fuera la sociedad que nadie quiere? ¿Cuál es el rol de la utopía hoy?

Casi siete décadas atrás, el gran sociólogo estadounidense Robert K. Merton produjo un marco analítico para comprender la forma en que las personas se adaptaban en su comportamiento tanto a las ideologías cuanto a los condicionamientos estructurales. Él ideó dos simples matrices (tablas cuádruples) sobreimpuestas una sobre la otra, basadas en los medios y fines socialmente definidos, en términos de normas culturales (Matriz 1) y fuerzas estructurales (Matriz 2). Aplicó este esquema al “sueño americano”, es decir, al sobre-énfasis en el “éxito” económico de la cultura estadounidense[10].

El estudio de Merton reveló que (a) la ideología pone más énfasis en las metas que en los medios del éxito (monetario y de estatus), y (b) que la estructura social pone más obstáculos en el camino hacia el éxito de algunos grupos a comparación de otros. Por lo tanto, aquellos grupos que han hecho ambos tanto internalizar las metas de la cultura cuanto tener acceso privilegiado a los medios (como ser la clase alta) están complacidos con su sociedad y encuentran su conformidad satisfactoria. Por otro lado, grupos que han aceptado los términos de la cultura (el sistema de valores), pero se hallan más condicionados en su capacidad de alcanzar las metas de manera legítima son más propensos a innovar o desviarse.

Más allá de estos dos, otros grupos pueden trabajar en el sistema pero perder de vista las metas y los valores generales, por lo tanto, comportándose un poco como robots mientras otros grupos renuncian tanto a las metas como a los medios, y se retiran de la sociedad generalmente de forma patológica.

Merton clasifica a estos cuatro grupos como los conformistas, los innovadores, los ritualistas y los que se retraen, respectivamente. Merton sólo insinúa una quinta categoría (fuera de sus tablas) compuesta por aquellos que directamente proponen metas diferentes y medios diferentes. Él pudo haberlos llamado reformistas serios o incluso revolucionarios.

 

La doble matriz de adaptación de Merton, basada en el “ajuste” entre ideología y estructura social

METAS

+

MEDIOS

+

(1)   Conformidad

++

(Todo estará bien)

(3)   Ritualismo

-+

(Avanzar sin pensar)

(2) Innovación

+-

(Hacer algo distinto)

(4)   Retraimiento

(Escapar vía fantasía, drogas o suicidio)

(5) Transvaluación

+’ +’

 (Un programa radical nuevo)

 

¿Cómo este viejo pero útil esquema es correcto cuando consideramos la presente globalización? Ofreceré la siguiente proposición en este artículo, que desarrollaré en futuras entregas.

Los modos de adaptación entre la ideología y la estructura social de Merton o, si usted prefiere, entre los valores y actitudes, por un lado, y lo que Max Weber llamó las “oportunidades de mercado”, por otro, se desarrollaron dentro del marco de naciones Estados. Por ejemplo, podríamos distinguir entre el modelo nórdico, el anglosajón y el chino, cada uno con una forma diferente de articular la estructura social (p. ej. algunos más igualitaria que otros) y sistemas de ideas (p. ej. Individualismo versus colectivismo). Pero éstos eran países separados.

Lo que ha hecho la globalización es quebrar todos los marcos, desplazando a la gente y a las ideologías, con el resultado general de la desarticulación y la desorientación, que los sociólogos siempre han llamado anomia[11]. Ésta es la novedad de la globalización, generada y propulsada por las dinámicas conjuntas del capitalismo tardío y la tecnología (TIC).

Presento el esquema de Merton para clarificar el estudio de la globalización y la forma en que afecta a la sociedad; esto es, la forma en que afecta cómo la gente cree y se comporta. En este corto artículo, sólo anticiparé algunas hipótesis de trabajo, para ser exploradas en detalle en el futuro cercano. Ellas son:

  • Las dinámicas de la globalización han convertido a aquellos de la casilla 1 (conformistas) en una cada vez más chica y rica elite, cuyos ingresos y riqueza se encuentran más allá de la imaginación del resto de la sociedad. Incluso su localización física es elusiva e indeterminada.
  • Aquellos en la casilla 2 (innovadores) incluyen a científicos, descubridores y nuevos empresarios quienes a veces acceden a la casilla 1, pero también a una oscura red de trata de drogas, seres humanos y armas que se infiltra en cada nivel de la sociedad. Su localización también es indeterminada.
  • Aquellos en la casilla 3 (ritualistas) incluyen a empleados públicos, militares y personal de seguridad así como a segmentos de los jubilados. Su localización es determinada.
  • Aquellos en la casilla 4 (los que se retraen), comprenden a todas las personas desplazadas y marginalizadas tanto por los procesos económicos como por los tecnológicos, como los mineros de los Apalaches o los antiguos trabajadores manuales de industrias ya desaparecidas o relocalizadas en el medio oeste estadounidense, o en el interior inglés proclive al Brexit, o aquellos rezagados de Alemania del este o del distrito francés de Reims. Ellos son móviles en cuanto a movilidad social descendente pero físicamente inmóviles. Constituyen una masa disponible para “movilización secundaria” (un proceso que he descripto en anteriores artículos para Opinión Sur y en mi último libro Strategic Impasse[12]).

En todas estas hipótesis, es fácil percibir cómo la vida humana, incluyendo el conflicto social, se ha vuelto anómica. Por el momento, la expresión política de aquella anomia es la emergencia del nacionalismo, el populismo reaccionario, las políticas identitarias y la polarización improductiva en cada uno de los dominios del discurso y la acción pública.

También propongo seguir estás observaciones e hipótesis tentativas en el futuro con una mirada a lo que la misteriosa casilla 5 podría semejar y sus chances para emerger y desarrollarse. Esta casilla contiene, en palabras de Rutger Bregman, una utopía para realistas[13]. Termino este artículo con una famosa cita de Oscar Wilde, con la que el autor abrió su propio libro:

Hay un país en el cual la Humanidad está constantemente aterrizando.

Y cuando la Humanidad aterriza allí, mira hacia afuera, y,

Mirando a un país mejor ,iza velas y emprende la travesía. El Progreso es la

Realización de las Utopías.

 Entonces, como suele decirse, manténganse en contacto.

 

[1] Sin embargo, hay una concientización creciente acerca de las deficiencias del pensamiento económico; por ejemplo, la del Premio Nobel de economía Edmund S. Phelps, en “The Three Revolutions Economics Needs (Las tres revoluciones que precisa la economía),” citado en Project Syndicate, 23 de enero de 2019.  Algunos economistas han tratado de redefinir crecimiento e inventaron nuevas mediciones del “éxito” económico, hasta ahora sólo con resultados limitados. Un ejemplo es Diane Coyle, The Economics of Enough (La economía de lo suficiente), Princeton University Press, 2011.

[2] . Survivalism (Survivalismo) es el nombre en inglés que recibe el movimiento de individuos o grupos (llamados en inglés «survivalists») quienes se preparan activamente para una posible futura alteración del orden político o social, ya sea a nivel local, regional, nacional o internacional.

[3] Evan Osnos, “Doomsday Prep for the Super-Rich (Preparación para el día del Juicio Final de los súper ricos),” The New Yorker, 30 de enero de 2017.

[4] . Bruno Latour, Down to Earth.  Politics in the New Climactic Regime (Vuelta a la tierra. La política en el Nuevo régimen climático), Cambridge, Polity, 2018, p.5.

[5] . Un modelo de tal futuro distópico ya está exhibido en campos de reeducación política en Kashgar, (en chino, 喀什) prefectura del noroeste de la región china de Xinjiang. Sugiere que el socialismo y el capitalismo comparten una mentalidad similar cuando se refiere al disciplinamiento de la fuerza de trabajo.

[6] . Fin o propósito en virtud del cual se realiza algo (Aristóteles).

[7] . Éste es el mensaje central del libro medio olvidado de Herbert Marcuse, Eros and Civilization (Eros y la Civilización), Boston: Beacon Press, 1955. Siguiendo a Marcuse, en 1972 William Leiss publicó un estudio titulado The Domination of Nature (La Dominación de la Naturaleza) en donde explora un nuevo enfoque basado en las posibilidades de la “liberación de la naturaleza”. La actual dinámica planetaria hace que estos estudios adquieran mucha relevancia hoy.

[8] .  «Homo faber»  (en latin el hombre laborioso) es un concepto filosofico articulculado por Hannah Arendt y Max Scheler.

[9] . Tomo la expresión de Theodor W. Adorno, Minima Moralia: Reflections From Damaged Life (Minima Moralia: Reflexiones desde una vida dañada), London, Verso, 1978 (originalmente de 1951).

[10] . Robert K. Merton, Social Theory and Social Structure (Teoría social y estructura social), New York: Free Press, 1949, revisado en 1968.

[11] . Siempre siguiendo el estudio de Emile Durkheim sobre el suicidio de los 1890s.

[12] Juan E. Corradi, Strategic Impasse. The Social Origins of Geopolitical Disarray (Impasse estratégico. El origen social del desorden geopolítico), New York and London: Routledge, 2018-19.

[13] . Rutger Bregman, Utopia for Realists and How We Can Get There (Utopia para realistas y cómo llegar a ella), London: Bloomsbury, 2017, originalmente publicada en los Países Bajos en 2014 como Gratis geld voor iedereen: en nog vijf grote ideen die de wereld kunnen veranderen.

 

Si te interesó este texto puedes suscribirte completando el formulario que aparece en este página para recibir una vez al mes un  breve resumen de la edición en español de Opinión Sur

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *