Europa Emerita

Si las tendencias actuales continúan, Europa se convertirá, como fue España una vez según Ortega, en un invertebrado geopolítico: un animal carente de columna vertebral, como un gran molusco.

 

El diccionario define es estatus de emérito (una posición que ahora yo detento) como una persona que se ha retirado de la vida profesional pero que se le permite retener como título honorario el rango del último cargo desempeñado. En este artículo quisiera usar el término para caracterizar a un bloque de naciones—la Unión Europea—y explicar cómo y por qué se llegó a eso.

El gran pensador alemán Hegel tenía un indicio de este umbral en referencia a la filosofía europea. En su Prefacio a la Filosofía del Derecho[1], él escribió: “Cuando la filosofía pinta el claroscuro, ya un aspecto de la vida ha envejecido y en la penumbra no se le puede rejuvenecer, sino solo reconocer: lel buho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo.”.

Mucho han escrito los expertos de todo tipo en la prensa mundial y en los medios en general acerca del final inminente de la Unión Europea. Para sorpresa de estos agoreros ha perdurado. Sin embargo, como la cantante popular argentina Mercedes Sosa solía cantar con su bella voz en Corazón libre: “Durar, no es estar vivo corazón, vivir es otra cosa.”[2]

Con la fundación de la Unión Europea, la vieja Europa trató de rejuvenecerse. Pero como Hegel predijo, esto no se podía hacer. En cambio, la Unión nació avejentada. En oposición a Europa misma, la Unión Europea parece vieja sin haber tenido jamás una juventud. Nació de esa manera. Es un caso raro de nacimiento póstumo. En su edad anciana prematura, ha sido aquejada por dolencias: crisis económicas, disenso, resentimiento de algunos miembros y de parte de varios un deseo de irse. Hoy sobrevive y a veces tiene un aplazamiento, como con las “buenas noticias” de la recuperación del crecimiento económico. Una persona anciana tiene menos dolores de artritis en un buen día seco. Sin embargo, durar no es vivir.

¿Cómo es que la Unión Europea perdura y por qué no puede avanzar? Contestaré estas preguntas enumerando las siete principales debilidades de la Unión en tanto bloque geopolítico.

La primera es una crisis de representación. Para ser claros, en la mayoría de los países europeos, las personas no se sienten más representadas por los partidos políticos establecidos—y menos aún por la Unión Europea como un todo. Como en Estados Unidos, ese sentimiento es percibido fuertemente por personas de la clase trabajadora y aquellos que se encuentran desempleados y que no pueden reinsertarse fácilmente en la economía formal. En los siglos XIX y XX, estos eran llamados el proletariado y el lumpen proletariado. Hoy se llaman los precarizados y los estructuralmente desempleados[3]. El resultado es el ascenso de lo que algunos cientistas políticos llaman un “sentimiento anti-partido”. La suya es la política de la anti-política. Los votantes se escapan hacia los partidos anti-sistema, tanto de la derecha como de la izquierda, pese a que los beneficiarios principales son los partidos de extrema derecha como le Front National en Francia, la Lega Nord y Cinque Stelle en Italia y la Alternative für Deutschland en Alemania[4].

El sistema político resulta a la vez fragmentado y polarizado, y el resultado es la inhabilidad para abordar los principales desafíos como ser una crisis financiera (como la crisis de la deuda soberana europea de 2009), el riesgo de default de algún miembro (como Grecia en 2015), un ataque militar (como la anexión rusa de Crimea en 2017), o una iniciativa secesionista (como Cataluña en 2017-18). En el momento de escribir este artículo, la cuestión más apremiante que debe afrontar la Unión Europea es la inmigración desde Medio Oriente y África. La Unión Europea resignadamente trata de salir del paso.

En un universo político polarizado, si hay dos partidos principales, el gobierno termina bloqueado. Si hay muchos partidos, el gobierno se torna inestable por las frágiles y cambiantes coaliciones. Cada uno de estos escenarios provoca más deserciones de los votantes y más huidas populistas hacia los extremos. Es un círculo vicioso.

Más aún, cuando los partidos establecidos se desmoronan o declinan, los nuevos partidos que los reemplazan no tienen la memoria institucional ni la práctica de estadista[5] para guiarlos, y el sistema en su totalidad tambalea. Pese a sus defectos, los partidos tradicionales eran los guardianes de la democracia—ellos seleccionaban a los líderes y tanto filtraban como articulaban las demandas populares. Pero ese tipo de custodia requiere que los partidos tengan la fuerza para hacer cumplir la disciplina hacia dentro de sus propias filas y la popularidad para mantener la voluntad de los votantes. Conforme los partidos principales de Europa se desmoronan, lo mismo sucede con su capacidad de custodia.

Sin esos partidos y sus filtros, una democracia alimentada por los movimientos sociales y los referendos, tomando prestada una estrofa de la canción de Lou Reed, comienza a caminar por el lado salvaje[6]. Max Weber tenía esto en mente—no obstante en una forma más leve—cuando escribió sobre la “democracia de líder plebiscitario”. Al final, la democracia liberal se descompone sin recurrir a un golpe. Por el contrario, decae por etapas, como fue bastante bien demostrado en un estudio reciente por Levitsky y Ziblatt[7]. Viktor Oban, el actual primer ministro de Hungría, la llama “democracia iliberal”.

Sobre el cadáver del sistema democrático liberal, los partidos nacionalistas y populistas se multiplican como gusanos. Distintas partes de Europa tienen partidos nacionalistas con diferentes ideologías y objetivos. Muchos partidos nacionalistas de Europa Occidental son descriptos como populismos de derecha. De acuerdo con el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores “así como el antisemitismo era un factor unificador para los partidos de extrema derecha en las décadas del 10, 20 y 30, la islamofobia se ha convertido en el factor unificador en las tempranas décadas del siglo XXI”. Algunos son partidos de izquierda o cívico nacionalistas, que pregonan el regionalismo. Algunos han llegado al poder, como en Austria, Polonia y Hungría. Otros han fallado en su intento, al menos por el momento, como en Francia. Pero todos tienen influencia decisiva en la política europea—ya sea que el perro populista mueva la cola de la nación o que la cola mueva al perro[8].

Lo que es aún peor: muchos países europeos simplemente no pueden siquiera formar gobiernos estables. Doce meses atrás, Irlanda del Norte se encontró sin un gobierno propio, luego que el vice primer ministro Martin McGuinness abandonara el cargo a raíz de un fallido ardid energético. Alemania no ha obtenido la instalación de un nuevo gobierno luego de su no concluyente elección federal de finales de septiembre de 2017 y su canciller está aún tratando de parchear una coalición. Podrán aún pasar varios meses hasta que los nuevos ministros estén en sus puestos. En Bélgica, el record del período más largo sin un gobierno electo en democracia fue obtenido en 2010-11, luego de una riña entre los personajes Flemish y Walloon que llevó a un vacío de 589 días. España estuvo los primeros 10 meses de 2016 sin un gobierno, un hiato que sólo finalizó cuando los socialistas de la oposición efectivamente votaron para permitir que los conservadores formaron un gobierno en minoría. El Reino Unido tiene un gobierno que apenas funciona luego del referéndum por el Brexit.

Lo que es cierto para las partes lo es para la totalidad: la Unión Europea no sabe más a quién ni qué representa.

La segunda debilidad estructural de la Unión Europea tiene que ver con la economía. Ubico a la economía en segundo lugar por dos razones. Por un lado, me gustaría contrabalancear el excesivo énfasis puesto sobre la dimensión económica tanto de parte de los expertos como de la opinión pública, que muchas veces se olvida la realidad de las otras dimensiones de la vida humana como el orgullo, la seguridad, la identidad, la movilidad social y la comunidad. Bastantes economistas no saben cómo manejarlas; sociólogos, antropólogos y cientistas políticos sí lo saben, al igual que los escritores creativos. La otra razón es que una mirada económica sobre Europa (también sobre los Estados Unidos) me ayuda a corregir la primera y más común impresión de la oleada populista.

Igual que las regiones que resienten su prosperidad “olvidada” y que se sienten amenazadas por los inmigrantes, por las minorías sexuales y por las costumbres liberales, las zonas más prósperas y dinámicas económicamente en Europa y Estados Unidos (es decir más abiertas a los inmigrantes, a las minorías sexuales y la as costumbres liberales) buscan su autonomía también, pero por razones opuestas. El Estado-nación—ya sea en Paris, Londres, Bruselas o Berlín/Frankfurt—generalmente aplica impuestos sobre sus ganancias y manda las remesas a otras áreas. Pregúntenles a los Catalanes, a las personas en el Veneto o en la Lombardía y ellos les dirán que están cansados de subsidiar a Galicia (vía Madrid), Sicilia (vía Roma), Alemania del Este (vía el Bundestag) y otras regiones que son equivalentes a los Apalaches o a Mississippi en los Estados Unidos, en su relación con el Sillicon Valley, Sillicon Alley, Seattle, Wall Street, o la ruta 128 de Boston. Al nivel supranacional, pregúntenles a los que pagan impuestos en Alemania qué piensan sobre la  ayuda a Grecia. Algunas de estas regiones dinámicas a veces quieren dejar afuera a su Estado-nación y echar el cerrojo en nombre de su propia identidad y de su alta productividad. Mucho se beneficiarían de la autodeterminación.

En síntesis, bajo el paraguas del nuevo populismo hay dos electorados muy diferentes y muchas veces antagonistas: por un lado, ciudades y regiones post-industriales muy dinámicas y, por otro lado, núcleos desindustrializados. La brecha entre ellos se ha ensanchado y el resultado político es paradójico. Ambos resienten al establishment político central—algunos porque consideran que no hacen lo suficiente para ellos; los otros por hacer demasiado y nada bien, y todo a sus expensas. El resultado: tanto la idea de Estado-nación como la de estado supranacional se han debilitado. Esto es generalmente, y de manera errónea, descripto como “el fin de la globalización[9]”. En mi opinión, la globalización está para quedarse sin importar si el Estado-nación sobrevive o no[10]. Los fanáticos de Trump tengan cuidado: los moradores de las ciudades pueden llegar a sublevarse contra las regiones que los odian y que al mismo tiempo disfrutan de sobre-representación política y de un “llevársela de arriba” en lo económico[11]. Los conservadores estadounidenses deberían tener cuidado de lo que desean por su insistencia en los derechos de los estados. Si California fuese a querer la secesión, Arkansas perdería mucho más que viceversa.

En ausencia de homogeneidad cultural o étnica—como en Noruega—“los estabilizadores fiscales automáticos definen a una nación[12]”—como sucede en los EEUU. Al nivel geopolítico, es precisamente la ausencia de estabilizadores fiscales automáticos lo que ha sido la perenne debilidad de la Unión Europea. Siempre fue una federación de estados y no un sistema verdadero de estados unidos de Europa.

Una moneda única (el Euro) sin consolidación fiscal es  receta para tener problemas. Ésta es la raíz de las dificultades económicas europeas. Cuando fue lanzada en 2002, la moneda única permitió que los países más ricos les prestaran a los más pobres de manera más derrochadora. Esto funcionó por un tiempo—hasta que los miembros periféricos de la Unión llegaron al límite de su crédito y estaban a un paso del default durante la crisis financiera mundial. Sin estabilizadores fiscales automáticos, la crisis se volvió más aguda. Las naciones acreedoras se rehusaron a soportar las penalidades que siguen a malas inversiones o esquemas de préstamos temerarios. En su lugar, los países que requerían el auxilio financiero, como ser Grecia, recibieron un salvataje salvaje: hacer sufrir a su pueblo para salvar a los bancos. A partir de ahí, el Banco Central Europeo imprimió plata para recapitalizar a los bancos mediante la compra de bonos que esterilizaron el derroche de la válvula de moneda fiduciaria bajo su control.

La deuda y las peleas sobre la restructuración de la deuda serán el talón de Aquiles de la economía europea mientras la Unión Europea exista. La preocupación no ha terminado[13]. Al final, las revoluciones (especialmente las revoluciones burguesas pero también las de la clase trabajadora) no se originan en las personas más enojadas que son abandonadas sino en los sectores más productivos que se sienten abusados por un sistema que se alimenta de regresión social y cultural[14].

La tercera grave debilidad de Europa desde un punto de vista geopolítico es social y doble. Puede ser reducida a dos cuestiones relacionadas: la inversión de la pirámide demográfica (el envejecimiento de la población originaria) y la inmigración.

Conforme la población envejece, los servicios sociales destinados a los jubilados que no trabajan deben ser solventados mediante los aportes de un grupo de jóvenes trabajadores productivos en disminución. Este déficit demográfico y económico es administrado con dificultad por una combinación de política inmigratoria y deuda pública. Ambas son problemáticas.

El peso de la deuda pública de los estados europeos es ya muy alto y el gran crecimiento de los programas de subsidios presiona fuertemente sobre los presupuestos y tesoros. El flujo de inmigrantes del antiguo Tercer Mundo hacia el sur del continente europeo está lejos de ser lo que necesitan en términos de capacidad y capital humano. Además produce tensiones étnicas, raciales y religiosas, en tanto la integración cultural y social de los inmigrantes dista de ser adecuada.

Para hacer las cosas aún peor, y por las razones mencionadas más arriba, los sistemas políticos disfuncionales tienen dificultad en producir planes coherentes y en tomar acciones decididas y coordinadas. El resultado es, una vez más, que las elites políticas están enmarañadas en un contexto de desasosiego y descontento. Debido a sus tradiciones progresistas de apertura y democracia liberal, muchas sociedades europeas no pueden contemplar las prácticas migratorias iliberales de los países ricos de Medio Oriente. Estos últimos traen grandes contingentes de trabajadores pobres de Asia y África, los mantienen en campos segregados y los envían de regreso cuando quieren o cuando han terminado de construir los relucientes palacios de los emiratos petroleros. Un distinguido colega sociólogo, luego de volver de un tour por Abu Dabi me describió el emirato como un “estado policial en un centro comercial”. Si las democracias iliberales emergentes en Europa central alguna vez tuvieran éxito en reproducir semejante modelo, porque carecen de la riqueza y la mentalidad de frontera de los estados petroleros, ellos producirían un “estado policial en un museo social[15]”.

La cuarta línea de falla que pone en riesgo la debilidad y fractura de la Unión Europea es el masivo arribo de migrantes de tierras asoladas por guerras y países muy pobres. Más de un millón de migrantes y refugiados cruzaron hacia Europa en 2015, disparando una crisis al tiempo que los países luchaban por lidiar con el flujo entrante y creando divisiones dentro de la Unión Europea sobre cómo era mejor lidiar con el asentamiento de aquellas personas. La situación ha continuado hasta el momento de escribir este artículo, pese a que el flujo ha disminuido recientemente. Sobre la entrada sólo de refugiados, las cifras y gráficos pueden llenar volúmenes sobre la dimensión del problema[16].

Aquí me limitaré a refutar la noción de que los flujos de migrantes tienen un efecto geopolítico negativo. Por el contrario, son los conflictos geopolíticos y los malos manejos por las principales potencias—principalmente EEUU y Rusia, pero también Israel, Irán y otras potencias mundiales—los que han producido el desplazamiento en masa de poblaciones. La geopolítica determina la migración y no al revés, aunque hay un retorno en la ecuación. Los fiascos estratégicos de la intervención estadounidense en Afganistán e Irak, el error estratégico opuesto de no intervención en Siria, el fallido “cambio de régimen” en Libia y la intromisión oportunista de Rusia, Turquía e Irán en sus secuelas, han hecho de Europa el “daño colateral” de sus juegos. El cuadro más abajo, tomado de las series de la BBC, ilustrará mi argumento. Potencias locales y extranjeras hacen juegos de guerra en Medio Oriente y Europa paga el precio. Las recriminaciones mutuas, las actitudes de “empobrecer al vecino”, la xenofobia e islamofobia dentro de Europa son el resultado. Poco a poco, Europa pierde algunos de sus valores centrales y el resultado final bien puede ser un acuerdo Schengen al revés—un acuerdo para mantener a las personas afuera y en su lugar de origen, en vez de adentro y moviéndose libremente[17].

Europa tiene una seria responsabilidad histórica por las tragedias en el Medio Oriente. Sin embargo, en el presente no es un jugador principal en las guerras en la región: es una de las víctimas colaterales de las ambiciones y fechorías de las otras potencias.

En cuando a la fortaleza militar (el quinto punto de reflexión), en las cifras la Unión Europea parece bastante bien apareada con EEUU, excepto por dos factores cruciales. Primero, EEUU tiene tropas, misiles y bases en Europa y Europa no tiene nada en suelo estadounidense. Segundo, EEUU tiene un comando unificado sobre sus fuerzas militares, mientras que Europa tiene un grave problema de coordinación y compatibilidad entre las 27 fuerzas de defensa. Para aquellos que deseen una comparación gráfica de la fortaleza, recomiendo el siguiente sitio: https://www.youtube.com/watch?v=dCFkSvR1_1c.

En el pasado, los aportes de EEUU a la alianza de la OTAN habían superado por mucho a los de Europa. Bajo el paraguas de la seguridad estadounidense, las naciones europeas podían destinar más recursos a sus desembolsos de bienestar y a la modernización de su infraestructura. Hoy, EEUU insiste en que Europa gaste más en defensa, al tiempo que permanece atada a los objetivos estratégicos estadounidenses. Esto no augura bien para el futuro de las relaciones entre la hegemonía estadounidense y el bloque europeo.

En los Estados Unidos, los grandes presupuestos militares contribuyen, aunque de manera despilfarrada, a mantener la ventaja tecnológica. El Pentágono es apenas una disfrazada institución semi-socialista que promueve crecimiento tecnológico y económico (aunque su record de ganar guerras es, sin embargo, deprimente). En Europa, es el Estado el que invierte en tecnología y lubrica a los mercados. Son diferentes modelos con diferentes resultados.

Al final, Europa puede llegar a tener éxito en integrar sus fuerzas militares, especialmente frente al desafio de una Rusia que resurge, pero en última instancia llegará a una entente con su gran vecino hacia el este[18]. Como en política y en economía, también en estrategia militar, el punto débil de Europa es la coordinación, y el deseo de pelear—cuando sea necesario—como un bloque único.  Ni lo hará ni lo tendrá.

El sexto punto nos lleva devuelta al primero. Con el crecimiento de los nacionalismos, tanto a nivel de los Estado-nación con en el de las regiones, hay muy poco entusiasmo colectivo que pueda proveer el indispensable cemento para mantener a Europa unida. Al mirar a los desafíos del futuro, Europa sólo mira a su pasado y dice: “Nunca más”. Lo que Ortega y Gasset afirmó sobre España en los años 20 (anticipando la futura Guerra Civil), también puede sostenerse para Europa como un todo hoy: sin un proyecto entusiasta que pueda hacer que los pueblos sueñen un futuro común y una postura agresiva y colectiva hacia el exterior, el Continente permanecerá siendo, en la expresion de Ortega, “un invertebrado” –un animal sin columna vertebral, como un gran molusco[19].

Mi séptimo y último punto es breve. Con una creciente fragmentación y un retroceso democrático, Europa no cumplirá ninguna misión histórica y no logrará ningún acto de equilibrio geopolítico. Ocasionalmente, podrá unirse sólo por el miedo. Pero esto me lleva al reino de la especulación, al riesgo de hacer predicciones que no tienen buenos antecedentes en ciencias sociales. ¿Quién sabe? Nuevos profetas pueden surgir y la historia puede reasumir su camino de proveer sorpresas, ojalá más placenteras esta vez. Mientras tanto, Europa continúa siendo un buen destino turístico—tanto en el usual turismo como en la versión que los estudiantes estadounidenses llaman “estudiar afuera”—con diversidad cultural, excelente infraestructura, una extraordinaria reserva de objetos de arte y buena comida. Como dice Rick Steves[20] en su programa de TV sobre Europa—“Sigan viajando”. Europa emérita los aguarda con una sonrisa de hotelería.

 

[1] . NT: Filosofía del Derecho, Biblioteca Filosófica, Volúmen 5, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1968

[2] . https://www.youtube.com/watch?v=uwS3kd_sogY

[3] .Investigaciones de la Oxford Martin School estiman que durante los próximos 20 años cerca de 40% de los trabajos europeos serán reemplazados por máquinas.

[4] . Luego de estudiar los movimientos populistas en Latinoamérica y más allá por décadas, he llegado a la conclusión que los movimientos más populistas o emergen de la derecha o incluso viran hacia la derecha aunque hubiesen emergido de otras fuentes.

[5] . En mi reciente visita a Italia, fue sorprendío encontrar que el partido principal–Cinque Stelle—más allá de estar liderado por un comediante, está integrado por personas que nunca han tenido un trabajo estable. En EEUU, la incompetencia de la mayoría de los nomrados por Trump y del presidente mismo es sorprendente.

[6] . NT: “walk on the wild side”: https://www.youtube.com/watch?v=4p_cXfdz8Hw

[7] . Steven Levitsky and Daniel Ziblatt, How Democracies Die (2018.  New York: Crown).

[8] . Para una útil guía sobre la proliferación de partidos populistas en Europa, el lector puede consultar el siguiente sitio: https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_active_nationalist_parties_in_Europe#List  (sólo en inglés).

[9] . Consideren Stephen D. King, Grave New World (2017.  New Haven and London: Yale University Press).

[10] . En la contienda entre jerarquñias nacionales y redes globales, las redes ganan. Ver See Niall Ferguson, The Square and the Tower (2018.  New York: Penguin).

[11] . Mi visión de largo plazo es que Estados Unidos puede terminar siendo el gran perdedor de la federación americana. Explico esto en mi libro próximo a salir Strategic Impasse (2018.  London and New York: Routledge).  Acá lidio con Europa.

[12] . Janan Ganesh, “Europe could see more Catalonias,”  Financial Times, 24 October 2017.

[13] . Sobre el futuro de las transferencias europeas, ver: https://www.project-syndicate.org/commentary/road-to-a-european-transfer-union-by-hans-werner-sinn-2018-01

[14] . La tarea de un verdadero partido de izquierda es formular un programa de redistribución de la riqueza junto con la inserción productiva de una nueva clase trabajadora. Todo lo demás es populismo de derecha.

[15].  Mientras tanto sólo podemos esperar una consolidación gradual de una modesta política extranjera por el bloque: http://carnegieeurope.eu/2017/12/05/is-there-hope-for-eu-foreign-policy-pub-74909

[16] . Ver los gráficos publicados por la BBC: http://www.bbc.com/news/world-europe-34131911

[17] . El acuerdo Schengen es un tratado firmado en 1985 en el cual los controles internos de fronteras se habían largamente abolido.

[18] Los escenarios de juegos de guerra no son favorables para ningún lado. Estancamiento prolongado podría llevar a la ampliación de la guerra hacia una guerra mundial con el catastrófico uso de las armas nucleares.  https://www.youtube.com/watch?v=BT7j6xU-Fjo

[19] . Jose Ortega y Gasset, España invertebrada (1921.  Madrid: Calpe).

[20] . https://www.ricksteves.com/

 

Si te interesó este texto puedes suscribirte completando el formulario que aparece en este página para recibir una vez al mes un  breve resumen de la edición en español de Opinión Sur

Deja un comentario