Estados Unidos: el cambio que se avecina

Se ha roto el viejo bipartidismo político norteamericano.  Se ha puesto en evidencia el costo social de varias décadas del neoliberalismo globalista y concentrador.  Los dos principales partidos se han polarizado y resquebrajado, entre una derecha populista y semi-fascista, y un centro que pierde fuerza día a día frente a una nueva movilización juvenil de izquierda.

 

Hace mucho que se ha vuelto banal hablar de revolución.  Así escuchamos sin perturbarnos  la propaganda televisiva que anuncia la introducción de un nuevo producto “revolucionario” aunque se trate de un simple batidor de crema.  Hay diseños “revolucionarios” en el parque automotor, y en el ámbito de la moda existe una “revolución permanente.”  En resumen, “ la revolución” es un vocablo degradado, que ni entusiasma ni asusta.

Sin embargo, para citar a Galileo, Eppur si muove.  Nos gusten o no, hay cambios y son cambios importantes en las tres dimensiones que antes definían el término cuando de revolución se hablaba en serio: cambio en las relaciones de producción, cambio en la estructura social y cambio en el sistema político.

En esta nota me refiero a cambios importantes que se están produciendo en el ámbito político norteamericano, no por interés meramente antropológico en un país que en varios aspectos, buenos y malos, es excepcional, sino por tres razones de peso geopolítico.

En primer lugar, la política interna de los Estados Unidos tiene incidencia global e inmediata, sobre todo en un momento en el que se reconfigura el equilibrio internacional de poder. En apariencia el destino del mundo se ve afectado por lo que hace o deja de hacer el 7 por ciento de la población mundial. Al mundo le interesan las elecciones presidenciales norteamericanas, aunque la mayoría no pueda votar en esos comicios.

En segundo lugar, los cambios en la política norteamericana forman parte de fenómenos paralelos en la política interna de otros países, en especial los europeos.

Y en tercer lugar, el proceso de globalización que afecta a todos los países está fuera del control de cada uno.

Mi primera observación es que el sistema bipartidista se ha roto.  El consenso de la era “clásica imperial”, expresado con elocuencia por John F. Kennedy en su discurso inaugural, en el que señalaba que las diferencias entre demócratas y republicanos estaban en los medios pero no en los fines y en detalles de orientación de la políticas públicas (una mas igualitaria y defensora de derechos civiles que la otra), ya no existe.  Ha sido reemplazado por lo que podríamos llamar la secesión republicana, que se inició en 1982 con la elección de Ronald Reagan y que en la actualidad va mucho mas allá de las posiciones de la derecha reaganiana.  Veamos la evolución.

El partido republicano de Dwight Eisenhower hoy es irreconocible.  El general Eisenhower, ex comandante supremo de las victoriosas fuerzas aliadas en la segunda guerra mundial, representaba el triunfo del “republicanismo moderno”: un partido de centro derecha que había hecho las paces con las reformas progresistas de Franklin D. Roosevelt, a las que sumaba el abandono de una antigua postura aislacionista a favor del internacionalismo anti-comunista.  En suma, se trataba de consolidar la enorme ventaja material de la posguerra, mantener el crecimiento económico en marcha y frenar el avance de un modelo alternativo de economía y sociedad promovido por la Unión Soviética y sus aliados socialistas.  Por un lado los demócratas se comprometían a mantener una postura antirrevolucionaria global y, por otro, los republicanos adherían a una política económica globalista y keynesiana.

Ese consenso bipartidista de 20 años se rompió con la guerra de Vietnam. Dejó de haber unidad en la guerra fría en el orden internacional.  En el orden interno, el estancamiento económico con inflación destruyó el consenso keynesiano.  Y como broche de oro floreció una división en la sociedad civil con movimientos contestatarios, juveniles, pacifistas, feministas, raciales y minoristas.  Se pasó del consenso a la polarización y de unidad ideológica a guerra cultural.  Esta situación duró una década, caracterizada por el disenso interno y una parálisis en el orden internacional.  La doble contingencia  (lucha social y estancamiento económico) preparó el terreno para el triunfo de Ronald Reagan que ofrecía una salida del impasse por derecha.

La llamada “revolución de Reagan” era en realidad la fusión de un modelo económico de crecimiento concentrado (supply side economics), con una vuelta de tuerca agresiva y militarista en el campo internacional, destinada a “quebrar” a la ya tambaleante Unión Soviética y con un conservadurismo social que exaltaba las virtudes de  “Dios, patria y hogar.”  Esa “revolución” reaccionaria duró hasta la elección de Barak Obama como presidente (el progresismo de Clinton fue cosmético y no alteró los parámetros) después de una administración republicana (George W. Bush) que fue pretensiosa y desastrosa, culminando en una aventura bélica sin fin en Medio Oriente y en una crisis financiera mundial de proporciones colosales.

Pero la ideología de Reagan dominaba todavía el pensamiento de la elite republicana hasta que comenzó el proceso de elecciones internas en vistas de la contienda presidencial del 2016.  Fue un período en el que los republicanos mantuvieron el control del Congreso y torpedearon con eficacia casi todas las iniciativas progresistas del ejecutivo.  Por su lado, el presidente Obama pretendió al mismo tiempo gestionar la crisis del neoliberalismo heredado de la administración anterior y regresar al optimismo kennediano.  No lo pudo hacer sino en algunos detalles.  Fue elegido y reelegido con el voto popular pero no superó el “empate” de poderes.  Su gestión se caracterizó por una doble parálisis: interna e internacional. Entretanto, la globalización transformaba las bases sociales de los partidos.

En la década del ochenta la “revolución” republicana de Reagan fue posible por el cambio de actitud de la clase obrera blanca (otrora el meollo duro del partido demócrata de Roosevelt) que se volcó hacia la derecha y votó por el partido republicano.  El realineamiento de esta clase social hacia la derecha fue una reacción mas cultural que económica, ya que se sentía agredida por movimientos contestatarios de reivindicación racial, de derechos civiles y de afirmación de prácticas sociales y sexuales no tradicionales. El tema económico era secundario para ellos, no así para la elite, que tuvo piedra libre para dedicarse a promover la gran reforma neo-liberal urbi et orbi: freno y retroceso de las conquistas sociales anteriores, libre comercio mundial y una política legalmente ambigua pero efectivamente favorable a la inmigración. La ilusión de prosperidad se sostenía en un fuerte endeudamiento privado en una economía especulativa y de servicios que reemplazaba a la mas antigua economía industrial.

Todo cambió con la irrupción de lo que dio en llamarse, por pudor, la Gran Recesión –una crisis financiera de dimensiones épicas con epicentro en Wall Street que sacudió al mundo en el 2008. Comenzó a deshacerse la curiosa trama que unía a la elite globalista con una clase obrera nacional-racialista.

Los obreros empezaron a culpar a las grandes empresas de quitarles fuentes de trabajo al mudarse a países pobres o a “mercados emergentes” en pos de mano de obra barata. La denuncia tenia como base la pérdida de millones de puestos.  También comenzaron a culpar a los inmigrantes de “competencia desleal” en el mercado de trabajo –en particular su disposición a tomar empleos de bajos salarios y precarios, por “la vista gorda” de empleadores locales frente al flujo de indocumentados.  De esta manera, los mas explotados eran acusados de abusar el sistema de asistencia médica y social.

La incertidumbre económica general hizo que los trabajadores integrados ya no apoyasen antiguas iniciativas republicanas de reducir el gasto social, que se volvía ahora la última línea de defensa de una clase en descenso.  Que un sector de víctimas de un proceso global culpe a otro sector distorsiona la lucha social a favor de las elites pero les trae al mismo tiempo sorpresas desagradables.  Y por añadidura, la clase obrera blanca que en otras épocas apoyaba la intervención armada en Vietnam se ha vuelto en contra de la intervención armada en Medio Oriente, con una guerra tan larga como desastrosa, en la que este estrato social fue utilizado como carne de cañón.  El conchabo voluntario que sucedió a la conscripción se concentró en una juventud proveniente de las clases populares.  Estas veían en las fuerzas armadas un refugio económico y social en una época de ajustes reaccionarios, pero han debido cargar con el peso de campañas bélicas repetidas y mortíferas.

Es por esa brecha que se cuelan los movimientos populistas de derecha, de larga y triste historia en el mundo contemporáneo: un amalgama de resentimiento social, anti-capitalismo de elite, racismo, xenofobia, patrioterismo, nativismo e indignación moral.  Si a estos ingredientes se le añade el catalizador de una sensación de inseguridad promovida por el terrorismo y aumentada por los medios de comunicación social,  se genera un deseo de acción política externa al sistema normal, decisiva, autoritaria, y carismática.

Candidatos nunca faltan para ocupar el rol de “salvador”, porque el carisma no es la propiedad especial de una persona que construye una situación, sino la resultante de una situación y de una expectativa social que luego ocupa cualquier persona “en estado de disponibilidad.”  Hace mucho que la teoría del rol en sociología desentrañó el misterio de la seducción y de la conducción carismática.  En particular, el análisis de la predisposición política de la pequeña clase media esta bien establecido desde la publicación en Dinamarca del ensayo del sociólogo Svend Ranulf  titulado Moral Indignation and Middle Class Psychology (Indignación Moral y Sicología de Clase Media) en 1938 (en pleno auge del fascismo italiano y del nacional-socialismo alemán). Era un análisis histórico y comparativo de grupos e individuos que manifestaban una tendencia o habitus (independiente del interés material o de clase) a castigar a otros grupos elegidos como chivos expiatorios para así reforzar su propia identidad y sentirse menos aislados.  Ranulf ubicó a estos grupos con tendencia a la victimización gratuita en las capas medias-bajas tanto en ascenso como en descenso social.

Siempre hay líderes políticos dispuestos a capitalizar esa tendencia y a movilizar a esos grupos –lideres del tipo de Savonarola, Cola Di Rienzo, o Benito Mussolini en Italia, Adolf Hitler en Alemania, Joseph MacCarthy en Estados Unidos, Pierre Poujade en Francia y muchos mas.  El análisis de Ranulf tuvo confirmación empírica en varios estudios mas refinados que se sucedieron hasta nuestros días.

En los Estados Unidos ningún candidato de corte fascista logró llegar al poder.  Hubo un intento por parte del gobernador de Luisiana Huey Long (que inspiró, junto con Benito Mussolini, al entonces coronel Perón), pero fue asesinado antes de que organizara una campaña nacional

Durante la guerra de Corea, el general Douglas MacArthur se insubordinó contra el presidente pero fue sumariamente despedido por Truman, pese a lo cual hizo una especie de campaña triunfal en el Congreso norteamericano y en las calles de Nueva York.  Y al comienzo de la guerra fría el senador Joseph McCarthy organizó una campaña de persecución política y caza de brujas a supuestos simpatizantes del comunismo que fue creciendo hasta que los altos mandos del ejercito pusieron freno a su campaña y provocaron su eventual destitución (fue obligado a renunciar).

La democracia norteamericana atravesó todos estos percances y salió airosa, en gran parte gracias al buen diseño constitucional de la división de poderes. Sin embargo siempre existió en la imaginación colectiva (con ayuda de Hollywood) el fantasma de un dictador, no de origen militar sino de la parte civil de la elite de poder (finanzas, medios de comunicación masiva, industria, o construcción). Hasta hoy tal personaje ha existido sólo en la ficción.  Hay dos buenos ejemplos.  En literatura existe la novela satírica de Sinclair Lewis titulada It Could Not Happen Here (1935) y en el mundo cinematográfico la gran película de Orson Wells Citizen Kane  (1941).

En 2016 entra en escena un personaje de este tipo, esta vez de carne y hueso, en la figura del candidato Donald Trump.  En pocas palabras, Trump propone invertir la fórmula de Ronald Reagan.  Por oposición a la mayoría de su partido de adopción (el Republicano) Trump no es un conservador social, ni por ideología ni por su propia biografía.  Su tolerancia por el matrimonio igualitario se combina con el machismo barato del cambiador de un club atlético.  Es agnóstico en materia de religión y no tiene ambages en pelearse con el Papa.  Está contra el aborto ahora pero antes no.  Es mas nacionalista que internacionalista.  Rechaza alianzas con países europeos de quienes desconfía, y promete “mano firme” con los ex comunistas (Rusia y China) pero no disimula su atracción por el autoritarismo de Vladimir Putin.  Sus varios eslóganes (“Hagamos América Grande Otra Vez”, o “Primero América”) repiten  o hacen eco de otros mas antiguos, como los del famoso piloto Charles Lindbergh, admirador del Fuehrer alemán .

En materia económica, Trump pregona la autarquía y favorece mantener la ayuda social y médica a la población.  No es reacio a la intervención estatal, mientras sea de su agrado.  Con respecto a la división de poderes, aspira a un ejecutivo fuerte y a los otros dos los prefiere mas sumisos.  Para sorpresa de sus supuestos correligionarios, el candidato mas popular del partido republicano es mercantilista y aislacionista.  Gane o no la presidencia, Trump ya ha firmado el acta de defunción de su propio partido. Frente a Donald Trump se yergue la figura bien conocida y muy discutida de la Sra. Hillary Clinton.  La candidata ganará las internas de su partido en una marcha simétrica y opuesta a la del Sr. Trump entre los republicanos.  Clinton representa el establishment en su versión demócrata, es decir el libre cambio, el imperialismo en política exterior y el alto capitalismo (sobre todo financiero) de Wall Street.  En materia social es decididamente liberal de izquierda, ya que favorece los derechos minoritarios, las garantías civiles y la justicia social para las mujeres en materia de salarios y de puestos.  Pero con esta doble actitud, y con un pesado bagaje de errores estratégicos en política exterior (entre ellos sus posiciones respecto de Iraq, Libia e Israel) y una falta evidente de sinceridad en sus posiciones, no convence a los sectores jóvenes del partido demócrata, a quienes irrita la actitud cuasi monárquica de alguien que se cree con derecho natural a la primera magistratura.  El enorme entusiasmo por la candidatura de su rival en las internas, el Senador Bernie Sanders, no ha logrado vencer el aparato oligárquico que sostiene a Hillary Clinton.

De esta forma, las elecciones de noviembre del 2016 enfrentarán a dos candidatos de quienes la mayoría de los votantes desconfía –la derecha populista contra la oligarquía aparatista– al frente de dos partidos seriamente divididos.  Es receta segura de gran conflicto social en el futuro.

Se ha roto el sistema bipartidista norteamericano.  Este terremoto político con epicentro en Washington se hará sentir en todos los rincones del planeta.  Hillary Clinton representa lo ya bien conocido –con todos sus defectos.  Donald Trump representa lo desconocido –con todos sus peligros.  El partido demócrata se ha vuelto un bastión del establishment, y el partido republicano el bastión del resentimiento autoritario contra el establishment. En un ciclo que se asemeja al ciclo generacional de la novela de García Márquez Cien años de soledad, el conservadurismo norteamericano, tras décadas de pregonar el odio al gobierno, el racismo solapado, el desprecio por las minorías y el individualismo armado, finalmente ha parido un hijo con cola de chancho.

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