Esfuerzo compartido por toda la sociedad: hipocresía e ignominia

Ante situaciones de crisis que sectores dominantes generaron o, cuando menos, gravemente agigantaron, sus representantes políticos convocan con hipocresía e ignominia a que la sociedad toda comparta el esfuerzo de recuperación y desarrollo. Mientras piden al pueblo que acepte sacrificios para generar en conjunto un futuro venturoso, siguen fugando capitales a guaridas fiscales e imponen planes de rescate y políticas económicas y culturales que protegen sus privilegios y negocios.

Es tremenda la desigualdad que prima en el mundo contemporáneo y no faltan explicaciones sobre su génesis y acelerada reproducción. Si bien aparece como un fenómeno económico, su sustento es una pugna entre grupos humanos de muy diferente poder e influencias. En la base de la desigualdad bulle un desaforado, inmisericorde proceso de concentración de la riqueza y del poder decisional, asentado en una cambiante diversidad de motores concentradores.

La pugna entre grupos y personas se da en casi todas las latitudes con diversos grados de virulencia. En todos los casos hay grupos minoritarios que imponen sus intereses por sobre los de mayorías sometidas cultural, política y económicamente. El núcleo duro de las disputas es por la apropiación de cuota partes del valor generado socialmente. Quienes logran apropiarse de mayor valor de lo que ellos mismos generaron disfrutan de privilegios y prebendas a costa de los esfuerzos que realiza el resto de la sociedad. Está claro que nadie puede acumular las enormes fortunas que existen en el mundo con tan sólo el sudor de su frente. Obviedad que necesita explicitarse una y mil veces porque, siendo indefendible a cielo abierto, se la procura ocultar o camuflar en argumentaciones que intentan legitimar un supuesto aunque inexistente mérito de los poderosos.

Como si esa codiciosa apropiación de valor no fuera suficiente, el capital concentrado y sus cómplices en la política, los medios y la justicia, imponen sistemas tributarios de naturaleza regresiva. Esto es, pagan proporcionalmente más impuestos los sectores medios y bajos que los ricos: en muchos países no existen impuestos a la riqueza, a las transacciones especulativas y a la herencia, mientras sí los hay sobre el consumo de bienes y servicios que cubren básicas necesidades de las grandes mayorías.

Aduciendo la necesidad de asegurar altas tasas de ganancias a inversores y especuladores, se otorgan excepciones y prebendas impositivas a quienes más tienen; el resto que cumpla a pleno su “responsabilidad” tributaria. Con un agraviante adicional: una enorme proporción de quienes por sus ingresos deberían ser mayores contribuyentes evaden permanentemente el pago de impuestos y fugan ese robo al exterior (lo que implica esterilizar esa parte del ahorro nacional). Para ello existen los paraísos, mejor llamadas guaridas fiscales y los equipos de profesionales que diseñan formas de materializar esa evasión y ulterior lavado de los recursos no declarados. Egoísmo y codicia sin fin que sustentan gravísimos delitos y no avergüenza a los poderosos de este mundo. Más bien, se consideran “ingeniosos” porque saben aprovechan las circunstancias que ellos moldean a su favor para lucrar despiadadamente sin importar las consecuencias con las que castigan a sociedades enteras y al medio ambiente.

Nueva clase social globalizada y sus consecuencias   

La situación descripta se da en casi todos los países del mundo y sus más poderosos actores operan sobrepasando las fronteras nacionales; imponen un rumbo planetario que les permite reproducir crecientes privilegios y poder. Lo logran utilizando un sistema de redes junto a grupos locales que son quienes facilitan con su accionar tan oprobiosa dominación.

Así, en cada país priman los intereses y el afán de lucro de acreedores globales, grandes corporaciones multinacionales y cómplices locales, en lugar que pueda dedicarse el potencial creativo y de trabajo existente para resolver necesidades y aspiraciones de su propia población. Se trastocan los intereses que debieran guiar el accionar nacional dando lugar a una pérdida de soberanía en la toma de decisiones y al descrédito e ilegitimidad de gobernantes y de amplios sectores de los medios, la política y la justicia.

Los resultados están a la vista: inestabilidad sistémica y recurrentes crisis, sometimiento social, destrucción ambiental y democracias capturadas. No hay nada de casualidad en lo que sucede sino pura y desastrosa causalidad.

Hipocresía e ignominia

Cuando en 2008 estalló la gran crisis primero en Estados Unidos, luego en Europa y finalmente proyectando su impacto a casi todo el mundo ¿quién sufrió las peores consecuencias? ¿Acaso los responsables que especularon desaforadamente para obtener enormes tasas de ganancia? ¿Sufrieron quienes irresponsablemente generaron las tremendas burbujas especulativas? No; no fueron ellos los que cargaron con el costo del descalabro que generaron sino los pueblos de todo el mundo; sólo que los pueblos de los países más empobrecidos y vulnerables que tienen frágiles redes de protección social vieron acrecentar enormemente los niveles de indigencia. Los pueblos de países desarrollados también son golpeados por el proceso concentrador pero aún conservan algunos diques de contención para postergar la más abyecta pobreza.

Como siempre que estalla una crisis de envergadura aparecen las voces que llaman a “toda” la sociedad a cerrar filas y enfrentar unidos los huracanes desatados. Uno creería ingenuamente que es lo correcto y que uniendo el esfuerzo de todos, las sociedades tendrían más chances de superar tan gravoso desafío. Pero, oh sorpresa, “toda” la sociedad no incluye verdaderamente a todos los actores y menos aún a los más afluentes que, lejos de cerrar filas con el resto, lucra en río revuelto. Pocos perciben que, a la salida de una gran crisis, los poderosos emergen más poderosos y el resto aún más rezagados. Los grupos concentrados, principales responsables de generar las debacles, descargan su responsabilidad sobre las víctimas y redoblan la marcha concentradora imponiendo a su favor las políticas públicas de “salvataje”.

Por cierto que esto no se anuncia a viva voz. El poder económico opera ocultando lo que sucede y las razones y factores que explican lo que sucede. No hay forma de engañar a las mayorías sin mentiras y desinformación, colonizando sus mentes y, si fuere necesario, reprimiendo a los sectores que ofrezcan mayor resistencia.

Los dominadores capturan las democracias vaciándolas de contenidos de equidad, justicia, libre expresión de ideas y de desacuerdos. Se impone una pantomima electoral que permite extender en el tiempo el proceso concentrador. Logran fragmentar las sociedades, quiebran la cohesión social, dan paso a conjuntos de individualidades que reniegan de la solidaridad y la noción y búsqueda de destinos colectivos. Cada quien para sí, no importa “el otro”.

Crece la frustración, las huidas alienadas hacia el nihilismo, las adicciones, el atontamiento de la pasividad, la frivolidad del espectáculo de la vida. Las esperanzas ceden a la desesperanza.

En ese contexto, llamar al esfuerzo compartido es pura hipocresía y una afrenta pública; de eso trata la ignominia. No pasan por ahí salidas constructivas ni las condiciones de solidaridad, equidad y justicia para convocar al entero conjunto social. No nos engañemos, un déficit fiscal no se elimina con sangre trabajadora sino con los recursos que fugan los afluentes evasores. Si pedimos que el pequeño comerciante honre su responsabilidad tributaria, para que todos respeten reglas y regulaciones ellas deberán ser justas asegurando que no habrá canallas que se apropien del esfuerzo colectivo y lucren impiadosamente. Ni tampoco podría permitirse la deshonestidad de nuestros liderazgos que mientras se llenan la boca de proclamas patrioteras, desangran la patria fugando sus recursos a guaridas fiscales desde donde aseguran y siguen acumulando “lo suyo”; aquello que ha sido extraído del flujo nacional del genuino ahorro, de la inversión y el crecimiento orgánico; han comprometido la generación de empleos, la ampliación de derechos y la cohesión social. De esa forma no es posible existir en paz ayudándonos unos a otros.

Facilismo demagógico

No es sencillo encarar los desafíos que surgen al realizar la transición entre un mundo de crudo egoísmo e insensibilidad para los dolientes hacia otro de solidaria construcción colectiva. No hay caminos sin pugnas, sin mezquindades, sin desbocados voluntarismos. Pero está claro que con el rumbo económico y los valores de codicia sin fin que nos han impuesto vamos hacia muchos mayores dolores, frustraciones, miradas torvas, desesperados fundamentalismos. Si en cambio se alineasen esfuerzos, talentos y la plena potencia económica, cultural, espiritual convergiendo sobre un propósito de cuidado social y ambiental, muy distintos serían los resultados y mucho más pacífico el existir.

Se impone organizar un cambio de rumbo económico, cultural y de actitudes para con los demás y el medio ambiente. Nadie postula adormecer voluntades, arrugar la determinación, esterilizar esfuerzos. La convocatoria de todos al trabajo debe asegurar que sea realmente el conjunto de actores quienes pongan el hombro, que quienes lucraron desaforadamente asuman los mayores costos y que los frutos del esfuerzo, la creatividad, el talento, el aporte del afecto ciudadano sea compartido con equidad y justicia.

Cambios interiores y nuevos timoneles

¿Será que los mismos actores que hoy conducen podrán gestionar el cambio de rumbo, el fin de las prebendas y privilegios que asfixian a la entera sociedad? ¿No debería primar una profunda introspección que nos lleve a dejar atrás, superar, aquello que esteriliza nuestras energías, el esclarecimiento y la compasión por los caídos, los más sufrientes, los arrinconados en la miseria y el abandono?

Mucho queda por transformar interiormente para poder levantar las anclas de desesperanza y de pasiva complicidad, abandonar soberbias y egoísmos, servir más que rapiñar. Es cierto, no es menor lo que toca encarar pero para salir del fango en que nos han hundido no sirve reemplazar un dominador por otro; y menos aún, si el próximo dominador sale del propio campo popular.

Habrá que crear o reforzar organizaciones sociales y políticas, generar nuevas formas de operar la economía descartando el mito que la sociedad debe someterse a los designios económicos. Sabemos que ese mito es un cruel engaño y que su razón de ser es defender crudos intereses. La economía integra un conjunto de normas, regulaciones, instrumentos y procedimientos que debe estar al servicio del bienestar y el cuidado ambiental. No es que se pueda hacer cualquier cosa por pura voluntad o porque algún iluminado así lo proponga; nada de eso. Pero está claro que es una burda y brutal mentira afirmar que hay un solo rumbo y una sola forma de funcionar como sociedades. Eso dicen los embaucadores pastoreando sus privilegios y su codicia. Eso sí; necesitamos nuevos timoneles; no un poco más de lo mismo. Timoneles que ejerzan su liderazgo a favor de los pueblos y el cuidado ambiental. Por justicia, equidad y sustentabilidad del desarrollo son las fortunas de los poderosos grupos económicos las que debieran financiar la salida del demoledor orden concentrador.

Es impresionante lo que una sociedad esclarecida es capaz de lograr cuando puede erguirse con otros valores, enfoques y brújulas no herrumbradas: nada menos que construir sociedades que sepan cuidar a todos y al Planeta que nos cobija.

 

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