El vacío de poder

No existe más una garantía de orden en las relaciones internacionales. La antigua piedra de toque del orden mundial ha desaparecido y por consecuencia se cae toda la superestructura institucional erigida en la segunda pos-guerra. Tardará bastante en nacer, si es que nace, un orden nuevo y más justo, posiblemente a caballo de  movimientos sociales con dirigencias jóvenes.

Se atribuye al poeta medieval ingles Geoffrey Chaucer la famosa expresión “El tiempo y la marea no esperan a nadie.” La frase vale en geopolítica. Cuando una potencia se retira de posiciones adquiridas, el puesto vacante es rápidamente ocupado por otros poderes. Cabe entonces preguntar ¿qué posiciones fueron abandonadas? y ¿qué cualidades traen quienes pretenden ocuparlas?

Hace 75 años, en la ciudad de San Francisco, 50 países firmaron la Carta fundacional de las Naciones Unidas.  A diferencia de la malhadada Liga de Naciones, establecida poco después de la primera guerra mundial y que duro muy poco, la Organización de las Naciones Unidas, después de la segunda guerra mundial, logro persistir por más de siete décadas y ha llegado a incluir 193 países, en gran parte a causa del gran movimiento de descolonización.  Es en parte responsable de que hasta hoy no haya estallado una tercera guerra mundial.  Sin embargo, el 2020 encuentra a esa institución vetusta y debilitada. 

Tanto la ONU como muchas otras estructuras de gobernanza colectiva erigidas en la década de 1940 hoy sufren de esclerosis e impotencia: la Organización Mundial de Comercio y el Tratado de no-Proliferación Nuclear entre ellas, diseñadas con el propósito de crear un cierto orden mundial y evitar el caos.  El diseño de esas instituciones, en palabras del celebrado Secretario General de la ONU en su apogeo Dag Hammarskjold, no era llevar al conjunto de países miembros al paraíso, sino evitar que cayesen en el infierno de otra conflagración.

Pero esos organismos, en especial el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional tuvieron como centro y garante a los Estados Unidos, ese “ogro filantrópico” (Octavio Paz[1]), que con ellas ayudaba a otros y se ayudaba a sí mismo, y con creces, ya que fue el vencedor más poderoso en la segunda guerra mundial.  Los EEUU tenían a la Unión Soviética como rival principal, más débil como sistema económico pero competitivo en el terreno ideológico y militar.  Fue ese sistema bipolar, junto con las Naciones Unidas, que durante la guerra fría mantuvo una relativa pero importante “paz” mundial.  El colapso del sistema socialista soviético y la metamorfosis del socialismo chino en capitalismo de estado cambiaron radicalmente la ecuación.

En un primer momento pareció que el fin de la guerra fría colocaba a los Estados Unidos en una posición de poder y privilegio insuperable.  Sin embargo, la expansión global del sistema capitalista hacia terrenos hasta entonces vedados deparó una sorpresa: el surgimiento de nuevos y poderosos rivales, en especial una China dinámica y remozada y una Rusia agresiva y revanchista. Pero también una nueva y próspera Europa que intentó una nueva unión regional con aspiración mundial.  La Unión Europea es un proyecto a medio hacer y, con respecto a los EEU, un ente que oscila entre aliado y rival.

Una característica común de las nuevas potencias rivales es la siguiente: se trata de potencias continentales y centrípetas, cuya expansión es a expensas de sus vecinos territoriales, que pretenden absorber.  En palabras de otra época, buscan extender su Lebensraum.[2] Los EEUU en cambio han sido y todavía son un imperio marítimo, como lo fueron en su época España e Inglaterra.  (Hoy el dominio marítimo se extiende al dominio espacial y al espacio cibernético). En otras palabras, se entrometen por todas partes, y buscan establecer desde el comienzo un orden mundial.  Cuando estos imperialismos “marítimos” se retiran o decaen por distintos motivos, el orden mundial que establecieron sólo puede sobrevivir si otro imperialismo del mismo tipo hace el relevo.  En caso contrario, los poderes emergentes entran en conflictos y choques regionales, algunos de ellos mortíferos. 

Durante la Segunda Guerra Mundial, el declive del Reino Unido y su Commonwealth fueron reemplazados por el imperio norteamericano, de corte liberal-democrático similar.  En la actualidad, la decadencia norteamericana no encuentra un reemplazo similar.  Ni Rusia ni China están en condiciones de organizar el planeta en un nuevo orden mundial.  Avanzan sobre sus periferias respectivas y ocupan vacantes dejadas por los EEUU en forma oportunista y volátil, entrando de paso en conflictos con otras potencias medianas.  Es el caso de Medio Oriente, del Sudeste de Asia, África, y en menor grado, América Latina.

Este vacío de poder se ve potenciado en la actualidad por el gobierno norteamericano, que hoy no es garantía de orden sino un foco de gran inestabilidad.  Se trata de una tendencia secular, y no sólo un defecto de la administración de Trump.  La peculiaridad de este último es la torpeza con la que maneja la retirada, abandonando en forma brusca antiguas alianzas y organizaciones multilaterales.  

El gobierno norteamericano ha fomentado el desprestigio de la colaboración internacional.  Un ejemplo: su rechazo y abandono de la Organización Mundial de la Salud ha sido nefasto.  El resultado está a la vista: a una amenaza global se le ha dado una respuesta esencialmente local e inadecuada. Así les va.  Sin diplomacia o estrategia seria, sólo se queda en su arsenal con el enorme aparato militar del que dispone.  Pero he allí el problema: cuando a uno no le queda más herramienta que un gran martillo, cualquier problema que surge se asemeja a un clavo.

Si este diagnóstico es correcto, en el mundo post-Covid tendremos que afrontar las siguientes tendencias:

  1. Aumento del poder relativo de los estados, para bien o para mal, de acuerdo con sus trayectorias anteriores.
  2. Multiplicación de conflictos, muchos de ellos armados, entre potencias y poderes regionales en distintos lugares del planeta.
  3. Empobrecimiento general, con modalidades distintas de desigualdad o redistribución, también de acuerdo con trayectorias anteriores y tipo de régimen político.
  4. Multiplicación de la protesta social y populismo, con sesgos políticos contradictorios y respuestas más o menos represivas.
  5. Debilitamiento de los tradicionales organismos internacionales, a favor de nuevas redes multilaterales de asistencia y colaboración en el mejor de los casos.
  6. Aumento de la concentración en enormes monopolios tecnológicos y de comunicación, en frecuente conflicto con los estados que pretenderán regularlos.

En este panorama presenciaremos una lucha de clases generalizada entre privilegiados y excluidos, con algunas propuestas estratégicas positivas pero incipientes en el terreno de desafíos planetarios (medio ambiente, clima y desarrollo sostenido e inclusivo).  Estas últimas están siendo elaboradas por nuevos movimientos sociales.


[1] Octavio Paz se refería al estado burocrático mexicano, pero su expresión se aplica a la política exterior norteamericana de posguerra.

[2] Término alemán que significa espacio vital.. Es el argumento teórico a una política imperialista de expansión adoptada por el Tercer Reich, que condujo a la Segunda Guerra Mundial.

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