El poder de imponer

En mercados globales, nacionales o locales, los actores más poderosos subordinan a los demás a sus intereses; grandes abusan de medianos, medianos de pequeños y casi todos del planeta. Los abusos no son hechos ocasionales sino parte fundante de una inmisericorde y destructiva forma de funcionar basada en el poder de imponer.

Si bien algunas relaciones económicas son de naturaleza técnica, no son ellas las que definen la estructura y funcionamiento de los sistemas económicos sino fundamentalmente las interacciones que se establecen entre sus múltiples actores y que se plasman en instituciones, políticas públicas y regulaciones. Cada actor detenta una diferente cuota de poder y es en función de esa cuota que los más fuertes pueden imponer a los demás sus intereses, necesidades y valores.

Quienes detentan mayor poder no suelen defender abiertamente sus intereses sino que acuden a sutiles mecanismos para imponerlos. Es que no existe una “mano invisible” que estructura los sistemas económicos en base al funcionamiento de mercados perfectos donde múltiples oferentes y demandantes interactúan libremente en pie de igualdad. La verdadera “mano invisible” es la que ocultan los poderosos para enmascarar sus imposiciones

Cómo lo hacen
El poder económico contemporáneo surge del desaforado proceso de concentración de la riqueza que predomina en el mundo. Ese poder les permite imponer un rumbo y una forma de funcionar que posibilita la reproducción de privilegios a costa del bienestar general y del medio ambiente. Los grupos concentrados controlan buena parte de los recursos disponibles y se aseguran un marco jurídico que les garantiza la continuidad de su accionar.

Para lograrlo compran o cooptan complicidades en críticas instancias del funcionamiento social, como son los medios de comunicación y sectores afines de la política, la justicia y el sistema educativo. Con ellos forman opinión pública y manipulan expectativas de modo de ocultar o escamotear las causas y los mecanismos que atentan contra sus intereses, generando apoyo a medidas que no protegen el bienestar general. Logran así imponer valores, conductas y actitudes que sustentan la reproducción de un orden que es presentado como intocable.

Cuando iniciativas transformadoras amenazan el orden establecido, el poder económico moviliza recursos y utiliza trincheras legales para impedir su avance. La fuerza represiva es en ocasiones reservada como factor disuasivo y, en otras, aplicadas frontalmente. Gobiernos de base popular que impulsan esas transformaciones deben enfrentar operaciones desestabilizadoras que comprometen su continuidad o restringen severamente su accionar. No es casualidad que esas operaciones se inicien al mismo tiempo en varios países con políticas transformadoras.

Un mecanismo de sometimiento ampliamente utilizado es entrampar países en encerronas fiscales y cambiarias deficitarias forzándolos a endeudarse. Cuanto más comprometida la situación del país, más duras resultan las condiciones financieras que le son impuestas y más intrusivas las condicionalidades de política socioeconómica que debe aceptar. En ese contexto de perversa subordinación y recurrente inestabilidad, la extracción de valor alcanza niveles asfixiantes para el país asediado.

Estas situaciones de colonialismo financiero tarde o temprano llevan a la movilización política de las poblaciones agredidas. En varios países estos movimientos escogen la vía democrática para lograr transformaciones, un gran desafío ya que enfrentan una serie de trampas democráticas  que, si no son desenmascaradas y resueltas, desvían la marcha hacia democracias manipuladas en lugar de democracias plenas.

La arquitectura global
El poder de los grupos concentrados ha impuesto un orden global que les favorece y posibilita la reproducción a nivel global del proceso de concentración de la riqueza. En ese contexto, los países con mayor poder geopolítico, económico y militar controlan instituciones como las Naciones Unidas donde, si bien todos los países hacen parte de su máximo nivel institucional, la Asamblea General, sólo unos pocos se arrogaron poder de veto desde su posición como miembros permanentes del Consejo de Seguridad. De igual modo, pesan fuerte los intereses de los países centrales en instituciones económicas claves como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio, Este conjunto de entidades globales se complementa con entidades regionales políticas y económicas donde también se impone el poder de los países centrales.

De todos modos, la variable estratégica que guía y marca el rumbo de la economía mundial es el capital financiero concentrado que se mueve libremente por todo el planeta apropiándose de una enorme masa de valor generada por pueblos y naciones enteras. Su dinámica es tremenda y su codicia no tiene límites. Casi sin control ni regulaciones, evaden todo tipo de jurisdicciones y legislaciones utilizando guaridas fiscales no por casualidad custodiadas por los países centrales. Los segmentos más salvajes del poder financiero son los tristemente célebres fondos buitres que aprovechan resquicios de legislaciones y su influencia en países centrales para extorsionar a sociedades enteras de países en problemas.

El abuso como forma de funcionar (el gallinero y sus leyes)
La sabiduría popular habla que prima en los mercados la “ley del gallinero”. En un gallinero las aves suelen estar colocadas en estantes superpuestos por lo que las gallinas de los estantes superiores descargan sobre las de estantes inferiores. En mercados globales, nacionales o locales, los actores más poderosos subordinan a los demás a sus intereses apropiándose de buena parte del valor por ellos producido. Así como grandes empresas abusan de proveedores y consumidores, medianos actores abusan de los pequeños y los pequeños de los más desprotegidos.

El abuso suele darse también al interior de las unidades productivas entre propietarios, gerentes, cuadros medios y trabajadores. Cuando empresas, especialmente grandes, evaden impuestos, el abuso se traslada a la sociedad en su conjunto al privar al Estado de recursos que podrían financiar gastos en servicios y en infraestructura social y productiva.

Una dimensión que compromete la suerte del planeta todo hace a la irresponsable conducta de buena parte de empresas y personas que agreden al preciado medio ambiente, agotando recursos no renovables y contaminando suelos, aguas y atmósfera.

En pocas palabras, los abusos no son hechos ocasionales o aislados sino parte fundante de una maliciosa, inmisericorde y destructiva forma global, nacional y local de funcionar. Una forma de funcionar basada en relaciones de imposición de los más fuertes sobre otros menos fuertes que no pueden defenderse por sí solos, consagrando como algo natural el poder de imponer.

Opciones que se abren
La indefensión de los menos fuertes no es algo que existe para quedarse eternamente. No faltan experiencias de pueblos y sociedades que lograron librarse de distintos tipos de yugos y, aunque difícil, nada impide que no podamos librarnos de las imposiciones y abusos que hoy prevalecen. En lugar de la exclusión y el sometimiento derivados del poder de imponer, la transformación pasa por la inclusión y el protagonismo de todos.

Las opciones que se abren son diversas y le corresponde a cada pueblo, a cada sociedad, escoger las trayectorias que considere deseables y factibles. Lo que no puede ignorarse es que será necesario incidir en todas las dimensiones del accionar social, económico, político, ambiental y, muy especialmente, el valorativo que moldea el sentido y significación de nuestros esfuerzos.

(i) Sentido y significación del accionar
Junto con comprender lo que sucede vale reflexionar sobre la significación de lo que realizamos y de lo que buscamos. No se trata de sólo saber hacer mejor lo que estamos realizando, el “cómo”, sino esclarecer su sentido, qué estamos haciendo y por qué lo hacemos. Esclarecer implica avanzar más allá de lo aparencial, desentrañar los intereses y las lógicas que se nos ocultan, desenmascarar mecanismos de sumisión cultural y de apropiación del valor que otros generan. También exige una profunda introspección, aquella responsable mirada hacia adentro de cada quien de modo de identificar qué nos guía, qué nos motiva, qué en verdad anhelamos. Necesitamos esclarecernos para ayudar a esclarecer, transformarnos para poder transformar.

(ii) Política y organizaciones sociales
El Estado es factor fundamental en la marcha de las sociedades contemporáneas. Cuando está controlado por fuerzas asociadas con el capital concentrado, se transforma en un gendarme que cautela sus intereses y, por ende, la reproducción del proceso concentrador. Cuando el Estado es controlado por fuerzas defensoras del bienestar general procura transformar el orden concentrador y dar paso a democracias plenas, muy distintas a las democracias manipuladas por el poder de imponer. De ahí la crítica importancia de la política como espacio de esclarecimiento, movilización y organización de fuerzas sociales. Por ahí pasan los mejores esfuerzos transformadores y, por eso mismo, el capital concentrado procura con todos los medios a su alcance desprestigiar al Estado y a la política.

Toca revisar la perspectiva de “cada quién para sí”, un andar alienado que afecta la capacidad de organizarse para encarar imposiciones e injusticias. Sociedades agredidas que permanecen desunidas posibilitan la hegemonía de grupos poderosos que imponen un mundo donde prima la codiciosa concentración de la riqueza, las desigualdades, la pobreza, la indigencia, el ninguneo de los otros, un fatuo consumismo y el tremendo derroche de recursos que compromete gravemente al medio ambiente.

El pasaje de dictaduras a democracias manipuladas y de éstas a democracias plenas no es lineal ni ocurre espontáneamente. Es una larga marcha que exige organización para ocupar espacios de poder haciendo converger intereses de las mayorías victimizadas con los de segmentos del orden concentrador que pueden ser reconvertidos. Un aspecto crítico es transformar instituciones no electas que se convierten en trincheras de resistencia al cambio y simultáneamente reforzar sin claudicaciones la propia capacidad de identificar nuevos rumbos y escoger las mejores trayectorias. Por cierto que no se trata de cambiar un grupo privilegiado por otro, dolorosa realidad que ha jalonado la historia de la humanidad.

(iii) Economía justa y sustentable
Corresponde que la economía esté al servicio de la humanidad y no a la inversa porque, en ese caso, la humanidad se ve forzada a servir a quienes controlan la economía. Ninguna variable económica puede tornarse en una deidad que guie nuestro destino, ni grupo económico alguno erigirse en timonel de la marcha planetaria. Es la Nación toda, los ciudadanos organizados en democracias plenas, quienes tienen el derecho de escoger la dirección a seguir y a quienes coordinarán la marcha social. En pocas palabras, el rumbo y la forma de funcionar de una sociedad no pueden ser definidos por los mercados (eufemismo utilizado para no explicitar el poder de imponer que detentan los más fuertes) sino por la propia sociedad cada vez más esclarecida.

Las transformaciones económicas esenciales requieren terminar con la enorme concentración de la riqueza habilitando a todos los habitantes de este planeta a generar valor social y ambientalmente necesario. Los mercados tal como funcionan no pueden generan cambios de rumbo y de reglas de funcionamiento que son de naturaleza política. De producirse estos cambios, la nueva dinámica social y política permeará hacia el sistema económico procurando transformar la matriz productiva, la generación de valor y la distribución del ingreso.

En las economías emergentes un pesado desafío es resolver recurrentes estrangulamientos del sector externo agravados por un contexto internacional adverso que afecta nuestras exportaciones. Para ello habrá que potenciar el mercado interno, promover industrias estratégicas, reforzar la sustitución de importaciones, ampliar el conocimiento científico tecnológico, abatir la fuga de capitales y la cuantiosa evasión impositiva, recuperar soberanía alimentaria y desarrollar soberanía energética utilizando recursos renovables como los hídricos, eólicos, solar, entre otros.

(iv) Justicia justa
Es un oxímoron hablar de justicia justa y, sin embargo, es uno de los mayores reclamos populares en casi todas nuestras imperfectas democracias. La Justicia, apropiada en buena parte por quienes detentan el poder de imponer, se ha convertido en una trinchera para resistir transformaciones y castigar a los más indefensos. Los tribunales de justicia no son electos y las legislaciones que los rigen suelen presentar numerosos espacios abiertos a la discrecionalidad de los jueces. De ahí que haya una extendida venalidad y corrupción judicial con diferente tratamiento para los poderosos que para los demás y que los sometidos a los mayores rigores sean sectores en situación de pobreza o de indefensión. Esta justicia es un oprobio y una rémora. Habrá que establecer otras reglas de selección de jueces y fiscales que permitan democratizar la Justicia y eliminar todo tipo de favoritismos, muy particularmente hacia el poder económico.

(v) Medios de comunicación no concentrados
Con frecuencia los medios de comunicación están concentrados en pocas manos de modo que un par de cadenas suelen hegemonizar la producción de información a través de la amplia red de estaciones de televisión, radios y periódicos que controlan; ejercen una influencia determinante sobre la opinión pública. Esas cadenas de medios suelen tener intereses afines al poder económico defendiéndolos de manera encubierta: ocultan verdades, desvían la atención de sus audiencias, desinforman, manipulan hechos, confunden con titulares, repiten hasta el hartazgo aquello que quieren imponer. Una democracia plena requiere que exista una diversidad de voces operando en pie de igualdad en cuanto a financiamiento y alcance.

(vi) Sistema educativo formador de personas íntegras
No sirve a nuestros países un sistema educativo que marche a la zaga de los enormes cambios que se van produciendo en las comunicaciones, la crisis ecológica, las desigualdades económicas y culturales, la extendida alienación existencial, entre tantas otras. Es necesaria una educación que forme personas íntegras con capacidad de discernimiento y de accionar en consecuencia.

Permitirnos imaginar
Si los Estados dedicaron miles de millones de dólares para salvar a bancos y grupos financieros que contribuyeron a generar la tremenda crisis global contemporánea, por qué no se decide invertir cifras semejantes para transformar los sistemas económicos y hacerlos más estables, inclusivos y sustentables. Por ejemplo, apenas uno entre muchos, promover la emergencia de miles de emprendimientos inclusivos con potencial transformador que dinamicen las golpeadas economías locales, desconcentren la generación de valor y cierren brechas tecnológicas.

Esas transformaciones permitirían reducir sustancialmente el deterioro ambiental, las tensiones sociales, diferentes tipos de alienación, pugnas geopolíticas. Imaginemos lo que resultaría orientar el potencial creativo a construir no a destruir, a ayudar no a imponer, a comprender no a confundir, a reflexionar sobre la significación de nuestro accionar social y familiar, el cuidado de los demás y de uno mismo.

No es una restricción económica la que impide escoger este mejor rumbo global y local sino el poder que detentan grupos poderosos para imponer otros muy diferentes destinos, embebidos como están en la locura de maximizar beneficios a cualquier costo social y ambiental. Vale pensar en todo esto, imaginar, esclarecer y actuar en consecuencia.

2 comments

  1. Concuerdo en las soluciones que propone en líneas generales muy buen artículo.

  2. excelente por que toca los principales puntos sensibles que hay que modificar. Me refiero al artículo :

    “El poder de Imponer”

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