El nuevo estado de guerra

Somos testigos de la emergencia de un nuevo estado de guerra sin precedentes: desconfianza mutua y competir por una posición en un mundo completamente interdependiente, pese a los gestos de líderes populistas, nacionalistas e irresponsables. Los mayores competidores son Estados Unidos y China. A menos que ellos lleguen a un détente satisfactorio en el cual a las naciones menores se les dé un legítimo lugar y voz, es probable que resulte en caos.

En otras circunstancias, uno podría decir: “Olvídense de los líderes y focalícense en cuestiones y tendencias más profundas.” Hoy, esto es difícil bajo Donald Trump. Como el líder de la superpotencia (aún) dominante, él es el primer presidente de reality-TV. Hace difícil que olvidemos su estilo bufonesco y sus diatribas. Constantemente bombardea a las redes sociales y también a los medios masivos de comunicación tradicionales. Todo tiene que ver con él mismo y la conmoción de sus ultrajes. Todo es bravuconería y poca sustancia, él mantiene a todos alerta. Lo que se pierde en el circo trumpiano es la atención al gran camino que se abre adelante más allá de las necesidades de corto plazo de un proceso electoral que se ha transformado en una caricatura de la democracia. El presidente no es un estadista sino un magnífico hombre del espectáculo. Actúa como un destructor serial del tema único—que en mi último libro llamo accabador[1]. Esto lo comparte con otros del mundo con menos “liderazgo”: nacionalistas y reaccionarios populistas que se multiplican como gusanos en el cadáver de un globalismo injusto. En su apetencia de poder, harán cualquier cosa para mantenerlo, violando viejas normas, debilitando a las instituciones y llevando adelante políticas económicamente riesgosas para ganar el apoyo de los votantes. Pueden tomar su modelo del presidente de Estados Unidos, quien en sólo dos años ha logrado dañar tanto a la república estadounidense (en tanto balance de poder entre instituciones autónomas) como a la democracia estadounidense (siempre defectuosa, pero esta vez volviéndose contra sí misma, como un escorpión). Semejante “liderazgo” es similar al liderazgo de Hamelin en tanto cazador de ratas. Dicho simplemente, lleva al abismo de la guerra.

En este artículo, voy  a abordar tres cuestiones importantes: (1) ¿Por qué han aumentado los riesgos de una guerra?, (2) ¿Cuál es la naturaleza de la nueva guerra de hoy (primero fría y luego posiblemente caliente)? y (3) ¿Cuáles son las perspectivas de terceros países—especialmente de Latinoamérica—en el nuevo conflicto bipolar que está emergiendo entre Estados Unidos y China?

Comienzo con una cita de un experto navegante acerca de la naturaleza de las competencias en el mar y luego extrapolo esa afirmación a la presente situación geopolítica.

Dennis Corner es probablemente el mayor experto navegante de carrera de todos los tiempos. Ganó, perdió y volvió a ganar la más valorada regata del mundo: la Copa América. Acerca de su experiencia, escribió:

A la estrategia la definiremos como navegar respondiendo al viento, clima y corrientes. Estrategia implica decisiones dirigidas a llevar al barco por la senda de la carrera o a tu próxima recalada rápidamente sin preocuparte por los demás barcos (…) Táctica, por otro lado, es definida más estrechamente como los desplazamientos y retiradas que realizás para sobrepasar a los demás barcos cuando estás en la regata. Para decirlo de otra manera: estrategia tiene que ver principalmente con las leyes de la naturaleza; táctica principalmente con las leyes de los humanos, algunos dirían con las leyes de la selva[2].

Podemos extrapolar de barcos a naciones y decir que estrategia implica decisiones dirigidas a posicionar a una nación en una recalada seleccionada (poder, prosperidad y felicidad definidas por su cultura) en respuesta a las corrientes sociales, económicas y tecnológicas en el mundo—que incluyen el sendero elegido también por otras naciones y las condiciones generales del mundo. Estrategia tiene que ver principalmente con las “leyes” objetivas de la geopolítica. Táctica, por otro lado, es definida más estrechamente como los desplazamientos y retiradas que una nación realiza para sobrepasar a otras naciones. En las palabras de Conner, éstas son las “leyes de la selva”.

Con la rápida erosión de las normas que han gobernado a la globalización—con sus fallas, anteriores y actuales—ha habido una pérdida de visión estratégica de parte de muchos actores. Lo que permanece son los desplazamientos y retiradas tácticos para que una nación llegue al primer puesto, en desmedro de otras y del planeta en su conjunto. Lo que resulta es un juego de suma cero y éste lleva a la ceguera o, peor, al menosprecio de la búsqueda de un orden mundial general donde todos ganan (win-win). Brevemente, Hobbes’ warre[3]: la lucha de todos contra todos. Uno no necesita ser un Enrico Fermi[4] para calcular el crecimiento exponencial en la probabilidad de guerra entre actores que se codean unos a otros de múltiples formas. De todas éstas, las dos grandes potencias—Estados Unidos y China—están en curso de colisión. Estamos ante el umbral de un nuevo conflicto global que, en palabras [5]del columnista Martin Wolff del Financial Times, puede durar 100 años, mucho más allá de los numerosos, pintorescos e irresponsables líderes del momento. La pregunta mayor es si la humanidad puede durar 100 años si esta tendencia continúa.

La nueva guerra fría, tal como se está desplegando, es bastante diferente de la “vieja” guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética con sus respectivos aliados. La propia naturaleza de la globalización significa que la producción y las cadenas de valor están tan inter-penetradas que complican la ecuación en cualquier conflicto futuro, incrementando la probabilidad de que todos pierdan. Otro factor también interviene, a saber, que el armamento militar, convencional y nuclear, es tan dependiente del ciberespacio que cualquier guerra, fría o caliente, tendrá lugar en esta dimensión invisible. Hoy la guerra total es una forma distinta de Armagedón: todo y cualquier cosa puede ser convertida en arma, desde el espacio exterior hasta nuestra propia casa. La vida es tan dependiente de la electrónica que puede ser paralizada antes que comiencen los disparos. Es un inquietante panorama, y especialmente terrorífico porque la amenaza es abstracta. En el pico de la era nuclear, la perspectiva de una destrucción mutuamente asegurada (MAD por sus siglas en inglés) en un ardiente holocausto asegura mutua disuasión y una peculiar forma de paz (la del balance del terror). Hoy, es difícil convencer tanto a políticos como al público de tan inminente peligro, y esto lleva a las personas a ser arrogantes y displicentes con respecto a su propio destino en la guerra.

La mayoría de los analistas en el ámbito de la geopolítica acuerdan en el dilema que enfrentan las relaciones internacionales en el presente: ¿emergerán nuevas reglas de coexistencia de forma tal que el conflicto entre las superpotencias sea manejado en un nuevo orden mundial o emergerán bloques separados en búsqueda de contenerse unos a otros en desconfianza mutua? En cualquier caso, los escenarios llevan a mi tercera pregunta: ¿Qué sucederá con las naciones pequeñas y medianas que quedarán atrapadas en el medio? En particular, ¿cuáles son las perspectivas geopolíticas para Latinoamérica? Exploraré estas cuestiones en artículos futuros en Opinión Sur. Por el momento, aventuraré dos escenarios generales.

El peor escenario es uno en el que estos países sufrirán porque se han convertido en zonas de guerras indirectas o por sustitutos (proxy wars)—frías o calientes—en detrimento de sus propios pueblos. En este caso, su única alternativa sería elegir bandos o sucumbir a una forma de dependencia o la otra—el menor de dos males. El mejor escenario es uno donde emerge un nuevo orden mundial que les otorga un lugar y voz legítimos. Para prevenir el peor, incluso si el mejor no está a la vista, un número de precondiciones aparecen como esenciales:

  • Los países (yo tengo a América Latina en la mente) tendrán que combinar sus soberanías en bloques regionales mediante el desarrollo de políticas comunes en temas de seguridad, comercio, medioambiente y justicia social. De esta manera, podrán evitar perder sus soberanías y terminar siendo meros apéndices de las potencias mayores.
  • Cada país tendrá que priorizar la educación, el desarrollo científico-tecnológico y la infraestructura al mismo tiempo que mitigar la desigualdad social.
  • Cada país tendrá que mejorar substancialmente la calidad de sus líderes, con énfasis en habilidades de estadista más que en meras ventajas políticas de corto plazo.
  • Semejante liderazgo, si emergiese, debería desarrollar un nuevo set de habilidades pragmáticas para lidiar con las superpotencias en conflicto, negociando costos y beneficios con ambos lados en muchas cuestiones. Tendrán que destacarse en el arte del balanceo, entonces, aumentando el margen de libertad geopolítica.

Es mucho pedir pero no es imposible. Desarrollaré estas cuestiones en futuros artículos. Dos cosas están claras: estas tareas son indispensables y el tiempo que tenemos es corto.


[1] . Juan E. Corradi, Strategic Impasse, London and New York: Routledge, 2018.

[2] . Dennis Conner and Michael Levitt, Sail Like a Champion; New York: St. Martin’s Press, 1992; p.233.

[3] . https://timeoutcorner.wordpress.com/2011/04/17/state-of-war-the-nightmare-of-thomas-hobbes/

[4] .Uno de los grandes genios científicos del siglo XX, Fermi, llegó incluso a calcular la probabilidad de autodestrucción de especies inteligentes del universo. Ver: https://waitbutwhy.com/2014/05/fermi-paradox.html.  Ver también David N. Schwartz, The Last Man Who Knew Everything: The Life and Times of Enrico Fermi, Father of the Nuclear Age, New York: Basic Books, 2017.

[5] . https://www.afr.com/news/world/asia/the-looming-100-year-us-china-conflict-20190605-p51un3

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