El embudo de la desigualdad

La desigualdad de poder (económico, político, mediático, judicial, represivo) opera como una suerte de embudo que, sin pausa, extrae y concentra riqueza e ingresos en manos de una ínfima fracción de la población mundial. Vale revisar cómo y porqué se genera el embudo de la desigualdad y la diversidad de medidas que existen para desarmarlo.
Es irrefutable que la concentración de riqueza e ingresos ha crecido desaforadamente en el mundo y, en muchos casos, también a nivel local. Innumerables textos lo demuestran, incluyendo artículos y libros publicados por Opinión Sur. Baste señalar que, según datos relevados por OXFAM, casi la mitad de la riqueza mundial está en manos de sólo el 1% de la población. Los 85 más ricos individuos del mundo acumulan tanta riqueza como 3570 millones de personas, la mitad de la población del planeta. [http://opinionsur.org.ar/Gobernar-para-las-elites-Secuestro->http://opinionsur.org.ar/Gobernar-para-las-elites-Secuestro ].

Es imposible acumular tamaña riqueza con el propio esfuerzo; se lo logra succionando valor que otros han generado. Las penurias y frustraciones causadas han sido enormes y han dado paso a innumerables reacciones sociales que, si por alguna razón llegasen a coordinarse, tendrían una magnitud y naturaleza difíciles de anticipar.

Cómo se produce tamaña desigualdad

El proceso de extracción de valor se materializa a través de diversos mecanismos, entre otros los siguientes:

(i) La descontrolada especulación financiera que practican entidades financieras y fondos de cobertura la cual se sostiene manipulando a los reguladores y condicionando en su provecho las políticas públicas, además de practicar un manejo irresponsable del riesgo y de la información privilegiada.

(ii) Las condiciones expoliadoras que corporaciones trasnacionales imponen a naciones débiles y/o gobiernos corruptos sobre la explotación de recursos naturales (minería, bosques, pesca, acuíferos).

(iii) Extracción de valor de grandes multinacionales que controlan oligopólicamente los canales de exportación y utilizan triangulaciones y otros artificios para licuar tributos y maximizar sus tasas de ganancia.

(iv) Extracción de valor por posición dominante en mercados imperfectos (monopolios, oligopolios), sea en producción y/o comercialización, imponiendo precios abusivos con lo cual obtienen rentas extraordinarias que salen de quienes son abusados.

(v) Extracción de valor evadiendo el pago de impuestos que alimenta la fuga de capitales y restringe la capacidad del Estado de proveer infraestructura social y productiva.

(vi) Extracción de valor a través del tráfico de drogas, armas y personas.

(vii) Extracción de valor que realizan especuladores a través de apropiarse de activos en situación vulnerable o forzando su venta a precio vil por medios ilegales.

(viii) Extracción de valor capitalizando en provecho propio los beneficios derivados de una inversión pública sin hacerse cargo de la correspondiente contribución por mejoras.

(ix) Extracción de valor aprovechando favoritismo regulatorio discriminatorio.

En qué se sustenta el proceso de extracción y concentración de valor

Un proceso de la magnitud de la extracción y concentración de valor que predomina en casi todo el mundo se sustenta en el desigual poder que han llegado a detentar ciertos grupos muy minoritarios de la población mundial. Razones históricas se conjugan con la globalización contemporánea de la economía para explicar las diferencias de poder, un poder que tiene su epicentro en grandes grupos financieros pero que se proyecta sobre sectores de la política y de los medios de comunicación que procuran manipular la opinión pública a su favor. A nivel ideológico y valorativo los grupos hegemónicos financian usinas de pensamiento estratégico que les son afines e impiden la transformación de sistemas educativos que hoy consagran valores y actitudes funcionales a sus intereses. Conservan además como reaseguros de su preeminencia normas legales que les favorecen, capas de la Justicia presurosas para defender sus privilegios y, en última instancia, influencia decisiva sobre la capacidad represiva del Estado.

Cómo desarmar el embudo de la desigualdad

No es sencillo desarmar el poder hegemónico que sustenta el proceso de concentración de la riqueza. Requiere accionar coordinadamente en varias dimensiones por lo que es necesario contar con gobiernos de base popular capaces de cambiar el rumbo y la forma de funcionar del sistema económico. Un elemento decisivo es que exista la voluntad popular de transformación, lo que implica esclarecimiento y movilización. Este proceso de comprender lo que sucede, no sólo lo aparencial sino toda la trama de intereses que no son transparentados, exige desenmascarar intenciones y maniobras de quienes tienen la capacidad de formar opinión pública a contrapelo de los intereses populares. Como el comprender viene teñido por los valores que practicamos y las ideologías que adoptamos, se impone revisar los valores que guían nuestra conducta distinguiendo orientaciones éticas (que pueden ser confirmadas o ajustadas) de intereses que sustentan privilegios y nos llegan encriptados en valores y emociones.

Es esencial encarar esta batalla ideológica-cultural desplegando estrategias económicas, sociales y políticas transformadoras. Estrategias que incluirían, entre muchos otros, los siguientes aspectos.

– Desarmar uno a uno los mecanismos de extracción de valor arriba señalados reorientando hacia la construcción de mejores sociedades las ingentes energías hoy esterilizadas por esas vías.
– Reemplazar la mistificación de “los mercados” que, de forma abierta o encubierta, consagran privilegios de sectores minoritarios, por decisiones explícitas tomadas por democracias plenas capaces de alinear intereses, necesidades y emociones hacia el bienestar general.
– En particular, regular la pugna distributiva para lo cual habrá que hacer efectivo el poder democrático de intervenir en la fijación de objetivos distributivos, así como en la promoción de un crecimiento orgánico que sirva de sustento a un vigoroso desarrollo inclusivo.
– Establecer inequívocamente el derecho a acceder a los bienes y servicios que posibiliten una vida digna para todos.
– Mejorar significativamente la representatividad política y la práctica de acuerdos enriquecidos por la diversidad de perspectivas.
– Asegurar la democratización de medios de comunicación y del sistema judicial.
– Establecer una educación transformadora que fortalezca el propio pensar y el accionar responsable y solidario.

Es posible superar el embudo de la desigualdad y es imperioso hacerlo. Nunca ha sido sencillo realizar o profundizar transformaciones y, sin embargo, es un esfuerzo que las sociedades han encarado desde tiempos antiguos. Hoy ese desafío se renueva en un escenario que se ha convertido en global y en el que una acción, antes de impacto local, ahora repercute e incide en otras partes. Transformar hacia la sustentabilidad, equidad, justicia, generosidad, solidaridad, avanzando en significación y sentido, es el llamado del planeta. Enriquecidos en diversidades, nos involucra a todos.

Así por ejemplo, hay valores como la codicia y el egoísmo que si no se combaten con la mayor firmeza terminan guiando la conducta de una gran diversidad de actores causando gravosos efectos sociales. Algo semejante sucedería si primase en nosotros el ninguneo de los demás, la indiferencia para con los sectores vulnerables y sólo contase el propio interés individual. La pasiva aceptación de privilegios mal habidos, la desvalorización del bienestar general, de la justicia y la equidad, conforman ideologías que sirven de sustento a la concentración económica.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *