El cuidado como pilar central de nuevos paradigmas

En estos tiempos tan difíciles e inéditos que atraviesa la humanidad, el cuidado puede convertirse en la base de otros modos de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza. Los enfoques de la neurobiología, el feminismo y las cosmovisiones de los pueblos originarios constituyen valiosos aportes para imaginar y construir nuevos paradigmas.

La pandemia no es una catástrofe natural y puede representar una pausa revolucionaria

Mucho se ha dicho y escrito sobre la pandemia desde múltiples perspectivas – filosóficas, políticas, económicas y hasta religiosas – pero menos comentadas son las opiniones de quienes abordan las causas socio-ambientales. Desde esta perspectiva, el coronavirus no es producto del azar sino una tragedia anunciada, una manifestación más de la fenomenal crisis que ha desencadenado un modelo civilizatorio basado en el crecimiento económico ilimitado y en la compulsión al consumo que viola sistemáticamente la integridad del ecosistema de la tierra. Devastación, deforestación y megagranjas industriales son un caldo de cultivo y transmisión de virus zoonóticos que se trasladan del animal al ser humano.

En los últimos 50 años, han surgido hasta 300 nuevos patógenos. Alrededor del 70 % de ellos, incluyendo el VIH, el Ébola, la Gripe, el MERS y el SRAG surgieron cuando los ecosistemas forestales fueron invadidos y los animales, hacinados en sistemas de explotación industrial (…) así los virus pasaron de los animales a los humanos y se propagaron nuevas enfermedades como la gripe porcina y la gripe aviar y ahora el coronavirus. (Manifiesto de la Tierra. 22/4/2020)

Más allá de las diversas interpretaciones y multiplicidad de teorías, lo cierto es que un organismo inmensamente más pequeño que una bacteria, sin vida propia puesto que requiere de una célula hospedadora para copiarse, está interpelando a toda la humanidad. A modo de espejo, nos pone frente a los enormes desequilibrios que nuestro sistema de vida ha generado.

Este puede ser también un tiempo de reflexión para analizar hacia dónde queremos ir como sociedad, para revisar qué pensamientos, qué sentires, qué acciones ya no tienen consistencia. Por ejemplo, una idea que ya no se sostiene es la creencia de que los seres humanos somos independientes de lo que nos rodea, que ocupamos una posición central en el planeta, que podemos poseer, manipular y controlar a nuestro antojo el aire, los bosques, el agua y los miles de organismos que tejen la trama de la vida. Ya no podemos desconocer que los humanos somos miembros de una sola especie, más allá de los muros materiales o simbólicos que hemos creado entre países, religiones, culturas, ideologías. También el virus está demostrando la estrecha relación que existe entre los seres humanos y las otras especies y formas de vida que comparten el planeta.

Ha llegado la hora de reconocer que nos encontramos frente a una encrucijada: O cuidamos o perecemos, dice Leonardo Boff. En este contexto, el cuidado se ha transformado en una condición de supervivencia. Cuidar de sí, cuidar de los otros, cuidar la naturaleza se ha convertido en condición imprescindible para la continuación de la vida en este planeta.

Hacer del cuidado el pilar de un nuevo paradigma implica modificaciones profundas en múltiples aspectos de nuestra vida personal y familiar, de nuestro modo de entender y vivir las relaciones con los demás, de sostener prácticas políticas, económicas, culturales, sociales, educativas que atentan contra el mantenimiento de una vida digna.  

Las neurociencias, el feminismo y la cosmovisión de los pueblos originarios representan tres enfoques sobre el cuidado que pueden aportar a la construcción de nuevos paradigmas.  

La capacidad y la necesidad de cuidar y ser cuidados

Los hallazgos más recientes de la neurobiología y la epigenética confirman que los humanos somos, por naturaleza, seres receptivos y relacionales: la neuroplasticidad, las neuronas espejo (Rizzolati, 1996) y la importancia de los vínculos en el modelado de nuestro cerebro aportan el fundamento biológico de la empatía, de la capacidad de ponernos en el lugar del otro. Coincidente con esta mirada, la antropología evolutiva destaca la facultad de comprensión mutua y cooperación como elementos fundamentales para la supervivencia de la especie humana sobre la tierra.

Daniel Siegel estudia cómoel cerebro, un órgano todavía inmaduro cuando nacemos, evoluciona a partir de la interacción con los otros y cómo las relaciones de cuidado en los primeros años de vida son fundamentales para la regulación emocional y el bienestar de las personas. La indiferencia, la violencia y el abuso dejan secuelas traumáticas muy difíciles de superar en la vida adulta. Para este neurólogo estadounidense no existen cerebros aislados; la entidad que llamamos mente es un flujo de energía e información que circula “dentro” del cerebro y “entre cerebros” constituyendo una unidad relacional. Con la palabra YOSOTROS nombra el proceso de auto organización cuerpo-mente no limitado por la piel que nos permite actuar en conexión con los otros y con la naturaleza, generando salud y bienestar. Coincidente con esta mirada, Albert Eisnteinafirma quela idea de un yo aislado es una “ilusión óptica” que conduce a todo tipo de problemas en el mundo y en la vida.

Si la ciencia que estudia nuestro equipaje genético nos dice que cuanto más aislado sea nuestro sentido del yo, menos felices somos y menos sanos estamos… ¿cómo explicamos, que en millones de años sobre la tierra los seres humanos no hayamos podido convivir ni compartir territorio sin someternos los unos a los otros, sin desterrar la violencia? Seguimos construyendo muros, haciendo guerras, aniquilando las posibilidades de vida de tantas especies. 

El cuidado, una práctica relacional, compleja, histórica, contradictoria

Desde 1970 las filósofas y movimientos feministas comenzaron a discutir la problemática de cuidado como una práctica compleja y situada, que demanda esfuerzo y que es resultado de múltiples actos, pequeños y sutiles, conscientes e inconscientes, que no pueden considerarse completamente naturales. Demostraron que el cuidado es una construcción cultural-histórica atravesada por patrones relacionados con el género, la clase y la etnia, entre otros. En el esquema binario del patriarcado – varón/mujer; mundo público/mundo privado; cultura/naturaleza; razón/emoción- el cuidado fue siempre una tarea de las mujeres, que se realizaba en el mundo privado, asociada al amor y a la entrega incondicional, invisible en el ámbito público y ausente en las cuentas nacionales.

En 1982, Carol Gilligan instaló el concepto deética del cuidado asociado a las mujeres, no porque éste fuera un tema de su exclusividad sino porque la democracia y el anhelo de justicia están amenazados si pervive el patriarcado. En un contexto patriarcal, el cuidado es una ética femenina; en un contexto democrático, el cuidado es una ética humana.

La crítica feminista introdujo en el pensamiento económico la tensión entre trabajo doméstico -no remunerado, indispensable para el funcionamiento de la sociedad- y trabajo extradoméstico. Al insertarse en el mercado laboral, las mujeres deben conciliar responsabilidades en ambos ámbitos, destinando una parte importante de su tiempo al cuidado de los otros. Esta sobrecarga de trabajo genera una doble o triple jornada laboral.

Actualmente se ha avanzado en el desarrollo de dos conceptos interesantes:

  • la economía del cuidado (conjunto de bienes, servicios y valores relativos a las necesidades básicas para la existencia y reproducción de las personas)
  • la organización social de los cuidados(la trama multisectorial las prácticas, redes y actores que interactúan en la provisión y recepción de los cuidados). Las familias, los estados, los mercados y las comunidades están involucrados en esta trama.

En un nuevo paradigma, es esperable que los estados transversalicen todas las políticas públicas con la categoría del cuidado, haciendo especial hincapié en los grupos más vulnerados. También debiera proponer políticas específicas para regular las relaciones, actividades y responsabilidades de quienes cuidan y de quienes son cuidados a fin de eliminar patrones estructurales de desigualdad.

El Buen Vivir, una idea alternativa al desarrollo capitalista

Los pueblos indígenas representan un poco más del 6% de la población de mundial, pero los territorios que, a duras penas, han logrado mantener como propios, albergan el 80% de la biodiversidad del mundo. Sería fundamental recuperar la experiencia histórica de estos pueblos que, durante siglos, han vivido en armonía con la naturaleza; sin embargo, esas comunidades son las víctimas directas del modelo capitalista que fomenta la tala indiscriminada de los bosques o el incendio de sus territorios para dedicarlos al monocultivo o a la producción de pastos para el ganado.

El Buen Vivir (Sumak Kawsay o la espléndida existencia, en idioma quechua) propone una relación equilibrada con la tierra combinando el saber ancestral de los pueblos andinos con propuestas filosóficas, políticas y culturales de nuevos movimientos latinoamericanos. La convivencia horizontal de los seres humanos con la naturaleza, la búsqueda de justicia social y el pleno respeto a la multiculturalidad son sus principios básicos. La austeridad y la autolimitación en el uso de la tierra se opone al concepto de producción ilimitada y explotación de los ecosistemas impuesto por la modernidad occidental capitalista.

Esta cosmovisión ofrece potentes respuestas a muchos problemas que hoy presenta la crisis ambiental, económica, social y sanitaria que estamos padeciendo, con propuestas concretas como la justicia ambiental, la producción comunitaria a escala humana y la alimentación saludable, entre otras.

La pandemia puede ser un puente entre tiempos

El coronavirus hizo que la humanidad se detenga ante un precipicio, pero también está mostrando, del más allá del abismo, indicios de otros mundos posibles. Nuestro modo binario de analizar la realidad nos suele poner ante alternativas absolutas. Oscilamos entre una fe inquebrantable en las soluciones tecnológicas (vendrá la vacuna y todo se resolverá) o adherimos a filosofías apocalípticas que consideran que es demasiado tarde para intentar transformar la realidad.

Cada vez más personas sienten en sus cuerpos, en sus corazones y en sus mentes el impulso a conectarse de otros modos consigo mismo, con los demás, con la tierra, con la vida.

Tiene sentido hacer del cuidado la ley primera, desarrollar la inteligencia vincular y unirnos alrededor de una confianza recíproca para imaginar y construir mundos renacientes.

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