Distribuir trabajo

Si todo ciudadano en condiciones se integra a trabajar agregando valor para uso de la comunidad, se garantiza la justicia social desde el principio, sin tener el desafío inmenso de perseguir a quien tiene los recursos, para que devuelva una parte.

¿Distribuir qué?

El ingreso, te contestan. Es el drama endémico de un capitalismo global que no cesa de concentrarse. Los factores de producción como el capital, la tierra o aún la tecnología, cada vez son propiedad de menos personas en proporción a la población y ese patrimonio genera ingresos que van a las mismas manos, a menos que los Estados nacionales establezcan mecanismos de regulación y control que busquen una mínima equidad. La disputa se extiende por todo el planeta pero se percibe con efectos más dolorosos sobre los desposeídos, en los países de ingresos medios o bajos.

Los gobiernos han ido asumiendo que hay una sola forma de distribuir ingresos. Se trata de tomar como viene la estructura productiva, financiera y de servicios que se genera por la evolución inercial del capitalismo y aplicarle a ella impuestos adecuados, a la vez que los trabajadores sindicalizados tienen libertad para discutir la variación de sus salarios.  En la medida que los sindicatos consigan aumentos superiores a la inflación y que una fracción adecuada de los impuestos se aplique a reforzar los ingresos de los menos aventajados en la puja, se conseguiría así una base de justicia a defender y valorar. Sobre ese piso conceptual, es cuestión de cuidar las variables macroeconómicas, para evitar problemas de divisas o de financiación pública o de inflación persistente.

Con sus matices, ese ha sido el sendero recorrido en casi todas las naciones modernas. Sin embargo, el paso de décadas sin guerra ha dejado en evidencia las limitaciones de ese planteo. Los poderosos crearon un entramado de paraísos fiscales para eludir sus obligaciones fiscales, que deja a la defensiva, o peor derrotados, a los gobiernos. Si fuera poco, la hegemonía de las finanzas ha construido un casino global donde se apuesta a hacer dinero solo con dinero y donde se evaporan fortunas o cambian de mano con velocidad insólita.

De tal modo, no es simple la cuestión de golpear a la puerta de quien tiene y pedirle el diezmo para quien no tiene, así sea con autoridad pública. Lo que se impone es procurar que la distribución de ingresos comience desde el mismo momento en que se generan esos ingresos. O sea modificando la forma en que se trabaja. Dicho de otra manera, evitando que los que más tienen bloqueen la producción de los más débiles, sea en términos comerciales, económicos, financieros o tecnológicos. Además, asegurando el derecho a trabajar para todo individuo o grupo que crea que puede producir bienes o servicios que le sean útiles al resto de los compatriotas.

Esta mirada democratizadora de la producción y los servicios, llevada a una coherente aplicación de detalle, implica estimular y garantizar la producción de bienes básicos para la subsistencia, lo más cercano posible a donde se consumen. A la vez, facilitar al máximo el vínculo entre productores y consumidores, eliminando de la cultura de trabajo la existencia de intermediarios que hacen negocio con las manzanas o el azúcar, como podrían hacerlo comprando bonos de deuda.

Esto requiere reforzar la capacidad de cada comunidad de atender con recursos técnicos propios sus necesidades de infraestructura urbana, incluyendo especialmente el uso de la energía renovable. También, regionalizar una banca pública de fomento puesta a disposición de toda iniciativa productiva plausible.

Habrá que poner el sistema de ciencia y técnica público a disposición de la industria local para que recupere su autonomía tecnológica hasta donde nuestro desarrollo autóctono lo permita. Los quemadores de calefón italianos, los compresores de heladera brasileños o israelíes, las motos eléctricas chinas, los generadores eólicos españoles, deben pasar a ser historia, desplazados por la tecnología nacional que ha sido anulada o postergada por la desidia oficial.

En resumen: Si todo ciudadano en condiciones se integra a trabajar agregando valor para uso de la comunidad, se garantiza la justicia social desde el principio, sin tener el desafío inmenso de perseguir a quien tiene los recursos, para que devuelva una parte.

Distribuir ingresos es ante todo distribuir trabajo. Es una consigna básica de un proyecto popular en el capitalismo actual.

*Instituto para la Producción Popular.

Si te interesó este texto puedes suscribirte completando el formulario que aparece en este página para recibir una vez al mes un  breve resumen de la edición en español de Opinión Sur

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *