Dificultades convergentes de la globalización

El crecimiento de la economía global con incorporación de tres mil millones de personas al mercado, que hasta ahora ha traído beneficios tales como la disminución de la pobreza y el acceso de por lo menos 200 millones de personas a la clase media, se ve hoy amenazado por varios factores: el agotamiento de insumos energéticos, la escasez y el alto precio de los alimentos, y una desigualdad social demasiado grande y visible. La solución está al alcance del pensamiento pero no es todavía accionable. Se acercan por lo tanto tiempos difíciles y tensiones sociales fuertes en diversos puntos del planetaDesigualdad y pobreza

Como sociólogo, estoy cada día mas convencido que en nuestra preocupación por aliviar la pobreza, nos olvidamos de una variable tan o mas importante en el desarrollo contemporáneo. Esta variable es la desigualdad.

¿Cual es el común denominador de los siguientes flagelos sociales en el mundo, tanto en el desarrollado como en el que está en vías de desarrollo, tanto en los países ricos como en los países pobres: el embarazo de niñas adolescentes, las muertes tempranas, los homicidios, la enfermedad mental, la mala formación estudiantil, las cárceles atiborradas, y la droga (ya sea la cocaína refinada o el paco de las villas)? Todos estos problemas sociales florecen en sociedades donde hay un gran foso entre ricos y pobres.

Para mitigar estos males, se construyen cárceles, se especializan médicos, intervienen trabajadores sociales, especialistas en educación, y un ejército de sicólogos, se establecen clínicas de rehabilitación, y se destinan gruesas partidas a los ministerios de bienestar social. Toda esta constelación de servicios aumenta y engorda a la clase media sin remediar las causas profundas de la pobreza.

Sería mas barato y mas satisfactorio atacar esas causas con buenas políticas públicas de corte estructural, es decir destinadas a reducir la distancia económica y social entre ricos y pobres. Hay desde luego varias maneras alternativas de lograr ese objetivo, de acuerdo con la peculiaridad cultural e ideológica de cada sociedad. Así, por ejemplo, en Suecia se mitiga la desigualdad por medio del sistema impositivo, mientras que en Japón se lo hace disminuyendo la desigualdad de salarios, o sea a través de una intervención frontal en el sistema de ingresos. Los Estados Unidos no utilizan ninguna de estas dos estrategias, pero aun allí se mitiga un poco la desigualdad a través de programas de participación en la propiedad de algunas empresas por parte de sus empleados. Por otra parte, la fórmula norteamericana (acotada por el factor racial) ha sido hasta hace poco facilitar oportunidades “de largada” en un sistema social competitivo, cuyo punto de llegada es desigual pero legítimo, ya que está basado en el esfuerzo propio. Los caminos son distintos; la meta es la misma.

Consecuencias de la desigualdad

En las últimas décadas se ha hecho una infinidad de estudios que muestran el vínculo entre enfermedades e infortunios sociales con la disparidad de ingresos. En pocas palabras, la calidad de vida de una población está directamente ligada a cuántas veces más ganan los ricos que lo que ganan los pobres. Por ejemplo, el 20% de los ciudadanos norteamericanos de mas altos ingresos gana aproximadamente nueve veces más que el 20% menos favorecido. En cambio, en Japón, el 20% de los ciudadanos de más altos ingresos gana sólo tres veces más que los que están en el 20% más bajo.

Los efectos de la desigualdad son muy importantes, y no sólo afectan a los sectores pobres, sino que tienen un aspecto de contaminación tóxica para toda la sociedad. Por ejemplo, la salud y la longevidad promedio de una sociedad están relacionadas con la desigualdad de ingresos

Por otra parte, las sociedades mas desiguales tienden a una menor movilidad social. Es por ello que los pobres en sociedades ricas (es decir con mayor riqueza absoluta) pero muy desiguales se sientan peor—es decir, mas privados– que los pobres en sociedades menos ricas pero mas igualitarias. Por ejemplo, en 1996, un norteamericano de origen africano que ganaba 26.522 dólares por año tenia una expectativa de vida de 66 años, mientras que un ciudadano costarricense que ganaba solo 6.410 dólares anuales tenia una esperanza de vida de 75 años. ¿De que vale ser 20.000 dólares mas rico en esa comparación?

Podemos sacar una lección importante para orientar políticas públicas tanto en los países del Norte como en los países del Sur. Toda estrategia que tienda a disminuir, aunque sea un poco, la desigualdad, tiene un alto rédito en términos de calidad de vida, bienestar social, y esperanza en la población. Esta conclusión, que parece sencilla e inocente, tiene gran relevancia filosófica y global. Me explico.

El enorme y acelerado crecimiento económico en los llamados países o mercados emergentes, sobre todo en Asia, pero no exclusivamente en ese continente, ha sacado y sigue sacando de la pobreza a cientos de millones de personas. Sin embargo, el crecimiento económico acelerado ha aumentado la desigualdad en todo el planeta y en casi todas las sociedades, maduras o emergentes. Si la mayor riqueza no viene acompañada de políticas que mitiguen la desigualdad, el bienestar social –o si prefieren, la paz social– que se logre por un lado se perderá por el otro.

A mediados del siglo 19, el aristócrata liberal Alexis de Tocqueville, cuando se puso a reflexionar sobre las causas de la Revolución Francesa, llegó a esta conclusión: no fue la pobreza lo que desencadenó la revolución sino las injusticias ocasionadas por un progreso desigual. Bastó entonces la provocación insolente de la reina Marie Antoinette (“si no tienen pan, que coman brioche”) para que el pueblo saliera a la calle, con armas mas contundentes que el cacerolazo.

Precariedad del desarrollo global

En los últimos veinte años cientos de millones de personas han salido de la pobreza y conseguido un modesto puesto entre los estratos medios. ¿Pero cuán segura es la posición que han alcanzado estos nuevos estratos medios?

Para responder a esta pregunta conviene referirse al Índice de Seguridad de la Clase Media, generado por la Heller School for Social Policy and Management de la Universidad de Brandeis, en Massachussets. Se trata de un índice que combina 5 variables económicas, a saber: los bienes de capital de que dispone una familia, el nivel de educación, el costo de la vivienda, el presupuesto de la canasta familiar, y los gastos médicos. De acuerdo con el rango combinado de esas variables, se puede clasificar a una familia o a un grupo de familias, es decir, a un sector social como “seguro,” “marginal” o “a riesgo.”

Los investigadores de Brandeis aplicaron el Índice, en los Estados Unidos, a los grupos étnicos que han llegado mas recientemente a la posición de clase media. Se trata de los estratos medios afro-norteamericano y a los hispanos o latinos en similar posición social. Los resultados muestran lo precario de su posición. Según el director del equipo de investigación, el Profesor Thomas Shapiro, “La salud financiera elude a la mayoría de las clases medias afro-norteamericana y latina. Los grandes avances que han hecho en la escuela, en el trabajo, y en los ingresos son erosionados por la falta de capitalización [o nivel de endeudamiento] que socava la seguridad financiera de familias de clase media hispanas o afro-norteamericanas.”

¿Qué es lo que desestabiliza a estos grupos situados tan precariamente en una posición de clase media? Según este estudio dos son las causas: la falta de ahorros y el costo de la vivienda.

Sólo el 2% de las familias afro-norteamericanas y el 8% de las familias hispanas tienen ahorros que les permitan sobrevivir nueve meses si pierden su principal fuente de ingresos.

Podemos concluir que en los Estados Unidos, los grupos “recién llegados” al status de clase media están en situación de riesgo. Basta un empujón en algunos de los rubros citados –una crisis hipotecaria, una enfermedad grave, la pérdida de una fuente de trabajo a favor de otro país con mano de obra mas barata—para que una familia de clase media de este tipo “salga de status.” Como antídoto a esta precariedad, los expertos recomiendan la re-capacitación educativa a un menor gasto que las matrículas actuales, un mayor nivel de ahorros, la reducción de la deuda personal, y el seguro médico universal y mas barato.

Si en una sociedad desarrollada “madura”, como son los Estados Unidos, los estratos medios mas recientes se encuentran en una situación económica precaria e inestable, ¿lo estarán también –aunque por causas distintas—los cientos de millones de “recién llegados” a la clase media de los grandes países emergentes, como consecuencia del nuevo empuje económico de Asia? Veamos.

No tenemos un “índice de seguridad” para las clases medias de los grandes países emergentes, aunque urge confeccionar uno, similar al utilizado por el equipo de Brandeis, pero con otras variables. En ese índice contará mucho menos la “bicicleta financiera” y el endeudamiento privado que hoy afecta a la clase media norteamericana, y contará mucho mas en cambio la canasta familiar básica, sobre todo los alimentos. Por el momento sabemos lo que sigue, y es asaz inquietante.

Un crecimiento agotador

El crecimiento económico de China e India, que ha sacado de la pobreza a mas de 200 millones de personas, conlleva movimientos contradictorios, en particular dos. Por un lado, los nuevos estratos medios llegan con exigencias de consumo mas cercanas a las de los países desarrollados, por ejemplo, un mayor consumo de carnes, y una dieta tradicional de granos mas abundante y de mejor calidad. Esa demanda pone gran presión sobre los precios de los alimentos. Al mismo tiempo, el desarrollo industrial de esos mismos países los hace consumidores voraces de materias primas y sobre todo de energía, con el consiguiente aumento de los precios, que a su vez acelera la inflación en el costo de los alimentos. Por si fuera poco, la loca carrera mundial por aumentar los suministros energéticos ha llevado a estimular –en algunos casos con subsidios—la producción de combustibles biológicos, lo cual disminuye la producción agrícola de alimentos a favor de cultivos de bio-combustibles. El resultado: un aumento enorme y permanente del precio de alimentos básicos, que afecta al bienestar e incluso a la supervivencia biológica de los mas pobres, pero que también ejerce una enorme presión sobre la canasta familiar de los nuevos estratos medios, a punto de hacerlos caer mas de un peldaño en la escala social.

Esta crisis de la actual globalización puede negar, en poco tiempo, los beneficios que hasta ahora se creían asegurados, y desencadenar un circulo vicioso de tensiones sociales y de proteccionismo en todo el planeta. Muchos son ya los países en los que los gobiernos imponen restricciones a las exportaciones de alimentos y tratan de aumentar retenciones e impuestos a las commodities con el objeto de compensar, desde el poder, la previsible tensión social que se avecina. Estas medidas son comprensibles pero contraproducentes. Así se genera un círculo vicioso dentro del proceso mismo del desarrollo económico global. Estamos frente a una crisis planetaria de naturaleza neo-maltusiana.
Una crisis maltusiana es el retorno a las condiciones en el ámbito de subsistencia que predijo el matemático inglés Thomas Malthus (1766-1834), como consecuencia del crecimiento de la población cuando ésta supera la producción agrícola. La actual discusión sobre la sostenibilidad del desarrollo indica que no hemos salido de la trampa maltusiana.

La salida racional y sus obstáculos

La solución comienza por una coordinación de políticas públicas por parte de todos los gobiernos, ya que el sistema es interdependiente y planetario. Pero es precisamente esa coordinación –a falta de un gobierno mundial— la herramienta mas difícil de forjar, ya que los restos de soberanía de que disponen los distintos estados son suficientes para bloquear todo intento de un sacrificio solidario conjunto.

El liderazgo mundial hoy está en manos de unas 6.000 personas –es decir una por cada millón de habitantes de la Tierra– de los cuales aproximadamente la mitad son multi-billonarios.[1]El grupo se reúne periódicamente en foros como Davos. El conjunto puede se caracterizado como una elite de poder global, una súper-clase, o –utilizando un antiguo término soviético—una nomenclatura de dirigentes permanentes y temporarios, de sus “sherpas” y sus delfines. De ninguna de sus reuniones ha surgido por el momento una solución global y coordenada de los principales problemas planetarios.

La solución vendrá por la adopción de políticas difíciles pero racionales entre los lideres más lúcidos y con mayor capacidad de acción. Estamos presenciando el fin de una era en la que energía y alimentos eran bienes baratos. De ahora en adelante serán bienes mas caros y mas escasos. Dentro de unos años nos tocará vivir la escasez mundial de un bien hasta ahora público y gratuito: el agua.

Mucho me temo que la verdadera motivación vendrá de la gravedad de la crisis misma, y de alguna que otra catástrofe catalizadora. Se avecinan tiempos difíciles. Nuestros países del Sur no están mal situados para enfrentarlos, si los gobiernos no se distraen con aventuras, o se dejan llevar por el tan mentado “viento de cola” de las exportaciones. No nos podemos permitir el lujo del tan latino “dale que va.” Aquí como en todas partes, los tres principios guías deben ser: menor desigualdad, mayor solidaridad, y mejor liderazgo.

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[1] Sobre este tema ver el libro de David Rothkopf, Superclass. The Global Power Elite and the World They Are Making, New York: Farrar, Strauss & Giroux, 2008.

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