Después de los Estados Unidos. Tercera Parte.

El engaño es parte consustancial de la política.  Hoy está potenciado por las redes sociales de comunicación. Se requiere un gran esfuerzo de reflexión cívica, esclarecimiento, organización opositora, y movilización para contrarrestar sus nefastas consecuencias.

 

El 28 de diciembre se conmemora la bíblica masacre de niños por orden de Herodes, rey títere de Judea. Se recuerda la fecha como el día de los santos inocentes.  Hoy es una exclamación usada para rematar un chiste hecho a alguna persona durante ese día. La frase tradicional era: “Que los Santos Inocentes vengan en tu ayuda”. Al correr del tiempo la efeméride adquirió otro sentido, junto con la palabra “inocente”, que pasó a significar “crédulo”, primo hermano del tonto.

Siguió corriendo el tiempo y llegamos a la época del uso generalizado del teléfono celular y del androide. Con estos aparatitos la humanidad se interconecta en forma casi instantánea y a través de redes. Al multiplicarse las comunicaciones, circulan informaciones verdaderas y otras que son capciosas o falsas. Poca gente tiene el tiempo o la paciencia de desgranar los mensajes. Se van perdiendo las artes del debate, la conversación, el análisis crítico. Los usuarios han transferido los datos –verdaderos o no- a las máquinas, y también la memoria. Con la nueva tecnología y los avances de la inteligencia artificial hemos enajenado los cinco sentidos.

¡Vaya enajenación! No se trata ya de enajenar el trabajo, es decir de explotación lisa y llana. Hoy se enajena toda la persona: emociones, raciocinio, preferencias, memoria. Esta nueva enajenación, más virtual que física, igual que la vieja enajenación del trabajo, enriquece a unos pocos y empobrece a todos los demás.  En otras épocas, el obrero explotado se sentía agobiado, pero tenía muy clara su condición de explotado.  En esa conciencia de clase basaban algunos su esperanza de una revolución social, que al final no se dió, en parte porque el mismo temor a una sublevación general hizo que el capital hiciera concesiones importantes.

La nueva enajenación –la nuestra—se basa en otra cosa. Es democrática, participativa, comunicacional. Pero por eso mismo genera mucha mas falsa conciencia que la enajenación física de los dos siglos pasados.  Es fluida, social, simpática, pero al mismo tiempo es efímera y espuria. Distracción, frivolidad, credulidad: estamos viviendo una nueva y peligrosa inocencia. Los nuevos inocentes no caen victimas del degüello bajo ordenes de un Herodes, o de antiguas dictaduras, sino son víctimas de manipulación en manos de populistas, energúmenos, demagogos y mentirosos, en democracias capturadas y degradadas. Se vive en la instantaneidad del momento, en lo que podemos denominar el presente absoluto. Saltamos de información en información como las ardillas que pasan de una rama a otra. Somos incapaces de conectar los cabos que, sin embargo, nos atan unos a otros. Estamos conectados y desconectados al mismo tiempo. Se trata en fin de un simulacro de sociedad.

¿Quiénes son los inocentes que mas sufren de burlas y atropellos en esta era comunicacional y supuestamente democrática? A mi juicio hay varias categorías, de abajo hacia arriba en la escala social. En primer lugar se ubican entre los mas inocentes quienes quedaron o corren el riesgo de quedar desplazados y retrasados por el veloz y pasmoso desplazamiento de calificaciones y puestos de trabajo por categoría socio-económica y por región geográfica. Son los descontentos de la globalización, que de ninguna manera es igualitaria sino todo lo contrario. Hay una enorme concentración de riqueza y privilegio en la dimensión vertical de la estructura social, y una redistribución de conocimientos y aptitudes, y por ende, de la capacidad de adaptación, en la dimensión horizontal –urbana, territorial, nacional e internacional—de la nueva sociedad.  Se trata de capas sociales al mismo tiempo descartables en el área laboral, y disponibles a sumarse a movimientos de protesta en el orden político.

A falta de inserción productiva y en situación de precariedad,  y a falta de organizaciones opositoras serias, la protesta es reaccionaria e identitaria: todo tiempo pasado parece mejor, y muchos se refugian en su identidad étnica, racial, religiosa, nacional frente a fuerzas anónimas y disolventes de antiguas certidumbres. Quien logra captar ese descontento y ofrecer soluciones simples que reafirmen la identidad amenazada y señalen como enemigos a los beneficiados y a los mejor adaptados a ese nuevo mundo líquido, cambiante, sin lugares fijos, y en continua transformación, ese personaje logrará adhesiones importantes. Quien, desde una posición de poder, da voz y expresión a los desplazados, y les ofrece un blanco enemigo, tendrá muchos seguidores. Será el mago seductor que describió magistralmente Tomas Mann después de un viaje a la Italia fascista, en su cuento “Mario y el Mago,”[1] o aquel personaje folclórico aún más conocido en nuestra infancia: el flautista de Hamelin.  Detengámonos ahora en una foto.

Publicada en el The New York Times. Credit: Andrew Harrer/Bloomberg

¿De qué se ríen estos dos? Mirando la fotografía, alguien dirá que no es risa sino sonrisa. Pero tampoco es sonrisa: es una mueca de burla. ¿De quiénes se burlan entonces?  De todos nosotros (el 99% de la población).

El sonriente señor es Steven Mnuchin, veterano ejecutivo de Goldman Sachs y hoy Secretario del Tesoro de los EEUU. Como tal le corresponde firmar los billetes de un dólar en su nueva emisión.  Su compañera es Louise Linton, una actriz escocesa que apareció en series menores de televisión. Es conocida por sus expresiones de desprecio para con la gente común, que superan a las tan conocidas de Marie Antoinette.

Recordemos. La decapitada reina de Francia se hizo famosa cuando preguntó “Si el pueblo no tiene pan, ¿por qué no come torta?” Por su parte la señora Linton, actriz de vodevil, acompaña  en el avión oficial a su marido en viaje de trabajo. Aprovecha para dedicarse al hobby que mas le gusta: comprar ropa cara y otros objetos de lujo (pulseras, carteras, zapatos), que luego muestra en Instagram. Así escribió: “Gran viaje de un día a Kentucky. Miren lo que llevo: #rolandmouret, #hermesscarf, #tomford y #valentino.”  Esto irritó a no pocas personas.

La señora Miller, una mujer “del pueblo” hizo este comentario en Instagram: “Me alegra saber que yo he contribuido a pagar tu viaje con mis impuestos. Es deplorable.” La señora Linton no se quedó atrás y le respondió con un insulto:

“Aw!!! ¿Piensas que este fue un viaje personal? ¿Crees acaso que el gobierno pagó por mi luna de miel?  Lololol. ¿Acaso has contribuido mas a la economía que yo y mi marido, tanto en impuestos como en sacrificio por nuestro país? Estoy segura que nuestro sacrificio es mucho mayor que el que vos estás dispuesta a hacer.” Estaba indignada porque habían lastimado su sentido de superioridad.

Yo estoy seguro que los Mnuchin pagan mas en impuestos que la señora Miller, o que pago yo. Veamos. La fortuna de Mnuchin se estima en 500 millones de dólares. Sus ingresos anuales, después de recortes y franquicias tanto como inversionista y manager de un hedge fund, como los de funcionario oficial, son también millonarios. Hagamos entonces un cálculo rápido. Con ayuda de abogados y contadores un personaje de este tipo paga alrededor del 16% de sus ingresos en impuestos. La señora Miller, de clase media,  en cambio paga mas del 35% de lo que gana en impuestos. Si estimamos que el señor Mnuchin tiene ingresos anuales de $2.000.000, paga entonces $320.000 en impuestos. La señora  Miller, si gana unos $100.000 anuales, paga $35.000. En términos absolutos, la contribución de Mnuchin es casi 10 veces mayor que la de la señora Miller. Pero en proporción a sus ingresos, paga menos de la mitad de lo que le correspondería en un sistema impositivo racional.

Las cifras absolutas encubren la injusticia. Lo mismo hubiese pensado Marie Antoinette. Se “sacrificaba” como reina con tanta función oficial, tanto baile y tanta diversión en la corte. ¡Qué fatiga! De vez en cuando además daba dádivas a los pobres que, mal agradecidos, ni siquiera sabían comer torta.

Miremos de nuevo la foto. En este fin de año, lo que realmente parecen decir los fotografiados es “¡Que la inocencia les valga!” Los Mnuchin son acérrimos propulsores de una nueva ley fiscal.

Para estas fiestas, y como regalo de Navidad, el presidente Trump y el partido Republicano que hoy gobiernan a los Estados Unidos, están por votar y sancionar una nueva ley de impuestos.  Su disposición es muy clara: reducir los impuestos de las grandes compañías y del sector mas rico de la población, y recortar al mismo tiempo los beneficios –impositivos y otros, como los seguros de salud—a los sectores medios y de bajos ingresos de la población.  La ley beneficia en forma escandalosa a los dueños de capital y de propiedades en detrimento de todos aquellos que sólo viven de su trabajo.  Es la versión conservadora del dicho campestre argentino: “El vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo.”

Lo peor es que estas medidas, como todas las que toma el gobierno, van empaquetadas con un discurso de defensa del país y de sus trabajadores. Los políticos del oficialismo sostienen que las medidas beneficiarán al pueblo porque estimularán las inversiones dentro del país, que a su vez, serán fuentes de nuevos trabajos. La verdad es muy distinta, de acuerdo tanto con la opinión de los economistas como con el sentido común. Los beneficios van hacia arriba y sólo estimulan el gasto suntuario. Sacarles a los pobres para darles a los ricos es una curiosa interpretación de Robin Hood; es al mismo tiempo insolente e improductivo.

Como si esto fuera poco, al bajar los impuestos a los más ricos se disminuyen los ingresos del Estado, que debe endeudarse para pagar sus obligaciones.  En diez años, se estima que este “regalo” del gobierno a los ricos costará al estado la bonita suma de un trillón y medio de dólares. Eso lo tendrán que afrontar los nietos de los actuales gobernados. Pero este desastre impositivo no es inocente -una peregrina consecuencia no deseada de una legislación bien intencionada. Muy por el contrario, es un plan concebido para debilitar al Estado, objetivo fundamental de la derecha norteamericana. La penuria oficial es la eterna escusa para negar ayuda a quienes la necesitan.

Soy sociólogo y me pregunto: ¿Cómo es posible que semejante despojo tenga el apoyo, no sólo de los privilegiados, que son pocos (y los mas cuerdos no están de acuerdo con las medidas), sino de un sector bastante amplio del resto de la población?  Estos últimos constituyen la base electoral de Trump y sus aliados en el Congreso. Muchos trabajadores blancos piensan que el gobierno del que son víctimas está por el contrario a su favor[2].  Como parte –y sólo parte—de una respuesta daré dos razones. La primera es que a lo largo de los años muchos trabajadores han sufrido la perdida de trabajo, el estancamiento o la reducción de sus ingresos, la merma en el poder de los sindicatos, y en general la tendencia a conseguir sólo empleos temporarios y de mala calidad. En otras palabras, tanto la globalización como la automatización, han producido el descenso social de varios sectores. No debe sorprender que busquen culpables y se resientan contra las elites.

En el mercado de la culpabilidad, los grandes lobbies, los medios de información interesados, los donantes al partido republicano, y muchas grandes corporaciones ofrecen bien armados sustitutos como chivos expiatorios.  Estos son: los extranjeros (el  patriotismo siempre funciona bien como cortina de humo), los inmigrantes legales o ilegales, los mas pobres (redefinidos como vagos) y los que no tienen piel blanca.  Entran también en la categoría de enemigos sustitutos las universidades, las fundaciones, y los intelectuales.  En esta visión ideológica, todos ellos quedan agrupados en una sola categoría de peligrosos “liberales.”

Sin embargo, la base electoral de Trump y sus aliados, es decir, aquellos que “compran” tal ideología, no es numéricamente mayoritaria. Recordemos que el señor Trump llegó a la presidencia con tres millones de votos menos que su rival. El secreto de ese resultado: el sistema de elecciones presidenciales indirectas, en el que en el Colegio Electoral están sobre-representados los estados menos poblados y más retrasados. Y en el Congreso sucede algo similar, a través del trucado de distritos y la manipulación del padrón electoral. Este truco se llama en inglés Gerrymandering.[3] En resumen, mis dos razones son: la distorsión del conflicto de clase gracias a una hábil propaganda, y el trucado del padrón electoral.

Con estos artilugios una minoría –abultada pero siempre minoría—puede transformarse, como por arte de magia, en mayoría. Y todo esto dentro de la legalidad constitucional.  Así funciona esta democracia.  ¡Que la inocencia les valga!

Frente a esta situación ¿debemos desesperar y decir como Goya en su serie de grabados Los Caprichos “No hubo remedio’?[4] No lo creo. Así como hay razones para explicar la perversión del populismo norteamericano, hay otras razones para esperar una reacción mas saludable y verdaderamente popular.

De acuerdo con las encuestas, la poca y pésima legislación republicana no es popular. La nueva ley fiscal, en sus varias versiones, cuenta con la aprobación de solamente el 29% de la población norteamericana.  El intento de cancelar la ley de seguro médico de Obama contó con sólo el 30% de aprobación de la población norteamericana.  Los republicanos dejan de lado medidas que tendrían gran aprobación (como el control de armas de fuego) e insisten en promulgar leyes impopulares. Lo hacen porque se aferran al poder conquistado gracias a los artilugios citados y porque están financiados por grupos económicos poderosos. Hay por lo tanto una esperanza de que la mayoría de la gente se de cuenta que están siendo esquilmados y engatusados. Es todavía válido el dicho popular “You can fool all the people some of the time, and you can fool some of the people all the time.  But you cannot fool all the people all the time.” Podrás engañar a algunos todo el tiempo, o engañar a todos una que otra vez. Pero no podrás engañar a todos todo el tiempo.

Para desengañar a la gente hay que promover una gran y sagaz campaña de esclarecimiento y reflexión cívica. Sobre esto hay mucho camino que recorrer para desarmar la peligrosa ideología que hoy venden los mercenarios del privilegio. Veamos los siguientes datos para poder apreciar la verdadera dimensión del desafío.

En los primeros 300 días de su presidencia, Donald Trump hizo 1.600 declaraciones falsas, de acuerdo con los expertos que hacen el chequeo. En promedio, dijo 5 mentiras por día. Entre ellas, algunas denigran a los inmigrantes. Ahora bien, para naturalizarse, un extranjero debe tomar un examen de ciudadanía, en el que se le pregunta sobre las instituciones, la historia, y la constitución. El 97% de esos candidatos extranjeros pasan el examen. Pero si se le hacen las mismas preguntas a los ciudadanos nativos, uno de cada tres fracasa en el examen. No saben responder a preguntas tan sencillas como ¿Qué sucedió el 11 de septiembre del 2001?, o ¿Qué océano baña la costa oeste del país? El  48 % de norteamericanos cree que la Guerra Civil de su país fue una lucha por defender los derechos de los estados y no por la abolición de la esclavitud.

Hasta 1960 en los Estados Unidos los estudiantes secundarios tenían la obligación de tomar tres cursos de educación cívica para entender como funcionan el gobierno, la constitución y las instituciones. Desde entonces esa instrucción ha dejado de existir. Hoy saben mucho más sobre una marca de jeans o una camiseta que sobre un artículo de la Constitución. Con esa falta de educación y de capacidad crítica, no debe sorprender que en vísperas de la elección presidencial en los EEUU, agentes rusos hayan “desinformado” a 126 millones de seguidores norteamericanos en Facebook, e inundado el Twitter con 130.000 mensajes capciosos.

Lo que nos devuelve a la admirable recomendación de Domingo Faustino Sarmiento: “Educar al soberano.” El soberano no es ni un caudillo, ni un rey, ni un dictador, ni un twit, ni el conjunto de mensajes de Facebook, ni siquiera un presidente constitucional. El soberano somos todos, los que –espero- habremos perdido masiva y felizmente la inocencia.

 

[1] http://www.literatura.us/idiomas/tm_mario.html

[2] Steven Morgan, “Social Class and the 2016 Election,”  presentación y análisis de datos, Departamento de Sociología, NYU, 4 de diciembre de 2017 y https://www.sociologicalscience.com/articles-v4-27-656/

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Gerrymandering

[4] https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/no-hubo-remedio-capricho-24/4919535d-e05c-4144-b1b4-17e3f1a78e8f

 

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