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Después de los Estados Unidos. Segunda Parte. ¿A dónde fue a parar el poder blando?

La antigua distinción entre poder duro (fuerza militar) y poder blando (poder de inspiración), ha sido reemplazado por la distinción entre fuerza bruta y eficiencia.

 

El Profesor de Harvard Joseph Nye es padre del concepto de soft power (poder blando)[1]. Sostuvo en libros y artículos muy celebrados que el poder de persuasión (otros dirán de seducción) es superior al poder de disuasión. Por supuesto no niega el profesor que el poder, por mas legítimo y persuasivo que sea, se basa en última instancia (ultima ratio, diría Max Weber) en la fuerza, es decir, en la capacidad de fuego, y no sólo en la habilidad de juego.

Es bien conocida una anécdota que proviene de la segunda guerra mundial.  En una reunión de los aliados victoriosos en Yalta, Winston Churchill sugirió que sería importante invitar al Papa (Pío XII).  Pero José Stalin le espetó una pregunta definitiva y definitoria, “¿Y cuántas divisiones tiene el Papa?”  Es probable que Stalin haya proferido su despectiva pregunta en alguna otra ocasión, o que le gustase repetirla.  Lo importante es el cínico reconocimiento de la fuerza bruta en la relación entre naciones.  “El poder político crece en el cañón de un arma de fuego,” decía Mao Zedong.

Efectivamente, la brutalidad de los dictadores del siglo pasado los sostuvo en el poder y proyectó el dominio de sus naciones en vastas zonas del planeta, dejando a su paso un tendal de muertos que se cuentan por decenas de millones.  Sin embargo, pese al enorme poder militar de la Unión Soviética, sus representantes perdieron la partida en una humilde batalla de relaciones públicas.  No fueron capaces de ofrecer nada convincente a cambio de una atractiva muestra de aparatos domésticos en una cocina modelo en el pabellón norteamericano de una feria en Moscú, en 1959.  El debate, improvisado, fue nada menos que entre Nikita Krushchev y Richard Nixon sobre las ventajas de una casa modelo con lavaplatos y lavarropas.  En aquella época, el Sputnik soviético se enfrentaba al lavaplatos o al lavarropas norteamericano. The American way of life, tal como aparecía en la revista Time, resultaba irresistiblemente atractiva. La libertad de expresión y de elección, aun reducida a la libertad de consumo de un ama de casa en Levittown, New York, pese a la fanfarronería de Krushchev, triunfaba sobre la austera disciplina socialista.

El profesor Nye ha sido hasta ahora el valiente defensor académico de la superioridad del lavarropas.[2] Pero no seamos injustos con él.  Mas allá de los electrodomésticos y de las nuevas tecnologías que le sucederion, desde la computadora hasta la telefonía inteligente, el poder blando reside en la capacidad de un actor político, como por ejemplo un Estado, para incidir en las acciones o intereses de otros actores valiéndose de medios culturales e ideológicos (incluso la propaganda comercial de la sociedad de consumo) con el complemento de medios diplomáticos.

En la era de Trump, la capacidad de los Estados Unidos para incidir en las acciones e intereses de otros países por su atracción cultural e ideológica, y el complemento de medios diplomáticos, está disminuyendo velozmente y tal vez en forma irreversible.  El presidente no tiene escrúpulos en difundir en forma escandalosa su preferencia por dictadores y racistas, en descalificar a los aliados tradicionales y elogiar a sus antiguos enemigos.  Predica la división y el odio en vez de la unidad y la reconciliación.  Actúa como un déspota aunque por suerte hasta ahora acotado por algunas instituciones independientes. Entre otras cosas, Trump ha desmontado sistemáticamente el servicio exterior, al punto en que los EEUU carece de suficientes diplomáticos de carrera para llevar a cabo cualquier iniciativa de poder blando[3].  No sabemos por cuánto tiempo continuará la destrucción institucional y ni siquiera si este régimen odioso se acabará con el actual periodo presidencial.

Entre los poderosos que rodean a este nuevo Nerón[4], el único personaje racional es nada menos que un general, hoy jefe del ministerio de defensa, es decir del Pentágono.  El general Jim Mattis es parco y cauto.  Frente a sus soldados se le oyó decir: “Uds. deben mantenerse firmes hasta que nuestro país vuelva a mostrar entendimiento y respeto entre nosotros y frente al mundo.  Vamos a recuperar el poder de inspiración.” La suya es la única voz cuerda en un ambiente de ignorancia, atropello e intolerancia.  Tiene todavía fe en el poder blando que alguna vez ejercieron los Estados Unidos, y que él denomina el poder de inspiración.  Para Mattis, la tormenta nacional-populista-autoritaria es pasajera.  Según el general, tiempos mejores vendrán.

Sin embargo, mientras el general espera, las potencias rivales, otrora criticadas por su afición al despotismo y su desprecio por los derechos humanos, respiran aliviadas: ya no tienen que temer una lección de moral norteamericana.  “Somos iguales,” festejan.  Trump admira a Putin y desconfía de la Sra. Merkel.  Tanto le vale un Duterte que un Macron.  Como reza el tango Cambalache: “Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos…”

En el nuevo régimen geopolítico en que vivimos, con la pérdida de liderazgo moral por parte de Occidente, cobra ínfulas otra dicotomía: ya no la antigua distinción entre poder duro y poder blando, sino una nueva entre la fuerza y la eficiencia.  Los Estados Unidos mantienen el poderío militar mas grande de la historia, precisamente el inmenso y costoso aparato que preside el general Mattis.  Pero a esa fuerza pura ya no la adorna el poder de inspiración.  Frente a la fuerza militar norteamericana se yerguen otros aparatos militares que poco a poco tratan de alcanzarla, sin lograrlo todavía.  A esa fuerza creciente las nuevas potencias suman otro tipo de poder: la eficiencia.  Fuerza con eficiencia, frente a fuerza con decaída inspiración.

Para muestra basta un botón.  En su reciente viaje a China, el presidente Trump se jactó de las concesiones menores que obtuvo del astuto señor Xi, quien lo aduló con fastuosos festejos.  El presidente Xi así evitó discutir con su energúmeno interlocutor los temas en los que tiene fijada su estrategia.  China sabe a dónde va; Trump no.  Xi se hace las preguntas que el norteamericano ni sospecha, a saber: ¿en qué mundo vivimos?, ¿cuáles son las grandes tendencias en materia de clima, de globalización e interdependencia, en materia de tecnología y del futuro mundo del trabajo?  China responde a esas preguntas estratégicas con inversiones enormes en sistemas de energía limpia y de vehículos eléctricos, porque sabe que en veinte años más habrá un billón adicional de personas en el planeta, y que les será necesario respirar.  Trump en cambio quiere defender las obsoletas centrales de carbón donde supone encontrarán nuevo empleo sus votantes.  Para entonces, China se situará a la vanguardia de dos grandes industrias: transporte y energía.

En materia de globalización, la iniciativa china de unir los mercados de Asia central en una sola ruta y cinturón y establecer un nuevo banco asiático de desarrollo le darán un enorme poder no militar.  En materia de nuevas tecnologías, los chinos tienen un plan de hacer de “Made in China 2025” mucho más que un rótulo para estampar en zapatillas, sino en diez industrias estratégicas: vehículos eléctricos, nuevos materiales, energía solar y eólica, inteligencia artificial, circuitos integrados, industrias bio-farmacéuticas, computación cuántica, comunicación móvil tipo 5G y robótica.

Trump en cambio retiró a los EEUU de la Asociación Comercial Trans-Pacífica, lo que equivale a un desarme unilateral en materia de comercio mundial.

Podría continuar la letanía de barbaridades que la nueva administración en Washington impone, mas que al mundo, a su propio país.  Doy el ejemplo de China por una simple razón: ilustrar la capacidad de concentración en los desafíos que realmente importan, y en la capacidad de planificar a mediano y largo plazo.  En un seminario académico podríamos señalar defectos importantes en el modelo chino de planificación vertical y autoritaria.  Sin embargo, en el mundo real, mientras los EEUU y por extensión todo el Occidente pierden el tiempo en rencillas y en ideologías vanas, entre ellas un nacionalismo trasnochado, China (podríamos agregar otro gigante que avanza: la India) hace avances enormes en eficiencia.

Esta nueva realidad no escapa a la perspicacia del profesor Nye. En un artículo reciente, publicado en el Financial Times (3 de noviembre de 2017), argumenta que la actual rivalidad entre China y los EEUU, vista por un marciano hipotético, favorecería a los norteamericanos por cuatro razones geopolíticas específicas, a saber: la ventaja geográfica de estar situados entre dos océanos, la auto-suficiencia en materia de energía, el comercio y el dominio del dólar como moneda.  Según el profesor son los ases en la mano del jugador norteamericano en la actual partida de póker con China.

Sobre este argumento haré dos observaciones.  Primero, tomo nota que el padre del poder blando sólo presenta variables duras en su disquisición: las viejas constancias de la geopolítica tradicional. Me pregunto, ¿a dónde fue a parar el famoso poder de inspiración?  Segundo, puedo afirmar con bastante certeza que el profesor se equivoca de metáfora al referirse a la rivalidad sino-norteamericana.  Los chinos no juegan al póker; juegan al Go. Aunque sus orígenes no están claros, este juego apareció hace unos 4.000 años en China. El Go no es muy conocido en Occidente pero resulta tremendamente popular en países como China, Corea o Japón.

En el Go, los jugadores deben conquistar el mayor territorio posible colocando unas piedras blancas y negras sobre un tablero. Parece sencillo, y de hecho sus reglas lo son, pero no hay que dejarse engañar por las apariencias. Las posibilidades de juego son muchas y dependen del carácter y la inteligencia del jugador. En una partida de Go, el tablero geopolítico de hoy presenta notables ventajas chinas.

Mejor que la tesis de Nye me parece el argumento de Henry Kissinger en su monumental estudio sobre China[5].  Según el Dr. K, como lo llaman, la estrategia china (basada en el Go) es centrípeta (volver a ser el centro del mundo como imperio tributario), con objetivos precisos pero distantes, que requieren tiempo y paciencia.  Los Estados Unidos, y en especial su representante caricatural Trump, juegan a ganar en el corto plazo, con objetivos parciales y mucha impaciencia.  Les gusta jugar con las cartas de póker más que con las fichas del Go.  Desde el punto de vista estratégico de más largo plazo tienen cuatro desventajas, a saber: una infraestructura que se desmorona, una tasa de crecimiento baja, una regresión política hacia una democracia manipulada e iliberal, y una fuerza militar que a pesar de su poderío y extensión no sabe ganar guerras.

Si el imaginario personaje extraterrestre observase el juego geopolítico China vs. EEUU en la ciencia ficción del profesor Nye, y equipado con el autómata de inteligencia artificial inventado por Google que se llama Alpha Go[6], no apostaría tan fácilmente a un triunfo norteamericano.
Ah, casi me olvido de citar un índice muy significativo del poder duro (y del blando también): la demografía.  Los Estados Unidos contienen sólo el 4.4% de la población mundial.  Sic transit gloria mundi (la gloria del mundo es transitoria).

 

[1] Joseph Nye, Soft Power: The Means to Success in World Politics (2004, New York: Perseus Books).

[2] Aunque no tan elocuente como el finado professor sueco Hans Rosling. https://www.ted.com/talks/hans_rosling_and_the_magic_washing_machine

[3] Esa demolición ha sido obra del secretario de estado Rex Tillerson, quien ha probado que el ejecutivo máximo de la mayor compañía petrolera puede comportarse en el mundo de la diplomacia como el burro de una escuela.  Cumplida su misión, el señor Tillerson será descartado sin contemplaciones por el pintoresco presidente autoritario.

[4] Sobre estos personajes, el rimbombante escritor y político italiano Gabriele d’Annunzio decía en una ocasión “è un cretino con qualche lampo d’imbecillità” (traducción: “es un cretino con algún fulgor de imbecilidad”), y en otra “un cretino fosforescente”.

[5] Henry Kissinger, On China (2011, New York: Penguin Books).

[6] Un programa informático de Google llamado  AlphGo la ganó una partida a un campeón mundial del juego del Go. http://www.abc.es/ciencia/abci-ordenador-google-vence-campeon-mundial-juego-milenario-201603091056_noticia.html

 

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