Desestabilización de gobiernos de base popular

No son pocos los procesos en curso en América Latina, África y otras partes del mundo orientados a desestabilizar gobiernos de base popular. Estos procesos son impulsados por intereses económicos y geopolíticos que ven sus privilegios amenazados. Más virulenta es la reacción si las transformaciones que enfrentan pudiesen generar un efecto contagio en otros países.
Los intentos desestabilizadores están liderados por operadores políticos y mediáticos que responden al poder económico surgido del tremendo proceso de concentración de la riqueza que prevalece en el mundo. Sus estrategias se adaptan según las circunstancias de cada país pero tienen un común objetivo: promover turbulencia social e inestabilidad económica que haga posible instalar una sensación de caos, corrupción, inseguridad y descontrol. Procuran atemorizar a las clases medias y hacerles perder de vista sus reales intereses para alinearlas a su favor.

Los procesos de desestabilización buscan forzar cambios en las políticas de transformación pero, si no lo logran, pueden llegar hasta la destitución o reemplazo de gobiernos adversos a sus intereses: Son reacciones ilegítimas pero esperables de quienes no aceptan perder el control que ejercen sobre críticos resortes institucionales de un país.

Turbulencia social para provocar inestabilidad política

La acción desestabilizadora aprovecha cualquier tensión social para agitar ánimos en contra de los gobiernos de base popular, financiando y asegurando una amplia cobertura mediática a manifestaciones de protesta, estadísticas negativas (sean reales o manipuladas), cortes de rutas, episodios de violencia e inseguridad, huelgas intempestivas, políticos opositores y analistas neoliberales que interpretan desde su óptica lo que ocurre. Quienes reciben esos apoyos se subordinan a los intereses que promueven la desestabilización y, conscientes o no, actúan contra los de las mayorías.

Un Estado con un gobierno transformador democráticamente elegido constituye una fuerza, quizás la única, capaz de ponerle límites al poder y los privilegios de los grupos de interés; de ahí que esos intereses procuren desacreditarlo frente a la opinión pública. Cuentan con políticos, medios y “especialistas” para imponer una visión sesgada de la marcha del país ocultando aciertos y agigantando errores. Plantean una agenda propia de preocupaciones bien alejada de los objetivos de transformación y la repiten sin pausa en todos los frentes que disponen. Cuando es necesario, desinforman, tergiversan o no informan sobre aquello que contradiga sus intereses o desenmascare los operativos políticos. Buscan manipular las expectativas para torcerlas a su favor, lo que con frecuencia logran 1/.

La acción desestabilizadora utiliza una diversidad de argumentos, incluso atribuyendo a los gobiernos de base popular los problemas que otros gobiernos anteriores generaron con sus políticas. Se oculta que la mayor parte de las estructuras que hoy traban la marcha fueron establecidas por las mismas fuerzas que trabajan para restaurar las circunstancias que las hicieron posible.

En su accionar, los gobiernos de base popular también cometen errores de diseño o gestión que son amplificados y utilizados en su contra. Ante esto no vale caer en ocultamientos sino aprovechar la oportunidad para rectificar la marcha, esclarecer los desafíos que se enfrentan y explicitar la significación del rumbo escogido para transformar el orden establecido. En un contexto democrático, las tensiones inherentes a cualquier proceso social se encaran esclareciendo lo que sucede y desenmascarando como juegan en las sombras intereses imposibles de defender a campo abierto.

Fortalecer la base de sustentación de la acción transformadora

Gobiernos de base popular que enfrentan recurrentes intentos desestabilizadores necesitan ampliar la base de sustentación social y política de los procesos de transformación que llevan adelante. Suele ocurrir que sectores que tienen similares intereses transformadores actúen cada uno por su cuenta a la sombra de rencillas partidistas o intereses secundarios. Estas situaciones son aprovechadas por los grupos de poder que actúan facilitando prebendas o ayuda económica encubierta de modo de ahondar divisiones y multiplicar enfrentamientos; logran así desviar y esterilizar energías. Es el viejo paradigma de “dividir para reinar” que hurga en las mezquindades y egoísmos que también existen en los sectores transformadores para movilizar a unos contra otros.

Transformar duros procesos como la desaforada concentración de la riqueza que prevalece en casi todos los países 2/, exige acercar y organizar voluntades tomando muy en cuenta sus intereses, necesidades y emociones. Es un trabajo de esclarecer y de aprender al mismo tiempo; de convocar integrando las perspectivas y propuestas de los convocados. Habrá que desterrar cualquier actitud que atente contra el llamado a participar activamente en construir la transformación, entre otras las siguientes: no escuchar más que a los del mismo palo, la negligencia de no prestar la debida atención para realmente comprender al otro respetando disidencias no centrales, la impericia o falta de determinación para hacer converger anhelos e iniciativas, la falacia de creer que sólo de nuestras cabezas emerge la verdad y lo que corresponde hacer. Esas actitudes llevan a estrepitosas derrotas o, cuando menos, severos retrocesos. El liderazgo requerido debe saber abrirse a grupos diversos que por ideas y trayectoria pueden, preservando sus identidades, converger en el trabajo de transformación.

Un más amplio sustento de la acción transformadora asegura viabilidad a los programas de actuación sin renunciar a cuestiones fundamentales que hacen al rumbo escogido. El foco de esta estratégica decisión es construir espacios de participación que permitan acoger a grupos que no han sido llamados a participar o que los llamados que recibieron no incluyeron la posibilidad de incidir sobre algunos aspectos que les interesan y no afectan sino robustecen la trayectoria de transformación. No es sencillo encarar este tipo de convocatoria porque pesan fuerte los temores y el mayor esfuerzo de coordinación que viene con la diversidad. En un comienzo toca construir confianza y entendimiento entre partes que se recelan pero que, una vez afianzada la relación, pueden encontrar sobre la marcha múltiples sinergias. Por ahí pasa buena parte de las respuestas a la desestabilización que se les está imponiendo a los gobiernos de base popular.

En contextos donde se mezclan oportunidades, tensiones y amenazas, los desencuentros entre compatriotas que comparten los objetivos de transformación constituyen dolorosos absurdos y muy riesgosos pasivos en la marcha hacia un mejor futuro. Vale superarlos; es imperioso hacerlo.

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