Decadencia e insurrección

Decadencia e insurrección son dos caras de la misma moneda.  Esta nota se centra en la dimensión geopolítica de estos dos conceptos.

Sobre la decadencia.

Paciencia y diplomacia son las virtudes necesarias para manejar la política exterior cuando un país deja ser el poder supremo.  Lo peor que puede hacer es tomar la postura de un matón de barrio, de esos que amenazan pero se van al mazo cuando alguien los desafía. En el universo matón, que es maniqueo, es todo o nada, blanco o negro, bueno o malo.  No hace falta citar a Maquiavelo para darse cuenta que en política —tanto exterior como interior—el buen manejo es muy distinto[1].  El poder no es prepotencia, sino, como decía el presidente francés Mitterrand, una fuerza tranquila, y muchas veces un juego de carambola. Un caso paradigmático es el del Reino Unido.  La decadencia del imperio británico estimuló un plan de retirada exitoso. Fue una de las estrategias más hábiles que el mundo occidental haya podido conocer, como es la creación de la Commonwealth de Naciones. Gracias a ello, los británicos lograron mantener posiciones privilegiadas con aliados comerciales fundamentales para su subsistencia.[2]

           Es difícil pensar en una solución similar para aplicar al caso norteamericano de nuestros días. Pero sí podemos señalar que una estrategia similar debería incluir el mantenimiento de las alianzas y de la influencia cultural aun en el mundo globalizado y diverso actual.  También es posible precisar que los tratados comerciales y el dominio sobre el derecho internacional han sido una hábil herramienta encausada por los Estados Unidos, amén del privilegio exorbitante del dólar como moneda de reserva universal.  Mientras este privilegio dure, los EEUU se pueden sentir capaces de hacer lo que quieran. El día en que esto no sea así, el dominio norteamericano se derrumbará como un castillo de naipes.  Hoy Trump utiliza medidas mercantilistas de tarifas y embargos para mantener la supremacía de su país.  Son armas burdas y de doble filo. Piensa que las reglas valen sólo para los débiles.

Sin embargo, como sostuve en mi nota anterior, la decadencia norteamericana desde su anterior supremacía geopolítica se ha acelerado bajo la administración del presidente Trump con medidas que se alejan del diseño que acabo de dibujar.  Algunos sostienen, con razón, que el torpe ejercicio de lo que le restan de poder mundial a los EEUU (que es mucho todavía) pudo haberse evitado con una administración más racional y mejor informada.  Es verdad.  Sin embargo, existe a mi juicio una significativa continuidad en la política exterior de las últimas administraciones norteamericanas.  No se trata de culpar simplemente a los errores estratégicos cometidos por los gobiernos, que son muchos, sino al cambio de contexto global en el que se manifiestan

Hasta comienzos de este siglo, esos errores eran salvables para los EEUU porque nadie le hacía sombra a ese gran país.  Por un lado, China se acomodaba a crecer vertiginosamente enganchada como un gran vagón a la locomotora de la demanda norteamericana.  Tarde o temprano esta situación “chimérica” iba a terminar con un mayor peso geopolítico chino y una desindustrialización endeudada de sus socios yanquis.  Hacia el 2000 el romance se acababa. 

En el Medio Oriente, la invasión de Iraq fue un costoso tiro que salió por la culata.  El impasse estratégico en Afganistán desangró a las fuerzas armadas y al tesoro.  Estas guerras interminables han costado por lo menos 5 trillones de dólares. El ganador neto de este fiasco fue sin duda La República Islámica de Irán, como potencia regional.  También ganó Rusia esta partida de ajedrez. El retiro repentino de las fuerzas norteamericanas del norte de Siria significa que en el tablero Putin se comió al obispo usando a los kurdos como peones.  Frente a este cambiante escenario cabían dos alternativas: (1) reforzar el tejido de alianzas tradicionales y también crear otras para negociar una lenta retirada estratégica (el modelo inglés), o (2) tomar una postura defensiva y belicosa para tratar de frenar a viejos y nuevos rivales, tratándolos como enemigos, con prescindencia de antiguas alianzas y de nuevos esfuerzos diplomáticos. 

La elección de esta última opción por Trump ha sido un error estratégico de gran magnitud al sancionar, entre otras cosas, el cambio de fronteras por la fuerza por parte de los turcos y al legitimar así en forma retrospectiva la captura de Crimea por parte de Rusia. Facilita además el resurgimiento del llamado estado islámico (Daesh), el reposicionamiento de Rusia como árbitro externo en Medio Oriente y el refuerzo del régimen genocida de Assad.  En cuanto a Irán, la república islámica adopta la actitud estratégica de Napoleón Bonaparte: “No interrumpo a mi enemigo cuando comete un error.” Trump no se da cuenta que la alternativa a una presencia militar masiva y permanente no es la retirada total y precipitada, sino el uso medido de la fuerza como palanca de la diplomacia.  Con su mentalidad cerril obligó a su mejor estratega, el general Mattis, a renunciar.

La primera postura fue la de la administración de Obama, en particular con sus tres iniciativas: una nueva alianza en el Pacífico, un tratado de desnuclearización de Irán, y un liderazgo mundial en materia de control climático (el acuerdo de Paris).  Obama cometió serios errores en otros tableros, notablemente en Libia y en Siria, pero esos errores no disminuyeron seriamente las iniciativas antes citadas.  

La administración de Trump tomó la segunda disyuntiva.  Sus políticas en el exterior e interior fueron nada más y nada menos que la inversión sistemática de las políticas de Obama.  En el caso de Siria, el error de Obama fue su silenciosa y tímida retirada; el error de Trump es su estentórea y precipitada ineptitud en el repliegue.  Callada timidez versus sonora estupidez.  Pero uno y otro han cedido terreno a otras potencias.  Con el pasar del tiempo Trump será recordado no por su lema demagógico “Make America Great Again,” sino por su error estratégico “made Russia great again.”  Lenin tenía una expresión para retratar personajes similares:   полезный идиот (idiota útil).  Tarde o temprano Trump desaparecerá de escena, pero el país que habrá dejado será muy distinto a los EEUU que conocimos.  Será una fuerte potencia pero una más entre otras, sin ser el líder principal y sin suscitar la inspiración de antes por su modelo económico, social y político.

En cierto sentido, Trump fue y sigue siendo prisionero de la base política que lo llevó al poder, aprovechando una tara en el diseño constitucional norteamericano. Este permite que, en elecciones indirectas, la representación en el Colegio Electoral pueda burlar la voluntad de la mayoría de votantes (en el voto directo –no permitido por la Constitución– Trump perdió por tres millones de sufragios).  La poca legitimidad del presidente ante esta situación lo obliga a azuzar continuamente a su base para mantenerse en el poder y buscar la reelección.  En vez de gobernar hace campaña. Esta es una característica de los sistemas totalitarios.   En otras épocas más amables la crítica occidental al sistema soviético se expresaba así: la diferencia reside en que en las democracias occidentales  se hace campaña antes de la elección y no después (persecución de opositores en nombre de una supuesta ‘voluntad general’).  Hoy la diferencia se ha borrado con el nacional-populismo.  La democracia norteamericana se muestra frágil y endeble.  Es un tigre viejo que ruge mucho pero que ha perdido las manchas de su piel.

Sobre la insurrección.

La retirada de los Estados Unidos en regiones centrales del planeta coloca a América Latina (región que hasta ahora ha sido marginal en geopolítica) en una situación precaria.  Como poder regional, los Estados Unidos defenderán su dominio en lo que, desde la antigua doctrina Monroe, han considerado como su “patio trasero.”  Estarán menos dispuestos que en otras regiones (la retirada de Siria es emblemática) a dejar un vacío que podrían aprovechar otras potencias (aunque tanto Rusia como China ya tienen una significativa presencia en el continente). Es de esperar una mayor injerencia, tal vez burda, en la región. 

La situación de América Latina es precaria por varias razones.  Los países de la región (con pocas excepciones) han tenido un crecimiento económico por debajo del crecimiento en otras regiones, aún por debajo del bajo crecimiento de los países más desarrollados.  Pero aun en aquellos en que se ha dado un mejor crecimiento, la poca sostenibilidad de las bonanzas, la desigualdad, la concentración enorme de la riqueza, la falta de inserción en cadenas productivas globales, y el vaivén que produce una excesiva dependencia de recursos naturales y en general de las commodities, han exacerbado la lucha de clases y deslegitimado las estructuras de poder, tanto democrático como autoritario.

En cada país una de las variables que acabo de citar es más saliente que las otras, pero el descontento popular se ha generalizado.  Aunque el peso de las causas es variable, las causas no están desconectadas.  En la superficie, la situación se muestra así: causas distintas con un mismo efecto. Lo que sí falta es un análisis integral capaz de explicar la paradoja.  Como indiqué en mi libro Strategic Impasse, hay signos fuertes de un agotamiento del capitalismo tardío a nivel global.  Entre los economistas del establishment la preocupación se expresa en un concepto: estancamiento secular.[3]  Pero estos conceptos son una mera aproximación: no hay una teoría general de la crisis del capitalismo tardío.  El acercamiento más completo está en el ya clásico libro de Thomas Piketty, El Capital en el Siglo 21, que sin embargo es fundamentalmente descriptivo.[4]  En suma, entre los mejores analistas hay preocupación sobre las desigualdades sociales y propuestas de establecer políticas fiscales, de inversión y de ingresos de alcance global que moderen la disparidad.  Entre ellas: impuestos a la riqueza y a la herencia, un salario básico universal, y una especie de nuevo New Deal global focalizado en inversiones en infraestructura y políticas ambientales sostenibles (Green New Deal). 

La otra carencia es de naturaleza política.  La expresión del descontento global contra el capitalismo tardío es por el momento muy contradictoria, con signos opuestos tanto progresistas como reaccionarios, en los que conviene señalar defectos muy serios.  Entre los reaccionarios el defecto principal es la caída en nacionalismos xenófobos y racistas, de corte neo-fascista.  Para parafrasear a Borges, estos movimientos “tienen todo el pasado por delante.”  Entre los movimientos de protesta progresistas, el defecto principal es la falta de organización y liderazgo sostenibles.  Para usar otra metáfora: como el Rio de la Plata, son muy anchos pero poco profundos.  Cunden en forma viral pero se agotan con la misma velocidad.

En mi modesta opinión, el mundo se encuentra hoy en una situación parangonable a la que, en menor escala, se encontraba el antiguo régimen francés en las postrimerías del siglo XVIII.


[1] Ver el libro excelente de John Lewis Gaddis, On Grand Strategy, New York: Penguin Books, 2018.

[2] Brexit ha puesto en vilo esta tradicional sabiduría inglesa.

[3] Larry Summers, “Secular Stagnation? The Future Challenge for Economic Policy,” Institute for New Economic Thinking, Toronto April 12, 2014

[4] Thomas Piketty, El Capital en el Siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, 2014

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