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Cultura y conflictos sobre prejuicio y discriminación

Nuestras culturas son inmensamente diversas, creativas y ricas en enfoques singulares para resolver problemas, sin embargo, también conforman el sustento de conflictos relacionados con el poder, los antagonismos y lo multicultural que llevan a estereotipar, al prejuicio y la discriminación.

La diversidad es una fuente rica en innovación, soluciones creativas, y singulares formas de adaptarse a ambientes cambiantes, sin embargo está rápidamente desapareciendo no sólo genéticamente sino también culturalmente, dado que el aislamiento lleva a la homogeneización de las interacciones y relaciones globales. Es por ello esencial que encontremos formas de beneficiarnos de la diversidad reduciendo los estereotipos, el prejuicio y la discriminación cultural, aprendiendo a colaborar más eficazmente en localizar soluciones más ricas y diversas a problemas transnacionales. Para ello, necesitamos apreciar la importancia de la diversidad, mejorar los métodos y técnicas que usamos para resolver las diferencias interculturales y descubrir formas de aplicarlas a gran escala.

Para empezar, podemos reconocer y apreciar que la cultura incluye todas las diversas formas en que las personas comprenden y aprenden a vivir en el mundo, cómo satisfacen sus necesidades, qué imaginan y sueñan, cómo se comunican y relacionan entre sí y con otros, por qué hacen lo que hacen, qué es lo que permiten y prohíben, cómo responden al cambio, cómo resuelven sus conflictos y cómo se relacionan con aquellos que son diferentes.

En este sentido, cada individuo, familia y pareja, cada grupo, organización y nación produce cultura. La cultura al mismo tiempo refleja y moldea qué y cómo comprendemos, pensamos y sentimos. Por esta razón, cualquier cosa que difiera con nuestras premisas y expectativas culturales limitan lo que somos capaces de percibir y comprender, bloqueándonos de experimentar lo que es extranjero o inimaginable, incluso dentro nuestro, y generando resistencia a la diversidad y al cambio.

Como resultado, la mayoría de las culturas implícitamente asume que son superiores a otras y que sus formas son “correctas” o “mejores”, sin embargo, no existe una escala absoluta mediante la cual un conjunto de valores culturales pueda ser juzgado como mejor que otros, excepto de acuerdo con algún estándar que es en sí mismo un subproducto de la cultura. Esto no significa que todas las culturas sean igualmente eficaces o exitosas, o que sean capaces de representar las visiones de todos sus miembros, o adaptarse a nuevas condiciones, o que sean buenas en la resolución de problemas, o que no exista algo como el aprendizaje, el progreso y la evolución culturales, o que todas las prácticas culturales sean sacrosantas, fuera de toda crítica, eternas e incapaces de mejorar.

Las culturas están basadas, en parte, en valores y los valores cambian a lo largo del tiempo. Cuando un valor dado gana reconocimiento dentro de una cultura, se transforma en un parámetro para juzgar otras culturas, especialmente a aquellas con valores opuestos o contrastantes. Todas las culturas “socializan” a sus miembros, les enseñan “las reglas” y los presionan para que se amolden a ellas recompensando su observancia y castigando el desvío y la desobediencia. Como observo Emile Durkheim “lo sagrado es lo que está protegido por las prohibiciones”.

Sin embargo, estas mismas prohibiciones y presiones para amoldarse pueden ser fácilmente extendidas hacia personas que viven en diferentes culturas, condiciones y períodos históricos. Asimismo, la mayoría de las culturas estimulan varios tipos de prejuicios y toleran la discriminación incluso contra sus miembros desviados, como forma de asegurar conformidad a través de la presión social. Estos prejuicios son expresados a través del ridículo, bromas, insultos y humillaciones discriminatorias que terminan en conformidad u ostracismo, reducción de status y una reducida capacidad de empatía que puede fácilmente transformarse en chauvinismo y violencia. Las personas en cualquier cultura quieren ser aceptadas, escuchadas, reconocidas y respetadas y como resultado caen fácilmente en denigrar y menospreciar a otros, especialmente cuando ellos son recién llegados o diferentes en alguna forma y pudieran ser tratados de manera similar.

Entre los dispositivos utilizados por las culturas para enseñar, socializar y unificar a sus miembros están no sólo los estereotipos, sino también los arquetipos, mitos sobre héroes y villanos, historias sobre el conflicto, parábolas sobre comportamientos y sus consecuencias, metáforas para procesar información, juicios para definirse a uno mismo y a los otros y “guiones” predefinidos para todas las ocasiones que acrecientan la unidad, muchas veces a costa de la comprensión. Como resultado, el stock de villanos está compuesto por apenas disimulados miembros de otras culturas, cuyas diferencias son temidas más que admiradas o de las cuales se pueda aprender.

Definimos nuestras propias culturas principalmente a través de las diferencias que guardan con otras culturas. Cuanto mayor sean las diferencias, más definida será la cultura. También las diferencias, como resultado de conflictos, pueden combinarse con miedo, codicia, ira, dolor y otras emociones incómodas, generando fácilmente malos entendidos, estereotipos y futuros conflictos. Como resultado, nuestra tolerancia a las diferencias decrece tanto cuanto aumentan la magnitud y la emocionalidad de nuestros desacuerdos. Así, cada cultura desarrolla técnicas para responder a los conflictos y mediar las diferencias culturales, generalmente sin transformar los prejuicios y estereotipos que se ocultan debajo de la superficie, sólo esperando emerger con todo su poder en desacuerdos futuros.

Por estas razones, es posible considerar a todos los conflictos como interculturales. Conflictos culturales pueden ocurrir, por ejemplo, entre aquellos que son precisos y aquellos que son ambiguos en las comunicaciones, aquellos que son abiertos o cerrados en revelar datos personales, aquellos que son formales o informales en los procesos, los que son demostrativos con los que restringen sus expresiones emocionales. Reiterados comportamientos de cualquier tipo en cualquier grupo, no importa cuán pequeño sea ese grupo, llevan a la creación de culturas, incluyendo las culturas del conflicto que reflejan las diversas maneras que las personas tienen para interpretar y responder a los desacuerdos, como por ejemplo, si están a la defensiva o escuchan, si ridiculizan o aprecian, si lazan una acusación contraria u ofrecen una disculpa, si buscan aislarse o colaborar.

Todas las culturas asisten a las personas a adscribir significado a los eventos, especialmente aquellos que suponen diferencias o conflicto. El eminente antropólogo cultural Edward T. Hall escribió, por ejemplo en The Dance of Life (1983), que algunas culturas son fijas y cerradas mientras que otras son fluidas y abiertas, especialmente en sus actitudes para con el espacio y el tiempo, pero también en sus enfoques sobre el conflicto.

Hall distinguió culturas de “alto contexto” de aquellas  de “bajo contexto” que se diferencian en el rol que juega el contexto para atribuir significado. En las culturas de alto contexto, especialmente aquellas que son fluidas y abiertas, como aquellas que surgen con colaboración, democracia y relaciones emocionalmente cercanas, mucho del significado del discurso emerge de su contexto. Por el contrario, en las culturas de bajo contexto, especialmente aquellas que son inamovibles y cerradas, como son aquellas que surgen del poder, la ley, la burocracia y relaciones emocionalmente distantes, la mayor parte, sino todo, el significado se expresa en las palabras precisas que son usadas y el contexto es menos importante—generalmente porque el contexto en sí mismo contiene significados contradictorios.

Es posible ir más lejos y decir que el prejuicio, los estereotipos y la discriminación operan precisamente minimizando el contexto, que podría de otra forma llevar a una comprensión más matizada de las diferencias, mayor empatía y una más profunda comprensión. Por otro lado, en relaciones colaborativas y circunstancias complejas donde el contexto es mucho más importante, la empatía es esencial si las diferencias en estatus social, riqueza económica y poder político fueran a ser comprendidas sistémicamente y no enteramente como falencias personales.

Por lo tanto, culturas con disímiles razas, géneros, religiones y visiones políticas requieren un alto grado de destreza en la lectura del contexto, no sólo para entender el significado de cualquier comunicación sino también para despertar empatía entre sus miembros y reducir el conflicto; mientras que culturas que están basadas en el prejuicio descansan en estereotipos y preconceptos que requieren poca o ninguna interpretación del contexto. Esto permite a las personas, por ejemplo, enarbolar el principio de igualdad formal o legal ignorando la prevalencia y persistencia de la discriminación actual que requiere de un contexto sociológico e histórico para entender, generando conflictos crónicos, por ejemplo, entre defensores y detractores de los programas de acción afirmativa (afirmative action).  Muchos desacuerdos políticos son atribuibles a esta diferencia de orientación.

Adicionalmente, casi todos los conflictos sociales, económicos y políticos aparecen como puramente personales, pero justamente están arraigados en expectativas, presupuestos y percepciones culturales implícitas no verbales, incluyendo mitos, arquetipos e historias que revelan sesgos ocultos. Sin embargo, en los diálogos y mediaciones interculturales, hemos descubierto que es posible incrementar significativamente la empatía, reducir prejuicios y el estereotipar, resolviendo disputas interculturales a través de clarificar el contexto en el cual ellos surgen, participando en diálogos abiertos sobre las diferencias, negociando soluciones colaborativas y explicitando y negociando las percepciones, presupuestos y expectativas culturales.

Las técnicas basadas en los intereses son útiles en reducir la construcción de estereotipos y prejuicios en disputas interpersonales interculturales, pero suelen ser menos exitosas cuando la fuente del conflicto se da a mayor escala, o es crónico y sistémico, o cuando surge de una prolongada historia de prácticas discriminatorias socialmente sancionadas, económicamente fortalecidas y políticamente legitimadas, y que está reforzada por una continua desigualdad social, inequidad económica o autocracia política.

Formas sistémicas de discriminación como ser “el racismo institucional”, no requieren ni descansan en el prejuicio personal, en los crudos estereotipos, ni en explícitas sesgadas expresiones. Por el contrario, imperceptible e implícitamente ligan valores de unidad, conformidad, uniformidad con el prejuicio y la discriminación, generalmente para mantener la dominación y el control de las elites privilegiadas y para reforzar la segregación social basada en estatus, riqueza y poder. Las más profundas raíces del prejuicio y la discriminación descansan menos en la maldad individual y el rencor personal, que en sistemas sociales, económicos y políticos que están basados en desigualdad, inequidad y autocracia.

 

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