Crisis económica global: ¿fin de las polí­ticas de recuperación ensayadas?

En la última asamblea del Fondo Monetario Internacional se pretendió imponer que la crisis económica global había llegado a su fin. Esta afirmación rapidamente comenzó a desmoronarse.En la última asamblea del Fondo Monetario Internacional se pretendió imponer que la crisis económica global había llegado a su fin. Esta afirmación comenzó a desmontarse cuando luego se anunció que el crecimiento del PBI de los Estados Unidos había retrocedido a 1,8% en el primer trimestre del 2011 y terminó de desintegrarse el viernes 3 de junio cuando se anunció que la mayor economía del mundo solo creó 54.000 empleos en mayo mientras que los principales analistas esperaban 165.000, cifra de por sí inferior a los 232.000 nuevos empleos creados en abril. Como consecuencia, la tasa de desempleo del país creció una décima a 9.1%.
A lo informado por el Departamento del Trabajo se agregó un amesetamiento y posterior descenso en la confianza del consumidor. En las rondas que siguieron a estos anuncios, Wall Street reflejó la desarticulación del montaje optimista respecto a la recuperación económica de Estados Unidos y el mundo. La confianza de los inversores se retrajo y los tres índices más importantes retrocedieron a valores de septiembre del año pasado: el Dow Jones cerró por debajo de los 12.000 puntos.

La reacción de los inversores habría sido aún peor si no hubiese sido porque, al mismo tiempo, se cerró con resultados parcialmente favorables un nuevo capítulo de la “tragedia griega”: el gobierno griego anunció que recibió el visto bueno de la Unión Europea y del FMI a las nuevas medidas adoptadas en materia de austeridad y de privatizaciones desbloqueando así el tramo correspondiente a junio del crédito internacional de 110.000 millones de euros ya concedido: esas medidas apuntan a reducir el déficit fiscal de 10.5 % hasta el 3% en tres años. Si este “maquillaje” sobre la gravísima situación griega -su deuda asciende a 145% del PBI- no hubiese tenido lugar, toda Europa hubiese estado en peligro ya que el “default” griego hubiese repercutido sobre el débil arreglo al que llegó Portugal, la frágil situación financiera de Irlanda, agravando además la crisis económica, social y política de España.

A cuatro años del inicio de la crisis global, nos surge una pregunta inquietante: ¿qué sucede realmente en la economía de los países centrales? A principios de junio el presidente Obama admitía que “estamos enfrentando algunos vientos en contra”; luego Ben Bernanke reconocía la desaceleración de la economía de los Estados Unidos y evitaba hablar de nuevos estímulos: “no habría un nuevo programa de estímulo por ahora”.

Más allá de la evidencia estadística y el reconocimiento oficial sobre el debilitamiento de la recuperación, debemos preguntarnos cuál es la verdadera naturaleza de este nuevo episodio, que no parece ser un debilitamiento coyuntural y temporario, como expresa el “relato oficial”. Una visión más realista diría que estamos ante un “globo” que se infló artificialmente en base a la inyección de una sobreoferta de liquidez (QE2) de 600.000 millones de dólares que está llegando a su fin sin que haya indicios de un programa de estímulo adicional. Es comprensible que las necesidades presupuestarias, el déficit fiscal y el nivel de endeudamiento de la economía norteamericana no permitan continuar con los sucesivos programas de estímulo económico con que se ha venido apuntalando la recuperación económica; probablemente la respuesta “benbernankiana” a la crisis haya llegado a su fin. Lo que no estaba previsto es que, luego de más de cuatro años de inyecciones de liquidez indiscriminadas en volúmenes nunca imaginados, la economía real no exhibiese claros signos de una recuperación sustentable. Y obviamente no logró generarla.
Sin embargo, lo que los líderes políticos de los países desarrollados no comunican con la sinceridad necesaria es que estamos iniciando un ciclo mucho más grave que una contracción coyuntural y temporaria como la que intenta caracterizar el presidente Obama al declarar: “últimamente son los elevados precios de la gasolina, el terremoto en Japón y las inquietudes fiscales en Europa los que explican el debilitamiento de nuestra economía”.

En mi opinión el problema es más profundo. Para comenzar, los mercados han advertido que se agotó el “combustible” de los estímulos, la emisión y la liquidez. O peor aún, han concluido que para seguir creciendo Estados Unidos requiere de déficit, deuda, emisión, esto es, lluvia global de dólares. Los mercados plantean que o frena la maquinita y se para la economía y sube el desempleo, o prende la maquinita, emite y se desborda de liquidez que no podrá ser absorbida y se transformará en inflación, pérdida de capacidad de compra, retracción de consumo y nuevamente recesión y desempleo: un círculo vicioso generador de un “globo” inflado en base a la sistemática inyección de una sobreoferta de liquidez para reactivar el consumo y por ende la actividad económica. Cuatro años más tarde el consumo sigue deprimido, la actividad manufacturera no repunta y el desempleo crece, ¿Cómo sigue entonces este relato que ya lleva cuatro años de impensables consecuencias?

Pienso que hemos llegado a un punto en que deberíamos aceptar que hay un cambio profundo en varios fundamentos de la economía capitalista mundial., agunos económicos, otros sociológicos. El consumidor cambió, no se lo “empuja a golpes de liquidez”. Hay incluso cambios de conducta y de valores. El ahorro pasó a ser una palabra y una actitud positivamente valorada por el consumidor y la sociedad. Infelizmente aún no por los gobiernos. Por lo tanto, percibimos que hay que aceptar que conviviremos con una tasa de consumo menor y, en consecuencia, con una tasa de crecimiento menor. Wall Street no regresará a sus días de fiesta artificial e irresponsable. Las tasas de crecimiento en el mundo desarrollado se aplanarán en valores menores. Hemos bajado un escalón, un cambio en la loca carrera del crecimiento y el consumismo. Las casas no recuperarán sus valores originales, los títulos no necesariamente recuperarán los precios de pre-crisis, y así muchas otras variables se ubicarán en un nivel más bajo, pero más realista. Hay que aceptar que en estos cuatro años se “quemó” un gran volumen de riqueza, y que pudo quemarse porque eran “papeles”. Poco a poco los inversores y sus agentes financieros irán perdiendo la ansiedad de una recuperación que nos retorne a valores de títulos y activos de pre-crisis. Sólo seguirán creciendo transitoriamente los valores de protección, que cada día se reducen a prácticamente el oro, las commmodities y los ladrillos.

La otra cara de la moneda de un crecimiento más moderado significa un escenario más favorable para el medioambiente y para los riesgos del cambio climático, mucho mayores que los derivados de la desaceleración de la economía. Si no se sigue emitiendo y si los gobiernos de los países centrales moderan el gasto, lentamente la economía irá absorbiendo los excesos de liquidez, aunque no sin turbulencias, y lentamente el mundo desarrollado irá reduciendo el gasto público, no sin dificultades políticas y sociales.

El lado más negativo de este probable escenario se da en la clásica ecuación económica que caracteriza la dinámica capitalista: consumo – nivel de actividad – nivel de empleo. Habrá que mirar más a China y a muchos otros países asiáticos para aprender a planificar y diseñar políticas de empleo. Seguramente tendrán un costo más bajo que los billones destinados a los varios programas de salvataje bancario y estímulo del consumo.

Mientras tanto los países emergentes continuarán su camino hacia un escenario de mayor desarrollo, quizás a un ritmo más lento si la economía y el comercio global languidecen; están en general mejor preparados para enfrentar una contracción de la economía mundial de lo que lo estaban en 2007. Sus equilibrios macro se han consolidado y, probablemente, un poco de agua fría aleje el recalentamiento y el fantasma de la inflación. Por de pronto, las bolsas de valores de Brasil, India, China e incluso Argentina, no se han hecho eco de las duras semanas que enfrentaron Wall Street y Europa.

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