¿Cómo parar a China?

El ascenso de China a una posición que pronto igualará y hasta superará el dominio norteamericano en poder económico y delantera tecnológica representa un desafío que las potencias de occidente deberían enfrentar con negociación y colaboración, y no con enfrentamientos tan inútiles como peligrosos.

 

 ¿Cómo parar a China? es una pregunta que se hacen los occidentales de todos los colores,  y sobre todo las dirigencias, desde los norteamericanos hasta los europeos, derechistas o liberales, progresistas o trumpistas, honrados o tramposos, conocedores o ignorantes, jefes de corporaciones o trabajadores en la cinta de montaje.

Treinta años de crecimiento al diez por ciento, que ahora está bajando a un nada alarmante seis, con una población que cuadruplica a la norteamericana (piense el lector que la población de los Estados Unidos representa sólo el 5,6% de la población mundial),  enormes inversiones, no sólo en infraestructura sino en capital intelectual, acompañadas por el correspondiente poderío militar, y últimamente una expansión por cinco continentes (préstamos, diques, puentes, carreteras y adquisición de bienes, desde puertos hasta enteras compañías[1]), hacen inevitable el avance chino a la primera posición en geopolítica y en materia de estrategia[2].

En los últimos tiempos China ha iniciado una revolución copernicana en su pauta de desarrollo: del modelo industrial-exportador a un modelo de modernización interna (lo que no impide una expansión exterior de tipo neo-colonialista de enclaves[3]), que podríamos llamar –modificando a Prebisch– una sustitución de exportaciones.  Los Estados Unidos lo hicieron desde siempre, y con mayor velocidad y voracidad después de la segunda guerra mundial.

En China este giro se da con una contradicción: el desarrollo del mercado interno coincide en estos días con una mayor centralización de poder en la figura de un presidente vitalicio y un partido único a su servicio.  Tenemos que tener cuidado con este tipo de advertencia, por razonable que parezca.  Desde el triunfo de la revolución china en 1949, todos los expertos occidentales sostuvieron que el modelo de acumulación no era sostenible.  Mas adelante, ya muerto Mao y bajo la dirección de Deng Xiaoping, la vuelta hacia un capitalismo dirigido bajo un partido único fue considerada explosiva sino imposible.  De cabo a rabo se equivocaron, por lo que hablar de una contradicción en los modelos chinos es siempre riesgoso.  Sin embargo, podemos decir que la maduración de una sociedad civil pujante no es a la larga compatible con un fuerte autoritarismo, no sólo porque una gente mas holgada en lo económico piensa mas y mejor y es reacia a seguir los caprichos burocráticos de una dictadura, sino también porque el autoritarismo es capaz de frenar la innovación técnica y económica en la que se ha basado, entonces y ahora, la legitimidad del régimen.  Manejar esta contradicción es algo difícil pero no imposible.

Para aclarar este último punto, corresponde señalar que hay dos tipos fundamentales de legitimación del poder: legitimación de origen (por insumo), y legitimación por resultado.  Para afinar la distinción, citaré nuevamente la remanida frase de Abraham Lincoln, referida a la democracia: un gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo.  Tras la muerte de Mao, la elite comunista china adoptó como modelo de desarrollo un capitalismo dirigido por el estado hacia el bienestar económico del pueblo.  La legitimidad del sistema se ha basado casi exclusivamente en los resultados.  La otra legitimidad, por origen o insumo, es decir, la participación del pueblo en la formulación de proyectos y la crítica de ciertos resultados, fue un tabú sostenido con el control policial y la represión.  En pocas palabras y en simple inglés: output legitimacy over and above input legitimacy.  Curiosa ironía la de un partido comunista de vanguardia que desconfía del pueblo como lo haría  el prototípico burgués.

La situación occidental es simétricamente opuesta.  Hay una caída fuerte de la legitimidad por resultados, por varias causas principales en materia económica:  un crecimiento muy lento, una sujeción a crisis cíclicas cada vez mas graves, una recuperación anémica de las mismas, y una fuerte desigualdad en los resultados.  Esto genera una crisis de representación, y una movilización “del pueblo y por el pueblo” (o una parte importante de él) de naturaleza secundaria, es decir, como reacción a la caída del nivel de vida asociada a una aguda desigualdad.  Por el momento es una movilización difusa y reaccionaria, explotada por demagogos y populistas de ocasión, con ribetes nostálgicos de un autoritarismo severo y deseos de retorno a un pasado ilusorio.

Esta reacción ha tomado por sorpresa a las élites tradicionales  (tecnocráticas)[4] de occidente y ha hecho llegar al poder a populistas improvisados, que explotan los temores y ofrecen chivos expiatorios, sobre todo a una población en retroceso económico y demográfico.  Los movimientos de “supremacía blanca” en un mundo globalizado y mestizo son un grito desesperado de retaguardia frente a la amenaza de una pérdida de status frente a nuevos y distintos sectores de la población.  Debo recordar al lector, sobre todo a quien se alarma por el aparente retorno “del fascistaje”, que la revoluciones del pasado que echaron por tierra a viejos regímenes (casos paradigmáticos: la caída del ancien régime francés en 1789 y años sucesivos, y la revolución inglesa de un siglo anterior [1642-1651)) se iniciaron como protestas reaccionarias frente al status quo, y luego fueron evolucionando hacia destinos insospechados, entre ellos una mayor democratización, previo paso por dictaduras.  En estos días, estamos presenciando en occidente  una insurrección difusa contra el establishment de la globalización[5], es decir, contra nuestro ancien régime.  Esta, como aquélla, evolucionará hacia destinos insospechados.

Dado el ascenso visible de China a una posición superior en geopolítica, y dada la confusa distracción de la potencia otrora dominante y sus aliados (los EEUU y Europa, seguidos por Japón)[6], se están construyendo las bases de un conflicto mayor, que podría desencadenar un enfrentamiento militar estilo siglo 21 (es decir, mas electrónico que nuclear).  Un historiador de Harvard, citando (mal) las reflexiones de Tucídides sobre Atenas y Esparta en las guerras del Peloponeso, sostiene que tal situación es una trampa de guerra segura[7].  No lo creo así, ni entonces ni ahora.

La inexorabilidad histórica es una falacia retrospectiva del tipo post hoc, ergo propter hoc (porque algo sucedió, era inevitable que sucediese) que no tiene en cuenta ni el genio inventivo ni la estupidez humanas.  Sin la arrogancia ateniense, fruto ayer como ahora del aplomo superior de quien no conoce la duda ni se aviene a ponerse en el lugar de su rival, Esparta hubiera llegado a un arreglo, y Atenas hubiera sobrevivido para gozar de su mentada democracia de un modo menos efímero que el de su triste destino.[8]

Frente a una cada vez mas visible decadencia, las elites occidentales quisieran poner freno al avance chino. A mi modesto juicio, la estrategia es equivocada pero no por ello menos peligrosa.  Descartemos de entrada la supuesta tregua entre las dos potencias anunciada en la reunión del G-20 en Buenos Aires. No está para nada claro en que consiste ni si va a durar.  Mas que a los exabruptos del señor Trump en diciembre, conviene recordar las palabras de su vicepresidente en Papua Nueva Guinea en octubre, con las que declaró abiertamente el inicio de una nueva guerra fría.  El señor Pence lo expuso claramente: si los Estados Unidos pierden la iniciativa en las nuevas tecnologías, se verán pronto abrumados por la ventaja numérica de China, en proporción de cuatro a uno.  Si occidente permite que China continúe a “robar” propiedad intelectual, obligar a las compañías occidentales que invierten en China a compartir tecnología, o adquirir esas mismas compañías en los países occidentales, China igualará primero y luego superará a las potencias hoy dominantes.  Algunas de estas exigencias parecen razonables, pero es también razonable pensar con los chinos que, aun en caso de aceptar algunas de ellas, el objetivo americano es impedir una presencia china en el terreno de semiconductores, inteligencia artificial y robótica.  Tal pretensión no es, para los chinos, negociable, y se reduce a una exigencia de capitulación inaceptable.

Frente a estas exigencias yo diría que, aunque China sufra uno que otro revés, alia iacta est, es decir, desde un punto de vista geopolítico la suerte está echada.  China invierte el 2,1 por ciento de su producto bruto interno en investigación y desarrollo de tecnología de vanguardia (en el 2000 invertía el 0,9 por ciento).  No sólo la cantidad, sino la calidad de las patentes chinas han subido mucho en los últimos años.  Cientos de miles de estudiantes chinos se han formado ya en las mejores universidades norteamericanas, una apertura académica que ha aventajado a su país en el desarrollo tecnológico.  Aun frenando esa inmigración temporaria, el capital humano chino ya existe y se reproducirá sin necesidad de “robarle” nada a nadie, ni de copiarle tampoco.  El ascenso de las universidades chinas en la escala mundial de reputación ya es asombroso.

Si hay barreras a la vorágine del desarrollo chino, estas serán más internas que cualquier política agresiva (léase mercantilista) de occidente.  El envejecimiento de la población china y la centralización política bajo Xi Jinpin pueden frenar la innovación.  Pero lo que está en marcha seguirá su curso.  La negociación inteligente y no la confrontación (producto del miedo que genera una arrogancia sorprendida en su torpor) es el camino inteligente a seguir, para llegar a un acomodamiento mutuo, sin pretensiones de “suma cero.”

Las autoridades chinas entienden y respetan las posiciones fuertes, pero no en cambio las confrontaciones erráticas y arbitrarias.  Y tampoco aceptan un tono de imposición que les hace recordar la humillación de otras épocas.  Lamentablemente, los Estados Unidos en su presente “liderazgo” sólo son capaces de concesiones superficiales y cosméticas, y desprecian no sólo una verdadera colaboración con su rival chino, sino también el aporte de sus aliados.  De seguir así bien podríamos caer en la “trampa de Tucídides”, no por fatalidad sino por estupidez.  En tal caso deberíamos bautizarla como “la Trumpa de Tucídides.”

 

[1] No crean los argentinos que la expansión china ya no sólo en lo económico sino en estrategia militar, es algo exótico y distante.  Para muestra de que no es así basta ver algún artículo sobre la base aeroespacial china en la Patagonia: https://www.nytimes.com/es/2018/07/28/china-america-latina-argentina/ En materia de seguridad interna la llegada de tanques chinos para proteger a los lideres el G-20 es un anticipo del futuro que nos espera. https://autoblog.com.ar/2018/11/13/llegaron-los-blindados-chinos-para-la-cumbre-del-g20-en-buenos-aires/

[2] Ver el desarrollo de la nueva “ruta de la seda.” https://elpais.com/economia/2018/11/30/actualidad/1543600537_893651.html

[3] Tal como lo explicaron en su época los sociólogos Enzo Faletto y Fernando Henrique Cardoso (Desarrollo y dependencia en América Latina.  Buenos Aires: Siglo XXI, 1977).

[4] La prensa occidental “seria” trata de traducir la rebelión desde los datos económicos a los datos de opinión política, sin darse cuenta que el tema es sociológico.

[5] Una vez mas, en Europa Paris es el epicentro de la insurrección.

[6] El tema de la distracción interna es tratado en mi reciente libro Strategic Impasse.  Social Origins of Political Disarray, New York & London: Routledge, 2018-19).

[7] Para Graham Ellison, la cuestión definitoria de esta época es si China y los Estados Unidos caen o no en la “trampa de Tucídides”, la lógica fatal que lleva a dos rivales geopolíticos — uno establecido y el otro ascendiente– a un conflicto por las armas.

[8] Todo el mundo sabe que Atenas inventó la democracia, pero no que ésta acabó en guerra civil. Y se acabó.

 

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