Cómo funciona una patria financiera

Más peligrosas que los paraísos fiscales son las grandes patrias financieras.

Más peligrosas que los paraísos fiscales son las grandes patrias financieras. Cuando el Primer Ministro inglés David Cameron vetó la decisión europea de hacer un nuevo pacto fiscal, y condenó a los países del continente a reducir el número de participantes de 27 (la comunidad en sentido lato) a 17 (los países que usan el euro como moneda) ejerció –con pésima diplomacia es cierto—una antigua política británica que consiste en adherir a las ventajas de un mercado común sin perder un ápice de soberanía. Desde hace mucho esa política le valió al Reino Unido el apodo de “pérfida Albión.” En este caso particular el contencioso giró en torno a la regulación del sector bancario. Los eurócratas continentales quieren un mayor control de los bancos, en especial un aumento de la capitalización, para evitar la repetición de la crisis financiera que se desencadenó en los Estados Unidos en el 2008 y afectó a todo el sistema global. El Reino Unido es para los bancos internacionales que operan en su seno, una verdadera “patria financiera,” a condición de tener el grado máximo de libertad en sus operaciones globales, con ventajas fiscales e impositivas tanto para si mismos como para sus clientes, globales ellos también. Someterse a la regulación continental europea significaría perder muchas de esas ventajas, sobre todo en la concurrencia con otros centros similares –las otras “patrias financieras”: EEUU, Suiza, y eventualmente Hong Kong o Shangai. Curiosa contradicción: las grandes casas bancarias son apátridas en sus operaciones y en sus beneficios, pero muy patriotas cuando toca defender estos últimos. Juegan con el dinero ajeno pero se resisten a secuestrar sus ganancias en la propia capitalización. Prefieren que éstas se distribuyan entre sus jefes y ejecutivos, pagando pocos impuestos y dejando sólo una parte de ellas a los accionistas y depositantes. Cuando sufren pérdidas por inversiones riesgosas o fraudulentas, se las arreglan para que accionistas y clientes soporten la penuria, y en caso de llegar al borde de la bancarrota, piden ayuda a los bancos centrales (cuyos fondos provienen de contribuyentes nacionales) para obtener liquidez. En suma, privatizan ganancias y nacionalizan las pérdidas: son apátridas en la buena y patriotas en la mala. Las “patrias financieras” no son ni un país, ni siquiera una ciudad: son barrios. En el caso de Londres, el barrio es la City, y en el caso de New York el barrio se llama Wall Street. Cuando les va mal acuden a la “patria grande” para salvar el pellejo. En el capitalismo tardío y decadente, la cola mueve al perro y la especulación domina a la producción. Ahora se entiende la actitud de Cameron (cuya empresa electoral recibió cuantiosas contribuciones del sector financiero): envolverse en la bandera inglesa para proteger a la City y evitar que ésta emigre de Londres y vaya a sentarse en otro país, tal vez menos cómodo pero igualmente manejable y corruptible, donde la “industria” mas jugosa sea simple y llanamente la piratería del dinero.

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