China: rumbo sistémico y tipo de acumulación

En las últimas décadas China ha crecido a muy altas tasas posibilitando que centenares de millones de sus habitantes pudieran salir de la pobreza y se integrasen al desarrollo nacional. Al mismo tiempo se verificó un proceso de diferenciación y de desigualdad social sin precedentes en su historia. Hoy China enfrenta el desafío de definir cómo sigue el proceso iniciado: cuál es el rumbo sistémico deseado y qué tipo de país, de sociedad, de economía se procura construir.En las últimas décadas China ha crecido a muy altas tasas posibilitando que centenares de millones de sus habitantes pudieran salir de la pobreza y se integrasen al desarrollo nacional. Sin embargo, al mismo tiempo se verificó un proceso de diferenciación y de desigualdad social sin precedentes en su historia. Este proceso tan dinámico y pleno de tensiones se sustentó en la necesidad de iniciar primero y consolidar después, una transición hacia una sociedad china con más altos índices de consumo y mejoras en los niveles de vida. El liderazgo político del país (conformado por el Comité Central, el Politburó, el Comité Permanente y el Secretario General del Partido Comunista Chino) impuso un nuevo rumbo económico movilizando fuerzas productivas hasta entonces represadas. Los resultados logrados incluyeron un acelerado crecimiento con fuertes migraciones rural-urbanas, un salto hacia delante en el desarrollo tecnológico, la ya mencionada acentuada diferenciación social y, entre otros efectos, la emergencia en buena parte de su población de valores individualistas y consumistas alentados por una publicidad y organización comercial importada de Occidente.

Hoy China enfrenta el desafío de definir cómo sigue el proceso iniciado; en particular, cuál es el rumbo sistémico deseado y qué tipo de país, de sociedad, de economía se procura construir.

La miopía occidental cree (o desearía) que China “completase” su transición hacia una economía de mercado, como si esa hubiese sido la intención de su dirigencia política y la de sus seguidores. Esa perspectiva postula que China promueva mayor competencia fortaleciendo al sector privado para que, al igual que en Europa, Estados Unidos y los demás países afluentes de Occidente, lidere la marcha y desde esa plataforma de poder, cuanto más rápido mejor, incida fuertemente sobre el destino nacional. Este imaginado tipo de transformación de China consagraría la prevalencia del capital a escala global.

Por eso ciertos “analistas” occidentales proponen (i) una mayor independencia de la banca extranjera en China para que pueda desarrollarse y lucrar sin las regulaciones que hoy deben respetar en el mercado financiero de mayor crecimiento en el mundo; (ii) desmontar las grandes empresas estatales chinas a pesar de haber sido modernizadas y reportar una enorme rentabilidad, que aquellos “analistas” atribuyen exclusivamente a las prerrogativas financieras de que gozan; (iii) combatir hasta eliminar la corrupción que crece de la mano del poder público a través de reducir el poder del Estado, como si la corrupción no fuese también un mal endémico en las sociedades occidentales regidas por la iniciativa privada [[Ver [Nos han robado hasta la primavera.->http://opinionsur.org.ar/wp/nos-han-robado-hasta-la-primavera/ Opinión Sur, septiembre 2012]] ; (iv) asegurar una mayor transparencia social de lo que sucede en el país y una mayor participación ciudadana en las decisiones estratégicas, algo realmente necesario aunque, vale reconocer, tampoco brillen esas características en las democracias occidentales en épocas “normales” y menos aun en el transcurso de la actual crisis que atraviesan.

Estas y otras cuestiones son “analizadas” por observadores occidentales sesgados por su propia cosmovisión, ideología e intereses. Sus opiniones son presentadas como únicas y universales verdades cuando en realidad expresan muy particulares puntos de vista; eso sí, tienen por detrás un impresionante aparato ideológico-mediático que hace resonar esas voces por sobre otras múltiples opciones estratégicas. Resultaría más significativo en cambio preguntar qué se proponen los propios líderes chinos, cuál es la lógica que buscan imponer, a qué tipo de racionalidad sistémica aspiran y hasta donde el orden social existente será capaz de asegurar el nuevo derrotero que se propone. Derrotero que, por cierto, nunca será lineal ya que es el resultado de cambiantes circunstancias dentro de las que pesan muy fuerte las pugnas y tensiones entre las diversas fuerzas que convergen sobre el liderazgo nacional, regional y local.

Aspectos críticos a resolver

(i) Motivación/valores/utopía referencial

Es entendible que después de un largo período de privaciones y sacrificios para sentar las bases de una nueva sociedad, y una vez flexibilizado el sistema de gestión con una considerable apertura a la tradicional capacidad emprendedora del pueblo chino, se de un fuerte movimiento pendular hacia la libre iniciativa de millones de individuos. Esta nueva dinámica económica ha generado permanentes incrementos en la capacidad de producción del país sostenidos, por un lado, por la fenomenal expansión del mercado interno y, por otro, por exportaciones aprovechando ventajas competitivas basadas en importantes diferencias organizativas, financieras y salariales.

Los emergentes sectores medios tienen en su pasado una experiencia de sobriedad en el gasto y necesidades represadas que, al acceder a un poder de compra inédito para ellos, se desborda hacia un consumismo casi desenfrenado por bienes y servicios no básicos. A este consumo se suma otro de bienes esenciales por parte de migrantes rurales que no dejan de converger hacia los centros urbanos atraídos por oportunidades laborales que les resultan superiores a las que acceden en sus lugares de origen.

En este contexto de súbita movilidad social, de disponibilidad de crecientes ingresos, de satisfacción de necesidades básicas contenidas que, una vez cubiertas, se desliza hacia una suerte de alienación consumista, ¿qué valores emergen en lugar de los tradicionales; cuál pasa a ser la motivación prevaleciente de las grandes mayorías emergentes; será posible sostener una utopía referencial de solidaridad y cohesión social?

El mono, ¿baila siempre por plata o lo hace cuando está atrapado por la alienación y quienes se benefician con ella? Quizás las personas adhiramos a otras motivaciones aun en épocas de abundancia sin sucumbir al desenfreno siempre y cuando nos alentasen y educasen para dejarlas florecer. Tal vez la paz social, apoyar a los desposeídos, cuidar el medio ambiente, reducir la ansiedad, la angustia existencial, la desorientación, aprender a escuchar, comprender a los demás, actuar fraternalmente, construir comunidades en las que sea grato vivir, ayudar a quienes necesiten ser contenidos, no terminen siendo tan sólo ingenuidades, idealizaciones inalcanzables, sino valores que pueden adoptarse como referencias –utopías sí pero referenciales- que sirvan para identificar y delinear un mejor rumbo para todos.

El ciudadano chino, así como el latinoamericano, el africano, el asiático y ahora, quizás mucho más que antes de la crisis, el europeo y el estadounidense, ¿querrá, sabrá, podrá salirse de las trampas y perversidades de sociedades en las que el privilegio oprime a las mayorías; sociedades en las que se premia la especulación, se condona la corrupción, se castiga a indefensos y vulnerables?

(ii) Conducción sistémica/ liderazgo

Las cosas no suceden porqué sí sino porque se activan intereses que, por la fuerza o con astucia, logran apoderarse de muy críticos espacios de decisión económica, mediática, política, educacional. Son actores de carne y hueso que detentan privilegios a expensas del resto de nuestras sociedades y que, consciente o inconscientemente, trabajan, operan para preservar sus privilegios. De ahí que apunten siempre a controlar los liderazgos a nivel local, nacional o global que es una forma efectiva de incidir sobre la conducción sistémica, condicionante de toda la gama de esfuerzos sociales e individuales.

Por toda una serie de factores que han sido analizados por la sociología y la economía política contemporánea, hoy es el capital financiero quien controla el timón global y de la mayoría de las jurisdicciones nacionales [[Entre otros textos pueden consultarse El casino que gobierna el mundo, mañas y trampas del capitalismo financiero, de Juan Hernández Vigueras y Crisis global: ajuste o transformación, del autor de este artículo.]]. Es tal el poder que acumulan los grandes grupos financieros que no hay ámbito donde sus voces, pocas veces desembozadamente y muchas más en forma encubierta, no resuenen y se impongan por sobre las demás.

¿Será el caso que también terminen apropiándose del timón de la nueva China? ¿Cómo frenar un poder que en Occidente es mucho mayor que el de los estados nacionales? ¿Es el consumidor chino, los nuevos sectores afluentes o la conducción política nacional –el mercado o la política- quien definirá el nuevo curso del país?

La participación democrática de los ciudadanos es un valor político esencial pero, alerta, no pueden ignorarse los altos grados de imperfección de las democracias occidentales en las que priman serías trampas de desigualdad que condicionan su representatividad y significación. Es que quienes detentan el poder económico tienen una enorme capacidad de manipular la opinión pública de modo que el ciudadano común termine defendiendo intereses que los perjudican. Esos intereses ligados al privilegio no pueden, por cierto, exponerse con transparencia: camuflarlos hace parte del ADN del privilegio ya que sería imposible sostener sus prerrogativas si las enunciasen abiertamente. Cuentan para ello con la complicidad del poder mediático y de ciertos sectores de la política y del sistema educacional que sostienen instituciones y promueven valores que traban los cambios y transformaciones.

(iii) Generación y extracción de valor

El gobierno de China incide de forma determinante sobre qué se produce y quiénes lo hacen: la prioridad debiera ser bienes o servicios social y ambientalmente necesarios, y no productos destructivos como armas, contaminantes, drogas, entre otros. Ya el país definió que no se focalizará en productos poco elaborados sino con valor agregado que son los que tienen mayor capacidad de retener localmente efectos multiplicadores en desarrollo tecnológico y utilización de fuerza de trabajo.

Una crítica opción sigue siendo si China invertirá sus mejores esfuerzos en promover su economía real o facilitará el desarrollo de la especulación financiera y comercial, que no genera sino extrae valor. Especulación que, en lo financiero, tiende siempre a sostenerse con turbios manejos del riesgo, el acceso a información privilegiada, aprovechándose de incautos y de actores vulnerables, condicionando políticas y reguladores. La extracción de valor podría también proyectarse a nivel internacional si China impusiese a naciones más débiles y/o gobiernos corruptos condiciones de expoliación en la explotación de sus recursos naturales (minería, acuíferos, bosques, pesca) o, también, imponiendo precios desfavorables gracias a su posición dominante de mercado. La experiencia de los países en desarrollo respecto a otros polos de poderío mundial ha sido por demás traumática.

(iv) En última instancia ¿quién acumula y para qué?

En China, como en cualquier economía, una variable decisiva es quiénes producen y, en particular, quiénes de los millones de productores acumulan los principales excedentes. El Estado tiene enorme incidencia en esto ya que interviene en el proceso productivo por medio de sus propias corporaciones y a través de regulaciones, financiamiento y la estructura impositiva que define la distribución de la carga tributaria y la asignación de lo recaudado (inversión pública, subsidios y gastos corrientes). En el caso de China, la intervención estatal es determinante tanto a nivel de regulaciones como de la cuantía de excedentes y financiamiento que controla; el Estado conserva firmemente en sus manos el timón de la economía y tiene decisión mayoritaria sobre dónde y cuánto se invierte, configurando de este modo el modelo de desarrollo nacional y regional deseado.

El Estado chino obtiene recursos a través de diversas fuentes, entre otras, (i) el cobro de impuestos, tasas y contribuciones, (ii) sus colocaciones financieras (es el principal acreedor mundial), (iii) la generación directa de valor a través de grandes corporaciones estatales en sectores estratégicos como banca, comunicaciones, sector energético (donde controla la exploración y la producción), y (iv) su capacidad de endeudamiento.

El liderazgo político comprende perfectamente que, iniciado un proceso de acumulación concentrado, los recursos en manos de un puñado de actores sustentan fuerzas políticas, sociales y comunicacionales que son difíciles de contener y se combinan para reproducir la dinámica concentradora. Cambiaría la correlación de fuerzas prevaleciente haciendo más difícil introducir reformas para impedir la acelerada diferenciación social. Es que la concentración del poder económico posibilita la emergencia de mercados oligopólicos y el desarrollo de ventajas competitivas en ciertos actores privilegiados que les permite obtener ganancias extraordinarias a expensas del resto. Además, como lo demuestra la génesis de la actual crisis global contemporánea, la concentración del poder económico tiende a imponer laxas regulaciones de modo de operar casi sin controles, lo que facilita conductas abusivas y mecanismos de evasión de responsabilidades legales y sociales.

Una opción estratégica para China es promover la formación de capital en aquellos sectores mayoritarios que hasta ahora han recibido menores resultados del crecimiento económico. El propósito es movilizar el talento y la potencialidad productiva que anida en esos sectores absurdamente desaprovechados y, con ello, lograr al mismo tiempo varios efectos: contribuir al desarrollo económico local, mejorar la distribución del ingreso y reducir paulatinamente la dependencia de las propias políticas redistributivas.

Esta acción transformadora no se agota con tan sólo canalizar financiamiento hacia los sectores mayoritarios: requiere que se lo haga efectiva y responsablemente, asegurando sustentabilidad a las soluciones productivas que se adopten y promoviendo actores económicos que no afecten el medio ambiente y la cohesión social. Existen para ello mecanismos e ingenierías organizativas disponibles que permiten articular pequeños productores hoy dispersos con socios estratégicos y aportantes de capital en empresas de porte medio capaces de acceder a un más alto umbral de oportunidades. Esta acción de amplia movilización productiva lleva a un nuevo tipo de acumulación nacional donde el Estado y las grandes mayorías hacen de columna vertebral del desarrollo: constituyen un crítico sustento social, económico y, por tanto, político, para un crecimiento orgánico no concentrador.

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