Capitalismo, ¿sistema eterno?

Hay quienes piensan que el capitalismo concentrador es la única forma como puede funcionar una economía, nuestros países, el planeta todo. Reconocen que es un sistema imperfecto pero afirman que no hay otro mejor, parecido a lo que se suele decir de la democracia (que es el menos imperfecto de los sistemas de gobierno conocidos). Para ellos el capitalismo contemporáneo sería una última instancia en el desarrollo de los sistemas económicos; un ilusorio y por cierto fantasioso fin de la historia; algo que llegó para quedarse; que puede ajustarse en algunos aspectos pero que, en esencia, pasa a ser un sistema eterno.

Esta visión expresa cierta ignorancia o soberbia, cualidades que suelen crecer aunadas, aunque también podría considerarse que constituye una defensa a nivel ideológico de los privilegios adquiridos por quienes se han beneficiado con el proceso concentrador de la riqueza que predomina en casi todo el mundo. La historia, las ciencias sociales, la experiencia de comunidades y sociedades demuestran que no existen sistemas eternos ya que esa eternidad es de naturaleza imposible. Ernesto Sábato decía con fina ironía que “los Sistemas Eternos tienen una característica: duran muy poco. Todos ellos aspiran a la Verdad Absoluta, pero la historia de la filosofía es la historia de los Sistemas, o sea la historia del Derrumbe de los Sistemas”.

El capitalismo como hoy lo conocemos ha provocado avances y también tremendos impactos negativos: fuerte extracción de valor por sectores minoritarios, desigualdad y conflictividad social y entre países, deterioro ambiental, recurrente inestabilidad sistémica, consumismo irresponsable, sistemas delictivos agravados, migraciones no deseadas, concentración mediática, manipulación del sistema democrático con graves secuelas en cuanto a representatividad y gobernabilidad, prevalencia de valores de codicia y ninguneo de los otros, alienación y pérdida de sentido existencial, para nombrar algunos de los más importantes. Esas consecuencias negativas del funcionamiento del capitalismo concentrador hacen parte de las llamadas “externalidades”, quizás no deseadas pero que se desprenden, o son previsibles resultados, de esa particular forma de funcionar.

Para encarar esas externalidades no deseadas se han desplegado muy diversos esfuerzos intentando contener los aspectos más “salvajes” del capitalismo contemporáneo, de una forma u otra ligados a su naturaleza concentradora. Se habla entonces de un desarrollo sustentable, un desarrollo con rostro humano, un capitalismo inclusivo, un capitalismo responsable y hasta de un capitalismo socialista (para poder integrar a China dentro de la familia de capitalismos). Son intentos valiosos orientados a ajustar una trayectoria que para favorecer a ciertas minorías pone en riesgo la suerte del planeta todo. No pudieron, sin embargo, transformar un hecho esencial del capitalismo, cual es que el capital termina siendo el organizador en su propio beneficio del sistema económico global y de los sistemas nacionales. El capital concentrado detenta el suficiente poder para incidir de una forma determinante sobre la política y los gobiernos, así como sobre los valores sociales y los mecanismos que los imponen (medios de comunicación, sistema educativo, usinas de pensamiento estratégico, entre otros). Esto se agrava cuando un segmento del capital, el capital financiero, en buena parte parasitario en el sentido que no genera sino extrae valor, desplaza al capital productivo del timón del sistema económico y político.

De todos modos, los intentos transformadores permitieron visualizar que pueden existir otras formas de funcionamiento socioeconómico y que para acercarse a ellas toca, por un lado, preservar lo valioso de los logros hasta ahora alcanzados y, al mismo tiempo, desmontar aquellos grandes privilegios que, focalizados en asegurar su reproducción, impiden cambiar el presente rumbo sistémico.

Vale aclarar que la energía transformadora no busca eliminar el capital como factor productivo sino que procura cambiar su naturaleza concentradora, democratizarlo para que pertenezca a todos y no sólo a algunos actores, ponerlo en igualdad de condiciones con los demás factores que hacen posible el proceso productivo. Esto es, que todos los actores que participan del proceso de desarrollo a nivel local, nacional y global, preservando sus derechos individuales y la diversidad de identidades que enriquece el funcionamiento social, subordinen sus intereses y apetencias económicas al bienestar general y a la sobrevivencia del planeta.

Es que un sistema económico que crece produce excedentes que con el tiempo se van acumulando. Esa acumulación de excedentes puede concentrarse en pocas manos o, alternativamente, distribuirse con distintos grados de equidad a toda la población, sea directamente o a través del Estado que los canaliza para proveer justicia, seguridad, servicios sociales y productivos. Si el Estado es dominado por sectores minoritarios impone reglas de funcionamiento que tienden a generar o a facilitar concentración, posibilitando que esas minorías obtengan desorbitados privilegios [[Miles de ejemplos de “desorbitados” privilegios pueden encontrarse en todos las latitudes de este planeta. Baste señalar como una inaudita referencia que la fortuna que poseen las tres personas más ricas de los Estados Unidos equivale al producto bruto interno de casi medio centenar de países del mundo en desarrollo: ¡tres personas poseen por si solos mayor riqueza que la que, en conjunto, disponen cientos de millones de seres humanos!]] . Lo que no explicitan es que ese tipo de privilegios se logra aprovechando toda la infraestructura existente que nuestras naciones generaron y, con frecuencia, a costa del bienestar de los demás.

Pocas veces la imposición de políticas concentradoras es tan burda que resulta fácilmente reconocible. Si fuera así sería más probable que los perjudicados reaccionasen y se organizasen para desmontar los desorbitados privilegios. Lo que generalmente ocurre es que se utilizan sutiles mecanismos de extracción de valor [[Ver algunos de esos mecanismos en el artículo [Diferenciar generación, redistribución y extracción de valor->http://opinionsur.org.ar/Diferenciar-generacion?var_recherche=Diferenciar%20generaci%C3%B3n%2C%20redistribuci%C3%B3n%20y%20extracci%C3%B3n%20de%20valor%20].]] que posibilitan concentrar riqueza de forma más o menos encubierta; la riqueza va acumulándose en pocas manos generando una dinámica que se alimenta a sí misma y se acelera con el tiempo.

A esta dinámica de acumulación basada fuertemente en la extracción de valor y en la obtención de ganancias extraordinarias se suma una enorme manipulación de la opinión pública para encubrir sus consecuencias y minimizar reacciones adversas. Quienes se benefician con la concentración logran este propósito a través de financiar, adquirir o influir sobre medios de comunicación, instituciones educativas y usinas de pensamiento estratégico que terminan siendo afines o funcionales a sus intereses.

Estas instituciones promueven la noción que el capitalismo contemporáneo, aun con sus imperfecciones, es lo que hay y ningún otro sistema podrá exitosamente reemplazarlo. Ponen como ejemplo el fracaso de la experiencia comunista y el ir y venir de las ideas socialistas. Se dicen defensores de los derechos humanos aunque prime en el mundo una tremenda desigualdad y miles de millones de seres humanos no accedan a niveles aceptables de bienestar físico y psicológico; pregonan la libre expresión y circulación de ideas pero condicionan duramente su generación y diseminación; hablan de democracias representativas pero manipulan el sistema democrático afectando la representatividad de quienes son electos y la propia gobernabilidad democrática.

Con tan poderosas fuerzas predicándola no debiera sorprender que perdure la creencia que más allá del capitalismo no hay sino un enorme, peligroso e imprevisible gran vacío, tan desconocido, y por ignorancia amenazante, como aquel otro de fines del Siglo XV cuando los europeos temían enrumbar sus carabelas hacia el occidente porque muchos creían que el océano terminaría abruptamente.

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