Aquellos polvos trajeron estos lodos

Bajo la caótica administración de Trump, los Estados Unidos se encaminan hacia un sistema autoritario, no representativo, y desprolijo, que culminará en una división tajante de estados y regiones.  Las disfunciones de un modelo constitucional diseñado para otra época y explotado en la actual por un solo partido bicéfalo (plutócratas junto a bajos sectores reaccionarios), han llevado al encaramamiento en el poder de un aprendiz de dictador.

 

A esta altura de los tiempos, sabemos que la democracia es un proceso largo, con altibajos, que tiende a reemplazar en intervalos regulares a lideres arbitrarios y despóticos por otros mas justos y racionales, y al mismo tiempo agrandar y garantizar la participación del pueblo en esta evolución racional.

Sabemos también que hoy este proceso está en plena regresión en muchos países. Algunos de ellos fueron recién llegados a la democracia.  Pero lo mas alarmante es verificar el mismo retroceso en las llamadas democracias “avanzadas” y/o “consolidadas.”

Tolstoi decía que todas las familias felices se parecen, pero que las desgraciadas se distinguen entre si, cada cual con su manera distinta de vivir su desgracia. Entre las democracias “maduras”, la mas notable y mas frecuentemente comentada es la democracia norteamericana –supuesta ganadora de mentes y corazones en una humanidad que aspiraría a imitarla.

Hasta hace poco, los norteamericanos se veían como un faro de luz que podía guiar un proceso de democratización universal.  Al mismo tiempo, esos mismos norteamericanos se daban por satisfechos con su logro democrático como algo único y excepcional en los anales de la historia política y social.  En aquel zenit de autosatisfacción no se percataban de un error de lógica elemental: una excepción no puede ser regla, por definición.  Pero esta observación la podría hacer el filósofo Kant en plena ilustración, a fines del siglo 18.  No era así para otro filósofo alemán en la segunda y tercera década del siglo 20.  Para Carl Schmitt, toda regla nace de una excepción, es decir, de un golpe de timón de alguien que se impone por la fuerza.  Fue su respuesta al racionalismo kantiano en la filosofía del derecho de Hans Kelsen.  Así se cerró el ciclo del iluminismo, y también de la democracia, ya que Schmitt fue un entusiasta del decisionismo autoritario de los nazis.

Con la elección “democrática” de Donald Trump también se cierra el ciclo racional y democrático en los Estados Unidos.  El nuevo presidente actúa como un déspota arbitrario y se enorgullece de serlo.  Pero ha llegado al poder no a través de un golpe de estado o de una revolución violenta, sino por los intersticios de un sistema democrático defectuoso que se creía casi perfecto y automático.  No se percataban los norteamericanos que el excepcionalismo estaba precisamente en sus defectos[1] ni que estos traerían eventualmente la erosión y la caída de la democracia.  En palabras mas sencillas: aquellos polvos trajeron estos lodos.[2]

Para evitar los riesgos de la demagogia (la elección popular y directa de un candidato presidencial que no consideraban idóneo), los patricios fundadores de la república norteamericana instauraron un sistema de elección indirecta, que establecieron en el artículo 2 de la Constitución.  Así, en una elección presidencial, los ciudadanos no votan por su candidato preferido sino por los electores que están comprometidos con ese candidato en el estado de su domicilio, y eso se hace normalmente por listas de electores de cada partido.  En su intención original, los fundadores de la república querían que los electores fueran elegidos por las legislaturas de cada estado, pero hoy la elección de electores se hace por sufragio directo de los electores.  La idea era la misma: “filtrar” la voluntad popular a través de la deliberación y el raciocinio para elegir al mejor dotado.  El número de electores es proporcional a la población de cada estado.  Esto genera automáticamente una pugna de números: los electores de muchos ciudadanos concentrados en pocos estados versus los electores de menos ciudadanos dispersos en muchos estados.  Así es posible concebir una situación en la que salga elegido un candidato que no gane la mayoría del voto popular.  En otras palabras, es posible tener proporcionalmente mas electores en el colegio electoral sin haber obtenido la mayoría de votos de los ciudadanos.  Y en otras palabras todavía: es posible llegar al poder en representación de una minoría de la población.  Es perfectamente constitucional y al mismo tiempo es un mundo al revés.  Lo puso muy concisamente y con un cinismo perfecto nada menos que José Stalin, a quien se atribuye el dicho que en una democracia no cuentan los que votan, sino cómo se cuentan sus votos.

Esta magia de números funciona también en el Senado de la república.  De acuerdo con la Constitución cada estado tiene el mismo número de senadores, sin tener en cuenta hoy el tamaño su población.  Sólo en la cámara de representantes, los diputados son elegidos en forma proporcional.  En suma: la presidencia y el senado pueden representar a una minoría de la población.  Tanto los electores de Presidente como los Senadores hoy representan estados con demografía deficitaria: a la gente de campo sobre la gente de ciudad, a los blancos mas que a la gente de color, a los provectos mas que a los jóvenes, a aquellos con mas bajo nivel de educación, con movilidad social descendiente, y con susto y rabia de ir perdiendo escalones en la sociedad general, que se les hace cada vez mas distante y extraña.  Tienen gobernadores afectos, senadores afectos, diputados afectos, y un presidente que les promete la salvación contra el “aluvión zoológico” de inmigrantes, intelectuales, snobs urbanos, extranjeros, capitalistas apátridas, y burócratas de estado.

Han logrado que sus líderes se encaramen en el poder, y desde las posiciones ganadas consoliden su control y rompan toda la estantería del hasta ahora imperio liberal y democrático.  Los tres poderes del estado están en las  mismas manos.  La democracia ha involucionado hacia el unicato.  Por otro camino, pero empezando el también con la democracia, otro líder de aspecto ridículo  llego al unicato hace ochenta años y desde allí se lanzó a la guerra y el genocidio.  Un solo líder, una sola nación, un solo pueblo: ein Volk, ein Reich, ein Führer. ¿Y los demás?  Para ellos, que serían mayoría en un sistema racional, la exclusión primero y la persecución después.

La cámara de diputados de los Estados Unidos elige a sus representantes por voto directo y proporcional.  ¿Cómo lograr entonces en este caso la sobre-representación de unos y la menor representación de otros?  Hay dos procedimientos, o trucos, para burlar la voluntad de la mayoría.  Uno es desde la legislatura estadual redistribuir los distritos electorales para favorecer a un partido (el que domina el gobernador y la legislatura).  Se concentra la población mayoritaria (en muchos estados gente pobre y de color) en pocos distritos y se distribuye a los otros (blancos y mejor pudientes) en la mayor cantidad de distritos posibles.  Es una forma elegante de limpieza étnica.  Se llama Gerrymandering.  Lo practican ambos partidos pero en la actualidad esta distribución favorece a los republicanos.  El otro truco es evitar que voten los sectores mas bajos de la población, exigiéndoles controles rigurosos de identidad (en los EEUU no hay documento único ni libreta de enrolamiento universal y obligatoria), con fotos, detalles, y otros trámites que disuaden a quienes tienen pocos medios de obtenerlos.  Esta supresión del voto popular se hace cínicamente con el pretexto de evitar un supuesto fraude (que no existe).

De esta manera y con estos artilugios se llega a una situación en que una minoría gobierne como si fuese mayoría.  La mayoría real hoy se concentra en las costas y las grandes ciudades, y en los estados mas pujantes, mejor educados, y mas “liberales” (cosmopolitas, con diversidad étnica y religiosa, y actitudes progresistas).  Si a esta mezcla explosiva le añadimos el caso de que los partidos políticos ya no son como eran antes multi-sectoriales y locales, sino ideológicos, intransigentes, y nacionales, tenemos un país dividido en dos –situación que no se ha dado en los Estados Unidos desde 1860, cuando se llegó a la Guerra Civil.  Estamos en la antesala de otra, pero a la manera del siglo 21: caos y confusión en vez de enfrentamiento armado.

De continuar esta situación de división social, ideológica, y nacional, con una mayoría de votantes excluidos del poder y sin posibilidades de una verdadera reforma, tiene a la larga que explotar en una nueva secesión.  Tal es mi previsión a mediano plazo para el futuro de lo que resta de un gran país.

[1] Estos resultan de la superposición de un documento  constitucional moderno e iluminista sobre una sociedad represiva y esclavista.

[2] Para una discusión pormenorizada de esas deficiencias, ver  “American democracy’s built-in bias,” The Economist, julio 14-20, 2018.

 

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