Aprender del futuro: el valor de una utopí­a referencial

Se afirma, y no con poca razón, que debemos aprender del pasado para no cometer los mismos errores que antes fueron cometidos; también, por supuesto, para enriquecernos con lo logrado. Pero, esa ecuación existencial, ese fluir de vida y direccionalidad, también es influido por cómo avizoramos el futuro y, muy especialmente, por el futuro que anhelamos, por el que estamos dispuestos a trabajar, a construir, a luchar si cabe el término.

Se afirma, y no con poca razón, que debemos aprender del pasado para no cometer los mismos errores que antes fueron cometidos; también, por supuesto, para enriquecernos con lo logrado. ¿Quién podría negar el valor de la experiencia, lo que se aprende con aciertos y con errores, con dolores y alegrías? Además, ¿no es incluso nuestro pasado personal, aquellos lejanos espacios de la infancia y la adolescencia los que moldearon lo que somos, nuestros valores, la trayectoria que hemos transitado? ¿Qué seríamos acaso sin ese pasado; sin las raíces de las que emergimos; sin el sustento de una historia personal y colectiva? Sin duda que el pasado cuenta, pesa, potencia y limita, condiciona nuestro presente y muy probablemente nuestro futuro.

Pero, esa ecuación existencial, ese fluir de vida y direccionalidad, también es influido por cómo avizoramos el futuro y, muy especialmente, por el futuro que anhelamos, por el que estamos dispuestos a trabajar, a construir, a luchar si cabe el término. Ese futuro que emerge en nuestras mentes y en nuestras tripas y corazones [[Para quienes afirman la existencia de neuronas no sólo en el cerebro sino también en el sistema cardíaco y el digestivo,]], conforma nuestra utopía referencial. Un escenario de vida imaginada, anhelada, quizás posible pero sin duda incierta, que se infiltra en nuestro presente sumándose al proceso de encarar y decidir el accionar. La palabra utopía evoca una trascendental transformación y la palabra referencial que servirá de guía y orientación para decisiones estratégicas y también las cotidianas.

El presente se sustenta entonces en el pasado, que nos ha sido relatado, que hemos en lo personal experimentado, así como en el futuro que avizoramos y nos es esbozado, si bien con muy diferentes niveles de consciencia según resulte del contexto filosófico-cultural en el que viven individuos y sociedades. Esto pareciera ser así aun cuando variase el grado relativo en que el pasado y el futuro se hiciesen presentes en nuestra cosmovisión y toma de decisiones. En fases conservadoras de la evolución social pesará fuerte el pasado mientras que más incidirá el futuro en fases de transformación.

Se dice que el pasado es lo que fue, una verdad incontestable, pero en verdad no es así. Es que si la propia realidad presente con todas las facilidades perceptivas que ofrece es bien difícil de desentrañar, conocer, comprender y, por tanto, da lugar a muy diversas interpretaciones, vislumbremos lo complejo que resulta desentrañar y caracterizar el pasado, distanciado en el tiempo y sometido al sesgo de muy diversas y condicionadas miradas. El pasado es un espacio temporal en el que los hechos que nos llegan apenas si permiten esbozar lo sucedido y muy pocas veces explicitar unívocamente su génesis y dinámica de funcionamiento. Bien lo saben historiadores, antropólogos, sociólogos, psicoanalistas y economistas que, en diversos grados y modalidades, toman con mucho esfuerzo del pasado aquellos aspectos que logran captar los que, en más de una ocasión, son escogidos en función de las teorías que sustentan sus búsquedas.

Contradictoriamente el futuro, que por definición es una realidad que aun no fue ni es, y en particular la utopía referencial que nos sirve de referencia para alinear esfuerzos y decisiones presentes, no presentaría las mismas imprecisiones ni las mismas tinieblas del pasado y aun del presente. Es que esa visión del futuro anhelado la construimos con el beneficio de lo deseado, con lo cual inconsistencias, incertidumbres y contradicciones podrían ser abordadas y en apariencia “resueltas” por los arquitectos de procesos y trayectorias. Sin embargo, como en toda construcción que involucre a humanos, imperfecciones e interrogantes también, inevitablemente, serán de la partida.

La construcción de una utopía referencial es un trabajo de muchos aunque pueda ser verbalizada o presentada por algunos. Al concebirla nos moveremos entre dos severos y peligrosos extremos: de un lado el voluntarismo que peca de ingenuidad y desconoce el peso específico de los condicionantes que están presentes en toda realidad y, en el otro extremo, un fatalismo esterilizante de la creatividad y la determinación que cierra el paso al albedrío social e individual. Un sendero más realista o promisorio es aquel que recorremos alentados por un libre aunque condicionado albedrío. En esa perspectiva, la transformación deseada se viabiliza destrabando energías y movilizando voluntades a cada paso pero, aun así, habrá factores total o parcialmente no controlables que sería nefasto no considerar.

Con esto en mente y como cierre de estas líneas cabe preguntarnos si podrían coexistir en significación el “seamos realistas, pidamos lo imposible”, hermosa evocación de nuestra juventud, con otra utopía algo más madura que propone “seamos realistas, vamos por una trascendental y viable transformación”.

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