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Nuestro antiguo régimen: Cuando la desigualdad sistémica se torna un régimen de privilegios injustificables

Una crisis grave, un conflicto internacional, una aguda desorganización social, o una pérdida de control unificado sobre los aparatos de poder pueden abrir las puertas a una insurrección general.

El término ancien régimen (antiguo régimen) se refiere al sistema  político de Francia  antes de la Revolución.  Fue el término que los revolucionarios utilizaban para designar a todos los sistemas de gobierno cuyo modelo fuese similar al suyo antes de la revolución de  1789.  Aunque es un concepto básicamente político, tiene una fuerte connotación social y económica.

En primera instancia, nada parece mas distante de la globalización actual que la sociedad francesa del siglo XVIII.  El modo de producción, las clases sociales y el régimen político parecen tan lejanos de nuestros días como un planeta  remoto dista de la tierra.  Y sin embargo, el antiguo régimen y la globalización del siglo XXI muestran una alarmante similitud cuando nos elevamos en el proceso de abstracción y nos ubicamos al nivel de la estructura y la dinámica de sistemas.

En ambos casos, el funcionamiento de la economía y la sociedad produce una desigualdad extrema.  A su vez, la desigualdad producida ni disminuye ni es capaz por si misma de moderarse, sino todo lo contrario.  A los ojos de grandes sectores de la población se muestra un sistema de privilegios que no tiene justificación.

En la antigua Francia muchos críticos formularon un ataque razonado y concertado al sistema vigente.  El mas famoso fue el Abate Sieyès y su ensayo sobre los privilegios, que publicó en vísperas de la Revolución y que se difundió velozmente por toda Europa.  Sieyès resumió sus argumentos en un panfleto que leyó en la convocatoria de los estados generales. Su discurso fue el puntapié inicial del proceso revolucionario.

El panfleto de Sieyès, justamente célebre, se tituló ¿Qué es el Tercer Estado? En su época éste abarcaba a los sectores medios y populares en el campo y la ciudad.  Hoy llamaríamos Tercer Estado a la sociedad civil, es decir a todas las clases de todos los países que están por debajo de una minúscula minoría de privilegiados que acapara la riqueza global.  La desigualdad alcanza hoy niveles tan altos que nuestro Tercer Estado coincide con el 99% de la población frente al 1% que denunció hace algunos años el movimiento Occupy Wall Street y que pude presenciar.  Sieyès comprendería perfectamente a qué se referían los piqueteros de Nueva York y otras ciudades del planeta.  Tan es así que vale citarlo:

“Tan pronto como, a fuerza de trabajo o de ingenio, alguien de la clase común ha conseguido levantar una fortuna digna de envidia; tan pronto como los agentes del fisco, por medios más fáciles, han logrado amontonar tesoros, todas estas riquezas son aspiradas por los privilegiados. Parece como si nuestra desgraciada nación estuviese condenada a trabajar y a empobrecerse sin cesar por la clase privilegiada.

Inútilmente la agricultura, la industria, el comercio y todas las artes reclaman para sostenerse, para engrandecerse, para la prosperidad pública, una parte de los capitales inmensos que han contribuido a formar; los privilegiados devoran capitales y hombres; todo está destinado, sin retorno posible, a la esterilidad privilegiada.

El tema de los privilegios es inagotable, como los prejuicios que conspiran para sostenerlos. Pero dejemos este tema y ahorremos las reflexiones que inspira. Llegará un día en que nuestros descendientes, indignados, queden estupefactos ante la lectura de nuestra historia y den a esta inconcebible demencia el nombre que merece. Hemos visto en nuestra juventud cómo algunos escritores se distinguían atacando valerosamente opiniones de gran fuerza, pero perniciosas para la humanidad. Hoy se contentan con repetir en sus conversaciones y en sus escritos razonamientos anticuados contra prejuicios que no existen ya. Éste de los privilegios es quizá el más peligroso de los que han aparecido sobre la tierra, el más íntimamente ligado con la organización social, el que más profundamente la corrompe y en el que hay más intereses ocupados en defenderle.”

Nuestra era es mucho mas técnica que la del Abate Sieyès.  Los críticos del sistema esgrimen argumentos económicos contundentes.  Como ejemplos podemos citar la obra de Thomas Piketty El Capital en el Siglo XXI, y el libro de Joseph Stiglitz, El Precio de la Desigualdad. En sociología el mejor análisis de cómo funciona la desigualdad se encuentra en el libro de Charles Tilly, La desigualdad perdurable.  No por casualidad Tilly era un experto en la sociedad francesa de la época revolucionaria.  Usó sus investigaciones históricas para formular una convincente teoría general de los mecanismos que producen y sostienen la desigualdad social.  Tanto Piketty como Stiglitz y Tilly argumentan que, pasado un cierto umbral, la desigualdad se vuelve hereditaria, lo que nos acerca aun mas a la situación del ancien régime.

A la ecuación mayor desigualdad=privilegio ilegítimo yo añadiría otra característica estructural de ancien régimes.  Se trata de la incapacidad de las elites de corregir o administrar las disfunciones del sistema. Hoy podemos ver cómo tanto en el nivel nacional como en el internacional las elites no pueden gobernar el dominio público (en inglés the commons). Peor aun, sus intentos de reformar el sistema frente a una crisis no hacen sino empeorarlo.

En tales circunstancias, una crisis grave, un conflicto internacional, una aguda desorganización social, o una pérdida de control unificado sobre los aparatos de poder pueden abrir las puertas a una insurrección general.  Hoy tal insurrección ya está en marcha, aunque con perfiles contradictorios y confusos que mezclan utopías futuristas con intentos reaccionarios de volver a un pasado mítico.  Los movimientos anti-globalistas y la difusión de populismos nacionalistas son los ejemplos mas vistosos.

¡Bienvenidos a los estertores del nuestro ancien régime modelo 2017!

 

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