América Latina en el mundo nuevo

arton410El capitalismo global está en crisis y cada región se la arregla lo mejor que puede. El diagnóstico y las propuestas se multiplican. Configuran un campo de interpretaciones que hay que dilucidar. En este panorama, ¿cuál es el destino de América Latina? La reciente publicación de un libro norteamericano que se atreve a “salir del molde” de las ideas convencionales nos brinda la oportunidad de relevar el campo.Señalo con satisfacción la reciente publicación de un largo libro por un especialista norteamericano. Se trata de Latin America and Global Capitalism. A Critical Globalization Perspective, por William I. Robinson (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 2008). El texto es importante por varios motivos –entre otros el surgimiento de una perspectiva norteamericana progresista alternativa a las usinas de ideas convencionales– y me suscita las reflexiones que siguen, algunas positivas y otras en discrepancia.

En primer lugar, se trata de un regreso a las fuentes clásicas de la economía política, que celebro. “Globalización” aquí se refiere a la dinámica del capitalismo tardío –el sistema económico que hoy cubre a todo el planeta. Por “perspectiva critica” se entiende el examen de las ventajas y desventajas del sistema, ganadores y perdedores, los logros realizados y sin realizar.

El campo de estudio de la globalización está estructurado alrededor de una serie de interrogantes sobre el capitalismo tardío y su articulación en distintas regiones –en este caso nuestra América Latina. La situación general del campo ha sido bien descrita por Eric Hobsbawm (Hobsbawm, 2009), para quien el paradigma capitalismo/socialismo ha concluido. Este final tiene un rasgo peculiar: el fracaso del socialismo precedió a la bancarrota del capitalismo. Es mas, el colapso de los sistemas socialistas precipitó la crisis capitalista al permitir la libre búsqueda de mano de obra barata en zonas del mundo que antes no eran accesibles a las empresas capitalistas. De esa manera, el parque industrial se trasladó a países en vías de desarrollo y los antiguos países industrializados se especializaron en el sector de servicios, con gran consumo endeudado y especulación financiera. Hoy asistimos a un penoso re-equilibrio de esa dinámica insostenible.

La situación resulta paradojal para los marxistas, que siempre sostuvieron que el socialismo sucedería tarde o temprano al capitalismo. Me parece muy poco probable que eso ocurra. No así para William Robinson, autor del libro citado, que guarda la esperanza que de la crisis surjan nuevos movimientos revolucionarios. En su visión, la “marcha al socialismo” ya está sucediendo en varios países de América Latina y se está convirtiendo en un faro de inspiración para otras latitudes.

En el panorama de posiciones actuales acerca de la crisis, cabe notar que las interpretaciones de derecha brillan por su ausencia. Los fundamentalistas de mercado guardan silencio, a excepción de boletines difundidos por algunos analistas de inversiones.

En general, el establishment económico se ha movido hacia la izquierda. Su narrativa es la siguiente. La crisis comenzó en el mercado inmobiliario norteamericano. Desde allí se difundió rápidamente a todo el sistema financiero global por obra de instrumentos complejos que mezclaron los haberes buenos con los malos y diluyeron la responsabilidad financiera. El sistema en su conjunto se volvió opaco. El cálculo de riesgos fracasó.

Las bases teóricas de este análisis se encuentran el la obra de economistas post-keynesianos para quienes los sistemas monetarios tienden hacia la inestabilidad financiera, y producen burbujas de especulación. El consiguiente desorden requiere la intervención del sector público y la reforma de las instituciones financieras. En esta tesitura, las crisis financieras son recurrentes y severas pero no llevan necesariamente a la rotura del sistema económico. De esta forma, el debate se centra en la dimensión de la intervención pública. Salvando los diferendos acerca de los procedimientos y de la escala de las intervenciones, los economistas principales se han puesto de acuerdo en aceptar la necesidad de unas fuerte ingerencia del estado para reactivar el crédito, la producción y la demanda.

Si nos corremos mas hacia la izquierda en el campo de las interpretaciones, y nos situamos entre los críticos del capitalismo, nos encontramos con un mayor desacuerdo en el diagnóstico. Algunos críticos se acercan a la escuela keynesiana y encuentran en la excesiva financiarizacion del sistema económico la raíz de la crisis. Algunos vuelven a las fuentes marxistas en sus análisis del capitalismo financiero. Otros en cambio adhieren a las tesis clásicas de sobre-producción. El argumento del “excedente inmanejable” fue en su época bastante popular entre los contestatarios de la “nueva izquierda” y hoy comienza a resucitar. Hay quienes desempolvan el concepto de “tendencia estructural a la caída de la tasa de beneficio,” formulada en El Capital.

Finalmente, los teóricos del post-modernismo rompen el molde productivista del resto de los analistas y se aferran a lo que en jerga económica podríamos llamar “la internalizacion de las externalidades,” como por ejemplo el crecimiento demográfico y el cambio climático. Para estos autores, la sociedad capitalista soluciona sus problemas creando problemas aun mayores para el planeta en su conjunto y para las futuras generaciones.

Los corolarios geopolíticos se ajustan a las distintas posiciones teóricas. Hay quienes ven surgir nuevas potencias que desafían a las viejas, con el consiguiente peligro de guerra. Otros vislumbran en cambio un pasaje mas sereno del “bastón de mando” del occidente al oriente. Y otros hablan de nuevas alianzas, como pueden ser un nuevo G-20, un G-2, o una “Chimerica” (China+América) en gestación. Hay también quienes esperan el surgimiento de un nuevo orden mundial orientado hacia la acción publica y acuciado por el peligro de una catástrofe ambiental.

Los llamados a la acción son también variados. Unos proponen una serie de políticas keynesianas radicalizadas cuyo objetivo seria “domar” al capitalismo. Otros creen que el socialismo tendrá una nueva oportunidad de imponerse en muchos países. Y los terceros piensan que la modernidad actual será reemplazada por una nueva civilización con valores menos comerciales y mas espirituales.

El libro que comento, Latin America and Global Capitalism, se ubica entre las dos últimas posiciones, entre el socialismo marxista y el antiglobalismo post-moderno. Como muchos otros críticos progresistas del mundo desarrollado, el autor tiende a hacer grandes generalizaciones. No se detiene a examinar las variedades del capitalismo –tema que ha merecido una abundante e interesantísima bibliografía. De igual forma, pasa por alto la gran diversidad de experiencias nacionales. Cabe señalar aquí que otros estudiosos de América Latina se rehúsan a reducir nuestro continente a una sola problemática, como solía suceder en el pasado, cuando se hablaba de “desarrollo,” “revolución,” “dependencia,” “modernización,” o “democratización.”

Nuestro autor en cambio tiene una idea monocausal de la globalización y de sus consecuencias para América Latina. A pesar de algunas modificaciones, su tesis es resueltamente determinista. Los conceptos de “reproducción alargada,” “mercantilización,” “fases de acumulación,” y “etapas de desarrollo,” provienen del marxismo clásico. La novedad consiste en volver activar esos conceptos en momentos de crisis, y aplicarlos a situaciones actuales.

La narrativa que hoy vuelve a aparecer me resulta familiar: el capitalismo está supuestamente sujeto a “leyes de movimiento” que lo conducen a crisis periódicas, a cuyo punto las clases dominantes re-diseñan el sistema para entrar en una nueva fase de crecimiento. Según esta narrativa, el último experimento de re-diseño fue el modelo neo-liberal, que nuestro libro retrata con tonos casi apocalípticos. Aquí el materialismo histórico se transforma en una especie de idealismo, ya que el “modelo neo-liberal” es una entelequia que sobrevuela al mundo y lo destruye. De acuerdo con esta apreciación, en América Latina nadie pudo escapar a las de las compañías transnacionales y de las elites neo-liberales –con la consabida excepción de Cuba.

Este análisis me resulta demasiado simplificador. El problema metodológico de este libro y otros enfoques similares ha sido denominado “el efecto Doppler de la historia.” Como en los campos técnicos de la acústica y del Radar, el efecto Doppler crea una interpretación densa y homogénea cuando se trata de procesos distantes en el tiempo o el espacio, e interpretaciones mas complejas y agudas en situaciones mas cercanas en el tiempo y el espacio. El efecto Doppler da lugar a una antigua falacia lógica –post hoc ergo propter hoc—la ilusión de que lo que ha sucedido tenía forzosamente que suceder, cuando en realidad hay siempre opciones en las muchas encrucijadas. El camino es una maraña de algoritmos. Los mejores trabajos sobre América Latina separan los procesos políticos, sociales y económicos y luego hacen el esquema de sus posibles combinaciones en matices variables y complejas, sin presumir que hay una sola cadena de causas.

Es cierto que nuestro autor modula su determinismo. Cuando se refiere al pasado, dibuja a los actores sociales como títeres de procesos estructurales. Cuando se acerca al presente nos pinta un contrapunto entre la dominación y la resistencia. Con respecto al futuro, ve en una serie dispar de conflictos –que van desde las movilizaciones indígenas de los países andinos hasta las manifestaciones de piqueteros en el conurbano de Buenos Aires, una convergencia que los unifica en un Único Movimiento Social que superará al capitalismo. Convierte la diversidad en unidad, y las distintas trayectorias quedan reducidas a un dilema maximalista: socialismo o barbarie, todo o nada.

Me permito diferir. Para mi el pasado no estuvo sobre-determinado, y el futuro es mas abierto. Igual que durante la Gran Depresión, hoy las respuestas latinoamericanas a la crisis mundial son pragmáticas y hasta innovadoras, pero no revolucionarán al mundo. Brasil, el país mas grande de la región y aquél que efectivamente cuenta con una nueva y significativa clase media, avanzará en su desarrollo y comenzará a jugar en el gran tablero del mundo. Su desafío será el de reducir la gran desigualdad social que lo aqueja. México, por su parte, volverá a desarrollarse en los talones de una recuperación económica norteamericana. Seguirá estando, como dice el refrán, ‘muy lejos de Dios y muy cerca de los Estados Unidos.’ Argentina, como suele hacer, irá adelante a pesar de los errores de sus distintos grupos dirigentes, y gracias a la generosidad de su naturaleza. Chile continuará por su camino de crecimiento sostenido y buen gobierno, mas cercano a la región del Pacifico asiático que a su vecindario latinoamericano. Los países andinos mantendrán su experimento de integración de las mayorías indígenas, pero sin consecuencias de gran envergadura para los otros países. Sólo Venezuela seguirá la senda del “socialismo del siglo 21.” La cuestión aquí es saber si sucumbirá o no a la “maldición del petróleo” y a dinámicas auto-destructivas.

Esta reducida muestra ilustra la diversidad de experiencias. Así como el neo-liberalismo tuvo distintas interpretaciones, los caminos para salir de la crisis serán diversos. La solidaridad latinoamericana es como el Rio de La Plata: muy ancha pero poco profunda.

Robinson y otros colegas de su convicción proponen algo muy diferente. Para ellos no sólo es el de Venezuela un proceso sostenible sino también un modelo superior de socialismo, a causa de la movilización popular permanente. Robinson reconoce que hay contradicciones en la revolución bolivariana, pero piensa que el chavismo las superará. Sin embargo, me pregunto ¿por qué llamar a este proceso “el socialismo del siglo 21” y no, como sugería Max Weber, una “democracia plebiscitaria de liderazgo fuerte”? Este modelo depende de una figura carismática que genera una radicalización acumulativa y lleva al choque. Pensar que el mismo proceso puede repetirse en países como Brasil Argentina, México o Chile es una fantasía. Robinson critica duramente a los que hacen una distinción entre “buenas” y “malas” conductas macroeconómicas en los gobiernos de izquierda que han llegado a establecerse en varios países. Pero cae en una oposición maniquea similar cuando pretende separar a los “buenos” y “malos” dirigentes progresistas, es decir a los reformistas y los revolucionarios.

Con todo, Robinson logra verter vino nuevo en sus odres viejos. Su libro contiene estudios admirables de los nuevos procesos de globalización en América Latina. Los capítulos intermedios, sobre la sub-contratación industrial, los servicios transnacionales, el turismo, la exportación de mano de obra, y la inmigración son excelentes. Quien busque buenos datos sobre estos procesos los encontrara en la sección central del volumen.

Pero el capítulo final del libro es todo “un canto de vida y esperanza” para un mundo que América Latina supuestamente iluminará con su futura revolución. Visto desde el Sur, este es un favor mas que nos hacen desde el Norte y que no hemos pedido. Para un escéptico como yo, América Latina es un “jardín de senderos que se bifurcan.” Para los “compañeros” del Norte en cambio, es un paraíso potencial que esperan los redima de las decepciones de la historia.

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Referencias
Hobsbawm, Eric. 2009. “Socialism has failed. Now capitalism is bankrupt. What Next?” http://www.guardian.co.uk/commentisfree/2009/apr/10/financial-crisis-capitalism-socialism-alternatives

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