Alarmas silenciadas con la concentración cultural

El proceso de concentración de la riqueza que castiga al mundo no sólo se asienta en mecanismos de extracción de valor; también es parte fundante de esta trayectoria la concentración cultural que, a medida que avanza, angosta la diversidad de cosmovisiones, conocimientos, perspectivas, valores, soluciones. La concentración cultural torna voces en ecos con muy graves consecuencias.

 

La concentración cultural se expresa en múltiples dimensiones imponiendo la visión e intereses de sectores poderosos sobre las inmensas mayorías del mundo globalizado. Esta imposición tiene dramáticas consecuencias, entre las más tremendas la pérdida por desaparición de milenarias culturas y el silenciamiento de otras que, muy hostigadas, aún perduran. Así como la biodiversidad sufre la reducción o muerte de especies enteras, la cultura universal sufre de la marginación o la desaparición de múltiples expresiones e idiomas reemplazados por un puñado de concepciones culturales y lenguas hegemónicas que nos son impuestas. Sumergidos en esa hegemonía es difícil percibir las tremendas consecuencias del empobrecimiento cultural. ¿Somos conscientes que cada cultura es portadora de una diferente gama de conocimientos, valores, perspectivas, formas de sentir y de actuar respecto al mundo, la vida, el universo, el cuidado ambiental y social?

La diversidad cultural implica que frente a problemas y desafíos podemos contar y valernos de un amplio espectro de interpretaciones y respuestas, mucho mayor que las soluciones que es capaz de concebir cualquier cultura dominante. Lo grave es que cada tipo de intervención produce muy diferentes consecuencias, resultados e implicaciones. Cuando se reduce la diversidad de enfoques y perspectivas, como hoy ocurre, quedamos expuestos a soluciones homogéneas de pretendida efectividad universal, adoptadas por imposición, tozuda e irresponsablemente reiteradas.

Nos hemos deslizado como humanidad hacia trayectorias social y ambientalmente destructivas. Estamos amarrados a soluciones inefectivas ignorando otras opciones surgidas de diferentes perspectivas y culturas que podrían sumar efectividad y significación a las intervenciones políticas, económicas, ambientales, educativas, sanitarias que se plantean en los graves tiempos que corren. Hemos incurrido en un peligroso reduccionismo de visiones, de homogeneización de soluciones, de pérdida de opciones, de negación de cuestionamientos, de atontamiento de la reflexión existencial, de esterilización de proyección realizadora. Para colmo, vale reconocerlo, nos hemos quedado con alarmas silenciadas.

Si el credo predominante llega cargado de egoísmo, de prepotencia individualista, de sálvese cada quien por su cuenta, de codicia sin fin, de amordazar conciencias, de ninguneo de los demás, si no tuviésemos visiones y opciones alternativas porque hemos sido fagocitados por la racionalidad concentradora que se torna hegemónica y destruye o anula la diversidad de otras trayectorias y racionalidades, entonces el peligro de conductas manipuladas se multiplica y agiganta. A través de colonizar mentes, desarmar voluntades, fragmentar sociedades con valores que exaltan egoísmos y crueldad, la dominación cultural impone agendas que nos son ajenas y deslizan hacia callejones sin salida.

Por cierto que este turbio destino no es inevitable. Mucho se ha señalado que la transformación económica es imprescindible para poder cuidar del planeta y del bienestar general y sabemos cómo encararla. Al mismo tiempo y de igual importancia es la necesidad de una transformación cultural que permita liberar la capacidad de aportar alternativas de bienestar, reflexión, sentido y significación a nuestro accionar.

 Posibles senderos

 Revertir la concentración cultural es esencial tanto para liberarnos de sometimientos como para crecer en responsabilidades y significación. Esto implica un esfuerzo social de transformación de aquello que posibilita la concentración y, no después sino al mismo tiempo, un esfuerzo individual de esclarecimiento que nos permita acompañar y sostener las trayectorias de transformación.

El esfuerzo social para superar la destructora concentración cultural entraña encarar múltiples desafíos, entre los más significativos, levantar el cerrojo mediático impuesto por un puñado de medios concentrados, limpiar la política de deshonestidad y engaños, enaltecer nuestros sistemas educativos para formar personas que sepan comprender las complejidades contemporáneas y actuar en consecuencia, desarrollar una diversidad de usinas de pensamiento estratégico capaces de plantear mejores rumbos y formas de funcionar.

  • El cerrojo mediático impuesto por grupos concentrados que se tornan hegemónicos logran manipular la opinión pública a través de sesgos informativos, desinformación, hacer prevalecer sus propias agendas e interpretaciones. Con ello favorecen a ciertos intereses y actores que les son afines, y perjudican o castigan a otros. La reiteración de sus mensajes genera en la población más ecos que voces emancipadas. Cada proceso de transformación requiere democratizar el sistema de medios dejando atrás toda modalidad de concentración mediática.
  • La forma de hacer política se ha ido deslizando hacia operaciones de marketing donde la deshonestidad y los engaños se hacen moneda corriente. Los procesos electorales hacen parte de esa pantomima con lo cual se evaporan las garantías que quienes son electos representen realmente los intereses y necesidades de quienes les favorecieron con su voto. Esto genera peligrosísimas grietas de representatividad que desfiguran los fundamentos democráticos. Se impone liberar las democracias así capturadas.
  • Los sistemas educativos no surgen de la nada sino son un producto del orden social prevaleciente. En algunos casos han sido mejorados por la determinación de ciertos preclaros educadores pero, en esencia, no fueron diseñados ni estructurados para formar personas que comprenden los procesos en los que están inmersos y que, en ese contexto, reciben instrumentos analíticos y de gestión para transformarlos según exijan las circunstancias sociales y ambientales. Se impone enaltecer los sistemas educativos con contenidos y métodos de enseñanza orientados a cuidar el planeta y a todos “los otros”.
  • Una de las más graves consecuencias de la concentración cultural es la prevalencia que adquieran ciertas usinas de pensamiento estratégico, no por el esclarecimiento que aportan, sino por el financiamiento y cobertura mediática que reciben. Así, sus conclusiones y “hallazgos” son presentados como verdades únicas arrinconando o silenciando a otras interpretaciones y perspectivas. Estas usinas de pensamientos que se tornan hegemónicos están llamadas a justificar intereses de grupos poderosos ofreciéndoles un sustento ideológico que les permite convencer a sectores castigados por el orden prevaleciente que defiendan intereses que atentan contra los suyos. Es necesario sostener otras usinas de pensamiento estratégico que logren desarrollar una diversidad de concepciones y eventuales líneas de actuación de modo que los distintos sectores poblacionales puedan reconocer las necesidades del planeta y sus propios intereses y, desde allí, comprender cómo y porqué suceden las cosas tal como las viven.

De este modo, al procurar desarmar los mecanismos que reproducen la concentración económica y decisional que predomina en casi todo el mundo habrá también de resolverse la concentración cultural que a veces antecede pero siempre acompaña, facilita y sustenta el proceso concentrador.

 

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