¿A quién le teme la elite global?

En 2016 un espectro ronda por los picos blancos de Davos: la protesta social en contra de una globalidad  disfuncional y mal armada. ¿Cuál es el signo de esta protesta? ¿A quiénes asusta la movilización primaria de los que suben y la movilización secundaria de los que bajan?

 

 Todos los años en el mes de enero en la aldea suiza de Davos se reúne la elite mundial, consistente en un meollo duro de quienes manejan las grandes corporaciones y el sistema financiero, rodeado de un coro de políticos, aspirantes, científicos de nota, periodistas acreditados, y algunas luminarias célebres.  En suma, un areópago de poderosos, de influyentes, y otros que quisieran serlo.  Como diría Hipólito Irigoyen, es el mas grande “cuspideo.”  Este año, amen de discutir las ultimas novedades en materia de tecnología de comunicación y finanzas, corrió por los pasillos un espectro que ya causa preocupación y a veces pavor: los pueblos expresan su hartazgo con la concentración de poder y de riqueza, con la falta de oportunidades, y con la precariedad del empleo.  Las protestas se multiplican, se expresan en un populismo que tiene signos de derecha y de izquierda, y amenazan con poner en el gobierno de algunos países a ciertos líderes “que no son como uno.”  Este artículo se propone caracterizar algunas de estas corrientes.

La enorme y creciente desigualdad de riqueza en el mundo actual tiene múltiples efectos perversos, incluso aquellos que afectan la viabilidad del propio sistema que produce tal concentración.  En los Estados Unidos en 2007, el 1% de los ciudadanos poseía el 34 % de la riqueza. El siguiente 9% más rico manejaba el 38,5%, mientras que el 90% controlaba el tercio restante, un 26,9%, según datos de la Reserva Federal. En 2016 la desigualdad es aun peor.

Desde el punto de vista económico esta situación plantea el desafío de un excedente inmanejable por el sistema establecido de relaciones sociales.  Demasiada producción por un lado; escasa demanda por el otro.  Algunos economistas advierten sobre el riesgo de un “estancamiento secular”.  El sistema sólo puede continuar a funcionar aumentando su irracionalidad, a saber con  estímulos monetarios que tocan un piso de intereses muy bajos, nulos y hasta negativos; burbujas de inversión suntuaria, endeudamiento público y privado, corrupción y lavado de dinero, y la tendencia a “comprar” los sistemas políticos –democráticos o no—a través de campañas políticas costosísimas.  Queda por último, pero no por ello menos importante, el gasto militar –armas y aparatos de destrucción y disuasión que son mucho mas eficaces en “quemar excedente” que en disuadir una violencia subversiva que cunde por doquier en forma capilar y asimétrica.  Pero generan empleo en forma directa e indirecta y alimentan a toda una industria de muerte, vigilancia y persecución en una “guerra” abstracta e interminable. Ya estamos viviendo en un mundo rigurosamente vigilado.

Con el fin de la guerra fría y la abdicación de los sistemas socialistas –desde el colapso del comunismo soviético hasta la conversión china a un capitalismo dirigido—el tardo capitalismo globalizado, con todas sus contradicciones no tiene mas un rival externo, un “Otro” que lo enfrente y amenace y que de esa manera lo discipline y obligue a hacer concesiones, so pena de perder puntos en el tablero geopolítico mundial.  Sin embargo, este poder absoluto genera su propia némesis.  Es una  máquina que funciona a toda velocidad pero ha perdido los frenos.

Los principales beneficiarios –un grupo minúsculo en términos demográficos pero supertrillonario en capital—se ocupan del corto plazo, con tácticas de postergación y algunas reformas cosméticas menores.  En lo social están tan aislados de la vida común que hacen oídos sordos al clamor creciente de aquellos que, grupo por grupo, se van quedando atrás o afuera.  Su reacción frente a la protesta social es parecida a aquélla de María Antonieta: “Si no tienen pan, ¿porqué no comen brioche?” Prefieren señalar los avances en el nivel de vida de grandes masas asiáticas, movilizadas durante las últimas décadas como proletariado industrial urbano de ingresos bajos pero superiores al misérrimo nivel al que estaban acostumbrados en el campo.

Este proceso de acumulación primitiva en aras de un modelo de industrialización exportadora representa una integración social productiva sin antecedentes de similar magnitud en la historia.  Este modelo de crecimiento ha producido  desindustrialización en el centro e industrialización en la periferia.  El modelo, denominado en su momento de esplendor “Chimerica,” ha llegado a sus límites.  China, por ejemplo, está abocada en este momento a una nueva revolución: nada menos que una gigantesca “sustitución de exportaciones” (para invertir la expresión de Raúl Prebisch) y un ajuste social en pos de una sociedad de servicios y de mejor nivel de vida.  Busca forjar una verdadera nueva clase media, con un gran mercado interno para la producción y una elevación en la escala de valor agregado a través de una inversión menor en cemento y mayor en redes de conocimiento, de información y de comunicación.  En resumidas cuentas, una estrategia –todavía de largo plazo—que busca transformar en forma definitiva una antiquísima civilización en una nación de vanguardia.

Es posible que una futura demanda china convierta al país de nuevo en una locomotora de crecimiento en la economía mundial, pero habrá de esperar a que China realice primero su proyectada reconversión social interna.  Para esa época, el resurgimiento chino habrá ya provocado fricciones geopolíticas con países vecinos y con la potencia declinante pero todavía enorme de los Estados Unidos.

El problema que hoy enfrenta el mundo y que ha llegado a golpear las puertas de Davos es el siguiente: si las políticas públicas en los países desarrollados no cambian de meros remedios monetarios a corto plazo hacia una estrategia de inversión a mediano y largo plazo en infraestructura, educación, y mayor participación  de la población en nuevas fuentes de trabajo públicas y privadas,  las elites deberán afrontar un estancamiento económico, pujas de distribución, guerras monetarias, y movimientos populistas, y todo esto in crescendo.  Tal el temor de la elite global en su cumbre nevada de enero.

Para entender la dimensión social de los procesos económicos y geopolíticos que acabo de señalar he podido recurrir a las fuentes de la sociología latinoamericana, cuyo padre intelectual (al menos en el Cono Sur) fue Gino Germani.  En los años sesenta este ilustre sociólogo ítalo-argentino presentó una tesis de modernización altamente sugestiva. Frente al problema de cómo caracterizar el peronismo en la Argentina (fenómeno que muchos observadores occidentales equiparaban al fascismo europeo), Germani  formuló una distinción entre la movilización social primaria y la movilización secundaria.  Gino Germani fue uno de los primeros en sostener  que el peronismo era un fenómeno distinto al fascismo europeo. El argumento de Germani era que dicha experiencia política habría sido un movimiento policlasista asentado sobre la alianza entre la nueva burguesía industrial, el viejo y nuevo proletariado y los militares, cuyo logro consistió en incorporar a las clases bajas en la vida política nacional. Así, tanto la composición como las metas del peronismo harían de este un fenómeno distinto al fascismo.

La movilización social entra en juego cuando se desintegran los antiguos compromisos y lealtades políticas, psicológicas y sociales que ponen en disponibilidad a diferentes sectores de la población para acceder a las nuevas formas de comportamiento. Sin embargo, es importante remarcar la distinción que Germani señalaba entre movilizaciones primarias y movilizaciones secundarias. La movilización secundaria sucede a menudo como una  reacción a la movilización primaria de sectores antes excluidos o marginados.  Por ejemplo, cuando las antiguas clases medias  ya incorporadas al sistema político y social se ven amenazadas por el avance de otros grupos (inmigrantes, minorías, etc.) o afectadas por una prolongada crisis económica que ocasiona para ellos una movilidad social descendiente, se movilizan en contra del sistema existente y de los nuevos allegados a él.  En este caso, su populismo es, según Germani, de carácter fascista.  El fascismo sería de esta manera un movimiento reaccionario que se ha hecho popular.

En una época de crisis que ha perdido nitidez ideológica la movilización social patrocina extraños maridajes. Es la situación actual, tan comprensible como lamentable. En otras épocas no tan lejanas, el colapso financiero del año 2008 hubiese provocado la movilización callejera masiva de los partidos de izquierda, en particular los marxistas europeos.  Para esos movimientos, la revolución parecía estar al alcance de las masas y sus partidos.  Pero el siglo veintiuno, al menos en sus comienzos, ha perdido el apetito de un cambio radical y secular.  El fracaso del sistema soviético trajo aparejado el descrédito internacional del socialismo, con excepción de algunos bastiones denominados progresistas en América Latina.  En otras latitudes la apatía sucedió al entusiasmo, y en otras la protesta, aunque violenta, se hizo retrógrada, tradicionalista o religiosa.  Pero han pasado ocho años desde aquella crisis que en un momento pareció terminal, pero de la que el sistema “se salvó” con algunas medidas de necesidad y urgencia y por no tener oposición organizada.

Hoy estas soluciones cosméticas  –los proverbiales conejos que el mago saca de una galera—se han agotado.  Las elites no ignoran lo que deberían hacer para salvar el sistema, pero o no pueden o no se atreven.  Por ejemplo, la Unión Europea no sabe efectuar una política racional y consensuada para regular el flujo de refugiados.  En los Estados Unidos, por conveniencia han dejado entrar un caudal de inmigrantes indocumentados que hoy equivale en su conjunto a la entera población chilena.  Los tibios intentos del presidente Obama de regularizar esa masa de residentes y de racionalizar la frontera han sido sistemáticamente torpedeados por la oposición de derechas. Otro ejemplo: es harto evidente que la política europea de austeridad es un fracaso rotundo.  Como he señalado en otros artículos, es una política macro-económica pro-cíclica y socialmente dañina.  Pero la elite tecnocrática de Bruselas se empecina en que “a la larga” va a funcionar, sin recordar aquella frase de John M. Keynes: “a la larga estamos todos muertos.”  Un tercer ejemplo evidente es la necesidad de terminar con la excesiva financializacion de la economía y controlar al sector financiero y bancario.  Pero ¿quién se atreve a ponerle el cascabel a ese gato cuando ha logrado tener a sueldo a la mayoría de los políticos?  Y lo mismo puede decirse de la necesidad de mantener competitivas a las empresas, cuando la corrupción del monopolio cunde por doquier.  Y ni qué hablar de establecer un sistema impositivo que aumente la contribución de los ricos y poderosos, que hoy no sólo se protegen por medio de sus “lobbies” sino que han convencido al contribuyente común que rechazar el aumento de impuestos es “hacer patria” para ellos también. En resumen: la solución reformista del sistema es prácticamente realizable pero políticamente imposible.  Es así como una caldera sin válvula de escape prepara su explosión.

Por su inacción, a las elites les queda por el momento contemplar una protesta general pero variada, sin organización racional, y que mezcla temas que antes separaban a izquierdas y derechas.  Esta confusión se alimenta de la movilización secundaria tanto de la juventud desocupada como de la antigua clase media en decadencia.  En el siglo veinte, una situación similar alimentó a los movimientos fascistas en Europa.  Miremos cómo se prepara el mismo caldo en el momento actual.  Para muestra basta un botón: veamos cómo cunde la protesta en Europa.

Los movimientos políticos de izquierda en Grecia, España y en Inglaterra, es decir estos partidos: Syriza en Grecia, Podemos en España, y el laborismo de Corbyn en el Reino Unido, pregonan por la nacionalización de la industria y el control del comercio.  Pero al mismo tiempo, la extrema derecha francesa, aunada en torno al Frente Nacional de Marine Le Pen, enarbola las mismas banderas, a las que añade un sesgo xenófobo y racista.  Con astucia política, hace un festival anual el primero de mayo, que tradicionalmente en Francia era una efeméride comunista.  Pero es que hoy muchos antiguos comunistas votan por la derecha.  Están en contra de la globalización, que ha cerrado industrias, y de la inmigración, que hace competencia laboral “desleal.” En Hungría, el gobierno de derecha propone nacionalizar los bancos.  Lo mismo sucede en Polonia con su flamante gobierno derechista, que pregona un nuevo nacionalismo económico.  En Inglaterra, el astuto Nigel Farage del partido UKIP  propone aumentar el gasto de la obra social pero al mismo tiempo cerrar las fronteras.  En suma: vuelven a surgir temas de la antigua izquierda socialista, pero esta vez bajo una bandera nacional. ¿Neo-socialismo patriótico o antiguo nacional-socialismo?  Frente a este espectro, la elite global llegará un día no lejano a añorar la comodidad de sus antiguos enemigos clasistas.

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