Gilda, las noches violentas de las bailantas de Constitución, la inmigración clandestina, libros de poemas quemados en plena democracia, Eloísa Cartonera, historias de amor lumpen, una beca para escribir en Alemania: todo forma parte del universo cucurtiano. Santiago Vega, el padre de la criatura, comenta cómo puede unir ese mundo con el antagónico ambiente cultural porteño del que también forma parte.

Washington Cucurto sufre un peculiar bipolarismo. Por un lado dice que su obra será enterrada en el olvido, que carece de valor, que dormirá placidamente en los anaqueles de las bibliotecas de libros usados. Pero a los dos segundos se ufana de haber sido precursor de un estilo nuevo, que refleja el habla y las costumbres de los inmigrantes pobres “sin cultura”, como los dominicanos y paraguayos, el Realismo Atolondrado. “Mi literatura es incorrecta, sexista, clasista, oral. En el país no existe, es latinoamericana, no argentina. Sigue las voces de la calle. Es inculta, atolondrada. No es buena en el fondo, es liviana”, se define.
Su manera cruda de reflejar la noche de Constitución, llena de machos y hembras sedientas de agite en las bailantas del pasaje O´Brien, no es producto de su imaginación, es (casi) tal cual él lo recuerda. Tal cual lo vivió.
Creando el mito. Por varios años Cucurto fue simplemente Santiago Vega, un repositor de supermercados muy atareado persiguiendo mujeres en las pistas del Samber o de Bronco como para dedicarse a escribir. “Salía del trabajo los viernes a la tarde y me quedaba en Constitución tomando algo hasta que abrieran los bailes. Cuando entraba y escuchaba la cumbia me vibraba el pecho, me ponía loco. Y las 4.00 volvía directo al trabajo, a armar góndolas, sin pasar por mi casa. Los domingos hacía lo mismo. Era una enfermedad”, afirma.
Se crió en una casa sin biblioteca. “Mis padres no son intelectuales, por suerte, sino hubiera estudiado inglés y no conocería la calle (risas). Mi viejo es vendedor ambulante, mi vieja ama de casa. Querían que siguiera plomería, no me tenían fe cuando me veían todo el día leyendo”. El bichito de la lectura se lo despertó el periodista Fabián Casas, quien había ido a recitar poemas a su colegio secundario. Tan fascinado quedó Santiago que se hizo amigo de Casas y empezó a frecuentar su ambiente. Nacía Cucurto.
“Dicen que una vez me equivoqué y dije cu-curto en vez de curto, y por eso comenzaron a llamarme así”, comenta. Pero no lo sintió como una broma inocente. “Medio que me boludeaban porque era el más chico, el hazmerreír, un tipo raro. Creo que el apodo fue algo peyorativo al principio”.
Cuando escribió su primer libro de poemas, Zelarayán, en honor al escritor entrerriano Ricardo, se dio cuenta que estaba creando algo nuevo, algo que sus amigos intelectuales no tenían. “Me pregunté: ¿Si los paraguayos escribieran, cómo lo harían? Al reflejar el habla de ellos no tenía que ser fino, algo muy elaborado de la alta cultura”, argumenta.
La editorial El Diego publicó Zelarayán en 1998, cuando el autor tenía 26 años. Y llegó la hora de la revancha: “Le pedí al editor que me pusiera Washington Cucurto, así les devolvía la broma. Ese fue mi triunfo”, dice sin rencores.
Por esos días, la cultura oficial era regenteada por Darío Lopérfido, integrante del grupo Sushi. La sociedad asistía a una nueva primavera radical, y Cucurto a su primer y único acto de censura. “El Diego había ganado un subsidio y toda su obra fue reeditada en 2001 y repartida en varios organismos estatales. Entre ellas estaba Zelarayán, que fue acusada de xenófoba y pornográfica, por lo que la Secretaría de Cultura la sacó de circulación. Incluso en Santa Fe la quemaron”.
Otro ejemplo que lo pinta de cuerpo entero: mientras muchos escritores, ávidos de publicidad gratuita, hubieran sacado provecho de la censura, Santiago Vega ni se molestó por el terrible acto de intolerancia que sufrió su obra. Hasta se podría decir que casi lo justifica, ya que esos poemas eran “muy violentos, llenos de garche, sudor, muerte”.
Eloísa Cartonera. En marzo de 2003 crea la editorial Eloísa Cartonera, junto al artista plástico y diseñador gráfico Ariel Barilaro. La idea era difundir literatura a precios modestos, con libros de tapas de cartón comprado a los cirujas de la Ciudad de Buenos Aires, quienes además pintarían las cubiertas. El proyecto pronto tomó vuelo, y varios reconocidos autores, como César Aria, Ricardo Piglia o el uruguayo Dani Umpi cedieron gentilmente sus derechos a la editorial. Hoy hasta tiene una hermana peruana, Sarita Cartonera.
En estos momentos la “cartonería”, como la llama Cucurto, funciona en un modesto local de Almagro, con varios autores latinoamericanos y libros descatalogados a menos de 10 pesos en vidriera. Ahí Santiago Vega está en su salsa: supervisa que la pequeña imprenta no pare de escupir textos, selecciona los cartones, elige los diseños. Pero, aunque sea uno de los motores del proyecto, no todo lo que quiere Cucurto es editado ahí. “Tengo cosas tan zarpadas, que ni en la cartonería me la quieren publicar”, dice Vega, y entre esos delirios está el de contar, en una especie de diario, anécdotas con todas las mujeres que pasaron por su cama.
Cosas de negros. Las primeras dos novelas cortas (“cumbielas”, en lenguaje cucurtiano) que publicó Eloísa Cartonera, Noches Vacías y Cosas de negros, hicieron el ruido suficiente como para que Interzona contactara a Vega y le propusiera editarlas juntas bajo el nombre de la segunda. Agotó la tirada de 1500 ejemplares. Y pronto habrá segunda edición. “Me dieron 500 pesos por sacar Cosas de negros. Las había escrito en una semana, dos horas por día, en un cuaderno. Son autobiográficas. No las corregí mucho, porque sino perdía la frescura. En Interzona la tocaron un poco”, admite.
Y a partir de ahí el despegue: reportajes en La Nación, Clarín, Página/12 y el español El País, notas favorables en revistas como Rolling Stone. Sus libros son editados en México, Chile y Alemania, es mimado por parte del ambiente cultural porteño, que lo ve como un bicho raro, y se habla de él en varios países latinoamericanos. Pero no se la cree, ni se toma en serio.
También llovieron las críticas de algunos de sus pares, atónitos ante su pluma irreverente. “Me quieren hundir, me tienen envidian, me bardean. Yo no le robé nada a nadie, no cagué a nadie”, se defiende. “No le doy pelotas a los que analizan sociológicamente mi obra. No fui a talleres literarios; terminé el secundario y después baile y supermercado. No es valioso ser bueno, lo importante es hacer algo nuevo. Prefiero que sea incorrecto pero no viejo”.
Hoy. “Me quedo todo 2006 en Alemania, voy a escribir”, dice con la misma cara que pone uno cuando canta falta envido con 33 de mano. Así es Cucurto. Puede contar sin inmutarse que fundó una editorial, que trabaja en la biblioteca Evaristo Carriego, que agotó una edición en Europa, que su mujer nada tiene que ver con la literatura.
Lo que sí lo excita, además de la cumbia y las mujeres, es poder concretar un sueño postergado: escribir la biografía de Don Ramón, personaje del Chavo del 8, e ídolo de la familia Vega. Puro delirio cucurtiano: ganó una beca codiciada que lo depositará en pleno Mundial de fútbol, con posibilidades de hacerse conocido y editado en buena parte de Europa, y sólo lo motiva la vida de Ramón Valdez. “Era re pesado, dicen que escabiaba a lo loco y que se llevaba para el culo con Gómez Bolaños”, revela.
“También estoy novelando los años menemistas de Cucurto en el supermercado, cómo lo explotaban, qué comía. Se va a llamar Dorado”, anticipa. ¿Será el final del sofocador de la cumbia? Vega cree que ya no tiene más qué decir sobre su alter ego. “Termino Dorado y no escribo más, me aburguesé. Voy a seguir con la poesía. Yo empecé como poeta, lo que pasa es que lo de Cucurto pegó mucho”.
Mientras se decide a termina los manuscritos de estos proyectos, Interzona editó Las aventuras del Sr. Maíz, una novela situada en el mismo ambiente cumbiero-violento de Cosas de negros.
Tyson. Tantos logros en tan poco tiempo llenarían de orgullo al más modesto, pero a Vega no lo llena este presente. “El baile, las putas, el callejeo, andar por Once mirando vidrieras, decirles cosas a las minas. Mi vida era la de antes. Tenía que ir a bailar, no tenía tiempo para pensar. El mundo de la cartonería no es mi mundo, pero es lo que me tocó vivir y tengo que aceptarlo, me da de comer. El otro era pura acción. Transpirando todo el tiempo, bailar con una, reponer góndolas, pelearme con todos” confiesa.
Sabe que esta es su oportunidad y no la va a desaprovechar: “No se hasta cuando durará esto, por ahí mañana se me corta el rocho y termino en el supermercado otra vez. Siempre viví al día. Pero tengo esto de Alemania, tengo material para editar, me tengo que volver con guita”. Es que, aunque admita que “el baile es la felicidad” de su vida, y viva revindicando sus días de repositor, cuando no era ni Santiago ni Cucurto, sino Tyson, no le gustaría que su hijo pase por lo mismo que él. ¿Será el fin del realismo atolondrado?