El chino que odia al Barrio Chino

Por Puerto Madero se lo puede ver trotando, con su corte símil tacita y calzas. Liguo Chen tiene 32 años y vino a la Argentina en 2008 -con una licenciatura en Derecho Civil de la Universidad de Shangai- para hacer una maestría en Relaciones Internacionales. Vive en una residencia de San Telmo junto a 75 personas y trabaja en un local de telas del Once, para pagarse sus gastos. “Elegí Argentina porque es un lugar desconocido para los chinos. Buenos Aires es una ciudad que eligen muchos estudiantes extranjeros por su cultura y para aprender español”, cuenta.

Además de los estudios, a Chen lo motivan las mujeres Argentinas. Está convencido de qué quiere, antes de volver a su país, poder tener una relación con alguna chica latina. Por el momento ese sueño queda reducido a un simple deseo. Entre el estudio y el trabajo no le queda tiempo. No sale mucho por el mismo motivo, el tiempo libre lo utiliza para leer. Tiene amigos, pero pocos son argentinos, la mayoría vienen de otros lugares.

Uno de los paseos que menos le gusta de Buenos Aires es el Barrio Chino, lo odia. “Es una vergüenza para la comunidad porque todos nosotros tenemos la responsabilidad de promover la cultura, pero a ellos solo les importa hacer plata. El lugar es sucio y no hay elementos auténticos. Pero cada tanto paso a comprar ingredientes para cocinar comida china. Ese lugar es sólo un supermercado para mí y no merece que lo llamen Barrio Chino”, denuncia indignado.

Destaca la tranquilidad y la mentalidad despreocupada y alegre de los argentinos y asegura que eso se nota a simple vista en el “modo de vida lento” de la ciudad. Chen, recorrió parte del país y se enamoró de Cuyo, las Cataratas, las Sierras Cordobesas y la costa. Pero sabe que le esperan más paisajes maravillosos antes de volver a Shangai. No le costó mucho hacerse fanático del asado, las empanadas de carne y el tereré. Pero le gusta cocinar, cuando lo hace deleita a sus amigos con comidas de su país.

“Pienso volver a China en el futuro lejano, ya que no tengo hermanos y tengo que mantener a mis padres. Quizás en 10 años. Mientras tanto, pienso trabajar en Argentina o algún país sudamericano y aprovechar al máximo esta experiencia”, concluye Chen.

De China a Dinamarca

Está sentada en uno de los asientos del colectivo 365 rumbo a la Universidad Austral de Pilar, allí Verónica O’Sullivan Freltoft cursa un Master en Negocios. Rubia, de 25 años, la danesa eligió Argentina porque quería aprender español y también le pareció bueno que muchos estudiantes extranjeros estén en Buenos Aires. Eso hizo que descarte ir a Brasil, Sudáfrica o China. “Las maestrías acá son distintas, porque son aparte de la carrera, mientras que en Dinamarca van incluidas”, relata.

Sus primeras semanas en Capital Federal no fueron difíciles: consiguió departamento, teléfono y otras cosas básicas en poco tiempo, gracias a la gentileza de la gente. A pesar de que se relaciona mucho con estadounidenses le encantaría conocer más argentinos y sudamericanos para poder ver desde adentro sus costumbres. Está segura, que no le será difícil conseguirlos.

“Hay mucha diferencia con Dinamarca, empezando porque allá se cena a las seis de la tarde y es muy raro que la gente vaya a comer afuera, es muy caro, en cambio acá eso se ve mucho”, asegura Verónica, mientras arregla por mensaje de texto una cena con amigos. Le gusta mucho recorrer distintos lugares y conocer gente. A la hora de elegir, prefiere ir a un bar en vez de un boliche, la música la aturde.

La vida en las calles porteñas es una de las cosas que le encanta. Siente la energía de todos los que las transitan, trabajadores, familias, estudiantes. Le encanta ver a la gente tomando un café en una mesa de la vereda. Destaca la actividad artística en las calles: murales, músicos y obras callejeras. A pesar de que “Buenos Aires no es famosa por el arte urbano”, le parece genial que hayan muchos espacios en donde se puedan expresar formas artísticas. Verónica se muestra asombrada por el activismo político que gana las calles todos los días.

Le encantaría poder manejarse en bici, como lo hace en su país, pero desde su casa en Capital Federal hasta Pilar hay un trayecto bastante largo. Por suerte lo compensa con clases de yoga, aunque le cuesta entender y coordinar los movimientos dictados en un lenguaje ajeno.

Inicialmente vino por cuatro meses al país pero ahora que está por terminar el master y logró hablar fluidamente el español, evalúa la posibilidad de alargar su estadía en la ciudad.

Tango Polaco

Marta es una bailarina profesional de 34 años, viajó desde Polonia a la Argentina en 2009. Su idea era perfeccionar su baile y qué mejor lugar para hacerlo que Buenos Aires. Todo cambió inesperadamente, tuvo un hijo con su marido húngaro y se terminó radicando en Palermo. A diferencia de Chen y Verónica, Marta asegura la ciudad le parece un lugar lleno de personas cerradas, frías a las que no les gusta trabajar.

Sin embargo, se pudo acostumbrar rápido a los cambios. Viajo al interior y recorrió parte del país, en donde la gente es más abierta y amable. En el camino terminó convencida de su amor hacia el asado y las empanadas, no así hacia los hombres: “No me equivoco en decir que los mejores son de Europa”, sentencia. Conoció mucha gente en estos cuatro años que lleva aquí, pero sus mejores amigos son polacos. Destaca que hay bastantes polacos en Argentina, como turistas que llegan desde allá.

Si bien piensa quedarse viviendo en Argentina, no descarta la idea de volver a su país, aunque sea de vacaciones para que su hijo de un año y medio, pueda conocer a sus abuelos, tíos y amigos. Mientras tanto los ve a través de fotos y redes sociales.

“Me convencieron de venir a estudiar acá”

Fue por una amiga que se lo propuso. Ella le dijo a Sebastián Masmela, colombiano de 20 años, que se iba a estudiar a la Argentina aprovechando que estaba el hermano. Él lo analizó y fue con ella. Llegó en marzo del año pasado y estudia diseño multimedia en la UADE. Estuvo viviendo con amigos, luego solo y finalmente se mudó a una residencia de San Telmo que le queda cerca de la universidad.

Atraido por una amiga, Sebastián Masmela, viajó desde Colombia para estudiar diseño multimedia. Luego de vivir en diferentes lugares se instaló en una residencia de San Telmo. Otra razón por la que vino fue la cultura y la “locura” de los argentinos. Con eso se refiere a que tienen una visión cultural muy diferente y sobresaliente en diferencia con otros países. Transmite debilidad por las mujeres que hay en Buenos Aires, tanto porteñas como extranjeras. “No me acostumbro a ver tantas chicas bonitas juntas en un solo lugar”, explica.

No viajó mucho por el país, pero cuenta que una vez estuvo en Gualeguay (Entre Ríos) y fue el centro de atención de una fiesta a la que concurrió. Todas las personas se le acercaban, preguntándole qué hacía un colombiano en este país.

En Buenos Aires tiene muchos amigos, desde argentinos y europeos hasta compatriotas. Disfruta salir con ellos a tomar cerveza, juntarse en casas, ir a parques o andar en bicicleta: “es muy chimba (divertido) atravesar el Obelisco”.

Le gusta mucho el asado, especialmente la bondiola y el bife de chorizo. Pero lo que más disfruta es el ritual que este significa. Al compartir esta tradición, se siente más unido a las personas por el hecho de sentarse por largo rato a la mesa y hablar durante la comida. Siente nostalgia por su familia. Habla con sus padres y abuelos cada semana.