17 pibes, 14 culturas diferentes, un mismo objetivo: mejorar aunque sea algo de los lugares en que viven. Historias de vida de un grupo de jóvenes de todo el mundo que se decidieron a intentar un cambio.

¿Existe un mundo mejor? ¿Es posible pensar en ello? No lo sé. Aunque en lo personal creo que ese mundo se construye: lentamente y ladrillo por ladrillo.

Durante el mes de noviembre me tocó viajar en representación de esta revista digital que estás leyendo a los Estados Unidos, más precisamente a Washington, dónde conviví durante siete días con 17 pibes y pibas de entre 20 y 26 años que decidieron aportar su granito de arena para cambiar este mundo raro en que vivimos. Y en lugar de quedarse charlando sobre eso en un café, optaron por pasar a la práctica.

Distintas culturas, experiencias de vida, vivencias y visiones; pero muchas cosas en común, la idea de que para mejorar las cosas es necesario comprometerse.

Dániel Nduati es de Kenia, un país africano que tiene poco más de 34 millones de habitantes. Su capital -Nairobi- tenía hasta el año pasado 538.000 habitantes, de los cuales 60.000 -el 10% de la población- son chicos que viven en la calle.

Dániel -nótese el acento en la a- es negro. Bien negro. Su cuerpo y su alma son negras. Sus maravillosas camisas eran negras, la música que hacía con su cuerpo, la forma de jugar al fútbol…

Dániel vivió durante mucho tiempo en la calle hasta que por alguna razón -“Dios”, según él- logró salir. A partir de allí comenzó su trabajo comunitario.

Dániel fundó en el año 2000 el “Emmanuel Boyz Rescue Center”, un centro que provee hogar, alimentación, educación y salud a 40 pibes de la calle. Dániel -hoy de 26 años- atiende personalmente a los chicos, a los que también brinda contención afectiva y otro tipo de ayuda.

Con fuerte convicción religiosa, ahora Dániel dice que querría ser presidente de su país. ¿Lo logrará? ¿Quién sabe?

Antes de este viaje, para mí Somalía sólo era un país conocido a través de los chistes negros. El país más pobre del mundo, no significaba para mí otra cosa que eso. Después del viaje, me enteré de que se trataba de un no-país.

Parece que a principios del siglo XX Somalía se encontraba dividido en cuatro, cada parte controlada por las potencias Francia, Italia e Inglaterra, que tenía dos regiones. Había una quinta zona dominada por Etiopía.

En los ‘60 Somalia llega a la independencia, pero sumido en una importante cantidad de guerras internas, lo que determinó que su presidente fuera asesinado en 1969. Ese año, un golpe militar hizo que subiera al poder Mohamed Siad Barre.

Este hombre resultó un típico caudillo árabe-africano de los ‘70: se alió con los soviéticos, dijo que promovería un régimen comunista, pero terminó imponiendo una dictadura que duró hasta los ‘90. En el medio dejó una terrible guerra con Etiopía.

Cuando Siad Barre fue derrocado, Somalia entró en guerra civil entre los diferentes clanes que conviven en su sociedad.

Toda esta introducción para hablar de Abdinasir Nur. Un hombre raro de este país raro. Abdinasir vestía en todo momento traje y corbata, pese a tener 24 años. La formalidad de su país así lo exigía. “En mi país no hay gobierno y no hay paz -contaba- y a mí me gusta la paz y la democracia”. Abdinasir fundó una organización para promover justamente esos dos valores. “Muchos somalíes piensan que la democracia es un sistema perverso que viene desde Occidente. Yo trato de demostrar que es posible tener democracia preservando nuestra cultura”, explicaba.

Tal vez algún día Abdinasir llegue a ser presidente de su país. Al menos ésa es su voluntad. Otra vez: ¿lo logrará?

Alexi Buzu es de un país cuya existencia yo desconocía. Siempre me incomoda cuando hablo con extranjeros que no saben qué es la Argentina o que piensan que somos una provincia de Brasil. Sabía que esto iba a pasar durante el viaje, así que me armé de paciencia para contestar preguntas pelotudas.

Con Alexi los roles se invirtieron. “¿De dónde sos?”, le pregunté con mi estilo de Tarzán del subdesarrollo. “De Moldova”, me contestó. Silencio. Un segundo, dos, tres… Tenía que preguntar dónde quedaba eso. Cuatro, cinco, seis… Me acordé de lo que a mí me molesta que me pregunten dónde queda Argentina. “Ah”, dije afirmando con la cabeza, como si yo mismo fuera moldovés.

A los dos o tres días de convivir con él, pude aprender un poco más acerca de ese país que limita con Rumania y Ucrania. Como toda la zona del Este de Europa, allí no es tan sencillo determinar qué es una nación y qué no lo es. Fueron parte de la Unión Soviética, hasta el 91 cuando el imperio ruso llegó a su fin. Luego, en 1994, hubo algunos que querían anexarse a Rumania, país con el que comparten idioma y muchas costumbres. Ganó el NO y por eso hasta hoy son independientes.

Moldova, en castellano se dice Moldavia y nada tiene que ver con el Monrovia, cuyo himno cantaba Gasalla en uno de sus clásicos sketch.

20 líneas para contar acerca de un país cuya existencia desconocía; 20 líneas para hablar de Alexi. Autodefinido como “looser”, tiene 24 años y a los 19 fue concejal de su distrito. Repito: a los 19 años. “No creía que iba a ganar, no tenía nada mejor que hacer y me presenté”, me dijo irónico. Nunca se sabía si Alexi hablaba en serio o en joda. Creo que en definitiva no importaba. Él y un grupo de amigos habían hecho un laburo importante refaccionando la plaza central de su comunidad, y él decía que ese punto había sido importante. El día de las elecciones, unos amigos lo llamaron a eso de las seis de la tarde. “Ganaste. Vas a ser concejal del distrito”, le dijeron.

Alexi pasó por el mundo de la política y decidió abandonarlo. Tal vez, demasiado protocolar para una persona como él. Por eso, retomó el trabajo en su organización llamada Gerónimo, que intenta que los jóvenes se comprometan con su comunidad de alguna manera. El último proyecto fue la remodelación del kindergarten, algo que su comunidad estaba necesitando.

Me gusta el acento del Caribe. Me gusta particularmente que haya alguien en el mundo -además de los argentinos- que use el vos como segunda persona del singular.

Justin y Ana Luisa no son caribeños, sino gringos o Yankis (calificativo variable, según el país de procedencia del lector de esta nota). Pero hablan absolutamente como caribeños.

Parece que sus viejos son mejores amigos, y las casualidades de la vida los juntaron en Honduras (“Janduras”, como pronunciaban en inglés) donde ambas familias tuvieron que hacer una serie de trabajos. La vieja de Justin es boliviana (nos invitó a comer una comida de su país, que sin duda fue mucho mejor que la que yo comía cuando viajé al altiplano; nada de “sopa y segundo”). En su casa nos mostró que salió en la revista Times como una de las mujeres más importantes de Estados Unidos, justamente por su trabajo social.

Te contaba que los padres de Justin y Ana Luisa coincidieron en Honduras -donde se instalaron con toda su familia- y luego volvieron a Washington DC. Vaya uno a saber por qué, Justin y Ana Luisa -ahora de 25 años- decidieron volver a Honduras (Janduras) a intentar dejar algo en ese país en que el 33% de los chicos viven en estado de desnutrición, la mitad de la población es pobre y un tercio no sabe ni leer ni escribir.

Dadas esas estadísticas ellos decidieron montar una organización que se llama OYE Honduras… Organization for Youth Empowerment; ingenioso.

Ellos están (o estaban) instalados en El Progreso, una localidad hondureña bastante pobre. La idea es poder ayudar a dar educación a los chicos que menos tienen. Gestionan becas y también les ayudan con el alojamiento, comida y otras cosas.

También tienen programas de salud, de educación para el arte (Ana Luisa había estudiado historia del arte) y hacen actividades recreativas para los más chiquitos.

Nuestro encuentro también significaba para Ana Luisa el fin de su vida en Honduras. “No es fácil para una mujer gringa vivir allí”, me dijo. Su idea era seguir trabajando para OYE Honduras, pero “desde acá”; es decir, desde allá… desde Washington.

Cada historia tiene una historia y violar las reglas de esta revista (en cuanto a la extensión de las páginas) no sería correcto. Así que voy a usar los últimos párrafos de este relato para contar acerca de dos proyectos.

Uno nunca cree que los estereotipos puedan ser tan estereotipados. Aunque a veces las caricaturas se quedan cortas a la hora de caricaturizar a las personas. Nunca terminé de entender si Cindy era una nombre artístico o era real (otros documentos la mencionaban como Di) pero a los fines de esta nota las llamaremos Cindy y Holly. Ambas son de la China. Hablando de estereotipos, cuando las conocí me saludaron con la clásica reverencia china, pero lo más gracioso fue intentar que hablaran castellano: comenzamos con las palabras Andrea y María o -a decir de ellas- Andlea y Malia; de más está decir que mis clases no funcionaron.

Parece que en la sociedad china no es muy común el trabajo voluntario. Ellas están buscando promover ese tipo de laburo, desde la universidad a la que asisten que queda en una provincia, es decir fuera de Pekín.

El último al que quería mencionar es a Vikram. Hombre de la India, callado, hablaba casi en silencio, si es que eso fuera posible. Lo impresionante de Vikram no eran tanto sus características personales, sino el proyecto que llevaba a cabo.

Vikram había consumido drogas durante una parte importante de su vida. Por alguna razón dejó de hacerlo y decidió fundar un centro de rehabilitación. Lo interesante es que los coordinadores de este centro eran todas personas que fueron (¿Fueron?) adictas. “Es la única manera de que los coordinadores y líderes comprendan los problemas de los chicos que están tratando de rehabilitarse”, opinaba Vikram. La idea del centro es tratar el problema de las adicciones desde una perspectiva integradora con una fuerte política de reducción de daños y no penalizándolos o tratándolos como enfermos, como se suele abordar este tema.

¿Fueron? El problema que se le presentaba a Vikram, y del cual hemos charlado en alguna ocasión tratando de encontrar soluciones, es que muchos de esos coordinadores por el sólo hecho de estar en contacto con gente que consumía, volvían a caer en la trampa. De esta manera, la idea de ex adictos que ayudan a actuales adictos entraba en crisis. ¿Eso hace inválida la idea? A mi criterio no. Una idea brillante que sólo necesita más horas de vuelo y mejores mecanismos para que funcione mejor.

¿Se puede construir ese mundo ideal del que te hablaba al principio? Las utopías son utopías, son “no lugares”. Sin embargo, sí es posible acercarse a ellas. Pero para eso se requiere de gente que deje el lugar de pasividad y se anime a enfrentar los problemas, pensándolos no desde un punto de vista egoísta, sino tratando de apuntar al bien común.

Al menos éste es el ejemplo que me dejan Dániel, Abdinasir, Alexi, Justin, Ana, Cindy, Holly, Vikram y el resto de los chicos con quienes compartí aquel viaje. Un ejemplo, que vale la pena seguir.