Es el tercer río más contaminado del planeta. Al acercarse unas cuadras ya se puede sentir el olor a podrido. La pobreza agiganta un problema que ya lleva siglos, a pesar de las órdenes de la Justicia argentina para que se limpie. Las posibles soluciones.

Ilustración: Fernando Rawe

El hedor se hace insoportable. Basta acercarse a unas cuadras o pasar por encima de alguna ruta. También hiere la vista: tanto su estado de abandono con muelles y barcos oxidados como la basura que flota en el agua; ambos se fusionan generando el aspecto digno de una cloaca. Puede parecer ciencia ficción, pero se trata de un río ubicado en plena Capital argentina.

Es sinónimo de polución, negligencia y vergüenza. Serpentea aquietado entre siete millones de personas, en la zona sur de una de las ciudades más ricas de Latinoamérica. Es un golpe a la salud de quienes lo rodean y a la estética de quienes lo contemplan. Se llama Matanza-Riachuelo y es el río que representa más fielmente lo que la pereza política y el destrato ambiental empresario pueden provocar.

Ubicado al sur de la ciudad de Buenos Aires, de una extensión de 75 kilómetros (va de suroeste a noreste), es el afluente de agua dulce tristemente célebre por su escandaloso nivel de contaminación que desemboca en el Río de la Plata, el estuario que sirve de frontera entre la Argentina y Uruguay.

Huésped de honor en el inconciente colectivo local por las repetidas promesas de limpiarlo hechas por los gobernantes pero jamás cumplidas, el Matanza-Riachuelo volvió a ser noticia el mes pasado porque la Corte Suprema de Justicia reprendió a las autoridades competentes por la ineficiencia en la ejecución del saneamiento.

Hace dos años, una sentencia del Máximo Tribunal ordenó al Gobierno nacional, al de la provincia de Buenos Aires y al de la Capital Federal a cumplir un cronograma de limpieza del río por la extrema peligrosidad que representa para la mitad de los 15 millones de habitantes del área metropolitana de Buenos Aires. Para la Corte hubo “incumplimientos injustificados” y exhortó a juzgados inferiores a que comiencen a imponer multas a los funcionarios inoperantes.

¿Exagera la Corte? De ninguna manera. Según un estudio de la Fundación Vida Silvestre (WWF en sus siglas en inglés), el Matanza-Riachuelo es el tercer río más contaminado del planeta. El primer puesto es para el río Salween, que va desde el Tíbet hasta Myanmar, y el segundo para el Danubio, que va desde el centro europeo hasta las costas de Rumania.

Esto significa que el río argentino es el más contaminado no sólo de Latinoamérica sino de todo el Hemisferio Occidental (para no sentirnos tan mal, enseguidita en el cuarto puesto está el río Bravo o Grande, que separa Estados Unidos y México). Además, agrava la situación el hecho de que se haya multiplicado la población de bajos recursos que vive sobre la ribera del Riachuelo (como se denomina popularmente la cuenca baja del afluente, siendo la media y alta el Matanza).

Desechos por doquier

Juan Agustín Morettón es uno de los científicos argentinos que más conoce sobre el río en cuestión. Estudia el tema hace 30 años, es docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires y participó de la comisión de especialistas que convocó la Corte Suprema para analizar el tema del Matanza-Riachuelo y exigir luego, en base a lo reportado, su saneamiento. “El río tiene una contaminación que arrastra desde la cuenca alta, por agrocompuestos que se usan en agricultura y ganadería, básicamente por el uso de agroquímicos, abonos, pesticidas, excretas de animales y aves, lo que genera altas cargas de nitrógeno y materia orgánica. En la cuenca media, y hacia la cuenca baja, se suma todo lo industrial, desde desechos de frigoríficos hasta de metalúrgicas, pasando por curtiembres y químicas. Y como tercer factor están los basurales a cielo abierto, que siguen creciendo a pesar de que están prohibidos, produciendo el lixiviado, que es cuando la lluvia lava y lleva el lavado del basural al río”, explica el bioquímico

Morettón es bioquímico y conoce de cerca los procesos necesarios para el saneamiento. “A veces las industrias tiran los desechos al río y en otros casos hay un tratamiento pero que es insuficiente. El asunto es que tratar el agua es costoso, a nadie le gusta invertir dinero en residuos, así que no se hace a menos que lo obliguen. Es un problema político”, opina.

Una peculiaridad de este cauce es la monumental acumulación de chatarra que tiene en sus aguas. “Es histórico, es un cementerio de barcos, pero eso más que contaminar lo que produce es una dificultad del flujo de agua, lo traba, y al ser un río que tiene una pendiente de medio metro por kilómetro –es casi una pileta- a veces el viento de sudestada hace fluir para atrás el agua. En la chatarra no está el problema, sino en los metales pesados que se vierten, que son tóxicos, como el plomo, carnio, mercurio, ese tipo de desechos industriales”.

Moretton es categórico: no hay zonas prístinas en el Matanza-Riachuelo. “El deterioro es completo. Hay gente que está habitando zonas que no se pueden habitar, va a haber que mudarlos porque el nivel de contaminación es muy alto y de ninguna forma pueden vivir ahí”, fulmina.

El problema es que muchas personas de condiciones socioeconómicas extremadamente bajas decidieron instalarse allí, aprovechando los abandonos en terrenos industriales. Esto no sólo hace que corran un serio riesgo sus vidas, sino que además ellos mismos echan sus residuos en el afluente, lo que retroalimenta el problema. “Muchas bacterias que están en el agua no son patógenas, pero siempre se puede pescar una que sí. Si no hay contacto, se verán efectos secundarios por todo lo que puede pasar del agua al aire y a través de animales contaminados como ratas o insectos. En este sentido, se suelen ver muchos casos de afección respiratoria y problemas dermatológicos”, señala.

El aspecto más grave que explica Moretton es que, si bien no se puede hablar de que el río provoque una muerte directa, su toxicidad sí es capaz de derivar en retraso mental o madurativo por el plomo. “Si una persona está en contacto directo con el agua puede derivar en alteración de material genético, y más grave es la alteración en bacterias patógenas que las pueden hacer más resistentes (a los medicamentos)”, alerta.

Con respecto a las napas subterráneas, el Matanza-Riachuelo las pone en peligro con los repetitivos desbordes del río. Cuando se sale de cauce, el agua arrastrada a otras zonas permea hasta las napas e inunda las inmediaciones. Además, el Riachuelo libera hidrógeno y algunos gases de metabolismo bacteriano que son agresivos.

El Bicentenario que avergüenza

La contaminación del río que bordea el sur de Buenos Aires cumple, como la Argentina, 200 años. “Empezó justo después de la Revolución de Mayo (en 1810), cuando se pudo comercializar más libremente la carne salada. Allí arrancó la contaminación por los saladeros y mataderos de animales. Luego eso sería reemplazado por los frigoríficos y la industria mediana que los proveía. A partir de 1930 se hicieron canales para la siderurgia”, recordó Moretton.

Con respecto al saneamiento, el profesor e investigador relata que hay dos escuelas de pensamiento. “Las dos coinciden en que hay que dejar de contaminar, tirar los residuos y controlar los basurales. Pero una dice que no se toque nada y que la naturaleza haga lo suyo, y la otra dice que no, que draguemos”.

La mayor cantidad de contaminantes pasa del agua al lodo, por lo que si se draga, es un problema qué hacer con lo extraído del fondo del río (especialmente considerando que, según estudios, tiene más cromo acumulado el lodo que lo que se puede encontrar en el mineral del que se extrae el propio cromo). Moretton recomienda en determinar primero quién está contaminando y cuánto, y después diferenciar entre grandes contaminadores y los pequeños pero que vierten elementos muy peligrosos.

Luego, regular todo lo que se desecha y encarar la movilización de la población. “Creo que la limpieza se va a hacer sola con el tiempo, no hace falta un período tan grande. Algo similar pasó con el Támesis (de Londres). Todo esto es complejo y requiere decisión política, y hasta ahora para limpiar no se está haciendo absolutamente nada”, agrega.

Dos hechos ponen más luz sobre la gravedad de la responsabilidad política en el asunto. Uno de ellos es que, según Moratton, el mayor volumen de residuos contaminantes los libera AySA, la empresa estatal de agua potable. “Gran parte del fluido de las cloacas se vierte antes de llegar a su desembocadura final, porque están pinchadas por debajo. En cuanto a volumen, es lo que más contamina”, subraya.

Por otro lado, existe una resolución dictada por la Autoridad de Cuenca Matanza-Riachuelo (órgano tripartito estatal conformado por el Estado nacional, la Capital Federal y la Provincia de Buenos Aires), en la que se autoriza a que el río pueda contener el máximo nivel de contaminación tolerable para tenerlo que limpiar lo menos posible. “La Academia de Medio Ambiente salió a criticar esa resolución, que técnicamente fue un desastre”, añade.

Como el tango y el mate, el Matanza-Riachuelo viene hace dos siglos dándole su impronta a la región del Río de la Plata. Su dejadez es la clara expresión de la negligencia política que está arraigada en esta latitud. El Bicentenario Argentino también debería servir para darse cuenta de que vale la pena trastocar algunos íconos de nuestra idiosincrasia. Aquellos que pueden cambiar, para bien, la calidad de vida de su gente.

Ilustración: Fernando Rawe

¿Te gustó esta nota? Suscribite clickeando acá

+Info

Algo más sobre la situación del Riachuelo:

Fundación Vida Silvestre

Autoridad de Cuenca Matanza-Riachuelo

La situación de la Cuenca Matanza Riachuelo, según Greenpeace

Centro de Información Judicial: Especial Riachuelo

El riesgo de vivir junto a la contaminación, un artículo del Diario La Nación