Una cronista de Radio Nacional vivió dos semanas en la isla caribeña arrasada por el terremoto que se cobró 200.000 muertos. En diálogo con Opinión Sur Joven cuenta su experiencia en el punto más caliente del planeta. Vivencias, sensaciones y reflexiones de una testigo del acuciante drama que padece el país más pobre de América.

Por alguna razón, o tal vez por ninguna, la naturaleza y la civilización occidental parecen habérsela ensañado con el costado occidental de la isla de Santo Domingo, el lugar donde llegó hace más de medio siglo Cristóbal Colón y dio origen a la conquista de América.

Unos 28.000 km2 del oeste isleño (casi un tercio del tamaño de Uruguay) corresponden a Haití, que si para fines de 2009 ostentaba el triste título de ser el país más pobre del continente y uno de los más pobres del mundo, tras el terremoto de 7,3 en la escala de Richter suma a su dramático medallero el de haber sufrido, según una comisión del BID, la mayor tragedia natural de la historia moderna.

Pero esta sufrida nación de 9 millones de habitantes (en aplastante mayoría afroamericanos descendientes de esclavos), está acostumbrada a la furia del planeta. Isla caribeña al fin, está a merced de las tormentas tropicales durante buena parte del año.

En 2008, los huracanes Gustav, Hannah e Ike arrasaron la ciudad de Gonaives, dejaron 500 muertos y la destrucción del 15% del PBI haitiano. En 2004, el huracán Jeanne mató a 5.000. Y las cifras dramáticas pueden seguir por varias páginas, por lo que no llama la atención que el promedio de expectativa de vida de la ex colonia francesa sea uno de los más bajos del mundo.

Tal vez sea la mayor paradoja de la historia que el primer país de América Latina en declarar su independencia (y el segundo del continente, luego de Estados Unidos) en 1804, y el primero en abolir la esclavitud, se haya convertido en lo que los teóricos de la política internacional llaman un Estado fallido: inmerso en el caos interno e imposibilitado de autosustentarse.

Décadas de corrupción endémica de su elite política, de perversas intervenciones extranjeras -primero desde París y luego desde Washington-, y una pobreza estructural en recursos naturales (ni siquiera fue beneficiado por tener extensas playas de arena blanca, ya que por su orografía en sus costas prevalecen los acantilados), llevaron a esta situación.

El sismo que en tan sólo 40 segundos mató a 215.000 personas fue un triste recordatorio del drama humano más ardiente del Hemisferio Occidental. Desde 2004, la Minustah (misión de paz de Cascos Azules de la ONU y que perdió 200 miembros por la tragedia) había logrado instalar ciertas mejoras, pero todo ha retrocedido. Muchos países acudieron en ayuda, entre ellos la Argentina.

En el segundo avión enviado por el gobierno argentino, Liliana Arias, una periodista de Radio Nacional, viajó para cubrir el trabajo de los Cascos Azules y Blancos argentinos en la zona del desastre. Si bien pudo volver antes, eligió quedarse dos semanas en medio del horror. Este es su testimonio.

Entre el dolor y el temor

“Era tal el caos en el aeropuerto de Puerto Príncipe que había rondas de aviones (cuando circulan en el aire por sobre la pista haciendo tiempo) hasta que Estados Unidos nos dio pista. Ya desde el allí se podía ver la destrucción y los techos caídos”, cuenta Liliana.

Al bajar del avión, en el aeropuerto ella vio una larga hilera de haitianos. “Eran de clase acomodada que querían escaparse a República Dominicana. Ellos (antes del sismo) solían irse el mismo día de compras a Miami y volvían a la noche. Los pobres me pedían que no les saque fotos por su religión (vudú), otros te pedían plata a cambio, y los de sector más alto, por su estado paupérrimo, me llegaron a decir que no les saque foto en ese estado, pareciendo pobres”, recuerda.

Durante la espera del aeropuerto, a la enviada de la radio pública argentina le robaron la botella de agua mineral, sin siquiera notarlo. La sed y el hambre desesperante fue uno de los costados más crudos en los días posteriores al terremoto.

La primera noche, Liliana durmió en Puerto Príncipe, en las inmediaciones del aeropuerto, donde están instalados los contenedores de la treintena de países integrantes de laMinustah, y en donde habían establecido sus bases las grandes cadenas como la CNN. Allí se dormía, se comía, se trabajaba, se vivía.

Al día siguiente, con la llegada de los Cascos Blancos, partió rumbo a Leogane, una ciudad que queda a 40 kilómetros al suroeste de la capital haitiana, y que fue el epicentro del sismo. A pesar de la cercanía, tardaron más de dos horas en llegar. En el camino, sobre una ruta decentemente asfaltada y a bordo de una camioneta de las típicas de la ONU (totalmente blancas), a cinco días del brutal terremoto, se observaba un escenario dantesco.

“El tráfico circulaba a paso de hombre por la cantidad de gente que deambulaba sin rumbo, como zombies, aturdidos. Y muchas mujeres cargando cosas en canastas o envueltas en paño, caminando mirando a la nada. A la vera de las rutas había muchos cadáveres, pero todos tapados con diarios o ramas. A veces con neumáticos. Se los quemaba así para que la combustión fuera más rápida. Los cementerios estaban todos revueltos, destruidos, no había dónde poner los cuerpos. Si no se los quemaba, se hacían fosas comunes”, grafica Liliana.

En la ruta también circulan muchos “tap tap”, unos autobuses típicos de allí pintados con eslóganes religiosos y dichos populares en sus costados o partes de atrás. Allí la gente viajaba hacinada por la disparada migración interna. Miles de haitianos del litoral sureño buscan desde el sismo mudarse al norte o a donde tengan familiares con casas que hayan quedado en pie.

“No se podía bajar de la combi por tu seguridad e integridad física, se dependía completamente de los cascos azules. La gente estaba pasada de rosca, con mucha hambre y sed. El saqueo se podía venir en cualquier momento”, relata Liliana. Por si fuera poco, sobrevolaban helicópteros de Estados Unidos que arrojaban desde 50 metros paquetes grandes con alimentos. “Si no los mató el terremoto, los mataban con los paquetes. Ellos se agolpaban para recibirlos”.

Es impactante un recuerdo particular que tiene: el hedor a muerte que empapa algo tan insustituible como el aire. “Ese olor a muerto se funde, es como dulce, repugnante, se te impregna, se mezclaba con olor a carne quemada y neumático. Pero llega un momento en que ya no se siente más nada, la nariz no siente más. La cabeza también se acostumbra a la destrucción, te termina pareciendo normal verla. Debe ser un mecanismo de defensa. Cuando volví a Buenos Aires hasta sentía bronca al ver todo tan colorido y bien construido, de la costumbre de ver todo demolido”.

La ciudad de Leogane, al ser el epicentro del temblor, fue la que más sufrió. El 90% de sus construcciones se derrumbaron. Un haitiano dueño de una destilería de ron cedió un terreno en las afueras para que los cascos azules montaran su campamento, con hospital incluido. Allí, estaban a cargo las fuerzas de Sri Lanka, ya presentes previamente por la Minustah.

“La gente comenzó a acercarse. Todos te miran con absoluta desconfianza. También la había de nuestra parte, porque tenés miedo de cómo van a reaccionar. Hacía cinco días que no comían. Se corrió el boca a boca de que venía el hospital argentino y empezaron a llegar los primeros quebrados, mutilados, politraumatizados, etc. Vino un viejito que se acercó y tímidamente empezó a ayudar y llamó a otros, y entre todos empezamos a hacer el campamento. Muchos pacientes llegaban en carritos con dos ruedas y dos palos, con la familia caminando atrás”, describe Liliana.

Si bien hay bastantes haitianos que hablan castellano y oficiaron de traductores, Liliana cuenta que desespera el no poderse comunicar. “Son sumisos, gente que viene muy golpeada, aguantan el dolor con una dignidad tremenda. El primer grito que escuché fue por un parto. Y al parir lo hacen por religión, agradecen a Dios. Es cultural, tanto como no gritar cuando sufren. Llegué a ver un médico que le cosía la cabeza a un chico y se oía el repiqueteo con el cráneo. No podía creer cómo ese chico no gritaba del dolor, y sólo balbuceaba mamma”.

“¡Que alguien haga algo, por favor!”

A la semana de estar allí, se realizó una recorrida por el centro de Leogane. “Ese día fue durísimo, porque cuando te acercás al escombro se ve todo, los perros desnutridos, las medias tiradas de un chiquito. Veía la intimidad de las casas, porque estaban las paredes derrumbadas pero se observaban las camas armadas, las mesas que quedaron arregladas, los libros apilados, todo como estaba al momento del terremoto”, describe Liliana, de manera tal que remonta a la películaDogville, de Lars von Trier, en donde la escenificación es siempre la misma: un hogar con muebles sin paredes.

En la ciudad había un estadio de fútbol, atestado de gente que fue ahí a buscar cierta protección, una suerte de autoevacuación. El olor a putrefacción era insoportable y la gente montó allí, así como en las rutas o en las veredas, el prototipo de viviendas post sismo: cuatro cañas de azúcar paradas, revestidas con manteles o sábanas que sacaron de los escombros. La escuela local también estaba totalmente derrumbada y se podían ver restos de trabajos hechos a mano por los chicos.

Tampoco se salvó la Iglesia. Además de destruidas sus paredes y techo, había quedado torcida como la Torre de Pisa. “Me impactó ver a las mujeres con escobas hechas con pajas para barrer las calles. Era como compulsiva la actitud, no paraban de barrer. Ves gente muy activa y otros que están sentados a la buena de Dios, esperando que algo pase”, recuerda.

“Continuamente pensaba adentro mío ‘¡que alguien haga algo, por favor!’, porque es tal la magnitud del desastre que todo lo que se hace no se nota”, explica. A pesar de estar protegida por la estructura de las fuerzas argentinas, la labor de Liliana se asemejó mucho al periodismo de guerra: poco descanso, exposición a enfermedades, mala alimentación y el embate emocional constante que implica estar siempre rodeado por el drama humano más descarnado.

“No pasé hambre porque los de Sri Lanka nos daban de comer, casi siempre arroz. A la mañana también pan con manteca y mermelada y después salsas picantes típicas de Sri Lanka a las que no estaba acostumbrada, como curry. A veces pollo muy trozado o cubitos de carne vacuna. Y mucha agua fría, café y té. Allá el calor es insoportable, a pesar del invierno, hacía 35 grados bajo un sol abrasador, que sale a las 5 de la mañana y no te deja dormir más”, enumera.

Sin embargo, el momento de mayor riesgo fueron las cuatro réplicas sísmicas que ella vivió durante sus dos semanas. “Sentí la primera, que fue de 6,1 en la escala de Richter, durante la madrugada, mientras dormía. Instintivamente y por una cuestión de supervivencia, mi cuerpo se levantó automáticamente y atiné a mirar afuera. El piso tiembla y si te quedás parado te voltea. Fueron unos 10 segundos, no más. El propio movimiento de la tierra genera un ruido espantoso, ensordecedor, como que cruje”. Después de ese hubo otros tres. Dos de 4 grados que sucedieron con cinco minutos de diferencia, durante la tarde. Y el cuarto durante una madrugada también, de 5 grados.

Para Liliana, lo mejor que le dejó esta experiencia de vida fue el trabajo en equipo, el respeto al rol que cumple el otro y la generosidad. “La camaradería genera el buen humor y poder sobrevivir. Hay algo propio que pasa en la psiquis que es que la mente se acostumbra al horror, y genera mucho sentido del humor, de algún modo tu cabeza te pide escapar. En cuanto se te cayó una lágrima, estás acabado. Entonces había chistes y humoradas entre todos”.

Como ex maestra de jardín de infantes, resalta la relación que pudo establecer con los niños haitianos. Algunos de ellos le entregaron cartitas con dibujitos que ella, por algún mecanismo de defensa emocional, aún en Buenos Aires y a semanas de haber regresado no puede animarse a ver.

“Lo peor que me dejó es ver cómo puede haber tanto ensañamiento para con un pueblo. No se puede culpar a nadie, ni a la naturaleza. Pero entristece. Tienen pobreza extrema, enfermedades de todo tipo (el 7% de su población padece HIV), analfabetismo, huracanes y encima terremotos. El sufrimiento de los chicos también es de lo más terrible. Sentís vergüenza al ver a los haitianos y saber que se está ganando un sueldo por tu trabajo gracias al dolor de ellos. Esa ambigüedad interna es constante”, agrega.

Desde su experiencia en el campo de operaciones, reclama a la ONU que se tiene que replantear la asistencia. “El haitiano no tiene trabajo, se lo tienen que generar, sino siguen con la cultura del dame todo servido. Se encontraron casos donde algunos vendían las bolsas con alimentos. Y ni siquiera cuentan con líderes sociales, gente que les ayude a construir algo”.

Tras 14 días que pueden bien ser los más apasionantes y a la vez traumáticos de su vida, Liliana aún no pudo llorar lo que vivió allá. Dice que no lo quiere hacer para preservarse ella misma. Si bien se cree que al ser humano las situaciones más terribles lo endurecen, ella deja una reflexión que, en tiempos de frivolidad, individualismo y materialismo, hasta parece una recomendación: “Vivir lo de Haití te hace hombre, en el sentido que te humaniza. Cambia tu perspectiva y te da vuelta la cabeza”. Algo inexorable para que todos los Haití del mundo dejen de padecer.

Las imágenes fueron tomadas por Liliana Arias durante su estadía en Haití

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Más datos sobre Haití:

Informe de Desarrollo Humano 2009, de Naciones Unidas. Allí se encuentra información e índices acerca del estado de situación de Haiti.

Puerto Príncipe

Minustah

Cascos Blancos

Dogville, de Lars von Trier