El stress laboral es una patología cada vez más común en los
jóvenes, muchos de los cuales deben combinar sus trabajos con sus estudios: jornadas laborales de diez o doce horas, quedarse hasta tarde para no ser mal visto o la idea de que hay que dar todo por la empresa, generan problemas psíquicos, físicos y sociales. En esta nota te contamos los distintos tipos de stress y las causas de una sociedad cada vez más adicta al trabajo. Y por supuesto, algunas soluciones. Opinan una psicóloga gestáltica, uno cognitivo-conductual, un terapeuta de shiatsu y especialistas en Yoga.

Toda gran ciudad envuelve a sus habitantes en una atmósfera de sonidos continuos: bocinas, motores, sirenas, voces. La gente se agolpa y choca al caminar por las calles. El secreto está en cómo usar los huecos entre un cuerpo y el otro para conseguir pasar y ganar unos minutos o, al menos, segundos. Y cuando llega el momento de mirar el reloj la respuesta es definitiva e inalterable: ya pasó el tiempo del almuerzo, hora de volver al trabajo. “No puedo más -dirán algunos por la noche- estoy estresado”. ¿Pero realmente lo están?, ¿es posible prevenir el stress?, ¿cómo puede curarse? Hay preguntas que se hacen cotidianamente y se responden con ideas instaladas en el saber popular: bajá un cambio, pará la moto, desacelerate… Sin embargo, hay especialistas que trabajan sobre los conflictos de ansiedad y ofrecen soluciones concretas para resolverlos.

De mitos y realidades

Hay situaciones que ponen a prueba la capacidad del individuo para afrontar su actividad laboral. Muchas veces el trabajador puede resolverlas positivamente. Pero cuando se viven como amenazas sobreviene un malestar que deriva en angustia, falta de compromiso o problemas físicos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) definió el stress laboral como “el resultado del desequilibrio entre las exigencias a las que se enfrenta el individuo y sus conocimientos”1: es decir, el estado en que las presiones superan la capacidad de respuesta y en que la tensión se traduce en ansiedad. Se pierde entonces el equilibrio físico, mental y social.

“Funciona como un dispositivo cerrado: llega un momento en que el sujeto no rinde más porque está en ese estado que, a la vez, es producto de las exigencias”, explica la psicóloga gestáltica Mirta Domato, quien entiende que el nivel de competencia que hay en la sociedad es estresante para todos. “Al depender de los valores del afuera la persona va saliendo de su eje y así es como se estresa”, advierte.

“El stress es una reacción de adaptación que tiene el organismo para defenderse de determinadas situaciones”, dice el psiquiatra Enzo Cascardo, director del Centro de Investigaciones Médicas en Ansiedad (IMA). Cuando el stress es acotado en el tiempo se lo denomina reactivo y cesa cuando desaparece su causa, sin provocar ninguna alteración. El problema, explica, aparece cuando la situación estresante perdura en el tiempo o cuando la reacción se hace crónica. Un ejemplo de esto serían las malas condiciones laborales. En estos casos se habla de “stress patológico”. “Todos aquellos cambios en el organismo que estaban para defenderse empiezan a hacer daño. Vivir estresado es un factor de riesgo para otro tipo de patologías, como las cardiovasculares”, asegura.

Trabajolismo

Competencia y sobre exigencia son dos condiciones que los trabajadores de los países del tercer mundo deben sobrellevar si quieren mantener su fuente de ingresos. Un trabajólico (o workaholic) es un adicto al trabajo.

“Es alguien para el que su droga es el trabajo, toda su vida pasa por ahí. Esto deriva en una falta de autoestima. Hay un ideal entre lo que se espera del sujeto y lo que éste realmente puede ser, lo cual nunca se cumple, porque es imposible ser el mejor de todo lo que circula en el mundo”, explica Domato.

Domato interpreta que en los últimos años el ser humano ha mutado de ser social a ser individual. “Se pasó de una relación yo-tú, a pensar al sujeto como un objeto desde un sentido de rendimiento. El stress provoca entonces una adrenalina que no hay manera de compensar: cuanto más se tiene, más vacío se siente. Al depender de los valores del afuera -y no de lo que tiene ganas de ser- la persona va saliendo de su eje, y así es como se estresa”.

Según Cascardo desde fines del siglo XX hay una patología que tiene que ver con las condiciones laborales: “Está instalada la idea de que hay que matarse por la empresa. Esto a mediano plazo es terriblemente dañino”, asegura. “Hoy una persona firma contrato por ocho horas pero si se va en su horario está mal visto. Entonces, aunque no esté escrito en ningún lado, se queda hasta que no haya nada más que hacer y no le pagan las horas extra”

Martín renunció hace unos meses a un trabajo de diez horas por día en el sector compras de una proveedora para irse a otro empleo donde el sueldo es más bajo pero tiene menor carga horaria. “Si servís te exigen al máximo -afirma- y cuando ven que ya estás harto te dan una palabra de aliento, pero todo sigue igual”. Confiesa que el agotamiento lo ponía de mal humor, que por las noches se quedaba dormido en cualquier lado y que, como también trabajaba los sábados, los fines de semana lo ganaba el cansancio y terminaba sin disfrutarlos. Algo similar le ocurre hoy a Jessica, responsable del sistema de gestión de calidad de una empresa: cuanto más trabajo tiene más le cuesta organizarse y suele bloquearse. “Entonces dejo todo, me relajo, me distraigo y recién retomo”, cuenta. Sin embargo, entiende que el stress laboral es propio de estos tiempos: “Cuando vas por la calle ves a todo el mundo a mil. Creo que no soy la única que lleva este tipo de vida”, opina.

Los especialistas y sus ofertas

“Hoy el tiempo está planteado de una manera absurda -reflexiona Domato-, hay una estructura estresante toda la semana y no hay un momento para hacerse preguntas”. Desde la terapia gestáltica se trabaja la respiración, las emociones, la mirada cultural. También se proponen determinados principios, como: estar en el aquí y ahora, no acumular y darse el tiempo para uno mismo. “Tomamos al ser como un cuerpo que va más allá de lo netamente físico y tratamos de dar cuenta de las capacidades que tenemos previo a que las cosas sucedan”, cuenta y explica que, si bien es el paciente quien debe encontrar la salida, se trata de un enfoque profundo en el que se busca cambiar las actitudes.

La propuesta de Cascardo para los trastornos de stress es, en cambio, una terapia cognitivo conductual: cambiar el sistema de creencias y desarrollar herramientas para una mejor adaptación mediante “un tratamiento breve, más barato y comprobado científicamente”. Y argumenta con un ejemplo: “Si un día volvés a tu casa y ves que se está incendiando tenés dos opciones: llamar a los bomberos y, mientras tanto, agarrar un balde de agua para empezar a apagar el fuego o sentarte a ver cómo se está quemando y pensar qué habrás hecho para que eso ocurra. Lo primero que todos vamos a hacer es apagar el incendio”. En el Centro de Investigaciones Médicas en Ansiedad (IMA) tienen para ello talleres de prevención y manejo del stress.

Las alternativas para prevenir

Cuando las personas están tensionadas suelen acudir a kinesiología o a un masajista. Muchos desconocen la existencia de un masaje japonés que trabaja con la digitopresión sobre las líneas energéticas. Axel Goldweic es terapeuta de shiatsu, al que define como “un tratamiento que ayuda a encauzar la energía y armonizar”. Él afirma ver el stress de sus pacientes en la falta de vitalidad en los ojos, las facciones duras y el caminar rígido. “La medicina oriental dice que lo micro puede verse en lo macro: el arte está en poder leer el cuerpo y ver qué pasa adentro”, explica. Axel observa que esta técnica hace al paciente partícipe de su curación al ayudarlo a tomar conciencia de la importancia de tener una buena postura, relajarse y respirar mejor. “Es difícil estar en un estado de armonía pero hay que intentarlo. La tranquilidad es el estado normal del ser”, sostiene.

El yoga es otra práctica que ayuda a restaurar el equilibrio y alcanzar la paz interior. Swami Shivapremananda, director de los tres centros que llevan su nombre -en Chile, Argentina y Uruguay-, explica que “las posturas actúan sobre el cuerpo físico, mientras que los ejercicios de respiración y las prácticas de meditación contribuyen a controlar y a calmar la mente2”. Saber reconocer la diferencia entre la tensión y la relajación es -según Shivapremananda- “el primer paso para adquirir la capacidad de introducir cambios en nuestro estilo de vida con el fin de reducir la influencia de los factores estresantes”. Más allá de que una persona sea más o menos vulnerable a los factores estresantes, desacelerarse está dejando de ser una opción para transformarse en una necesidad. Cuando el cuerpo y la mente exigen un descanso, las quejas no hacen más que contribuir al estado de malestar. Desandar el camino que lleva al desequilibrio implica una actitud conciente y activa por parte de las personas que vean afectado su rendimiento laboral debido al stress. Las opciones son varias, cada uno deberá encontrar la práctica que le resulte más eficaz. Aunque, seguramente, lo mejor sea no dejar que el malestar se transforme en algo cotidiano para darse cuenta de que algo no está bien: prevenir las causas antes que sufrir las consecuencias.

Agradecimiento al psicólogo Alejandro Urman por su colaboración en el desarrollo de la idea.