Los escépticos dicen que el fútbol es un negocio; los más románticos, que es un espectáculo. Sin embargo, más allá de ambos fines, también se puede utilizar el deporte más popular del mundo para ayudar. Torneos carcelarios, proyectos para ayudar a aquellos futbolistas que no llegan a hacerse estrellas, campeonatos callejeros y una movida que crece: la de utilizar el deporte con fines sociales

La pelota tiene gajos. Y cada uno de esos gajos, encierran mucho más que una simple cámara. El fútbol no es solamente fútbol: es una construcción filosófica, cultural y, sobre todo, social. Todo se sostiene en la pelota, en los gajos. En lo que el fútbol tiene para dar. Y no sólo adentro de la cancha.

Libres

Había que verlos a los presos festejando su victoria, su libertad: pateaban y corrían, nadie los perseguía. Festejaban y nadie los condenaba; ni siquiera la opinión pública. Se abrazaban y hasta se preparaban. Se liberaban al compás.

Corría agosto de 2006. El Estadio Único de La Plata era el escenario de la primera final del mundial de fútbol para presos. En realidad era un mundial mentiroso, porque no jugaban entre sí equipos de distintos países, sino que cada unidad carcelaria -de 32 distintas penitenciarías de la provincia de Buenos Aires- emulaba un país distinto de aquéllos que habían participado en Alemania 2006. La iniciativa había sido impulsada por el gobierno local, y ya se promete que en 2008 se harán los “Juegos Olímpicos de Presos”.

El “Mundial de Presos” lo ganó Suecia… bueno, en realidad lo ganaron los muchachos de la unidad 42 de Campana, que vistieron la camiseta amarilla y azul de los suecos. Pero más allá de la anécdota, el ejemplo vale: en lugar de marginarlos y aislarlos, se los integra con un fin social.

Un mes antes -en julio- la pasión había estado en Alemania, pero en otro encuentro planetario: el país germano había albergado al “Streetfootball World”, la Copa del Mundo para chicos de la calle (incluso de Sudamérica). Otra oportunidad, para quienes tienen poco o nada. Streetfootballworld es una organización internacional sin fines de lucro, con base en Berlín (Alemania), que trabaja nucleando distintas organizaciones que promueven el “Desarrollo a través del Fútbol”. “Streetfootballworld desarrolla un centro de competencia que vincula y fortalece iniciativas continuas y sostenibles que usan el fútbol para promocionar el desarrollo social y cambiar las vidas de individuos marginados y de bajos recursos alrededor del mundo, aumentando sus oportunidades y consolidando un entorno de cambio social a nivel global”, cuentan en su página web. Cada cuatro años esta ONG organiza un mundial de fútbol social, en el mismo distrito que el mundial original. Este año se juntaron en Alemania 22 proyectos de fútbol callejero que compitieron entre sí priorizando el juego limpio y los intercambios culturales.

Dos oportunidades. Para los presos -aquéllos que están privados de la libertad- y para los que menos tienen; curiosamente, aunque sin rejas, también privados de la libertad.

Contracara

Oportunidades. Otros, sin embargo se quedaron sin ellas, ésas de las que creían ser privilegiados. “Era capitán, ídolo y de repente ya no era nada”, dice Rubén Suñé (jugador de Boca entre 1967-1972 y 1976-1980), como si estuviera haciendo un documental de su propia vida. Es la sensación de un jugador que lo tuvo todo, pero al que le faltó la sabiduría de capitán para conducir su propio velero.

Una baranda en el camino al precipicio evitó que pasara a mejor vida. Hoy Suñé, ya recuperado -mental y físicamente- es consejero de los más chicos. A ellos les recomienda: “Estudien, trabajen, no se jueguen todo al fútbol porque no dura toda la vida. Eso era lo que yo creía”.

Él, justamente, había sido miembro de la elite. No todos están preparados para no vivir más de la pelota. Otros, en tanto, no están mentalizados para quedarse en el camino a la “gloria”. En Uruguay, por ejemplo, se calcula que el 1 por ciento (apenas) de los chicos que intentan vivir del fútbol llegan a Primera División. Y ni hablar si después la fuente de trabajo sirve para vivir. La carrera, con vasta suerte, dura alrededor de 20 años. El negocio, cuadrado, cambia a la protagonista geométrica (la pelota, redonda).

Después del Mundial 94, hinchas (¿?) furiosos colombianos asesinaron al defensor de su Selección Andrés Escobar, quien convirtió un gol en contra en la Copa del Mundo. Hace dos meses, el presidente de Gimnasia de La Plata, en Argentina, ingresó al vestuario a amenazar al árbitro. El encuentro, suspendido. Barra bravas en Ecuador, Chile, nadie está excento. La violencia acecha y amenaza.

El fútbol, mientras tanto, encuentra afuera de la línea de cal un lugar para no caer como Suñé. La violencia ocupa un sillón central, sí. Pero no es el trono que el mundo eligió para contemplar el juego. Reducirlo así sería despreciarlo para ignorarlo. Y ejemplos, del otro costado (y afuera de la línea de cal), sobran: mundial de presos, canchas construidas estratégicamente en favelas de Brasil, copa del mundo para chicos de la calle, personas a las que el fútbol les salvó la vida (leáse la historia de Luis Escobedo, ex técnico de Comunicaciones en la Argentina, quien volvió de la guerra y encontró su consuelo).

Ganar sin jugar

Alejandro Rico es director de A Ganar Uruguay, un programa que se encarga de capacitar extrafutbolísticamente a quienes sueñan con llegar a Primera, para que puedan desarrollar otro tipo de habilidades en caso de no llegar. Él mismo lo explica: “Los mismos jóvenes saben que son pocos los que llegan a los niveles más altos y que deberían tener otras habilidades y alternativas de empleo. Pero al principio del programa, la mayoría sólo piensa en jugar al fútbol”.

La idea es capacitarlos en otras áreas que son importantes para conseguir un trabajo. “Trabajo en equipo, comunicación, disciplina, respeto, foco en resultado y auto-desarrollo son habilidades que los jóvenes tienen y practican todos los días en el campo de fútbol. Repetimos estas seis habilidades/valores constantemente y durante todas las fases del programa. Los jóvenes están evaluados sobre su capacidad de entender, expresar y utilizar cada una de ellas. Algo importante es que no estamos dándoles nada nuevo, sino que estamos ayudándoles a transformar lo que ya tenían”, cuenta. En realidad, la ecuación es simple: cuando se suman optimismo con resultado, no hay previsión que valga. Sólo optimismo.

A Ganar, entonces, no compite con el fútbol: le da al deporte la herramienta que necesita. La de la planificación. En un mundo donde manda el resultado, difícil pedirle al jugador (al hincha, al que sea en un país futbolero) que piense más allá del domingo. Difícil parar la pelota, literalmente.

El programa funciona en Brasil, Ecuador y Uruguay y tiene pensado expandirse hacia Argentina y México, en 2008. En el país oriental, incluso, ya tienen graduados que están trabajando.

Lo más importante, sin embargo, es cómo el programa le puede dar lo que, muchas veces, le hace falta al juego. A Ganar se ocupa de los jóvenes: aquellos chicos que quisieron llegar, pero por alguna razón no llegaron. ¿Qué hacer con su futuro?

Sin embargo, también hay problemas con los que sí llegaron, se retiraron, no saben que hacer con su presente y ponen en riesgo su futuro. Futbolistas Argentinos Agremiados también ideó un plan para evitar casos como el de Suñé. La Fundación El Futbolista apunta, justamente, a “promover el acceso de los futbolistas a nuevas oportunidades laborales y educativas”. Otro enfoque: mismo fin

Que por gloria, poder y/o dinero, el fútbol haya dejado de ser una excusa y se haya convertido en un fin no es problema del fútbol. Si bien es una fuente de trabajo, tiene un don que pocos trabajos tienen: nadie se retira del fútbol; se retiran, a lo sumo del negocio. Y lo difícil, entonces, es entender que otra vez y, tal como lo fue genéricamente, vuelva a ser un juego. Como lo es para los chicos de la calle. Como lo es para los presos. Como lo es para todos aquéllos que aman la pelota. Así hay que entenderlo. Y disfrutarlo.